Hoy celebramos el día del barrendero, el día de las personas que trabajan limpiando la Ciudad de México, de las cuales al menos 10,000 trabajan gratis, sin salario ni seguridad social. La CDMX obtiene grandes beneficios económicos y ambientales a cambio, y por eso es indispensable reconocer su trabajo. Las secretarías de Medio Ambiente, Obras y Servicios, Finanzas y Trabajo, así como las 16 delegaciones, tienen hasta el 11 de agosto para pronunciarse sobre la aceptación de la Recomendación 7/2016 de la Comisión de Derechos Humanos capitalina, referente al servicio público de limpia y las condiciones precarias de trabajo de quienes limpian la ciudad.

1

Caminando por las calles de Iztapalapa, me encontré a Juan Coyoteca Toxqui, un barrendero de 61 años de edad que lleva 30 años laborando como trabajador voluntario. Se veía impecable con su uniforme naranja, sus tambos y sus escobas, se disponía a recoger la basura de las casas. Ésa es la imagen con la que nos quedamos todos los días cuando vemos a las personas barrenderas, esos personajes urbanos que están arraigados en el imaginario cotidiano; pero no alcanzamos a imaginar la historia que hay detrás de cada uno de esos rostros ni todas las barreras que tienen que superar para lograr limpiar la ciudad.

Su papá migró de Puebla a la Ciudad de México y trabajaba como pepenador en el basurero de Santa Cruz Meyehualco. Juan ayudaba a su cuñada que era voluntaria, con la recolección domiciliaria, y con el paso del tiempo le asignaron un tramo y empezó a trabajar como voluntario. Al principio le daba vergüenza tocar las puertas y pedir la basura, pero lo tenía que hacer para darle de comer a sus hijos o se iba a morir de hambre. Hoy lleva años cubriendo el mismo tramo y cumple con un horario, por eso lo han dejado trabajar durante tanto tiempo.

Saca entre 150 y 180 pesos al día, de lo que junta de las propinas y la venta del material reciclable. De ahí paga 30 pesos al chofer del camión que le da permiso de vaciar la basura de sus tambos. Del sobrante gasta en los pasajes y llega con 100 pesos a su casa en la colonia Renovación, colonia habitada tradicionalmente por pepenadores. Le alcanza para comer sencillo, en sus propias palabras “unos frijolitos o una sopa, cuando se puede guisadito, y cuando no, nos aguantamos ¿qué podemos hacer?, no ganamos mucho. Cuando vendemos material llegamos a comer una fruta”.

Su uniforme lo tuvo que comprar a un trabajador de base, pagó 160 pesos por la camisa y el pantalón, a eso hay que sumarle los guantes y las botas. Su trabajo de barrido empieza en la madrugada, el uniforme le ayuda a hacerse visible cuando está obscuro, los autos lo han empujado varias veces. Los tambos también tuvieron un precio, se los dio el jefe de sección, pero hay que estarle pasando dinero para el refresco. Dice que le duele la cintura de barrer tantos años, mas no puede dejar de trabajar.

Me llevó a la bodega en donde guarda sus tambos, al igual que los demás voluntarios, un espacio del gobierno para el almacenamiento del equipo de trabajo, con regaderas, lockers y un área para comer. Era evidente la falta de mantenimiento, el lugar era sucio y descuidado, olvidado al igual que los trabajadores, a quienes por trabajar con basura, el gobierno los trata como si fueran desechables también. Aún bajo esas terribles condiciones, Juan afirma que debe de cuidar su trabajo, pues no es fácil conseguir otro. No le exige a la gente que le entreguen la basura separada porque corre el riesgo de que se la dejen de entregar a él y se la den a quien sí la acepta mezclada.

Aunque él no sabe leer ni escribir, logró que sus cinco hijos estudiaran hasta la secundaria, menos una de sus hijas que se embarazó y tuvo que dejar la secundaria para empezar a trabajar. Otra de sus hijas lo acompañó a trabajar desde chiquita, le consiguieron un tramo y ya lleva 13 años trabajando como voluntaria también.

Le gustaría que sus condiciones de trabajo fueran mejores, por lo menos tener un salario. Aún con los 30 años que lleva haciendo un trabajo que le corresponde al gobierno, no ha logrado que le den un contrato. Esto significa que el salario siempre será un sueño no alcanzado y que Juan no va a tener una pensión, por lo que tendrá que trabajar hasta el último día que pueda, condenado a ganar 180 pesos al día.

Esta es solo una de las historias detrás de esas escobas que limpian la CDMX, una de esas historias en donde se pronostica difícil romper el círculo de la pobreza. Es aberrante que esto suceda cuando el gobierno funge como patrón y que para mantener los bajos costos de operación, se beneficie de la necesidad de los más vulnerables, dejando las condiciones decentes de trabajo en un discurso.

De ahí la importancia de la Recomendación 7/2016 de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México y la urgencia de su aceptación. La aceptación de la violación del derecho a un trabajo digno de las personas trabajadoras voluntarias y las respectivas reparaciones, por parte de la autoridad, es un primer paso para modificar el status quo. El 11 de agosto sabremos si es voluntad del gobierno dar ese paso o si prefiere seguir ahorrando dinero a costa de la dignidad de sus trabajadores.

Tania Espinosa Sánchez es maestra en estudios legales internacionales de The Fletcher School of Law and Diplomacy, Coordinadora para Latinoamérica del Programa de Leyes de WIEGO – Mujeres en la Economía Informal Globalizando y Organizando, y Consejera de la Comisión de Derechos Humanos de la CDMX.