Es el año 2154. Max sale de su casa en medio de una mega ciudad decadente, súper poblada y precarizada. De los grifos sale agua amarillenta y sucia, los hospitales están saturados, y los burócratas no sólo parecen robots deshumanizados, lo son. Las calles se encuentran sin pavimentar y hay basura por doquier. El desempleo es atroz. Las personas viven en las calles y abundan los perros callejeros. Max es de los pocos afortunados con un empleo remunerado que le permite vivir un poco mejor que el resto, aunque no cuenta con ningún tipo de prestación social. Tiene que hacer largos recorridos en un transporte público de mala calidad, con controles de vigilancia y la policía (robotizada) opera con una política de “cero tolerancia” que criminaliza en las calles a quien sea bajo cualquier pretexto. Max trabaja en una maquiladora (de robots) para ser vendidos a los millonarios que viven una ciudad alterna, segregados totalmente del resto del mundo. Aquella ciudad, la de los privilegiados, no es cualquier ciudad. Ahí no hay pobreza, no hay guerras, ni enfermedades. Aquella ciudad no se encuentra en este mundo sino fuera, orbitando alrededor de la Tierra como satélite. Max ha añorado llegar a aquella ciudad desde que era un niño, pero para alguien de su clase social eso es imposible.

ciudad

Este es el inicio de la película Elysium (2013) que plasma una realidad cotidiana en las ciudades de México y el mundo. Una creciente desigualdad que separa a unos pocos, los privilegiados, del resto: unos viven lujos que hacen parecer sus vidas utopías y otros con vidas cotidianas precarias similares a la de un futuro post apocalíptico.

Elysium, sin desearlo, refleja la desigualdad que se vive en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). La película protagonizada por Matt Damon fue filmada en el Borde de Xochiaca, un gran basurero en el oriente de la ZMVM, donde existen asentamientos irregulares y personas que literalmente viven en y de la basura. Las imágenes de la película incluyen vistas aéreas de las largas calles de Nezahualcóyotl y Ecatepec, en el Estado de México, los municipios más poblados del país. Las condiciones que refleja la película en muchos casos son absolutamente reales, tanto en los servicios, en la calidad de vivienda, las condiciones laborales y los abusos de las autoridades. El escenario cinematográfico es real y palpable.

Si bien no existe una ciudad de súper millonarios orbitando el espacio, sí hay en la ZMVM barrios de altos (y muy altos) ingresos totalmente segregados de la población que les rodea, en especial si son de bajos ingresos. Como ejemplo, también en el Estado de México, se encuentra Bosque Real en el municipio de Huixquilucan con más de 560 hectáreas, equivalente al 86% del tamaño del bosque de Chapultepec. Un barrio cerrado con residencias de lujo, campos de golf, albercas, escuelas, policía privada y áreas verdes propias. Un enclave rodeado de un muro de más de 3 metros que la aísla de las colonias de bajos ingresos e impide a sus habitantes acceder a los parajes naturales que ahora pertenecen a unos pocos privilegiados. Una ruptura total del entramado urbano y social. La distopía de Elysium no parece tan lejana.

Las ciudades contemporáneas (incluyendo las mexicanas) están avanzando más y más hacia ciudades segregadas, fragmentadas, compartimentadas, ciudades desiguales; una tendencia que reconoce la misma ONU en su último informe de las ciudades del mundo. Ciudades con enclaves de lujos, que no son más que paraisos del mal (David & Bertrand, 2007) y que se sostienen con ciudades miseria (Davis, 2007), que se conjugan con fenómenos de desposesión y expulsión de la población de ingresos e incluso de su vivienda (Harvey, 2013 y Sassen, 2015).

Habría que añadir que no sólo son los enclaves bardeados y vallados, o los asentamientos precarios, que se separan de la ciudad, también los espacios públicos se privatizan y su uso y comportamiento se regula cada vez más por mecanismos de vigilancia y de puestos de control. Tendiendo hacia una especie de estado policial que se instala bajo el pretexto de diferentes amenazas, como la delincuencia y hasta el terrorismo, aunque su objetivo es la captura de lo público por lo privado. Esto podría ser el nacimiento de la distopía, y que acercamos a un modelo nuevo de gobernanza urbana basado en la segmentación de la población y la vigilancia policial continúa (Stravides, 2016).

El desarrollo actual de estos fenómenos es resultado propio de la concentración desigual de ingreso, que erosiona la misma democracia, y de un capitalismo neoliberal que empuja a la privatización de los comunes, como el espacio público, para tratar de convertirlo en un espacio eficiente y productivo. Sólo en la medida que se controlen estos procesos difícilmente se podrá evitar que una distopía a là Elysium surja.

¿En este escenario, que cada vez es más real, es posible imaginarnos los pilares para una ciudad diferente? La respuesta es sí, sin duda. Incluso es un ejercicio urgente, antes de que los efectos sean tan grandes que literalmente unos pocos privilegiados puedan vivir en un mundo paralelo alejados del resto, al mismo tiempo que gobiernan autoritariamente (situación ya palpable en México y en el mundo).

En este sentido, hay elementos suficientes hoy para orientar los pilares de una ciudad diferente. Un modelo de ciudad basado en la heterogeneidad, la comunidad y la democracia.

Un primer elemento es propugnar por ciudades con diferentes tipos de vivienda y con densidad poblacional para acoger grupos sociales y actividades mixtas; en una escala que permitiera las interrelaciones a pie en el espacio público (con uso limitado del automóvil), y creando comunidades diversas (Jacobs, 1961). A esto podríamos agregarle mayores espacios verdes, sustentabilidad en el transporte y edificaciones, así como otras bondades tecnológicas, constituyendo un modelo de ciudad impulsado por organismos internacionales y ONGs alrededor del mundo, como una solución a los problemas sociales y medioambientales.

Este primer elemento, más de principios de planificación urbana, no necesariamente resuelve las causas de la tendencia a ciudades desiguales e incluso puede ser fácilmente deformada y aumentar la desigualdad, como abogando por la densificación dejada al mercado para beneficio único de las grandes inmobiliarias. Por ello se requiere una democracia horizontal y distinta, una que altere los procesos de producción del espacio (y con ello de la economía) a favor de todos. En otras palabras, alcanzando el “derecho a la ciudad”, un elemento al que apuntaba Lefebvre (1974), que consiste en “más que un derecho al acceso individual o colectivo de los recursos que almacena o protege, es un derecho a cambiar y reinventar la ciudad de acuerdo a nuestros deseos. Es, además, un derecho más colectivo que individual, ya que la reinvención de la ciudad depende inevitablemente del ejercicio del poder colectivo sobre la urbanización. La libertad para hacer y rehacernos nosotros mismos y a nuestras ciudades…uno de los más preciosos [derechos humanos].” (Harvey, 2013, p.20).

De igual forma, como un elemento adicional, se podría re-conceptualizar el espacio público para avanzar hacia una ciudad de encuentros, intercambio y comunidad, que fuese dinámica y cambiante, como apunta la idea una ciudad de umbrales (Stravides, 2016). Una urbe en donde al espacio público se le entiende como un bien común, un espacio de acción y decisión colectiva y comunitaria, basado en la multiplicidad y la diversidad de opciones y personas. Un espacio no basado en funciones fijas y asignadas sólo a ciertos grupos sociales, sino que puedan redefinirse (en usos y reglas) de acuerdo a lo que las comunidades decidan. Se trataría de espacios públicos cambiantes, mutantes, que generaría una comunidad en movimiento;1 una sociedad diferente al eliminar los enclaves urbanos que fragmentan a la sociedad. Por supuesto que, para lograr una ciudad así, se requiere como pre-condición una redistribución del ingreso igualitaria y una democracia urbana plena.

Habría que resaltar que estas ideas, que podrían orientar la creación de una ciudad alterna a la distopía que la desigualdad amenaza con crear, se desarrollaron en medio de protestas y luchas por la ciudad, por la democracia y contra la desigualdad. Jane Jacobs pensó sus ideas en su batalla contra las autopistas urbanas que planeaba Robert Mosses de forma autocrática sobre Nueva York en la década de 1960 y que destruiría comunidades locales. Henri Lefebvre acuñó el ideario del derecho a la ciudad que fue influencia de las protestas estudiantiles de 1968 en Francia. Mientras que Stavros Stavrides propone su ciudad de umbrales después de un análisis profundo de ocupación de la plaza Syntagama,2 en Atenas, Grecia, durante las protestas de 2011 por la crisis económica.

Este antecedente es relevante, pues si bien Elysium muestra la distopía de la desigualdad, también parece esconder una trampa argumentativa para crear un futuro mejor. Al final de la película, Max muere para que se pueda reprogramar el sistema de software que controla el acceso a los servicios de salud y los robots de policía, para que todos los excluidos puedan ser atendidos sin represión policial alguna. Esta fantasía es muy similar a la idea de que sólo basta con reformar las reglas legales (reprogramar al sistema) para transformar la ciudad. Tomemos el caso de la Ciudad de México. Se ha pensado que al añadir un protocolo (la carta por Derecho a la Ciudad) o “reprogramando” todo el sistema legal (con la nueva Constitución de la Ciudad de México), es posible transformar la urbe de un plumazo, cuando evidentemente no ha sido así. La fantasía que plantea Elysium está basada en un mesías imposible, haciéndonos olvidar que un cambio de fondo requiere de una acción colectiva democratizadora e igualitaria. Como último elemento habría que recordar que quienes producen y dan valor a las ciudades (produciendo el espacio, ya sea construyéndolo y manteniéndolo físicamente), y les dan vida y significado social, son sus mismos habitantes, son quienes tienen derecho a beneficiarse de lo que crean: a gozar de la ciudad.

Referencias:

• Davis, Mike & Bertrand Monk, Daniel. Evil Paradise: Dreamworlds of Neoliberalism. The New Press. New York, 2007.

• Davis, Mike. Planeta de ciudades miseria. Akal. Madrid, 2007.

• Jacobs, Jane. Muerte y vida de las grandes ciudades. Capitan Swing. Madrid, 1961.

• Lefevbre, Henri. La producción del espacio público. Capitan Swing. Madrid, 1974.

• ONU-Habitat. World Cities Report 2016. UN-Habitat. Nairobi, 2016.

• Harvey, David. Ciudades rebeldes. Akal. Madrid, 2013.

• Sassen, Saskia. Expulsiones. Katz. Buenos Aires, 2015.

• Stavrides, Stavros. Hacia una ciudad de umbrales. Akal. Madrid, 2016.

 

Salvador Medina es economista con maestría en urbanismo. Actualmente trabaja en proyectos de movilidad y desarrollo urbano desde la sociedad civil.


Este texto es parte de una serie que discutirá las visiones utópicas y distópicas de las ciudades, como parte de la colaboración entre la Embajada de Francia, el Instituto Francés de América Latina, la Agencia Francesa de Desarrollo y nexos para el festival ¿Y mañana, la ciudad? Festival franco mexicano de utopías urbanas.


1 “Las comunidades en movimiento forman su propio espacio. No se trata del espacio público tal y como lo conocemos; no es un espacio cedido por determinada autoridad para uso público bajo condiciones específicas que en último término acaban reafirmando la legitimidad de la autoridad. Tampoco es un espacio privado, si con este término nos referimos a un espacio controlado y utilizado por un número limitado de personas que excluyen a otras. Las comunidades crean “el espacio común”, un espacio que se utiliza en las condiciones que deciden las propias comunidades y que está abierto a cualquiera. Su uso, mantenimiento y espacio común no es un mero reflejo de la comunidad. Esta se forma, desarrolla y reproduce a través de unas prácticas que se centran en ese espacio común. Para generalizar el término, la comunidad se desarrolla en el cotidiano, por medio de actos y formas de organización que están orientadas hacia la producción de lo común.” (Stravides, 2016, p. 238).

2 “Todas estas iniciativas contribuían a algo más grande que se centralizaba en la asamblea, aunque ésta no era el centro que regulaba todo alrededor, si no como un movimiento desde la dispersión a la centralización y viceversa, un movimiento continuo desde el centro organizado colectivamente, que irradiaba hacia las iniciativas más pequeñas y les daba la oportunidad de desarrollarse y no ser controladas de forma directiva. Así que este es el modelo de la ciudad de los umbrales, una práctica en la que se crea espacio público, y no una idea de enclaves o espacios definidos.” (Stravides, 2015)