Los seres humanos no estamos acostumbrados a pensar en recursos limitantes porque consideramos que lo único que nos limita para cualquier cosa es el dinero y no le damos la importancia que se merece. Un recurso limitante es todo aquello que es finito y es consumido por un organismo y, por lo tanto, limita el crecimiento de la población. Un típico recurso limitante es el alimento. Para los osos polares en estado de desnutrición que aparecen en fotografías recientes, el alimento es cada día menor a causa del cambio climático y pone en peligro a toda la especie. Así, el recurso alimento está limitando la población de osos polares.

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Como cualquier ser vivo, los humanos también tenemos recursos limitantes y, aunque la tecnología nos ha ayudado a ser más eficientes para obtenerlos, todavía es posible ver los efectos cuando falta algún recurso. El espacio, por ejemplo, es uno de estos recursos. Cualquiera que haya ido a la playa de Caleta en Acapulco en Semana santa, sabrá lo que es tener al espacio como recurso limitante.

Hablando de espacio, también es uno de los recursos que limitan más a los seres humanos que habitamos las ciudades. El espacio es un recurso más limitado en unas ciudades que en otras y eso ha moldeado su morfología. En Chihuahua o Los Ángeles, el espacio no es tan escaso y, por lo tanto, las ciudades son planas y extendidas (lo que tiene consecuencias ambientales pues genera una dependencia excesiva del automóvil). Otras ciudades como Nueva York o Londres, donde cada centímetro cuadrado está en disputa, se ha solucionado la falta de espacio con edificios. Así, estas ciudades son más compactas y con muchos rascacielos.

Dentro de los problemas de espacio en las ciudades, el espacio público es de interés, pues también es un recurso limitado y muchas veces distribuido inequitativamente. Desde hace poco más de medio siglo se ha buscado implementar soluciones para aumentarlo, generalmente en beneficio de los automovilistas que suelen ser la minoría con mayores recursos de la población. Se comenzó por construir autovías que van por arriba de las calles o a destruir barrio enteros con el fin de duplicar el espacio para los automóviles. Casi al mismo tiempo se comenzó a pensar en los segundos pisos peatonales, también para darle prioridad a los automóviles; esto es eliminando a los peatones del nivel de calle para incrementar la velocidad de los automóviles. Varios proyectos se fueron generando y muchos se quedaron en el tintero. Por ejemplo, en Manchester se intentó hacer durante la década de los cincuenta lo que ahora se quiere hacer en Chapultepec.

Pero aumentar el espacio público de manera artificial tiene un costo ecológico para la ciudad y de calidad de vida para los ciudadanos. Un segundo piso a lo largo de una calle genera dos ambientes: el de arriba que recibe sol y lluvia, y el de abajo, que no recibe luz, ni agua. Este fenómeno es parecido a lo que sucede en lagos profundos que tienen dos capas definidas por la temperatura y la densidad del agua. Cada capa tiene dinámicas ecológicas diferentes. Por lo general, en la de arriba hay vida, mientras que la de abajo es zona primordialmente muerta. En la ciudad este fenómeno no se repite en los edificios puesto que están cerrados y se aíslan en su totalidad del ambiente externo, lo que genera sus propios ambientes internos.

Ahora bien, en los pisos peatonales, aún cuando la zona de arriba recibe sol y lluvia y tenga árboles (que no suele ser posible por la profundidad de las raíces), su interacción con el resto del ecosistema es muy diferente al de un parque a nivel de piso. El concreto que sostiene todo el segundo piso modifica la interacción de las plantas con el suelo. Las plantas no pueden crecer a sus anchas, pues el suelo está limitado hacia abajo y a hacia los lados por el concreto y la interacción de las raíces con la tierra es mucho más limitada. Incluso cuando no los veamos, los hongos, los insectos y las lombrices juegan un papel fundamental en el crecimiento de la vegetación y del mantenimiento de los ecosistemas. Es por esto que cualquier planta crece mejor en el suelo que en una maceta. Esto repercute en la posibilidad de captar carbono, que se basa en el crecimiento de la vegetación, por lo que una planta que crece poco captura poco carbono. 

El mismo suelo de concreto genera otros efectos no deseados. Aún cuando existan árboles, la absorción de calor de las piedras y del concreto durante el día se disipa en la noche; algo que no sucede con vegetación en suelo natural. En otras palabras, lo que sucede en un parque, donde la sombra de un árbol reduce la temperatura durante el día y se mantiene fresco durante la noche (pues la conexión con el freático enfría la radiación), no sucede cuando el piso es de concreto que difumina el calor hacia abajo y a los lados. Así, el posible beneficio de reducir la isla de calor en un segundo piso es mucho menor a lo pensado inicialmente, como lo sugiere una serie de estudios en ciudades como Chicago, Toronto o Los Ángeles.

La captación de agua es otro factor. La lluvia cae de igual manera en una misma área si está arriba (en un segundo piso) o nivel de piso (en un parque). La diferencia es que en un segundo piso se tienen que generar estructuras para captar, limpiar y almacenar el agua, lo que muchas veces requiere de espacios muy grandes. Por el contrario, en un parque, el agua que cae se infiltra por la tierra hacia el freático y no se necesita generar ningún tipo de infraestructura para captarla, limpiarla o almacenarla.

Entonces, los beneficios ecológicos que se consideran en un segundo piso peatonal son mucho menores de lo esperado y necesitan de infraestructura y mantenimiento para que tengan alguna utilidad. De hecho, los techos verdes se deben de ver como una mitigación del efecto de la construcción de un edificio, pero no se pueden ver como la sustitución de un área verde. Mucho menos como una mitigación de los impactos totales de un edificio.

En contraste, los efectos negativos en la parte de abajo de estos segundos pisos son muy grandes. En primer lugar está la sombra, que evita que crezca la mayoría de las plantas. La sombra perpetua en grandes extensiones vuelve el lugar poco atractivo para que exista vida necesaria para el mantenimiento de las plantas, como los insectos y los murciélagos, pero sí atrae a otras especies como las ratas.

En segundo lugar, al ponerle un techo de concreto se reducen las corrientes de aire. Es como tapar casi en su totalidad a una olla que está en el fuego. Al aire libre, la contaminación expulsada por los automóviles y los camiones de metrobús se disipan por el aire gracias a las corrientes (Shishegar, 2013). Pero con un techo de concreto estas corrientes están disminuidas y los contaminantes se van acumulando. Esto podría generar aumentos locales de contaminación que afectarían la salud de las personas.

El techo que evita la entrada de la luz también genera que el ruido aumente, pues se vuelve una caja acústica. Como los contaminantes, el ruido se disipa en el ambiente, pero el techo de concreto rebota el sonido. Las personas que estén abajo no sólo sufrirán por contaminación atmosférica, sino por un incremento en la contaminación acústica. Será un lugar con sólo automóviles, mucho más inhóspito para convivir.

En el caso del espacio público, los costos de reducir las limitaciones de espacio como recurso, son mucho más altos que los beneficios de contar con más área de forma elevada. Los segundos pisos peatonales generarían ciudadanos de primera (los que están arriba) y de segunda (los que están abajo). Los de arriba podrán disfrutar del aire menos contaminado, vegetación (si es que crece) y el sol. Todo puede ser muy estético, pero no generará ningún beneficio al ecosistema. Los de abajo sufrirán sombra y contaminación sin recibir alguna compensación. Es por ello que los segundos pisos no han sido utilizados en la mayoría de los casos. Los que existen (como el High Line en Nueva York) se han basado en restauración de una infraestructura que ya existía y prefirieron obtener pocos beneficios de una construcción que antes no generaba alguno.   

Este análisis no incluye un estudio de la huella ecológica, que es la cantidad de contaminación y uso de recursos que utilizamos. Un centro comercial necesita de grandes cantidades de agua, electricidad, calefacción y genera cantidades muy grandes de basura, debido a toda la población flotante que lo utiliza. Un parque, por el contrario no necesita estos recursos ni genera esa cantidad de basura. Por lo tanto su huella ecológica es mucho menor. Es contradictorio que una ciudad que se considera de vanguardia para enfrentar el cambio climático esté promoviendo el tipo de infraestructura que promueve emisiones en lugar de mitigarlas.

Por ello, el segundo piso peatonal de Chapultepec no tiene ningún beneficio ecológico para la ciudad. Cuando más, será un bonito patio con comercios elevados (no llega a jardín y mucho menos se le podría considerar como un parque). Sólo servirá de extensión pública para el centro comercial que tendrá efectos negativos para la parte baja de la calle. El sentido común sugiere que para tener una ciudad sustentable, un parque lineal a nivel de piso, donde los árboles pueden filtrar el aire, modificar el clima y tienen contacto con un suelo que puede captar el agua es mucho mejor que un segundo piso. Queda ver si la prioridad del GDF es poner por encima los intereses de las compañías que quieren hacer un centro comercial o el de la ciudadanía que se vería beneficiada con un parque lineal y perjudicada con un segundo piso peatonal.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.