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marzo 31, 2015

Los franeleros

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El odio a los franeleros es un sentimiento obligado en la ciudad cuando es dogma tenerlos por delincuentes, pues hay casos que lo respaldan. Hemos utilizado el argumento –de la privatización– del “espacio público” como un arma política para odiarlos justificadamente; para disfrazar el odio de responsabilidad ciudadana y así enmascarar un sentimiento autodestructivo con uno constructivo. Sin embargo, como cualquier dogmatismo, éste se basa en una creencia: la calle es para estacionarse. Decía Sigmund Freud[1] que el odio es un estado del yo que desea destruir la fuente de su infelicidad: un franelero que nos prohíbe estacionarnos gratis. Que tire la primera piedra el automovilista que no haya tenido una experiencia un sentimiento desagradable porque quería estacionarse sin pagar pero un franelero se lo evitó.

En mí caso no me rayaron el coche ni me poncharon las llantas ni me rompieron un vidrio. Me tocó que la grúa se llevara mi Chevy 96 el día de mi cumpleaños por no pagarle al franelero que fingí no ver. No puedo asegurar que él haya señalado mi coche cuando los policías pasaron buscando qué levantar para cubrir su cuota; pero me sigue pareciendo asombroso que, de 10 autos estacionados en un lugar prohibido, se llevaran el mío y no el de hasta adelante, que era más fácil enganchar. Un par de años después, para mi sorpresa, acabaría trabajando con franeleros; una oportunidad que me permitió superar mis prejuicios y aprender, a través de ellos, sobre la realidad de las ciudades y del país.

Fotografía: Ricardo Castro

 

El fenómeno de los franeleros nos enseña principalmente tres cosas. Primero, lo macro: que en este país no hay trabajo, de ese que se supone que deberían estar generando las políticas del gobierno: formal, es decir, con todas las prestaciones de la ley… las mínimas: protección social, seguro de desempleo y plan de jubilación; que sea bien pagado, ya es un plus. De acuerdo a un informe de la Organización Internacional del Trabajo de las Naciones Unidas, el 60% de los trabajadores en México se desempeña en un empleo informal;[2] y del 40% restante, según INEGI, dos de cada tres trabajadores formales perciben entre uno y tres salarios mínimos, o sea, entre $1,594.8 y $5,047.2 pesos al  mes.[3]

Segundo, lo micro; que en las ciudades de este país sobran los coches estacionados en la vía pública, pues existe una sobresaturación de automóviles en la calle buscando un cajón de estacionamiento. Por poner un ejemplo, ITDP calculó que en horas de mayor demanda en la Ciudad de México, uno de cada tres autos está estacionado en un lugar prohibido: banquetas, rampas, pasos de cebra y dobles filas.[4] Son más de 6.8 millones de automóviles (a 2013) buscando un cajón de estacionamiento[5]; y éstos apenas realizan el 29% de los 22 millones de viajes que se realizan en la Zona Metropolitana del Valle de México.[6]

Esta coyuntura entre la falta de empleo y el exceso de coches generó un mercado de trabajo para todas aquellas personas que no lo tenían; un trabajo que les permitió vivir por muchos años de las propinas que la gente les daba por echarle un ojo a sus coches. No obstante, en algún momento esas propinas se convirtieron en cuotas fijas y establecidas por los franeleros, lo cual enojó muchísimo a los automovilistas que creen que la calle debe ser un espacio gratuito para guardar sus coches. El cambio de propina a cuota en la Ciudad de México posiblemente tiene su origen en la visita de Giuliani en 2003 para diseñar y ajustar el programa Cero tolerancia a la capital, pues en su Reporte se hablaba, por un lado, de la recuperación de espacios públicos y, por el otro, de las  “medidas efectivas de control para evitar la proliferación de franeleros” pues “se ha[n] multiplicado exponencialmente” y “constituyen un problema para los habitantes de la ciudad”.[7]

Fuente: Antena San Luis

 

Como consecuencia, Andrés Manuel López Obrados creó el bando de Cultura Cívica y promulgó en 2004 la Ley de Cultura Cívica que prohíbe y criminaliza a estos y otros actores urbanos informales porque realizan actividades en la vía pública que van en contra de “la tranquilidad de las personas” (Artículo, 24) o contra “la seguridad ciudadana” (Articulo 25).[8] Así, una vez criminalizados, los cuerpos policiales pudieron tejer una cadena de extorsión en torno a ellos que llegó hasta los automovilistas. Por eso tuvieron que establecer cuotas: porque ahora, para ganar los recursos que le permiten mantener a su familia, hay que pagar algo semejante al derecho de piso. El costo a la sociedad se estima en más de 2,500 millones de pesos. De esta manera, los franeleros nos enseñan que la corrupción es estructural y no natural de ellos. Esa es la tercera lección que nos dan cuando ponemos atención a las reglas del juego con las que les tocó jugar.

La cuota que comenzaron a cobrar los franeleros, por hacer uso de algo que es de todos, fue la gota que desbordó la ira de los automovilistas para acusarlos de privatizar el espacio público. Fue tal la miopía que  al momento de instruirse para teorizar la calle y hablar en términos cultos sobre una ésta práctica, que no les permitió darse cuenta que también el automóvil privatizaba el espacio. Por eso muchos “pidieron a gritos” los parquímetros en las colonias Polanco, Condesa, Roma y Florida; porque en algún momento los convencieron que, mientras una porción del dinero recolectado ingresara a las arcas, una empresa privada llevándose el resto no era privatización. Antes, un franelero controlaba una calle para mantener una familia. Hoy, ¿cuántas colonias controla una empresa de estacionamiento y cuántas familias viven de ella? Si la calle antes era sustento de miles, ahora es dividendo de unos.

Publicidad pro parquímetros en la Roma-Condesa.

 

El parquímetro también es elocuente: ante nuestra falta de inteligencia urbana para acordar y hacer pactos con los otros que están en la calle –para quienes el coche es material de trabajo y no para el trabajo– preferimos una máquina importada desde Francia, que mano de obra mexicana. –¿Es esto un malinchismo disimulado o un clasismo descarado?– Así que de manera indirecta, a través del parquímetro, el franelero también nos enseña que –parte de– los defeños no sabemos interactuar en el espacio público y que, ante las verdaderas extorsiones, lo mejor es evitarlas con una máquina controlada por un empresario: ¡Qué el mercado venga a solucionar nuestros problemas porque el Estado no existe! Qué idea más irracional para alguien que defiende lo público, pero qué propio de nuestro neoliberalismo urbano.

Fotografía: Ricardo Castro

 

No me malinterpreten: yo defiendo el cobro por uso de la vía pública como estacionamiento. Lo que no defiendo son las formas y, “en política, la forma es fondo”. ¿Por qué un sistema de parquímetros privados y no uno público, como el de San Luis Potosí? ¿Por qué una máquina y no una persona que cobre, como en Santiago de Chile? ¿Por qué los franeleros aquí son delincuentes y en Ecuador son aliados de la policía? ¿Por qué eliminarlos del espacio público cuando en Uruguay se les regula? ¿Por qué no convertirlos en empleados formales y resolver su problema laboral? ¿Por qué sólo ver lo malo que hacen algunos y no lo bueno que hacen entre todos?

Parquímetro humano en la Comuna de Providencia en Santiago de Chile
Fuente: Emol.com Foto: Manuel Herrera, El Mercurio / Archivo

El franelero es, ante todo, una figura pública; es decir, una persona que está en la calle y que por ello conoce a quienes habitan ese espacio. Quien viva en una colonia con franeleros no podrá negar que realicen pequeños favores como una ida a la tienda porque la señora es mayor y no puede cargar las compras; o una cargada de refrigerador porque el vecino se quiso ahorrar el flete. Jane Jacobs[9] asociaba estas figuras a la provisión de seguridad, porque eran ojos que veían y controlaban de manera informal todo lo que sucedía a su alrededor. Sé, por ejemplo, de mujeres trabajadoras que se sienten más seguras en la calle en cuanto ven al franelero que trabaja afuera de su oficina. Por eso ellos y ellas –aunque son muy pocas–, que están todo el día en la calle, son más proclives a reconocer alguna anomalía y a desconocer caras sospechosas, a dar alarma si algo no está bien o a tomar las placas del coche que le golpeó al tuyo. La gran cantidad de horas en la calle le han regalado una buena cantidad de amigos, como los vecinos que les cuidan sus cubetas por las noches o los comerciantes que les prestan el baño durante el día, y es capaz de responder por ellos si alguien quiere hacerles daño o robarles. Un franelero, no nada más te echa aguas para estacionarte ni le echa solamente el ojo al coche, su principal fuente de ingresos son las lavadas, por eso la franela. Este es un gran servicio para las personas que dejan sus coches estacionados gran parte del día, pues les ahorra el inconveniente de tener que ir y regresar del autolavado. El franelero regala tiempo, nuestro recurso más valioso. Ese viaje menos también significa mitigación de emisiones, por lo que, sin quererlo, contribuyen al cuidado del ambiente. Igualmente regalan horas-hombre a todos aquellos que llegan tarde al trabajo o a la escuela y que no tienen tiempo para ponerse a buscar un cajón de estacionamiento, porque ellos lo pueden estacionar.[10] ¿No es increíble que en una ciudad de 20 millones de habitantes una persona le pueda dejar a otra las llaves de su propiedad privada? Dos personas que, cuando mucho, sólo conocen sus nombres, ni siquiera sus apellidos. ¿No son esos vínculos de confianza deseables para nuestra sociedad? ¿O de veras es mejor la maquinita? Al eliminar a los franeleros perdemos interacciones sociales que enriquecen la vida de calle, personas que hacen más compleja la lectura de la ciudad; por lo que ahora, sin ellos, la experiencia urbana es mucho menos interesante.

Por eso, ahora, yo amo a los franeleros. Porque me he dado cuenta que le dan más a la ciudad de lo que la ciudad les da a ellos. Porque, ponen en claro que si apartar la calle no es un derecho, tampoco lo es estacionarse. Porque evidencian la irracionalidad urbanística de la modernidad que presupone la supremacía del coche para gozar de la calle. Los amo porque quienes los acusan de sentirse dueños de la calle no se dan cuenta de que hablan desde su reflejo en el otro: la fuente de su infelicidad, el coche.

Francisco Reynoso es maestro en estudios urbanos por el Colegio de México y  labora actualmente en el Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.


[1] Freud, S. (1915). The instincts and their vicissitudes.
[2] Organización Internacional del Trabajo. Oficina Regional para América Latina y el Caribe. El empleo informal en México: situación actual, políticas y desafíos.
[3] Salarios de $66.45 y $70.10 pesos al día, según el área geográfica, y establecidos por la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos mediante resolución publicada en el Diario Oficial de la Federación del 29 de diciembre de 2014. Vigentes a partir del 1 de enero de 2015.
[4] ITDP. Implementación de parquímetros en Polanco. Estudio de línea base.
[5] INEGI. Vehículos de motor registrados en circulación. Excluye a vehículos de otras entidades no registrados en la ZMVM.
[6] INEGI. Encuesta Origen Destino 2007.
[7] SSP (2003). Reporte Giuliani.
[8] GDF (2004). Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal
[9] Jane Jacobs (1961). The Death and Life of Great American Cities.
[10] Si el IMCO, así como otros, va a estudiar el tema de los franeleros y de los parquímetros, debería profundizar y analizar las horas-hombre que la ciudad gana con ellos.

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agosto 19, 2014

La batalla de los parquímetros en Coyoacán

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La política de colocación de parquímetros en la delegación Coyoacán ha generado mucho movimiento e incluso se creó la agrupación de vecinos “Yo amo Coyoacán”, que busca evitar su instalación. Sin embargo, la primera duda que surge es ¿cómo usar este “amor” para propiciar una participación efectiva ante las preocupaciones de estos vecinos? Parece sumamente importante analizar si podríamos usar la campaña como una justificación de participación vecinal, y potenciar así lazos comunitarios y políticas colaborativas en las que todos los impactados pudieran tener voz.

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