Una mujer camina sola por la calle. Porta un vestido sobrio que define con altivez las curvas pronunciadas de su cuerpo. Es una mujer hermosa y joven que va sola sobre una avenida llena de gente, llena de hombres. El cauce de su andar arrastra miradas masculinas intensas y contundentes. Es fácil saber —podemos verlo en sus rostros— que sus expresiones son las de alguien que disfruta de un espectáculo creado para su propio placer y disfrute.

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