Uno quisiera creer que las grandes discusiones sociales se basan en información y datos. No es así. En pleno siglo XXI, las discusiones rara vez están sobre razonamientos o datos científicos, sino en prejuicios, creencias y dinero. Esto cada día es más claro en países como Estados Unidos que cuenta con vastos ejemplos de debates ciencia versus creencias. Aquí hablaremos de los tres que están más arraigados en esa sociedad. El primero, es el debate de las armas, donde el argumento más usado para portarlas es la seguridad personal. La ciencia ha demostrado que la portación de armas hace todo lo contrario. Aun así, para muchos norteamericanos portar armas los hace sentirse más seguros en el ambiente de paranoia que existe en ese país.

La lógica simplista de que un arma los defenderá de los peligros contrasta con la complejidad de las relaciones sociales y las armas. La ciencia puede ayudar a comprender estas relaciones y saber porque se producen resultados contrarios a lo esperado. Por ejemplo, es muy baja la proporción de personas armadas que las han necesitado para defenderse. Por su parte, las personas armadas son más propensas a tener incidentes mortales, puesto que se sienten más confiadas en hacer cosas peligrosas como: pelearse o entrar en sitios peligrosos, y tienen tasas más altas de suicidio. No obstante, la gente que está convencida de que las armas son útiles, evitará la evidencia. La razón de esta ceguera selectiva se basa en lo arraigado que está la cultura de las armas en ese país. Por lo tanto, aceptar la evidencia no sólo significa dejar las armas, significa modificar sus creencias, sus pasatiempos, su religión, su forma de caminar, vaya, su vida. Con esta carga cultural, es preferible poner a los prejuicios por encima de la ciencia.

El segundo caso quizá es el más frustrante para los científicos: el cambio climático. La negación de la existencia de este fenómeno se encuentra en que también es contra intuitivo y aceptarlo genera una modificación en la forma de vida al grado que se ha vuelto un tema ideológico. El cambio climático sugiere que las bases del desarrollo como el auto, el petróleo las comunicaciones tienen un impacto negativo en todo el mundo. Contrario a la visión simplista donde el progreso se basa en el consumo y que la competencia económica genera bienestar, el cambio climático evidencia que las actividades humanas en todo el globo terráqueo están relacionadas entre otras cosas por el clima y, por lo tanto, las consecuencias de una actividad económica en una parte del mundo pueden ser devastadoras en otras. De nuevo, cambiar la visión implica cambiar formas de vida, y la concepción misma de relación económica y social de los países. Por eso se prefiere negar la evidencia.

El tercer caso ha sido la guerra desatada por los creacionistas contra la teoría de la evolución. La lógica indica que si uno es religioso y la Biblia dice que Dios creó al mundo en siete días hace unos 4 mil años, no hay mucho más que pensar. En cambio, la idea de que el planeta tiene cerca de 4 mil 500 millones de años (una cifra que se sale del imaginario en tiempo de cualquier persona), que somos el resultado de dinámicas complejas que derivan en la evolución de las especies y que por ello, además, el ser humano no es superior a cualquier animal o planta actual, es muy difícil de digerir y destruye las bases donde está asentada la fe para muchas personas.

La respuesta de estos tres casos hacia la ciencia son diferentes, y van desde negar la evidencia y evitar que se generen más datos (como el control de armas), pasando por seleccionar datos convenientes para “demostrar” sus hipótesis (como los que niegan el cambio climático) hasta imitar la forma de publicación científica de publicaciones religiosas con el fin de aparentar una falsa controversia científica sobre el tema (como el caso de los creacionistas).

En los últimos años ha habido un crecimiento del número de personas que ponen en duda la ciencia para apoyar algún tipo de creencia, lo cual ha empujado a ideas nuevas que cada día son más ridículas. Tal es el caso de la sociedad de personas que la tierra es plana. Hace unos meses hicieron su congreso, y aseguran que existe una conspiración para decir que la tierra es redonda.

Decía Carl Sagan que siempre ha habido creencias, supersticiones, brujería, radicalismos religiosos. Si bien la diferencia es que vivimos en una era basada en la ciencia y la tecnología y que desgraciadamente, las decisiones políticas se toman dando la espalda a la ciencia. “Esta mezcla de ignorancia y poder —en una era científica— tarde o temprano nos va a explotar en la cara…”. La toma de decisión sin bases científicas en políticas públicas es muy peligrosa, y aun así, han sido la pauta, pues las sociedades estamos inmersas en culturas y religiones que influyen las decisiones.

Se pensaría que México tiene poco que ver con estas controversias. No hay mucha discusión sobre las armas, excepto algunos que claman por ellas frente a la pésima política de seguridad de este gobierno y uno que otro senador despistado. No se cuestiona el cambio climático, pero se aceptan las políticas de maquillaje “verde” gubernamentales, que son inútiles o incluso nocivas para el ambiente y algunas lo fomentan (el ejemplo más evidente de esta incongruencia político-social es el Nuevo Aeropuerto). Tampoco exigimos que existan programas de adaptación y mitigación al cambio climático dejando nuestras ciudades y humedales a la deriva en los próximos años. Finalmente, esta sociedad primordialmente católica ha aprendido a vivir con las teorías de la evolución, por lo que rara vez existen confrontaciones.

Sin embargo, sí existen en México controversias sociales donde claramente se nota que los prejuicios están por encima de los datos científicos y generan el mismo tipo de encono que en nuestro país vecino. El tema de los autos y su relación con las bicicletas en las ciudades es uno de ellos. Aquí, también, aceptar la información científica es hacer un cambio radical en las creencias y el estilo de vida. Aunque en lugar de un arma de fuego, estamos hablando del automóvil. Desde pequeños hemos aprendido que un auto es símbolo de éxito. Esto ha tenido que ver con la promoción para que la gente compre automóviles, así como con que el gobierno que le cedió presupuesto y espacio público de movilidad al auto. En el 2014 a unos meses de subir el precio del boleto de metro de 3 a 5 pesos, el gobierno presumía, en el mismo en metro, el subsidio al impuesto de la tenencia para el auto y que a la fecha afecta a sus arcas. Para moverse en la ciudad, el peatón tiene que pagar proporcionalmente más al gobierno que el automovilista por un transporte público deficiente. El peatón tiene que transitar por pequeñas banquetas maltrechas y llenas de obstáculos, que ocupan porcentajes muy bajos (o nulos en algunos casos) del espacio público, tiene que subir puentes peatonales y caminar kilómetros extra para transitar por una infraestructura hecha para evitar que el automóvil se detenga por su causa. Con todo este bagaje de décadas de gobiernos auto-centristas, existen motivos para que la sociedad vea al auto símbolo de estatus que hay que alcanzar para ser feliz. Los que tiene auto pueden viajar cómodos, pues la infraestructura está hecha para ellos, teniendo todos los derechos sin pagarlos, mientras que los que no lo tienen sufren un transporte público con pésima infraestructura, por lo que son considerados ciudadanos de segunda.

Un siglo ha sido el tiempo que ha llevado esta conquista del espacio público por los automóviles y por lo que no están dispuestos a ceder ningún centímetro a nadie. La cultura auto-centrista ve con muy malos ojos que un carril, que solamente pueden utilizar los autos ya sea para transitar o estacionarse, sea utilizado por el transporte público. No importa que esta forma de movilidad transporte a muchas más personas, el transporte público invasor siempre se verá como una incomodidad. Pero el odio a perder espacio se lo llevan los ciclistas. La cultura auto-centrista explica las reacciones de los defensores del auto-estatus y que en el fondo son similares a los que niegan el cambio climático o apoyan las armas. Estos defensores evitan ver todos los estudios que indican que la movilidad auto-centrista es insustentable, incluso para los automovilistas, ya que cada día viajarán más lento y les costará más trabajo estacionarse. Las soluciones planteadas (como los automóviles auto-manejados) son similares a los dichos por Trump refiriéndose al “clean coal” (carbón limpio), ya que estas soluciones no atacan el problema central: la ocupación del espacio. Los autos son enormemente ineficientes en la relación espacio/persona y aun cuando sean híbridos, eléctricos, pequeños o sean manejados por la nube, los autos siempre necesitarán de mucho espacio público y generarán tránsito.

La visión auto-centrista denuesta cualquier estudio que indique que el ciclismo es una opción alternativa para la movilidad y que requiera de un trozo de todo el espacio que tiene el automóvil. En su lugar, se prefieren los razonamientos con cargas subjetivas, haciendo énfasis en los aspectos negativos de experiencias con ciclistas. Es por ello que los incidentes de ciclistas son exacerbados y, con ello, se busca indicar que todos los ciclistas son igualmente molestos, agresivos y peligrosos. Nunca se contrasta, por ejemplo, los accidentes de ciclistas con los de autos, ni en número ni en gravedad. Otro argumento muy utilizado es que las ciclovías están vacías, y que no están atascadas como lo están los carriles de los automóviles. Este argumento sugiere que el tráfico es deseable y demuestra eficiencia en la movilidad cuando es todo lo contrario.

Estamos frente a una dinámica auto-centrista que tiene que cambiar en pocos años y la reticencia a hacerlo está basada en la cultura urbana muy arraigada y ligada a la sensación aspiracional del auto como estatus. La experiencia que hemos tenido en la discusión en el cambio climático nos indica que no basta con divulgar lo más posible los datos que nos enfrentan a la realidad catastrófica que estamos comenzando a vivir, ya que con todo esto las personas no están cambiando sus actitudes de vida. Divulgar la información científica es necesario, pero se tiene que acompañar de estrategias que comiencen a erosionar las arraigadas visiones culturales urbanas del automóvil como símbolo del éxito. Esta estrategia es más difícil de lo que pensamos, mas no imposible.

Luis Zambrano es investigador del Instituto de Biología y Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, UNAM.