No es un secreto que la obesidad en México es un problema de salud pública. Nuestros índices de esta enfermedad se encuentran entre los mayores del mundo, ya que 7 de cada 10 adultos presentan sobrepeso y la mitad de éstos, obesidad.[1]

En el Distrito Federal (DF), desde el 2006 han aumentado los casos de sobrepeso y obesidad en niños en edad escolar, adolescentes y adultos, siendo esta entidad la poseedora del mayor índice de este rubro en todo el país.[2] Estos datos han despertado alarma entre diversas instituciones gubernamentales, pues estos padecimientos aumentan el riesgo de enfermedades crónicas cardiovasculares, respiratorias y mentales, lo cual representa un alto costo para el Estado.[3]

La obesidad y sobrepeso son enfermedades multifactoriales y sus causas van desde la propensión genética hasta la alimentación. Sin embargo, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) reportó como uno de los factores principales de esta condición el creciente sedentarismo. Los mexicanos pasamos alrededor de 16 horas en actividades como dormir, estar sentado frente a la televisión, computadora o en el transporte, lo cual significa que pasamos más del 80% del tiempo diurno en actividades sedentarias. Este estilo de vida casi estático ha sido pieza clave en la disminución de la salud y el aumento de mortalidad prematura, lo cual se ha visto especialmente reflejado en sectores vulnerables como niños y adultos mayores, donde se ven ampliamente reducidas sus capacidades físicas y mentales.[4]

Como consecuencia, los últimos años nos hemos visto invadidos por campañas gubernamentales de concientización y educación acerca de la gravedad del problema proponiendo una modificación alimenticia y aumentando la actividad física. Estas campañas han incluido el aumento de información en la conciencia colectiva a través de medios de comunicación, así como programas de activación física en escuelas y oficinas.[5]

El cambio en las estadísticas del 2006 al 2012 refleja que estos programas pueden estar funcionando con relativo éxito a nivel nacional, pero claramente no en el DF. Esto puede deberse a que el manejo de una mega-urbe requiere de acciones que integren conocimiento de las necesidades de la población así como el origen de la problemática. Además, para que se logre un cambio efectivo a largo plazo se necesita una visión menos paternalista por parte del estado, en la cual se genere un sincero interés por las actividades físicas, más allá de cumplir con los minutos de ejercicio aeróbico que el programa oficial nos obliga a cumplir.

Mucho se ha invertido en campañas mediáticas y máquinas ejercitadoras en espacios públicos. Sin embargo, no se ha contemplado la posibilidad de invertir en la accesibilidad de calles como forma de incentivar uno de los ejercicios que, la mayoría de nosotros, aprendimos a realizar con regularidad desde temprana edad: caminar.

Se ha comprobado que caminar 15 minutos diarios, de forma consistente puede resultar más efectivo que un programa de ejercicios tipo gimnasio.[6] Pese a esto, en el DF pocos buscan caminar “por puro gusto” posiblemente debido a la falta de infraestructura que garantice nuestra seguridad, aunado a la falta de accesibilidad y paisaje hostil que esta ciudad ofrece. En muchos casos, quien busca ejercitarse prefiere pagar la inscripción a un gimnasio que salir a caminar o correr al parque frente a su casa, si es que lo hay. En algunos casos, se han colocado máquinas ejercitadoras para promover el uso de estos espacios pero han sido colocados bajo puentes o torres de electricidad, lugares que no invitan a ejercitarse.

Foto de la autora.

 

 

Más allá del valor utilitario evidente que los servicios ecosistémicos de las áreas verdes proveen a los seres humanos, existen beneficios indirectos que se traducen claramente en la salud de los habitantes (Millennium Ecosystem Assessment 2005, Kroll et al. 2012). Por ejemplo, vivir en lugares con áreas verdes caminables influye positivamente en la longevidad de adultos que viven en urbes, independientemente de su edad, sexo, estado marital y estatus socioeconómico (Akbari et al. 2001, Baker et al. 2002, Grimmond 2007, Jansson et al. 2007, Jenerette et al. 2011).[7]

Se ha comprobado que la disminución de la áreas verdes no sólo modifica la dinámica del ecosistema, sino que también puede afectar a la salud de los habitantes, ya que la vegetación mejora la calidad del aire (Aguilar 1999), incrementa la actividad física (Akbari et al. 2001)y reduce el estrés de los habitantes.[8] Si consideramos además que el número de árboles por habitante varía enormemente entre las delegaciones del DF,[9] entonces las áreas verdes urbanas son pieza fundamental para la sostenibilidad de esta ciudad no solo por el mantenimiento y calidad de los servicios ecosistémicos que brindan, sino por sus consecuencias en aspectos de salud pública e igualdad social.

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Foto de la autora.

 

Aunado a esto, los programas oficiales contra la obesidad y sobrepeso ignoran el contexto de cada sitio. Por ejemplo, recientemente las acciones gubernamentales se han enfocado en la creación de infraestructura que permita soportar el crecimiento poblacional de la enorme metrópoli en la que vivimos, sin considerar el efecto de la urbanización en las áreas verdes, y a su vez, en la salud de sus habitantes. En los últimos tres años se han talado 9 mil 615 árboles en el DF a consecuencia de obras públicas y desarrollos privados. Si esta reducción de áreas verdes está relacionada con el aumento de autovías y del padrón vehicular,[10] entonces indirectamente se sigue promoviendo el sedentarismo (y la contaminación). Este tipo de acciones, se contraponen con los objetivos de las campañas pro-activación, así que no importa cuántas veces escuchemos “checate, cuídate, muévete”, las estadísticas de obesidad seguirán aumentando.

Además, si la planificación del paisaje de una ciudad afecta la salud de sus habitantes, entonces el costo de la tala de árboles y destrucción de las áreas verdes se verá reflejado no solo a nivel ambiental o ético, sino que se verá traducido en un mayor  gasto gubernamental hacia la salud pública a consecuencia de la contaminación.

Si se busca reducir la obesidad se debe promover todo un nuevo estilo de vida para los capitalinos en el que podamos salir a caminar por calles “sanas”, donde podamos pasear a nuestros perros o simplemente donde prefiramos caminar al trabajo y disfrutar del paisaje, en lugar de pasar horas sentados e inactivos en el tráfico.

Desafortunadamente, el DF se maneja bajo una visión reduccionista de los problemas y, por lo tanto, de las soluciones. De la misma forma en que en esta ciudad se pretende resolver el tráfico construyendo más calles, se pretende disminuir el sobrepeso llevando maestros de Zumba a sus escuelas y trabajos sin preguntarse cuál es el origen de estas situaciones. Esto es equivalente a que nos sangre la nariz continuamente y decidir ponernos tapones de papel para evitar que fluya la hemorragia sin buscar la causa y, por lo tanto, sin soluciones permanentes. Nadie en su sano juicio actuaría de ésta forma, pero por absurdo que sea este ejemplo, así es como se maneja nuestra ciudad.

No es la intención de este artículo objetivizar a los árboles de modo que si no nos representa un beneficio, entonces no valen. Sin embargo, es importante comprender que estamos inmersos en un sistema tan interdependiente, que un solo árbol menos puede traducirse una farmacia más, un hospital más o un enfermo más en nuestras familias.

Cristina Ayala Azcárraga es es maestra en ciencias por el Posgrado en Ciencias Biológicas de la UNAM y coordinadora de proyectos de restauración de Xochimilco en el Laboratorio de Restauración Ecológica del IBUNAM.


[1] Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2012.
[2] Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2012. Resultados por entidad federativa: Distrito Federal.
[3] Aunque no se tiene un presupuesto destinado exclusivamente a estas enfermedades, en el 2008 los costos relacionados con la obesidad en México fueron de 42 mil millones de pesos, lo que corresponde al 13% del gasto en salud y al 0.3% del Producto Interno Bruto. Gaceta Oficial del Distrito Federal, 27-Octubre del 2014.
[4] Tremblay, Mark Stephen, Rachel Christine Colley, Travis John Saunders, Genevieve Nissa Healy, and Neville Owen. 2010. “Physiological and Health Implications of a Sedentary Lifestyle.” Applied Physiology, Nutrition, and Metabolism = Physiologie Appliquee, Nutrition et Metabolisme 35 (6): 725–40. doi:10.1139/H10-079.
[5] Programa “No a la obesidad”.
[6] Bird, William. 2004. “Natural Fit – Can Green Space and Biodiversity Increase Levels of Physical Activity?”, Royal Society for the Protection of Birds.
[7] Takano, T, K Nakamura, and M Watanabe. 2002. “Urban Residential Environments and Senior Citizens’ Longevity in Megacity Areas: The Importance of Walkable Green Spaces.” Journal of Epidemiology and Community Health 56 (12): 913–18.
[8] Diversos estudios proponen que vivir cerca de un área verde urbana incrementa la probabilidad de uso de dicha área para la realización de actividades recreativas, deportivas o de meditación. Ejemplos de estos estudios se encuentran en: a) Takano, T, K Nakamura, and M Watanabe. 2002. “Urban Residential Environments and Senior Citizens’ Longevity in Megacity Areas: The Importance of Walkable Green Spaces.” Journal of Epidemiology and Community Health 56 (12): 913–18. b) Tzoulas, Konstantinos, Kalevi Korpela, Stephen Venn, Vesa Yli-Pelkonen, Aleksandra Kaźmierczak, Jari Niemela, and Philip James. 2007. “Promoting Ecosystem and Human Health in Urban Areas Using Green Infrastructure: A Literature Review.” Landscape and Urban Planning 81 (3): 167–78. c) Bird, William. 2004. “Natural Fit – Can Green Space and Biodiversity Increase Levels of Physical Activity?” Royal Society for the Protection of Birds. d) Nielsen, Thomas Sick, and Karsten Bruun Hansen. 2007. “Do Green Areas Affect Health? Results from a Danish Survey on the Use of Green Areas and Health Indicators.” Health and Place 13 (4): 839–50.
[9] Córdoba-Tapia, Fernando, Luis Zambrano, and Angel Merlo-Galeazzi. 2014. “Arboles Contra Calles.” DFensor.
[1o] De acuerdo con el INEGI, en el 2011 en el Distrito Federal había 4 millones 252,089 automóviles, mientras que en el 2013 se registraron 4 millones 593, 710 de automóviles, lo cual implica un crecimiento aproximado del 8% en el padrón vehicular del DF tan solo en dos años.