Con motivo la reedición al español del Derecho a la Ciudad (Capitán Swing) de Henri Lefebvre, y su próximo 50 aniversario, publicamos la presentación de este clásico sobre las ciudades a cargo de Ion Martínez Lorea.


«Sin embargo, el uso y el valor de uso resisten
obstinadamente: irreductiblemente».
Henri Lefebvre

Por doquier se leen y se escuchan hoy referencias, apelaciones y reivindicaciones al derecho a la ciudad. Como diría el propio Henri Lefebvre respecto al urbanismo, podemos afirmar que el derecho a la ciudad está de moda. Desde la calle y desde la academia, desde los colectivos vecinales y desde la política institucional, desde disciplinas como la sociología y la geografía hasta otras como la arquitectura o el propio derecho, se enarbola esta idea. El derecho a la ciudad aparece como título o eje central de textos especializados, artículos académico-políticos o de opinión,1 es argumento de foros y encuentros globales (Conferencia de Naciones Unidas Habitat III, 2016), se ha establecido una Carta Mundial del Derecho a la Ciudad (2004) e, incluso, se ha incorporado a textos constitucionales (República de Ecuador, 2008). Por supuesto, este derecho se ha convertido en motivo de manifiestos y movilizaciones diversas a lo largo de los últimos años (blandido en la toma de plazas y en las luchas por la vivienda digna, contra la gentrificación o contra la privatización de la calle).

Esta feliz proliferación de reivindicaciones de la ciudad y del derecho a la ciudad nos conduce, sin embargo, a una necesaria pregunta que pretende prevenir del riesgo que acecha a los conceptos de moda: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de derecho a la ciudad? Y es que, en no pocos casos, estos conceptos acaban significando muchas cosas y, por ende, acaban no significando nada, esto es, pierden su valor como conceptos. El reflejo de esto es que la misma expresión puede movilizar experiencias políticamente muy ambiciosas y, a su vez, utilizarse como una herramienta para la simple búsqueda de consensos en torno a un Gobierno o a una política local. Es decir, puede plantearse como una apuesta por democratizar la vida urbana y por apuntalar derechos concretos de los habitantes de las ciudades o como un simple recurso de legitimación del Gobierno local de turno. En todo caso, la advertencia debe servir, precisamente, para prevenirnos de tales riesgos y, en ningún modo, para descartar una idea enormemente valiosa de cara a interpretar y transformar la realidad urbana presente.

Por ello, resulta fundamental rastrear los significados de este concepto, volviendo la mirada sobre lo dicho al respecto por Henri Lefebvre, por ser precisamente él quien lo acuñara y dotara de contenido en el año 1967.2 Esto en ningún caso plantea la exigencia de «pasar por Lefebvre» a todo aquel que reivindique el derecho a la ciudad. No obstante, sí se considera necesario para quien quiera pensar y analizar la realidad social en estos términos. Y es desde tal perspectiva que se plantea esta reedición: a modo de lectura que permita retomar, si se permite la expresión, los «orígenes» de un concepto que, en realidad, se encuentran mucho más cerca del presente de lo que pudieran hacer pensar los cincuenta años transcurridos desde su publicación original.

En este sentido, viene a decir David Harvey3 que resulta difícil pensar que las reivindicaciones y experiencias vinculadas al derecho a la ciudad durante las últimas dos décadas (desde Porto Alegre hasta Los Ángeles y Nueva York) tuvieran alguna ligazón de fondo con el legado intelectual de Lefebvre. Harvey ve una analogía entre los movimientos y movilizaciones urbanas y el propio pensamiento de Lefebvre, lo cual ayudaría a explicar, según él, la distancia y la falta de vínculos entre ambos: los dos proceden y se nutren de las experiencias concretas de las calles y los barrios, de los malestares urbanos de cada momento y, por ende, las raíces de la reivindicación de este derecho contemporáneo no alcanzarían ni al París de los albores de mayo del 68, ni a la dimensión filosófico-sociológica desde los que escribía Lefebvre. En algunos casos esto ha podido ser cierto. Pero Harvey parece desdeñar su propia figura y la de otros pensadores y activistas «herederos», intérpretes y difusores de la obra lefebvriana que en ocasiones han inspirado y en otras asesorado a no pocas experiencias contemporáneas vinculadas a la reivindicación del derecho a la ciudad. Igualmente, parece obviarse la fuerte presencia (aunque no sea mayoritaria) de jóvenes con altos niveles educativos (e incluso insertos en el ámbito académico) en este tipo de experiencias, quienes, precisamente, hacen referencia explícita a los escritos de David Harvey y del propio Henri Lefebvre.

Así pues, más que la existencia o inexistencia de un vínculo, deberíamos hablar del tipo de vínculo que, sin duda, estaría presente entre Lefebvre y las reivindicaciones actuales del derecho a la ciudad. Cierto es que el mismo puede concretarse y reducirse a una frase célebre o a un título-eslogan. Pero, precisamente por ello, es importante volver a Lefebvre, para confirmar cuán vigente es hoy en día y cuán relevante puede ser para interpretar el trasfondo de malestares sobre los que se asienta la vida urbana y las posibilidades de transformación que esta engendra.

Por tanto, retomando al texto original de 1967 no estará de más calificarlo como una suerte de manifiesto que, en palabras del propio Lefebvre, se plantea «como una denuncia, como una exigencia» (p. 138). Los quince capítulos que componen la obra, de extensión y características muy diversas, dan muestra, una vez más, de la particularidad del pensamiento y la escritura de Lefebvre: no demasiado académicos ni sistemáticos; su lectura puede resultar por momentos un tanto árida debido a un vocabulario y una reflexión sinuosos. Aunque no aparecen explicitados así en el texto, podríamos dividir estos quince capítulos en tres ejes principales.4 En primer lugar (capítulo 1), Lefebvre constata la desaparición de la ciudad tradicional y la emergencia de una realidad urbana, derivada de la industrialización, llena de imposiciones, pero también de posibilidades; en segundo lugar (capítulos 2 a 8), reclama la emergencia de una «ciencia de la ciudad» que trascienda los saberes fragmentarios y que incorpore nuevos conceptos; y, finalmente, en tercer lugar (capítulos 9 a 15), plantea la necesidad de una estrategia política que permita recuperar y reapropiarse de la centralidad urbana, de la vida urbana, de la ciudad como obra, lo que nos conduce a la pregunta actual sobre quién es el protagonista de llevar a efecto tal estrategia: ¿la clase obrera, como apuntara en este texto Lefebvre, o bien un sujeto más difuso y heterogéneo como el precariado, tal como insinúa Harvey? ¿Quizá otro?

No hay duda de que El derecho a la ciudad es una obra pionera en los estudios sobre lo urbano entendido como ámbito que trasciende la condición de la ciudad como objeto y superficie inerte y que, por tanto, incorpora lo social como eje básico de su análisis. Su valor científico no debe, en todo caso, obviar la centralidad de la política en la propuesta lefebvriana, tal como ha apuntado el sociólogo Jean-Pierre Garnier5 cuestionando precisamente los múltiples ejercicios «escolásticos» que suelen desplegarse en torno a la obra de Lefebvre, e incluso, no sin razón, cuestionando la escasa concreción y cierta candidez de algunas de las propuestas del propio autor francés.

Ello no es óbice para poner sobre el tapete dos cuestiones básicas que, aun requiriendo de crítica, si pretenden seguirse de propuestas o concreciones prácticas, son necesarias para dar validez y centrar la cuestión del derecho a la ciudad en la sociedad contemporánea: por un lado, la participación en la toma de decisiones sobre la producción del espacio y, por otro lado, el propio uso de ese espacio. Recordemos una de esas frases que, aun habiendo padecido su conversión en eslogan exitoso, no ha perdido validez al condensar la idea clave de lo que supone el derecho en cuestión, siempre que no se considere una afirmación suficiente para explicar los acontecimientos que se tienen delante: «El derecho a la ciudad no puede concebirse como un simple derecho de visita o como un retorno a las ciudades tradicionales. Solo puede formularse como un derecho a la vida urbana, transformada, renovada» (p. 139). El propio Lefebvre cuestiona los riesgos derivados del espejismo de una participación6 o de unos usos del espacio que podemos definir como autocomplacientes o resignados7 y que, en realidad, cambian poco o nada, cuando no las refuerza, las relaciones de poder existentes en el marco de la vida urbana. Pero ello, reiteramos, no puede hacernos dejar a un lado estas cuestiones, sino que, en todo caso, nos obliga a incidir y ahondar en su crítica. Y esta es la labor que se exige de quien desee tomar a Lefebvre y este texto en particular como referencia en sus propios análisis y en sus propias prácticas.

Del mismo modo, resulta fundamental tener en cuenta el contexto espacio-temporal, el dónde y el cuándo, para así poder «evaluar» la actualidad de Lefebvre. Evidentemente, él sitúa su pensamiento en un contexto social, político, económico y cultural concreto (la Francia de la segunda mitad del siglo xx), pero pronto se podrá comprobar en la lectura de El derecho a la ciudad que igual que existe cierta distancia en algunas cuestiones, se encontrará una intensa vinculación con muchas otras. Este sería, por ejemplo, el caso de la crítica a un urbanismo que pretende imponer una forma determinada para prescribir un contenido y unos usos concretos.

En este sentido, cabe recordar que Lefebvre desarrolla su análisis sobre la base de una profunda crítica al urbanismo funcionalista8 y en el marco de lo que él denominaría sociedad de consumo dirigido, donde los núcleos urbanos se convierten en escenarios de y para el consumo (lugar de consumo y consumo de lugar, diría Lefebvre), es decir, donde la ciudad pasa a ser sustancialmente valor de cambio. Ese urbanismo diseña la ciudad (o cree diseñarla) segregando y jerarquizando usos, ahora funciones, y plasmando sobre el terreno la desigualdad social que reforzaba la expulsión de la clase obrera de la ciudad central hacia las periferias9 y que generaba diversos tipos de guetos: residenciales (tanto para la clase obrera como para las clases acomodadas), creativos, pero también guetos del ocio, máxima expresión de la incorporación del territorio al valor de cambio.10

Lefebvre denunció la pretensión del urbanismo funcionalista por someter a la ciudad que el poder percibía como amenaza, como un espacio insano, sospechoso, incontrolable. El intento de ordenar tanto el espacio como las funciones y otros elementos urbanos a través de la fragmentación daba como resultado la muerte de la ciudad, la homogeneidad, la monotonía. Igual que entonces, hoy el horizonte no resulta en términos urbanos muy halagüeño. Ahora bien, el propio Lefebvre nos recuerda la existencia, aquí y ahora, de grietas, de intersticios, de lo que denominaba «lugares de lo posible», espacios y prácticas espaciales desde donde reivindicar y hacer efectivo el derecho a la ciudad o, mejor, el derecho a la vida urbana, pues ha de trascenderse la mirada nostálgica del reclamo de aquello que ya no existe (la ciudad tradicional) y ahondar en una centralidad renovada que permita restituir el valor de uso del espacio urbano (y no solo del centro urbano), el sentido de la obra, las posibilidades de lo bello, de lo lúdico, de la fiesta no disociada de la vida cotidiana, sino transformadora de ella, sin olvidar la complejidad, la simultaneidad y la conflictividad inherentes a un espacio urbano vivo, en definitiva, inherentes a la vida urbana. Existen no pocos ejemplos de mayor o menor alcance en el ámbito municipal que, durante los últimos años, han mostrado las posibilidades de romper el aparentemente clausurado horizonte político urbano. Dichas experiencias, dentro y fuera de las instituciones, a través de usos efectivos del espacio y de reivindicaciones trasladadas a textos y regulaciones legales recuerdan así que el derecho a la vida urbana resulta una exigencia y una práctica inaplazable, aun cuando se confirme como insuficiente.

 

Ion Martínez Lorea
Profesor de Sociología, Dpto. de Sociología, Universidad Pública de Navarra.


1 D. Mitchell, The Right to the City, Nueva York: The Guilford Press, 2003; E. Pareja et. al., El derecho a la ciudad, Serie de Derechos Humanos Emergentes, Barcelona: IDHC, 2011; D. Harvey, «El derecho a la ciudad» en NLR, 53, 2008: 23-39; J. Borja, «Espacio público y derecho a la ciudad» en Viento Sur, 2011: 39-49; J. Subirats, «El derecho a la ciudad», El País, 16 de noviembre de 2016. Asimismo, conviene señalar la fuerte influencia que ha tenido la profusión de trabajos académicos en el contexto anglosajón sobre Henri Lefebvre o sobre sus temas de referencia (precedida, claro eso, de las traducciones al inglés de sus textos) en su «redescubrimiento» tanto para el mundo francófono como para el mundo castellanohablante. En este último caso cabe destacar las publicaciones monográficas consagradas a la obra de Henri Lefebvre en países como México (Veredas, 2004) o España (Urban, 2011).

2 Lefebvre cierra la edición francesa de este libro firmándolo en París en 1967 y recordando su coincidencia con el centenario de la publicación de El Capital de Marx. Si bien, el libro es publicado en marzo de 1968, por tanto, solo dos meses antes de que se precipitaran los acontecimientos del mayo francés. Como es sabido, Lefebvre jugó un papel relevante como animador del movimiento estudiantil.

3 D. Harvey, Ciudades rebeldes, Madrid: Akal, 2013

4 Seguimos aquí el planteamiento de L. Costes, Lire Henri Lefebvre. Le droit à la ville. Vers la sociologie de l’urbain, París: Ellipses, 2009.

5 J-P. Garnier, «El derecho a la ciudad desde Henri Lefebvre hasta David Harvey. Entre teorización y realización» en Ciudades, 15 (1) 2012: 217-255.11

6 Respecto a la participación apunta: «Otro tema obsesivo es el de la participación vinculada a la integración. Pero no se trata de una simple obsesión. En la práctica, la ideología de la participación permite obtener al menor costo la aquiescencia de personas interesadas e implicadas. Después de un simulacro que más o menos impulsa la información y la actividad social, aquellas vuelven a su tranquila pasividad, a su retiro. ¿No está claro ya que la participación real y activa tiene un nombre? Ese nombre es autogestión. Lo cual plantea otros problemas» (p. 123).

7 Respecto a los usos del espacio señala: «Basta con abrir los ojos para comprender la vida cotidiana del individuo que corre desde su vivienda a la estación más cercana o más lejana o al metro abarrotado y, de ahí, a la oficina o a la fábrica, para por la noche retomar ese mismo camino y volver a su hogar a recuperar fuerzas para proseguir al día siguiente. A la imagen de esta miseria generalizada le acompañaría la escena de las “satisfacciones” que la oculta, convirtiéndose así en medios para eludirla y evadirse de ella» (p. 140).

8 Como es sabido, la figura más representativa del urbanismo funcionalista fue Le Corbusier. Fallecido en 1965, su estela siguió marcando el devenir del urbanismo de la época y, de hecho, Lefebvre lo toma como objeto de sus críticas en cuanto que enemigo declarado de la ciudad y de la vida urbana.

9 Bien es cierto que Lefebvre recuerda y destaca el acontecimiento de la Comuna de París de 1871 como breve «venganza histórica» que la clase obrera se cobra en forma de retorno al centro y de primera experiencia de un gobierno popular democrático. «Uno de los logros que dieron sentido a la Comuna de París (1871) fue el retorno por la fuerza al centro urbano de los obreros expulsados previamente a los arrabales, a la periferia. Eso supuso su reconquista de la ciudad, ese bien entre los bienes, ese valor, esa obra que les había sido arrebatada» (p. 37). Lefebvre dedicó un célebre texto a esta experiencia, incidiendo en la dimensión lúdica de la misma: La proclamation de la Commune, París: Gallimard, 1965.13

10 Apunta a este respecto: «La naturaleza se incorpora al valor de cambio y a la mercancía; se compra y se vende. El ocio comercializado, industrializado, organizado institucionalmente, destruye esta “naturalidad” de la que nos ocupamos para manipularla y para traficar con ella. La “naturaleza” o lo que se pretende pasar por ella, lo que de ella sobrevive, se convierte en un gueto de ocio, en un lugar separado del goce y alejado de la “creatividad”. Los urbanitas llevan lo urbano consigo, y ello incluso si no aportan la urbanidad» (p. 138).