Recientemente las redes sociales se vieron invadidas por una serie de memes1 haciendo referencia en forma de burla a que, ante cualquier padecimiento, los doctores respondan casi invariablemente recentando paracetamol. Ciertamente, gran parte de la población puede verse identificada con una situación en la cual una visión reduccionista de la medicina haya empeorado una situación médica que requería mayor análisis. Sin embargo, esta visión trasciende el campo médico por medio de diversos mecanismos que hemos validado colectivamente mientras nos burlamos de los doctores.

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De igual forma, una relativamente nueva tendencia se ha radicalizado en el extremo contrario, con la cual las fronteras entre disciplinas parecen difusas sin que nadie parezca burlarse. Términos como “inter, trans y multidisciplinario” son cada vez más comunes, al igual que el uso de lenguaje y terminología compartida entre diversas áreas de estudio, como la medicina, la ecología, la política y las ciencias sociales. Conceptos como la resiliencia, resistencia o síndromes han sido utilizados por diferentes especialidades con el mismo significado, pero aplicado a diferentes contextos y usos. Esto, lejos de permitirnos crear un lenguaje común a partir del cual podamos interactuar entre áreas, ha generado una serie de confusiones que pueden incluso entorpecer nuestra comprensión de conceptos básicos. Aunado a esto, la popularización del uso de analogías y modelos que simplifiquen el entendimiento de información de forma rápida, ha colocado a esta figura literaria como una de las principales herramientas de divulgación, que tiende a la sobre simplificación o sacar a la complejidad de contexto.

El uso indistinto de estas figuras literarias ha afectado nuestra percepción de la naturaleza y en algunos casos, se ha visto reflejado en las acciones de tomadores de decisiones y la creación de políticas públicas. Por ejemplo, el uso de términos como el “metabolismo urbano” evoca a la idea de cualquier ciudad como un superorganismo, pudiendo hablar entonces así de la “salud” de la ciudad. Lo que resulta en  la búsqueda de “curas” y desarrollando incluso la idea de la existencia de un “paracetamol ambiental” para aliviar los problemas de la ciudad (por ejemplo, los parques de bolsillo).

El concepto de “metabolismo urbano” surgió en los años setenta, atribuyendo a las ciudades propiedades del desarrollo de los seres vivos como el nacimiento, crecimiento, producción de deshechos, flujos de materia y energía, e incluso enfermedades y muerte. Si bien esta idea ha buscado deshacerse poco a poco de esta visión de superorganismo,2 actualmente aún lucha contra una visión reduccionista que elimina una visión ecológica basada en las interacciones y la coloca en términos biológicos, casi médicos. Como menciona Golubiewski (2012),3 el problema fundamental con el uso del concepto “metabolismo” como herramienta analítica para el estudio de ciudades es que, como todas las analogías, su uso está limitado por las diferencias que descansan en la comparación entre un ser vivo y un sistema (siguiendo con las analogías, son peras y manzanas).

Si bien una analogía se basa en señalar características generales imprimiendo semejanzas entre variables, logrando transmitir información de forma sencilla fácil de entender, en ocasiones da la sensación de que las similitudes son mayores de lo que en realidad son.

Debemos tener claro que la ciudad es un ecosistema, no es como un ecosistema. Somos un complejo ensamble de especies (plantas, humanos, perros, roedores, bacterias, etcétera) interactuando de distintas formas y a su vez, con nuestro medio (incluyendo el espacio construido por la humanidad), repercutiendo en los fenómenos que nos rodean. Bajo esta óptica, no cabe la idea de estudiar cada componente de forma independiente. Así que, si bien el “metabolismo urbano” nos permite estudiar el análisis de los flujos de entrada y salida de materia y energía, que de otra forma sería complicado (no imposible) comprender; este enfoque, como todos aquellos que se basen en aproximaciones debe ser utilizado con cautela cuidando no terminar describiendo a la ciudad como un mega organismo y retrasando la visión sistémica e integral que ha costado años difundir. Mucho menos trasladando soluciones de otras ciudades del mundo, cual recetas genéricas para la Ciudad de México.

Puede parecer una exagerada preocupación por la semántica o por el uso del lenguaje, o peor, una necedad de imponer fronteras entre disciplinas. Sin embargo, la interdisciplinariedad sólo puede ser alcanzada cuando se utilizan las epistemologías4 de un campo dentro de otro. Por lo tanto, entender los principios ecológicos que suceden a escalas amplias, entendiendo a nivel de cuenca los procesos que ocurren, nos puede brindar un marco conceptual sobre el cual basar el estudio de las ciudades desde un punto de vista verdaderamente inter, multi y transdisciplinario.

Para la Ciudad de México existen muchos ejemplos de cómo seguimos buscando nuestro “paracetamol”. Uno de los más claros ejemplos es la construcción de segundos pisos, que además, fueron el “paracetamol” de otros países hace más de 55 años y que actualmente están siendo derribados. Otro ejemplo es la construcción de una especie de High Line Park neoyorquino en medio del Distrito Federal, y distando bastante del concepto original y de la complejidad de su contexto. Un conjunto de reglas, utilizado en un ambiente físico determinado puede tener consecuencias considerablemente diferentes si se usan en otro contexto, por lo que confiar en las metáforas como fundamentos de las prescripciones políticas puede conducir a resultados significativamente diferentes a los esperados.

Los seres humanos tendemos a simplificar para llegar al entendimiento, especialmente cuando un sistema está formado por muchos componentes. Todos entendemos de forma general lo peligroso que es un pensamiento “desmenuzado” en la práctica médica, pero no parece asustarnos en términos de políticas públicas. Por ejemplo, recientemente, Alejandro Nadal alertó acerca del uso de la metáfora de “capital natural”, calificándola incluso de peligrosa dado que tiende a entenderse como “un proceso de apropiación y mercantilización aunque los componentes de los ecosistemas no hayan sido producidos para ser vendidos en el mercado y por eso no tengan un precio”. Pero el no es el primero en advertirlo, Ostrom5 en diversas ocasiones al respecto las metáforas en manos de los tomadores de decisiones mencionó: “los funcionarios públicos en ocasiones evocan imágenes fatídicas que aluden limitadamente a las versiones popularizadas de las metáforas y suponen que los mismos procesos ocurren naturaleza, asumiendo además la puesta en práctica de estas políticas sin ningún error”.

No se trata de censurar el uso de ejemplos metafóricos, sino de cuestionar su universalidad y de entender que la sobre-generalización de cualquier herramienta (o medicina) puede resultar peor que la falta de su uso. De la misma forma en que entendemos que no existe un medicamento ideal que pueda curar todo tipo de enfermedades, los sistemas socio-ambientales carecen de soluciones óptimas estables y universales que puedan ser aplicadas indistintamente. En las ciudades, la solución no siempre es un segundo piso, un tope, un puente, una ciclovía, un BRT o más parques, por muy bien que suene o aunque ya haya resultado antes. Cada caso requiere de la comprensión lo más íntegra posible de las causas del conflicto apoyándose en información empírica que lo sustente.

Ante la complejidad de los problemas que atañen a nuestra sociedad, es indispensable atravesar las fronteras del conocimiento e incorporarlo en una visión integral que proponga acciones que respondan a necesidades reales, evitando una perspectiva reduccionista y optimizando el flujo de comunicación entre diferentes disciplinas.

Hay que dejar de buscar productos milagro y asumir la complejidad, sin verla como sinónimo de caos, sino como una característica natural del mundo que nos rodea. Como algo inherente a los ecosistemas urbanos.

Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Sostenibilidad de la UNAM y coordinadora de proyectos de restauración de Xochimilco en el Laboratorio de Restauración Ecológica del IBUNAM.


1 Meme: en las teorías sobre la difusión cultural, la unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente Wikipedia. (En este caso, por medio de una imagen transmitida a través de las redes sociales).
2 De la cual el propio autor renegó años después. Golubiewski, N. (2012) Is There a Metabolism of an Urban Ecosystem? An Ecological Critique. Ambio, 41, 751–764.
3 Golubiewski, N. (2012) Is There a Metabolism of an Urban Ecosystem? An Ecological Critique. Ambio, 41, 751–764.
4 Epistemología: El estudio del conocimiento.
5 Ostrom, E. El gobierno de los bienes comunes. 2011. Fondo de Cultura Económica.