“Los animales del mundo existen por sus propias razones.

Ellos no fueron hechos para los humanos

así como las personas de color no fueron hechas para los blancos

ni las mujeres para los hombres”.

Alice Walker

En los últimos años, los zoológicos se han mantenido en el centro de la polémica internacional. El sacrificio de animales sanos como la jirafa “Marius” y cuatro leones en el zoológico de Dinamarca para evitar la reproducción consanguínea levantaron ámpula entre asociaciones y sociedad civil. En el 2016 se sacrificó a un gorila debido a que un niño entró en su recinto en el zoológico de Cincinnati. Una semana antes, un joven ingresó al hábitat de los leones en un zoológico en Chile y para salvarlo los felinos fueron sacrificados. En este mismo año murió Arturo, el oso polar que fue llamado “el animal más triste del mundo”, en el zoológico de Mendoza, Argentina. Este sitio recientemente cerró sus puertas después de la muerte de 64 animales en menos de un año.

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En México, en el zoológico de Chapultepec se han reportado cerca de 12 muertes de animales, en menos de ocho años, bajo sospecha de falta de mantenimiento o fallas en el protocolo. Esto ha salido a la luz por la reciente muerte de Bantú, un gorila que sufrió un paro cardio-respiratorio, el cual pudo ser consecuencia de la anestesia aplicada durante su traslado a Guadalajara para su reproducción.

Estos eventos han encendido el debate internacional respecto a las condiciones en las que los animales viven dentro de los zoológicos e incluso se ha desatado una oleada de peticiones para que desaparezcan estos sitios, proponiendo en algunos casos su sustitución por santuarios y en otros casos, la liberación de los animales a su hábitat natural. Por otro lado, muchos veterinarios que han dedicado su vida a la conservación de la fauna silvestre se oponen al cierre de estos sitios arguyendo su función como centros de conservación e investigación.

La discusión respecto a estas posturas debe tener en cuenta aspectos éticos, ambientales y sociales pensando en la complejidad del tema. A continuación analizaré cada postura:

1. “¡Hay que liberarlos!”

En este punto vale la pena distinguir entre los diferentes organismos que habitan en un zoológico. No es lo mismo hablar de regresar a su hábitat a un cóndor que a un león. Prácticamente ninguno de los organismos que habitan en un zoológico podrían ser devueltos a la vida en libertad, ya que durante su desarrollo carecieron de las experiencias necesarias para sobrevivir fuera del cautiverio. Algunos de ellos no saben cazar, otros necesitan pertenecer a una manada para poder establecerse en un territorio que ya ha sido ocupado por especies silvestres. De acuerdo con el MVZ. Horacio Mena, los protocolos para garantizar una liberación adecuada deben además considerar el riesgo de exposición de los organismos silvestres a los virus, bacterias y parásitos propios de animales en cautiverio y viceversa. Por lo tanto, pensar abrir las jaulas de todos los zoológicos y dejar a su suerte a estos organismos implica para la mayoría una sentencia de muerte cruel. Además, el peligro que el ser humano representa para los animales por medio de caza furtiva y destrucción de su hábitat seguirá justificando la idea de conservar a ciertos ejemplares para evitar su completa desaparición. Esto no significa que no exista la posibilidad de hacer reintroducciones exitosas, pero requiere de una planeación que considere un largo proceso de adaptación para cada organismo y un posterior seguimiento a corto, mediano y largo plazo. Además, esto debe ir acompañado de un análisis en la reducción de amenazas para la especie. Esta solución por lo tanto puede ser factible para algunos organismos, aunque no para todos, especialmente para aquellas especies que se encuentran en peligro de extinción.

2. Entonces, ¿sigamos como estamos?

La justificación de los zoológicos se basa en que éstos fungen como centros de conservación de vida silvestre, además de tener una función educativa y de acercamiento de la fauna a la sociedad. Es evidente que prácticamente nadie hubiera podido conocer “en persona” a un gorila, león o elefante sin los zoológicos. Sin embargo, ¿es esta la mejor forma de aproximarnos a estos organismos? Mi respuesta incluye dos partes:

1. ¿Qué tan cerca estamos de un animal cuando visitamos un zoológico? Respondamos sinceramente, ¿cuando fue la última vez que vimos a un león de zoológico correr, cazar, juguetear? ¿cuándo vimos a un oso gris cazar un pez en el estanque de su hábitat artificial? En resumidas cuentas, ¿Cuándo fue la última vez que vimos a algún animal de zoológico hacer algo que no sea esconderse o dormir? Es verdad que la mayoría de las personas no lograríamos aproximarnos a especies salvajes u originarias de otras partes del mundo si no fuera por su presencia en un zoológico; sin embargo, verlo detrás de un vidrio no se compara con la majestuosidad que exhibe en su hábitat natural. ¿Quién no ha sentido decepción al visitar un zoológico después de ver a un felino correr en un documental? Esto se traduce a su vez en una falla en su función educativa, pues pensar que se puede aprender algo de un animal en un aparador es tan ingenuo como pensar que pasar tiempo biblioteca y leer los títulos de los libros te dará conocimiento. Su función didáctica por lo tanto dista mucho de ser real. Peor aún, si el objetivo es sensibilizar a los humanos respecto a la biodiversidad que los rodea, la estrategia no puede ser exhibirlos encerrados con un letrero que advierta que requiere de nuestro cuidado. Al final, la señal que se envía es que los seres humanos podemos contar con un catálogo de especies para nuestro disfrute aunque esto deteriore su salud física y mental.

2. ¿Realmente necesitamos estar cerca de ellos para apreciarlos? Estoy consciente de que no todos podemos ir a Tailandia a ver un elefante, pero, ¿hay que gastar recursos ilimitados para traerlo hasta nosotros, incluso arriesgando su propia vida? ¿vale la pena traer osos polares a ciudades con temperaturas que oscilan entre los 25 y 30 grados solo para que podamos verlo unos minutos?

La función como centros de conservación de fauna silvestre depende mucho del zoológico. En la mayoría de los casos, los zoológicos rescatan animales de circos y ayudan a que se recuperen de maltratos previos. Además, es innegable el papel que los zoológicos han tenido en la recuperación de especies en peligro de extinción como el cóndor de California o el lobo mexicano, entre muchas otras. La cautividad de estas especies ha permitido enormes avances en la elaboración de planes de manejo e investigación respecto a la salud de los organismos.1 Aunque estos esfuerzos de conservación no requieren estrictamente del modelo de zoológico como lo conocemos. Existen alternativas.

3. De zoológicos a santuarios/refugios/reservas

La tradición de capturar animales para ser exhibidos ante los ciudadanos se remonta a civilizaciones tan antiguas como los egipcios, chinos y romanos. En aquel entonces, los animales eran parte de colecciones particulares que exponían el poder y riqueza de sus propietarios. No fue hasta 1765 que se estableció el primer zoológico moderno, en Viena, Austria, en el cual se mostraban animales exóticos traídos de todas partes del mundo.2 Este modelo rápidamente se extendió, mostrando los ejemplares sobrevivientes del extenuante trayecto hasta el zoológico, en donde se confinaban a aparadores tan reducidos que apenas permitían su movimiento.

Actualmente el pensamiento colectivo ha ido evolucionando hacia un mayor reconocimiento de los derechos de los animales, con lo cual los zoológicos han buscado mejorar las condiciones de vida de los animales. Para esto se han incorporado componentes de su hábitat natural como plantas o estanques a los espacios donde los animales habitan. Sin embargo, esto no parece ser suficiente para evitar que los animales desarrollen altos niveles de estrés y depresión.345 

Esto ha llevado a proponer un cambio de modelo de los zoológicos tradicionales a santuarios, en los cuales estos organismos se desarrollen en su hábitat (no en algo que simule serlo), con una extensión por lo menos 10 veces mayor a la de un zoológico, manteniendo la biología propia de las especies (tiempos de alimentación y sueño) e interactuando con el ecosistema de forma natural, bajo la protección de una institución que evite que la caza furtiva y la destrucción del hábitat acabe con la especie.

Más allá de un cambio en el nombre de estos centros (algunos zoológicos ya son verdaderos refugios para ciertas especies que alberga), lo que importa es que sean fieles a la vocación de conservación de las especies por encima de los intereses económicos que brindan las hordas de visitantes.

Cada vez se hace más evidente la necesidad de repensar el modelo actual. Pensar en espacios que estén dedicados a la conservación, requiere de especies locales que habiten grandes extensiones, con menor cantidad de especies y mayor cantidad de ejemplares, con una menor interacción con el humano.

Como todo cambio de paradigma, éste no se dará de la noche a la mañana. La sociedad civil esta cada vez más consiente de los animales como seres vivos con derechos y no como entretenimiento. El sufrimiento de un animal enjaulado no cabe en una sociedad que presume de ser moderna o ética, no obstante, la solución no puede ser simplista si no queremos que se repita el sacrificio de cerca de 3,000 animales por impulsar al vapor una propuesta para ganar votos. La vida de muchos animales y la conservación de su especie esta en juego, por lo que vale la pena ir más allá de la polémica y analizar las opciones que requiere esta nueva era más allá de someter a los zoológicos a un linchamiento público, lo cual polariza opiniones y aporta poco o nada. Los cambios vienen desde la sociedad y eso es justo lo que esta sucediendo. Esta transformación en la visión sin duda moldeará el futuro de los zoológicos al obligarlos a retomar y fortalecer las bases de estas instituciones, pues sin visitantes no quedará de otra que adaptarse o extinguirse. 

Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Sostenibilidad de la UNAM y coordinadora de proyectos de restauración de Xochimilco en el Laboratorio de Restauración Ecológica del IBUNAM.


1 Carr, N. & Cohen, S. “The public face of zoos: Images of entertainment, education and conservation”. Anthrozoos 24, 175–189 (2011).
2 Mittman, G. “When Nature Is the Zoo: Vision and Power in the Art and Science of Natural History”. Osiris 11 117-143 (1996).
3 Terio, K; Marker, L; Munson, L. “Evidence for chronic stress in captive but not free-ranging cheetahs (acinonyx jubatus) based on adrenal morphology and function”.  Journal of Wildlife Diseases 40:259-266 (2004).
4 Carlstead, K. Effects of Captivity on the Behavior of Wild Mammals (1996).
5 Clubb, R; Rowcliffe, M; Lee, P; Mar, K; Moss, C; Mason, G. “Compromised survivorships in zoo elephants”. Science 322 (2008).