La historia es bien sabida: de la noche a la mañana, una entidad gubernamental anuncia un proyecto cuya necesidad nunca fue ni planteada ni mucho menos discutida, pero que será construido a la brevedad —antes, claro, de que termine el sexenio. No se sabe si hubo un concurso, si la lista de requisitos se armó a partir de un programa público a largo plazo, o siquiera si se consultó a la comunidad directamente afectada sobre la pertinencia de la obra. Lo que sí se sabe es que el proyecto “va porque va” y no hay vuelta atrás. Todo está decidido, los contratos asignados y, además, según la narrativa oficial, el proyecto resuelve todos los problemas porque es, sin duda, la única opción.

Esto no es todo. Para convencer a la generalmente resignada ciudadanía, la autoridad difunde en medios digitales e impresos una serie de imágenes que dan cuenta de cómo se verá el proyecto una vez finalizado. Cielos extraordinariamente azules, nubes perfectamente blancas y una vegetación verde y abundante son el contexto en el que familias felices (también perfectamente blancas) disfrutan de las bondades de la intervención gubernamental, en el que niños y niñas juegan con las fuentes impolutas mientras que parejas jóvenes y heterosexuales (familias blancas en potencia) pasean tomadas de la mano, encantados por la pulcritud del entorno. Como muestra, por ejemplo, este render del Corredor Cultural Chapultepec. Y es que después de ver cómo sería esta utopía, suponen los agentes, ¿quién podría resistirse a ella?

Render del Corredor Cultural Chapultepec

 

Fuente: ProCDMX

 

Estas imágenes, conocidas como renders, se han vuelto la moneda de cambio de la arquitectura contemporánea. Dada la rapidez de su factura, la aparente veracidad de lo que representan y la facilidad de comprenderlas frente a otras formas de representación arquitectónica —como los planos o los dibujos axonométricos—, los renders se han convertido en una herramienta por demás eficaz para representar futuros edificios, plazas, adecuaciones viales y demás obras arquitectónicas. Estas imágenes se usan en los despachos de diseño primero para ayudarles a quienes proyectan a entender su propio trabajo, para luego convencer a quienes pagan por él de que su dinero estará bien invertido. Por esto mismo, un render nunca podrá ser enteramente inocente, porque es una imagen que alguien produce para algo. Pero esto es fácil de olvidar, pues un render seduce precisamente porque parece tan real que es difícil ver su contingencia.

Donna Haraway, teórica feminista, habla de cómo el positivismo ha dado por sentado que existe una manera objetiva de observar la realidad. Llamado modest witness, o testigo modesto, esta mirada está, para Haraway, construida desde el occidente científico. Es masculina, blanca y educada, y se ha convertido en la manera en que explicamos el mundo. Cualquier interpretación ajena a ésta es considerada menos objetiva y, por lo tanto, cualquiera que no adquiera esta forma narrativa, esta objetividad incuestionable de la modernidad, será desplazado a un segundo plano donde su interpretación del mundo será considerada una cuestión subjetiva. Lo que el testigo modesto no comprende es, precisamente, que también es una visión subjetiva y parcial; que su supuesta veracidad al narrar el mundo es tan sólo una muestra de su hegemonía.1

Retomada por la historiadora de la arquitectura Hanan Kataw, la teoría del testigo modesto explica la forma en que la digitalización de la arquitectura construye un discurso hegemónico en torno a la disciplina. Si lo digital es lo que se produce desde la ciencia matemática, entonces cualquier cosa que ésta valide debe ser verdadera o, por lo menos, buena. No obstante, detrás de la digitalización —es decir, detrás de esa búsqueda de una verdad objetiva que es mejor que cualquier otra simplemente porque los números así lo dicen— se esconde el hecho de que los parámetros sobre los cuales se decide la validez del proyecto son impuestos por un agente con una motivación específica. Esto quiere decir que lo que esconde el giro digital en la arquitectura, los renders, es una voluntad de naturalizar o justificar las decisiones parciales que hay detrás de los proyectos.

De esta forma, los renders sirven como ese vehículo de naturalización de las contingencias del diseño. Compuestos generalmente de pedazos de fotografías alteradas digitalmente, los renders tienen la capacidad de representar un proyecto arquitectónico con un nivel de detalle muy preciso: son imágenes que pretenden mostrar el proyecto “tal cual sería en la realidad”. Este proceso de aproximación visual a una verdad proyectada oculta detrás de sí la muy presente actuación de los agentes que producen y aprueban estas imágenes —como arquitectos, inversionistas o, en nuestro caso, políticos. En vez de eso y gracias a su capacidad de ser testigos modestos, devuelven una visión naturalizada del objeto arquitectónico, como si en vez de ser algo aún abierto a debate, éste ya estuviese enteramente fuera de discusión. El argumento, entonces, se tergiversa: parece que no se está frente a una opción promovida por ciertos intereses sino que, por el contrario, la realidad ya está dada, como en esta imagen de la Fuente de Petróleos.

Render de la Fuente de Petróleos

 

Fuente: Milenio

 

Por si fuera poco, los renders nunca muestran la totalidad del proyecto, sino que lo presenta en escenas fragmentadas.2 Si bien es cierto que toda representación es parcial, los planos arquitectónicos por lo menos permiten entender cómo funcionará el edificio —las relaciones entre sus espacios, las circulaciones, etc. Por esto no quiero decir que los renders no sirvan para otras cosas —como entender la materialidad del objeto arquitectónico—, sólo señalo que cuando se usa como único medio de representación, es importante tomar distancia. Esto puesto que un render tiene que resolver todo de forma visual e inmediata, lo que puede impedir que se miren problemas que están fuera de sus márgenes. Además, es innegable su imparcialidad incluso en el espacio, pues los renders son un punto de vista y nada más. Sirven para mostrar la fachada más conveniente.

Por otro lado —y por si fuera poco— el contexto de la imagen nunca es fortuito. Ya lo decía Susan Sontag: al generar una imagen, ésta está tocada por un pathos. En otras palabras, los renders revelan el tipo de realidad que, consciente o inconscientemente, desean quienes los generan. De ahí que no sea raro encontrar proyecciones que idealizan desde las condiciones climáticas, horarias y vegetales, hasta las relaciones sociales que se representan, como en estas imágenes del parque lineal del Deprimido Mixcoac, o estos otros renders para el Museo Internacional del Barroco, en Puebla. Por tal motivo, un render puede leerse como un documento que da fe de la visión política detrás de su producción.

Renders para el parque lineal sobre el Deprimido Mixcoac

 

Fuente: Gobierno de la Ciudad de México

 

Este es otro de los factores que deben ponernos alertas: los renders coproducen la realidad. Por esto quiero decir que así como lo que compone el render son pedazos de realidades existentes, la realidad que el render busca producir también está condicionada por lo que se representa en la imagen. Es entonces donde la visión unitaria, parcial y ascética que éstos representan deja de ser una mera imagen para convertirse en un modelo, y el render, haciendo gala de su pathos, se convierte en una guía moral, un arquetipo de cómo debería ser la realidad. Esto lleva a que muchas veces, como en el caso de los vendedores ambulantes en la Alameda Central o los picos que evitan que las personas sin hogar duerman en los dinteles de algunos edificios, se usen medios violentos para conformarse con esta proyección.

Sin embargo, la realidad efectiva del día a día se presentará siempre como una versión desmejorada de su representación, pues lo cierto es que nunca estará el piso tan limpio, ni el cielo tan azul, ni todo tan en su lugar. (Ver la diferencia, por ejemplo, entre estas imágenes de la Vía Verde, y cómo ha resultado su instalación.) Al contrario, esta realidad efectiva siempre tendrá una manera de escapar de ese régimen de control que es el punto de vista del testigo modesto, ya sea con basura, con imperfectos constructivos o con gente indeseada dentro de esos espacios. Y quizás ésta es la condición de posibilidad de la arquitectura: que por más que los arquitectos, los inversionistas y los políticos pretendan controlar cómo se usan los espacios, la vida cotidiana, con todos sus desperfectos, contradicciones y polémicas, termina determinando sus destinos.

Entregados a esta aporía de la imposibilidad de representarlo todo, lo que queda es exigir más concursos y debates públicos que generen espacios en verdad incluyentes y democráticos, y que acepten que la pluralidad de manifestaciones en estos espacios será tan amplia y compleja como es la sociedad. Es importante no olvidar que, por ser un actor en el espacio que determina la vida pública, la arquitectura es eminentemente política, y que la toma de conciencia del pensamiento político se hace precisamente desde poner en jaque las hegemonías que pretenden naturalizar los discursos totalizantes. Por ello, si los renders muestran una visión parcial, lo que necesitamos como sociedad es buscar una pluralidad de representaciones. Es decir, que la producción del futuro ideal no esté en manos de unos cuantos agentes con intereses particulares, sino que se discuta abierta y democráticamente, y que pueda ser una muestra de la diversidad y complejidad de los actores sociales.

Joaquin Diez-Canedo (Ciudad de México, 1989) es arquitecto por la UNAM e historiador de la arquitectura por University College London.


1 Es importante señalar que Haraway no hace un llamado a relativizar todo y a aceptar cualquier opinión. Lo único que quiere decir con esta crítica es que existen otras formas de reivindicar la subjetividad o, mejor, que la objetividad siempre estará encarnada (embodied) en los sujetos que observan.
Sirva como ejemplo la inexistencia de renders a nivel de calle del Corredor Cultural Chapultepec.