Richard Florida, uno de los pensadores más influyentes sobre las ciudades en la posguerra de América, quiere que sepas que se equivocó en casi todo lo que pensó sobre ellas.

Si vives en un centro urbano en América del Norte, el Reino Unido o Australia, vives en el mundo de Richard Florida. Hace 15 años, argumentó que una influencia de los que él llamó las “clases creativas” – artistas, hípsters, trabajadores de la tecnología- estaba desatando el crecimiento económico en lugares como el Área de la Bahía [en San Francisco, California]. Su tolerancia, flexibilidad y excentricidad disolvieron las estructuras rígidas de la producción industrial y las reemplazaron con los tipos de lugares de trabajo y barrios que atraían a más jóvenes, y, lo que es más importante, más inversión.

Sus observaciones formaron rápidamente la base de un conjunto de soluciones técnicas informales. Si las ciudades decadentes querían sobrevivir, tenían que abrir bares geniales, cafeterías shabby-chic. Locales de arte que atraen a residentes jóvenes, educados y tolerantes. Eventualmente, la misteriosa alquimia de la economía creativa construiría un núcleo urbano nuevo y próspero.

Hoy, incluso Florida reconoce que estaba equivocado. El ascenso de la clase creativa en los lugares como Nueva York, Londres y San Francisco creó un crecimiento económico solo para los ya ricos, desplazando a los pobres y las clases trabajadoras. Los problemas que una vez se esparcieron al área pobre de la ciudad, ahora se han mudado a los suburbios.

La clase creativa desatada

Para argumentar a favor de la clase creativa, Florida lo hizo a base de extrañas cuantificaciones. Combinó datos del censo sobre ocupación, educación, “factor popularidad”1 (tomando en cuenta el número de jóvenes y la calidad de “vida nocturna y cultural”) y, curiosamente, el número de residentes homosexuales. Con este último se desarrolló un “índice de Bohemia” para calcular el efecto mágico de este grupo en el crecimiento económico urbano.

Florida asegura a los lectores que todos los seres humanos son animales fundamentalmente creativos, pero solo un tercio de nosotros podemos vivir de esa manera. Las clases creativas —a las que puedes pertenecer, sin saberlo— incluyen periodistas, profesores universitarios, trabajadores en el área de tecnología, diseñadores gráficos y artistas de cualquier tipo. Se hace referencia básicamente a cualquiera que no trabaje en los sectores manufacturaros o de servicios repetitivos y poco creativos.

Las “clases creativas” diagnosticaron el estado actual de las ciudades y ofrecieron recomendaciones para acciones futuras. Junto con Jane Jacobs, Richard Florida ha servido de inspiración para alcaldes, desarrolladores y planificadores que han peatonalizado las calles, han construido carriles para bicicletas y han cortejado las atracciones culturales como galerías de arte y teatro.

Dejando a un lado la retórica de innovación, crecimiento económico y espíritu empresarial, podemos encontrar algo irónicamente marxista sobre las ideas de Florida; los seres humanos son fundamentalmente creativos, la cual es la fuente de valor económico y las personas se vuelven alienadas cuando no pueden controlar los frutos de su creatividad.

Sin embargo, la escritura de Florida reduce el potencial humano. Su teoría del arte y la creatividad solo reconoce su contribución al crecimiento económico. La insistencia en los beneficios de la tolerancia tiene un propósito similarmente utilitario. Se debe celebrar a las comunidades diversas no por su propio bien sino porque estimulan la innovación.

Después de 15 años de planes de desarrollo adoptados a las clases creativas, Florida examina un paisaje urbano en ruinas. La historia de Londres es la historia de Austin. El área de la bahía corresponde a Chicago, Nueva York, Toronto y Sydney. En donde los ricos, los jóvenes y (en su mayoría) blancos redescubrieron la ciudad, crearon la especulación de la propiedad desenfrenada, el alza de precios de las viviendas y el desplazamiento masivo. La “clase creativa” fue solo la rica todo el tiempo, o al menos la educación universitaria de los hijos de los ricos.

En 1979, Pierre Bourdieu escribió que el consumo y la producción de arte daban a las clases medias altas un “sueño de volar socialmente”, una sensación de que sus gustos y creencias estaban de algún modo desvinculados de sus posiciones objetivas de clase. Las clases creativas de las principales ciudades occidentales fueron mejores en esto que nadie.

Durante la última década, Florida ha estado superando un alejamiento de parte de su optimismo inicial. Ya en 2005 describió las “externalidades” del auge de las clases creativas, es decir, trajeron niveles desenfrenados de desigualdad de ingresos en cada ciudad en la que habitaron. A medida que su trabajo evolucionó, la “economía creativa” dejó de ser un objetivo y en su lugar se convirtió en una fuerza imparable, algo que los gobiernos deben dominar en lugar de alentar.

Su último libro, La nueva crisis urbana (The New Urban Crisis), representa la culminación de esta gran culpa. A pesar de que se detiene antes de decirlo, casi admite que estaba equivocado. Él argumenta que las clases creativas se han apoderado de muchas de las grandes ciudades del mundo y las han estrangulado hasta la muerte. Como resultado, las 50 áreas metropolitanas más grandes albergan solo el siete por ciento de la población mundial, pero generan el 40 por ciento de su crecimiento. Estas ciudades “superestrellas” se están convirtiendo en comunidades cerradas, su vitalidad reemplazada por calles desarticuladas llenas de Airbnbs y casas de verano vacías.

Mientras tanto, la adicción a las drogas y la violencia de pandillas se han esparcido a los suburbios. “Mucho más que una crisis de las ciudades”, escribe, “la nueva crisis urbana es la crisis central de nuestro tiempo” − “Una crisis de los suburbios, de la propia urbanización y del capitalismo contemporáneo en gran escala”.

Las soluciones ofrecidas por Florida son modestas. Van desde los más específicos como viviendas más asequibles, más inversión en infraestructura y mayor remuneración por trabajos de servicio, hasta lo impreciso sea en participar en un esfuerzo global para construir ciudades más fuertes y prósperas en zonas del mundo que se urbanizan rápidamente y empoderar comunidades y capacitar a los líderes locales para fortalecer sus propias economías.

Mientras que Florida fue una vez un líder, una fuente de sabiduría de política urbana celebrada por políticos liberales y exclamado por celebridades como Bono, ahora tiene menos que decir. Su diagnóstico de la crisis que causó en parte no ofrece nuevos conocimientos. Ha remplazado sus amplias proyecciones de crecimiento infinito, alimentado por la creatividad con un tono de oscuridad apocalíptica. Su cambio es digno de mención, pero la “economía creativa” ahora tiene vida propia.

La economía creativa

En el libro “La formación de la clase obrera en Inglaterra” de E.P Thompson describió, en tonos probablemente demasiado románticos, un mundo preindustrial de los tejedores británicos de telar manual, una vida esencialmente creativa, espontánea y comunitaria. Los trabajadores cantaron y socializaron, disfrutando de un tiempo libre ilimitado. La monotonía y la disciplina del tiempo que acompañó a la revolución industrial desgarraron su existencia utópica.

Doscientos años más tarde, la clase trabajadora industrial en el norte global casi ha desaparecido, y la creatividad está volviendo en una apariencia diferente. La economía creativa ha remplazado a la industrial.

Con el apoyo vocal de personas como Richard Florida, las ciudades y los estados han intentado utilizar el arte con fines utilitarios, con la esperanza de transformar la espontaneidad humana en crecimiento económico. Comenzando en Bilbao en 1997, los alcaldes y los gobiernos han intentado revitalizar las ciudades industriales en quiebra con complejos de arte y museos diseñados para atraer a un grupo global de turistas.

El gobierno laborista de Tony Blair estaba particularmente obsesionado con convertir las fábricas en atracciones culturales. En un momento de regeneración urbana entre 1998 y 2002, el Reino Unido construyó galerías en antiguos espacios industriales en todo el país, desde el Tate Modern de Londres, ubicada en una antigua central eléctrica, hasta la galería de arte BALTIC, un antiguo molino harinero en Gateshead, así como el Manchester Lowry Museum y el Tate Liverpool, cada uno construido en antiguos muelles.

En todas partes se espera que la creatividad haga el trabajo que una vez hizo la industria, a veces explícitamente. Durante unos meses, un gran almacén anterior en Manchester fue adornado con las palabras “creatividad, forjado en Manchester en el yunque de la revolución industrial”. El almacén ahora alberga “eventos corporativos con una ventaja urbana”. La conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo tiene una unidad de “Economía Creativa”, que valora el mercado en “bienes creativos” en $547 mil millones de dólares.

No es necesario mencionar que estas iniciativas no han resultado los problemas estructurales que enfrentan las ciudades británicas. The Sage, una gran sala de conciertos construida en Gateshead en 2004, está a solo unas cuadras de la pobreza extrema.

Los resultados de la votación del Brexit del año pasado muestran que estas comunidades no han disfrutado ni de la reactivación económica prometida ni de la tolerancia creciente. Gateshead votó con 56% y Hull, designada como la “Capital de la cultura” oficial en 2013, rechazó la Unión Europea en un 68%. El arte no está entregando los bienes.
Las personas sin riqueza independiente luchan por ganarse la vida escribiendo o escuchando música. La escena musical norteña de la clase trabajadora de hace una generación —Joy Division, Pulp, incluso The Beatles— ha sido reemplazada por la presunción aristocrática de James Blunt o Mumford and Sons (La escena grime de Gran Bretaña representa una excepción, pero tiene lugar principalmente fuera de la vista de estas intervenciones urbanas espectaculares y huecas).

El geógrafo David Harvey ha argumentado que el cambio más grande en las economías urbanas durante los últimos cuarenta años ha sido el paso del sistema gerencial al de emprendedores. Los gobiernos municipales que alguna vez proporcionaron servicios a sus residentes en forma de asistencia social e infraestructura, ahora se comercializan en grupo globales de capital, turistas y fuerza laboral educada.

La noción de que la creatividad podría resolver estos problemas urbanos, ya sea desde arriba, con galerías de arte monumentales o desde abajo, con grupos barbudos de hipsters, es un síntoma de esta profunda transformación.
Richard Florida tenía razón cuando dijo que la “economía creativa” es la nueva forma del mundo. Pero su desarrollo no sucedió como él lo imaginó. En lugar de lanzar a la humanidad a una nueva fase de prosperidad, la nueva economía simplemente mantiene unidos los diferentes elementos del capitalismo tardío, haciéndolo aceptable para algunos, pero profundizando sus crisis y contradicciones para otros.

 

Sam Wetherell
Profesor de la Universidad de York, Inglaterra.

Traducción de Carolina Morgan.
El texto original fue publicado en Jacobin Mag bajo el título de Richard Florida is Sorry.


1 N.T. El termino original utilizado es  “coolness”.