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La alineación de capitales y gobernantes por el “rescate” del centro histórico comenzó propiamente entre el empresario Carlos Slim y la administración de Andrés Manuel López Obrador. Por un lado, el gobierno del Distrito Federal publicó el Bando 2, que prohibía la construcción de conjuntos habitacionales en 12 delegaciones y la permitía sólo en las cuatro centrales, con el objetivo de redensificar estas últimas.

Por otra parte, en 2001 apareció Slim como coordinador de un comité ejecutivo dedicado a una llamada recuperación del centro y arrancó un proyecto de remozamiento de diferentes calles del poniente del llamado primer cuadro: Madero, Bolívar, Isabel la Católica, 5 de mayo, Tacuba, Donceles, 5 de febrero, Venustiano Carranza. La renovación  de cada calle significó también el desplazamiento de los vendedores informales ahí asentados. Más aún, en ese mismo año, se fundó una empresa llamada “Centro Histórico de la Ciudad de México” (CENTMEX), que fue adquiriendo inmuebles especialmente en el mismo perímetro donde se remozaron calles. Hoy, según la propia Fundación del Centro Histórico, Slim es propietario de 78 predios (32 de vivienda)[1].

La lista de proyectos emprendidos en los últimos seis años es también ilustrativa de la alineación entre capitales y gobierno por “rescatar” el centro histórico. Se retiró a los ambulantes del Eje Central y del “Perímetro B” (2008), de la Alameda (2008 y una segunda acción en 2012) y de Circunvalación y el barrio de Mixcalco (2014). La calle de Regina fue convertida en peatonal y Madero también (2009), 16 de septiembre ha sido reformada como semipeatonal (2014), mientras que en Moneda y República de Argentina se llevan a cabo proyectos similares. Y está por comenzar una remodelación de la calle Corregidora. Se inauguró el Metrobús en Belisario Domínguez/Venezuela y en República del Salvador (2012). La casona de los condes de Miravalle fue convertida en un hotel boutique y centro comercial exclusivo (2012), y la casa de San Bartolomé de Xala fue convertida en Sanborns (2012). El viejo claustro mercedario se encuentra en obra de dudosa restauración desde 2011 y el ex convento de Jesús María tiene obras paradas desde 2008. Garibaldi fue sanitizado (2010), la Alameda quedó purificada (2012) y Tlaxcoaque quedó  pulcro (2012). También se realizó un concurso para replanificar ese cada vez más grande perímetro que les da por llamar La Merced (2013) y otro más para remodelar el Barrio chino y la plaza y mercados de San Juan (2014). También comenzó la construcción de complejos de vivienda para burócratas de alto nivel. Todo acompañado de nuevos restaurantes y hasta plazas chic; junto con la proliferación de publicaciones sin rigor histórico, pero eso sí, con los 10 sitios que no te puedes perder y recomendaciones de falso intimismo popular del tipo las legendarias gorditas de chicharrón de doña Chana. Y todavía viene algo grande: la remodelación del Zócalo luego de medio siglo de verlo como una plancha.

La meta de redensificar las delegaciones centrales impulsada por el Bando 2 tiene ya un impacto en los números. Luego de tres décadas continuas de abandono, la población de la delegación Cuauhtémoc mostró un tímido repunte en el censo de 2010 (un crecimiento del 3% con respecto al censo de 2000, mientras que para el mismo período y en el conjunto del Distrito Federal el crecimiento fue del 1%). En el caso del casco antiguo de la ciudad, conviene revisar dinámicas por manzanas. Si bien en lo considerado Colonia centro la tendencia de abandono continuó entre 2000 y 2010, al registrarse una pérdida del 8% de su población, las autoridades han reportado un repoblamiento en un conjunto de 40 manzanas (no propiamente especificado) del llamado perímetro A[2].

El fin último de estas políticas, más que la redensificación, podría no ser más que sintomático de un proceso de gentrificación. Uno que involucra el desplazamiento de una clase proletarizada por otra, mediante el encarecimiento de la renta de vivienda y los costos de vida en una zona. Los métodos de expulsión, sin embargo, también incluyen formas simbólicas de segregación o incluso actos violentos donde interviene el estado (como el cierre del Zócalo por la policía). Aunque, a diferencia de sitios como la colonia Roma, es probable que en el centro histórico exista una mayor concentración de propietarios ocupando sus propias viviendas, situación que ha limitado dicha gentrificación.

Gentrificándose o repoblándose[3], lo que es indiscutible es un renovado interés por el centro histórico y una necesidad de verlo como una zona habitacional y turística de una excepcional oferta cultural y patrimonial. Esto, por supuesto, requiere sofocar lo que el barrio ha sido en las últimas décadas: uno de los centros comerciales más dinámicos e intensos del país en una zona de puestos diurnos de trabajo burocrático. En la fantasía clasemediera cosmopolita de vivir en una ciudad barroca con globalizados servicios sofisticados del siglo XXI, habitar un edificio en cuya primera planta hay una tienda mayorista de amplificadores de sonido no tiene cabida. La tienda de bandas y empaquetaduras industriales desmerece la fantástica fachada decó o funcionalista. Las aglomeraciones de compradores en angostas banquetas en medio de un intenso olor a caño y con el punzante ruido de camiones combaten cualquier esforzada ensoñación.

Pero el proyecto sigue e incluso pareciera sentirse que se acelera. La administración pasada presentó un plan con metas a 2016 y las obras de remozamiento guardan ya menos distancia temporal entre ellas. Las resistencias en el reacomodo de comerciantes informales parecen cada vez menores –baste ver la tersura con la que fueron reacomodados en meses recientes los de Circunvalación a diferencia de la experiencia en Eje Central hace unos seis años-. Comparar un paseo por la Avenida Juárez hoy con el que se tenía hace 15 años daría a pensar que se ha alcanzado el éxito. Pero si la comparación la hacemos en las calles del norte del perímetro no encontraremos mucha diferencia.

La ciudad está restaurando buena parte de su más valioso patrimonio, que ciertamente se encontraba en franco deterioro debido al severo abandono en las últimas décadas del siglo XX. La redensificación es deseable, el aprovechamiento libre de un espacio urbano adecuado para ello –desde el simple caminar por la calle para disfrute de un paseo como la celebración de espectáculos públicos de libre acceso- es extraordinario. Sin embargo, no deja de ser objeto de preocupación la alineación -que llega a rayar en el servilismo- gubernamental con intereses del sector privado en menoscabo de otras zonas de mayor densidad poblacional y con altos niveles de marginación para las que serían preferibles inversiones y el uso del capital político para reordenamientos difíciles. También debe despertar cierta preocupación la concentración de propiedades en manos de un solo consorcio que controla, además otras industrias del país, por el impacto que pudiera tener un solo empresario privado en las decisiones sobre el ordenamiento urbano de toda una zona de la ciudad.

Una nueva transformación del centro histórico está ocurriendo frente a nuestros ojos y vale la pena seguirla muy de cerca, pues no sólo da una oportunidad de observar los procesos instrumentales en las que opera el ordenamiento urbano, también revela por supuesto dinámicas más profundas entre el gobierno y el capital. Un proceso auspiciado por el estado que podría generar o estar generando desplazamientos y apropiaciones sobre los segmentos de población más marginados.

José Ignacio Lanzagorta García es politólogo y antropólogo social.


[1] Redacción, 2014, Enero 12, “Población flotante en el centro histórico”, Excélsior.

[2] Redacción, 2013, septiembre 4, “Aumenta repoblación del centro histórico del DF”, El Universal.

[3] Díaz Parra, Ruben. (2014). La transformación del Centro Histórico de la Ciudad de México. ¿Gentrificación o repoblamiento?. XII Coloquio y Trabajos de Campo del Grupo de Geografía Urbana (AGE).