Llegó el momento en que la casa simplemente no tenía espacio suficiente para todos. Los hijos mayores se habían casado y habían tenido hijos, pero todos seguían viviendo bajo el mismo techo. Era evidente que necesitaban una casa más grande.

El jefe de la familia le pidió a un agente inmobiliario que le buscara un terreno, de preferencia cercano, donde pudiera construir después una casa acorde a sus necesidades actuales y a las previsibles en el futuro. La primera opción que éste le ofreció no pudo concretarse porque los dueños no se pusieron de acuerdo en el precio del terreno, pero más adelante el agente le propuso un lugar igualmente cercano y sin problemas, que le pareció ideal. El agente incluso le ofreció que en cuanto construyera su nueva casa y dejara la actual, él podría encargarse de venderla al mejor precio posible, a cambio de una modesta comisión… Es que su familia le había caído muy bien, le explicó.

El hombre adquirió el terreno y el propio agente le recomendó al arquitecto para diseñar la casa de sus sueños, así como a un ingeniero de su confianza para construirla. El proyecto arquitectónico resultó impresionante —lo mismo que los honorarios del arquitecto—, con lujosos y amplios espacios incluso para las futuras familias de sus nietos. El hombre titubeó. ¿No resultaría demasiado costosa la construcción, tal vez por encima de sus posibilidades? Pues sí, lo tranquilizaron, quizás tuviera que recurrir a un crédito hipotecario, pero eso hacía todo el mundo. Y además, ¿no lo merece su familia?

Empezaron las obras de cimentación. El hombre estaba muy ocupado, pero los hijos, que sí visitaban la obra, no notaban mucho avance. Bueno, les explicaban, es que la construcción de los cimientos no se nota. Pero el ingeniero a cargo entregaba comprobaciones de gastos cada vez mayores a lo presupuestado. Hacia fines de año ya se había gastado la mitad del presupuesto total y todavía la cimentación no concluía.

Ilustración: Patricio Betteo

Le pidió entonces al ingeniero un nuevo presupuesto actualizado, que resultó más del doble del costo original… Es que la cimentación ha resultado mucho más compleja de lo previsto, le comentaron, porque el terreno, ¿sabe usted?, es parte de un antiguo pantano desecado, y había que levantarlo para reducir el riesgo de inundación en la temporada de lluvias… ¿Reducir el riesgo? ¿No evitarlo? Bueno, le dijo el ingeniero, el riesgo no se puede evitar por completo, pero una vez construida la casa, bastará con darle un buen mantenimiento cada año, lo cual con todo gusto yo mismo podría hacer, si le parece…

No le pareció, así que el hombre reunió a la familia. El hijo mayor dijo que el agente inmobiliario ya había empezado a ofrecer la casa que aún ocupaban entre sus clientes más selectos y que incluso uno de ellos ya estaba en tratos con él para derruirla y construir un alto edificio para comercios y oficinas de lujo. Eso no es posible, objetó otro hijo: la zona era residencial y no se permitían construcciones mayores de cierto número de pisos. Pero, claro, en esa ciudad todo era posible con los contactos y el dinero suficiente.

Independientemente de eso, el tema era qué hacer. Uno de los hijos más jóvenes, aún soltero, manifestó que no había vuelta atrás: ya habían invertido mucho en el terreno y en los cimientos. Pero una de las nueras sacó cuentas. Nada garantizaba que el costo total no aumentara todavía más si continuaba la construcción, sino al contrario, y el costo de mantenimiento anual sería una buena fracción de ese total. Otra joven soltera insistió: tal vez podrían llegar a un arreglo con el propio ingeniero a cargo de la obra. Plantearle, por ejemplo, que él terminara la construcción con sus propios recursos y que se hiciera cargo del mantenimiento, a cambio de pagarle una renta. La nuera experta en cálculos apenas tuvo que demostrar que eso resultaba igualmente insostenible.

Finalmente se alcanzó una conclusión: finalizar la construcción de la casa se llevaría buena parte de los recursos de la familia y otro tanto su mantenimiento posterior. Con esa conclusión se fueron a dormir y en la reunión de la noche siguiente, una de las hijas casadas le recordó a la familia que ella tenía una bodega cercana cuyo terreno aún tenía una buena superficie disponible. ¿Por qué no construir ahí una casa más pequeña, en la que una parte de la familia podría mudarse? El resto podría quedarse en la casa actual y todos estarían a unos minutos de caminata…

Pero eso, ¿cuánto más nos costaría?, preguntó el hombre. Habría que pedir un presupuesto a otro ingeniero, claro, dijo la nuera de los cálculos, pero una estimación rápida es que no llegaría ni a la tercera parte de lo que nos faltaría por invertir en la terminación de la nueva casa. Y el terreno de mi bodega, completó su dueña, nunca se ha inundado así que no habría mayores costos de mantenimiento. Pero entonces perderíamos todo lo que ya gastamos en el nuevo terreno y en la cimentación, objetó el hijo soltero. Sería una enorme pérdida. Tal vez, le replicaron, pero no tanto como seguir pagando la construcción de la casa y su futuro mantenimiento, o, ¿ya había olvidado la conclusión de anoche?

La discusión fue subiendo de tono perfilándose en dos grupos: uno, más o menos formado por los hijos solteros, que proponían seguir con la construcción sin importar su costo y otro, entre el que estaba la nuera y la dueña de la bodega, que proponían cancelarla de inmediato. Finalmente el hombre pidió que levantaran la mano los que estaban a favor de cada opción. Algunos pocos indecisos impidieron un consenso claro, así que el hombre tomó la palabra. Tengo un buen amigo que toda su vida ha sido un pequeño empresario, le dijo a la familia. Alguna vez me comentó que cuando se da cuenta de que un nuevo negocio no le funciona como esperaba, lo cancela sin importar lo que ya le hubiese invertido. La pérdida siempre será menor que si continúa invirtiendo y sigue perdiendo, porque en un caso extremo podría perderlo todo… Creo que le llamó a eso control de daños y aunque lo nuestro no es un negocio, es justamente lo que vamos a tener que hacer nosotros. Vamos a limitar los daños… Sí, claro, trataremos de recuperar lo que se pueda de lo ya gastado, veremos si más adelante podemos emplear el terreno y la parte de la cimentación en otro uso o si podremos venderlo, pero no invertiremos ni un peso más. Cortaremos la relación con el agente inmobiliario y mandaremos a hacer otro proyecto, más modesto pero funcional, en el terreno donde está la bodega.

No todos quedaron satisfechos. Mientras se retiraban a dormir, más de uno pensó que faltaba ver cómo tomarían la noticia el agente, el ingeniero, los contratistas, los socios, y todos los que habían venido trabajando en la construcción de la nueva casa. Estaba claro que no les gustaría.

 

Luis C. A. Gutiérrez Negrín
Geólogo nacido en Mérida en 1952, participante en el movimiento de 1968 e interesado en la realidad nacional desde entonces.