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En la COP 20 (Conferencia entre las partes para el Cambio Climático de la ONU) en Perú, Greenpeace hizo una demostración a favor de la energía renovable. Para llamar la atención, la hizo a un costado de la figura del “colibrí” en las antiguas líneas de Nazca, patrimonio mundial realizado por culturas pre-Incas. Sin darse cuenta dañaron el patrimonio. El suelo que pisaban es demasiado frágil, pues está compuesto de una fina capa de piedras que cubren arena, y que queda al descubierto con los pasos de una persona, dejando una cicatriz en la tierra que es prácticamente imposible de borrar. El escándalo en Perú por este acto ha sido mayúsculo, la organización ha intentado resarcir su error ante la sociedad y gobierno peruanos con poco éxito.

Greenpeace utilizó las líneas de Nazca como escaparate para llamar la atención sobre lo que consideran prioritario: las energías renovables frente al cambio climático. Esta jerarquización en las prioridades evitó que entrara en el radar de sus acciones lo frágil del lugar. No son los únicos. Todos jerarquizamos nuestros objetivos, y para llegar a ellos, y sin darnos cuenta, generamos acciones que dejan cicatrices imposibles de borrar en los ecosistemas que utilizamos.

Así lo dejaron ver las diferentes naciones al discutir sobre el texto final de la COP 20. En él se logró que más de 190 países incluyeran la necesidad de poner parámetros para reducir las emisiones de CO2, algo que no se había logrado en los 19 años anteriores. Pero países como China y la India se negaron a poner números a las reducciones de emisiones, con lo cual es difícil contar con una meta tangible. Cuando la prioridad de todas las naciones es crecer, la reducción de CO2 se puede dejar para otro momento. Como la frase de Serrat, “llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada”, generar indicadores numéricos a la reducción de emisiones se pospuso para la reunión de la COP Paris en el 2015. El cambio climático avanza a velocidades mucho mayores que la política y se debe a que la predomina la conveniencia política y económica sobre los hechos científicos.

Pareciera que el cambio climático tiene poco que ver con la cotidianidad urbana, pero es todo lo contrario. Los cambios en la precipitación y temperatura están modificando la infraestructura urbana y la dinámica del ecosistema donde se asientan las ciudades. A su vez, es necesario modular el aporte que tienen las ciudades al CO2 en la atmósfera. Por ello, la IPCC (El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) indica que frente a este fenómeno las ciudades se encuentran dentro de un triángulo que cuenta con tres vértices:

  1. Los eventos extremos. En el caso de la Ciudad de México serían las sequías que generan falta de agua y las tormentas que generan inundaciones.
  2. La exposición. Que se refiere al número de personas que estarían en una zona donde ocurre el evento extremo. Por ejemplo, las inundaciones en zonas densamente pobladas en Chalco o Tláhuac, o el número de capitalinos que sufrimos la escasez del agua por sequía.
  3. La vulnerabilidad que está directamente relacionado con las zonas naturales que funcionan como amortiguadores. Si hay más zonas naturales la ciudad es menos vulnerable, pues amortiguan eventos como sequías e inundaciones. Pero si todos los ríos están entubados y los bosques urbanizados, la ciudad es más vulnerable a falta de agua e inundaciones.

Estamos acostumbrados en México a que los eventos extremos por el cambio climático en las ciudades sean atribuibles a factores diferentes a este fenómeno. A diferencia de las ciudades como Nueva Orléans o Nueva York donde los huracanes Katrina y Sandy no dejaron duda que los eventos extremos asociados al cambio climático puede destruirlas en pocas horas, los efectos en ciudades como la de México son más difusos. Por ejemplo, es común que las inundaciones se le atribuyan a la basura, dejando de lado los efectos de deforestación y hundimiento de la ciudad. Por ello, el cambio climático no parece estar dentro de las prioridades gubernamentales dentro de las ciudades mexicanas.

Así lo parece indicar el hecho de que se acaba de aceptar la Manifestación de Impacto Ambiental del nuevo aeropuerto de la ciudad de México por la Secretaría del Medio Ambiente (SEMARNAT). De haber considerado los tres puntos de la IPCC, seguramente la SEMARNAT tendría elementos para rechazar la construcción del aeropuerto, no sólo por que aumentan la vulnerabilidad y la exposición de la ciudad a inundaciones (ver artículo anterior), también por los compromisos de los 190 países de reducir las emisiones de CO2 en los próximos años. Curiosamente la misma SEMARNAT estuvo ahora en la COP 20 “empujando” por acuerdos internacionales, los cuales, debería de cumplir en casa. La diplomacia mexicana podrá empujar acuerdos internacionales de importancia en cambio climático, pero al interior, la prioridad del gobierno ha sido repetida en múltiples ocasiones por el Secretario Juan José Guerra Abud: la SEMARNAT no está para detener el desarrollo de México (entiéndase “desarrollo” como construcciones y minería). Por lo tanto, la exposición y vulnerabilidad frente al cambio climático no entran en sus acciones prácticas.

En el gobierno local también existen prioridades alejadas a los vértices propuestos por la IPCC. Aquí, las construcciones son la prioridad (aun cuando sean innecesarias), pues se argumenta que con ellas se atraerá inversión. En segundo plano están la conservación y restauración de las zonas naturales. No se explica de otra forma la falta de interés del gobierno local a recuperar los ríos urbanos, o esa fascinación por construir segundos y terceros pisos que promueven urbanización en zonas naturales. Como ejemplo, la proyección de la Supervía Oriente que pasaría por encima de Xochimilco (tan importante culturalmente como las líneas de Nazca) sugieren que sus prioridades están lejos de lo que lo que se recomienda para reducir las catástrofes ocasionadas por el cambio climático en la Ciudad de México. Mantener y restaurar estos ríos y humedales ayudarán a evitar catástrofes climáticas en mayor medida que las populares acciones de compensación como sembrar árboles que morirán antes de cumplir el año, tapizar de techos verdes la ciudad o todos los metrobuses juntos.

La prioridad urbana de crecer y construir no nos permite incluir en nuestro radar las acciones para mitigar los efectos del cambio climático en la ciudad. Efectos que pueden ser mitigados con acciones concretas relacionadas con la conservación. Pensamos, que el clima y el ecosistema en el que vivimos son bastante sólidos, como el grupo de Greenpeace pensaba que lo era el suelo en Nazca. Pero ambos son más frágiles de lo que pensamos y nuestras acciones generan cicatrices imborrables que posiblemente afecten nuestra vida en un futuro cercano.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.