Una mano que no alcanza y un pie que se dobla, un cuello crispado y un golpe que se vuelve rutinario. Un desplazamiento que para ejecutarse denigra el cuerpo. Publicado en 2015 por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Encoger el cuerpo. La tarea cotidiana de transportarse en la urbe pretende ofrecer un estudio sobre la manera en que el cuerpo se adapta a las condiciones de transporte de la Ciudad de México, pero su falla principal radica en que trabaja con percepciones. Si bien al inicio se presentan categorías como habitus, de Bourdieu, que da cuenta del esquema de acción y participación del individuo y la colectividad en el campo social, y proxemia, de Hall, que organiza la aplicación de los sentidos para distinguir espacios y distancias, el grueso del trabajo se centra en las encuestas aplicadas a 589 usuarios del transporte público durante el mes de octubre de 2010. Pocas veces se vuelve a estos conceptos, y el libro se concentra en enlistar tablas y porcentajes de respuestas a preguntas como ¿Considera que los asientos son adecuados para su persona? El problema es que, tal vez por la condición de la aplicación de la encuesta –durante el trayecto– o por el habitus mismo de los encuestados, las respuestas son tímidas, indulgentes a veces, y no son capaces de pintar el panorama verdadero de malestar emocional y corporal que implica trasladarse en la segunda zona conurbada con el mayor número de población del planeta, “cuyo monto es superior al que contienen, por sí mismos, 75% de los países del mundo” (p. 15).

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A pesar de lo anterior, el trabajo de José Íñigo Aguilar Medina aporta datos valiosos a la discusión en torno al transporte público, sobre todo al hacer énfasis en que se trata de una cuestión de clase, supeditada al capital económico, cultural, social y simbólico del individuo. Obligarlo a realizar traslados en vehículos inadecuados, sostiene Aguilar Medina, “se convierte en una más de las acciones discriminatorias, e invisibles, que los habitantes de esta región deben asumir con resignación y de manera cotidiana” (p. 18).

El traslado en la urbe se divide en dos categorías: público y por tanto masivo, o a bordo de vehículos privados, que sin embargo “siempre hacen uso del espacio público” (p. 14). Este último, aunque mueve un número menor de usuarios, ocupa el 70% del espacio destinado a las vías de comunicación.

El análisis cubre los servicios ofrecidos por el metro, el metrobús, el tren suburbano, el tren ligero, el RTP (Red de Transporte de Pasajeros del Distrito Federal), la pesera (en sus modalidades de microbús y camión), y el trolebús. De ellos, el peor valorado es la pesera por sus pésimas condiciones ergonómicas y mobiliarias. El metro, a su vez, es el transporte predominante y el que mejor define la locomoción dentro de la Ciudad de México, pero uno de los más difíciles por sus condiciones de hacinamiento, sobrecupo y número de incidentes, entre los que la riña y el robo se encuentran en primer lugar.

Una parte importante de Encoger el cuerpo se encarga, precisamente, de estudiar el cuerpo de quienes se transportan en la ciudad: así, la media de estatura en los entrevistados es de 1.63 metros de estatura y 67 kilos, con el 48% de ellos con sobrepeso y sólo 1.2% por debajo de su peso. Sin embargo, de nuevo quizás por el carácter presuroso y poco profundo de la encuesta, la mayoría dice encontrar adecuadas las condiciones estructurales de los vehículos, sean estas escaleras, altura de pasamanos, asientos, pasillos y puertas. Hay que resaltar, por ejemplo, que el metrobús es el peor valorado en su sistema de puertas, que “arrollan a quienes se encuentran en su paso” (p. 78.) También que, teniendo las condiciones para hacerlo, Aguilar Medina haya decidido no llevar su estudio a una discusión sobre género, y cómo se diferencian las experiencias de traslado de hombres y mujeres.

El motivo de viaje del 38.8% de los entrevistados es por trabajo y, por estudios, del 24.4%, lo que hace suponer que se trata de viajes constantes, rutinarios, diarios: el 33.8% cambia de vehículo en dos ocasiones, mientras que el 4.1% y el 1.4% hace 4 y 5 transbordos, respectivamente. Es evidente que la mayoría de los usuarios elige el transporte por rapidez y conveniencia, y que por lo general busca la ruta más corta, pero la capacidad de elección es exigua: se usa lo que hay. Si “el traslado representa la coexistencia efímera en un espacio reducido y móvil, muchas veces agresivo” (p. 116), la adquisición de un vehículo privado responde a la necesidad de evitar la vejación que presupone viajar en colectividad.

Aunque Aguilar Medina concluye su libro con el extraño recordatorio de que la postura corporal modifica los niveles de testosterona y cortisona (una posición encogida por más de dos minutos aumenta la producción de cortisol, la hormona del estrés, mientras que una posición expandida aumenta el de la testosterona, “la hormona del poder, de la seguridad, del sentirse bien”), es fundamental volver a uno de sus argumentos iniciales: el de la necesidad de vincular de manera urgente, tanto en la Ciudad de México como en el Estado de México, las políticas públicas de vivienda y transporte. Que transportarse desde la periferia no sea sinónimo de un menoscabo a la dignidad del cuerpo que, a diario, se desplaza para trabajar, estudiar, recrearse y, en una palabra, vivir.

Encoger el cuerpo. La tarea cotidiana de transportarse en la urbe

José Íñigo Aguilar Medina

Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2015

Lilián López Camberos es escritora y periodista. Su blog personal es laotraisla.com.