I

En sus Meditaciones del Quijote, publicadas en 1914,José Ortega y Gasset escribió una de sus frases más memorables: Yo soy yo y mis circunstancias. Y si no las salvo a ellas no me salvo yo. Los hombres marchan, decía Ortega, como héroes entre las circunstancias, “fija la mirada en remotas empresas, proyectados hacia la conquista de lejanas ciudades esquemáticas.” La imagen de Ortega se enmarca en la indisoluble relación entre la naturaleza y la cultura, lo material y lo espiritual, entre las circunstancias y el yo. “Selva y ciudad son dos cosas esencialmente profundas, y la profundidad está condenada de una manera fatal a convertirse en superficie si quiere manifestarse.”1

Esta imagen del hombre proyectando ciudades esquemáticas resuena en Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes, ensayo que, escrito en 1915, narra el esfuerzo de la comunidad humana por convertir en superficie una ciudad en el valle de México. Por aquel paisaje, los hombres venidos de Aztlán, como los héroes de Ortega, pasearon su “amplia y meditabunda mirada espiritual” para que la ciudad emergiera como flor de piedra. Es cierto que las grandes urbes, como París, Madrid, Berlín o Praga se fundaron cerca de cuerpos de agua, pero la ciudad de México se fundó más bien sobre ellos. México-Tenochtitlán se asentó en medio de un sistema de cinco lagos al que sus habitantes llamaron Anáhuac, que significa la tierra entre las aguas. Perpetuar el capricho de Huitzilopochtli no fue una tarea fácil ni mucho menos rápida, pues el “agua vengativa” se obstinó en “turbar los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel”:

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones −que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra.2

Ilustración: Adrián Pérez

II

El hombre ha intentado salvar sus circunstancias transformando el medio a través de la técnica y del Estado. No debemos considerar, sin embargo, que todos los proyectos técnicos en materia hidráulica obedecieron a la misma lógica. El dique construido por Netzahualcóyotl buscaba separar las aguas dulces de las saladas y controlar las inundaciones. En el mundo prehispánico, el agua y la tierra no eran cosas completamente distintas ni mucho menos opuestas: había suelos que por momentos podían ser agua, fertilizarse y volver a ser tierra. A la tradición prehispánica de controlar el agua, en cambio, se contrapuso la idea española de la ciudad seca. Por razones geopolíticas, Hernán Cortés optó por fundar la ciudad de México en el mismo sitio que Tenochtitlan y la nueva ciudad fue concebida, planeada y construida como un asentamiento seco, compacto y reticular, con sólidos edificios y rectas calles, en parte por incomprensión del sistema lacustre y en parte como resultado de la concepción urbana europea. El plan de desagüe novohispano, como lo ha demostrado Vera Candiani, se definió en el siglo XVII como garante de la “seguridad, conservación y perpetuidad” de la suntuosa capital imperial y de sus habitantes más poderosos; a finales del siglo XVIII, los proyectos de desecación tuvieron detrás de sí la especulación inmobiliaria; y no fue sino hasta el Porfiriato cuando se contemplaron usos adicionales como la fuerza motriz.3

El siglo XX “nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja”, escribió Reyes, quien entonces no sabía de todos los trabajos que seguirían para controlar el agua. Quizás “la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios” fue mal escuchada. Luis de Velasco, segundo virrey, llegó a decir con aparente desesperación que “el sitio de esta ciudad es el peor que se pudo escoger, y el que más azares tiene en la tierra”. Creer que es azar lo que no se comprende es parte de esa trivialización sistemática del mundo que llamamos civilización, escribió Sergio Buarque de Holanda. Consideramos caprichoso lo que no encaja en nuestra idea del mundo.4

III

“Cuando los creadores del desierto acaban su obra -dice Reyes-, irrumpe el espanto social”. Los colonos devastaron los bosques que rodeaban el valle, lo hicieron salitroso y hostil y las plantas erizaron sus garfios para defenderse de la seca. La imagen del entorno es también la del mexicano, cuyo carácter es forjado por esa adversidad. En la Visión persiste, sin embargo, la esperanza de cambio, “la confianza en una armonía que surgirá de la unión del sujeto con su espacio”, como escribe Castañón.5 A través de la “emoción histórica”, se puede dotar de sentido ideal al paisaje del Anáhuac y por tanto a la identidad nacional: “no desperdiciemos la leyenda”, dice Reyes, “No renunciaremos -oh Keats- a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces.”

La distancia y la idealización del joven Alfonso que escribe desde Madrid en 1915 se irá diluyendo con el tiempo. Quizás también la confianza en toda armonía posible. En 1940, ya desde México, se pregunta: “¿Es esta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empaña, por qué se amarillece?” El Estado mexicano robustece la ciudad y Reyes parece aterrorizado. Se ha traicionado la leyenda. El racionalismo triunfa sobre la emoción histórica.

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece. Cansado el desierto de la injuria de las ciudades; cansado de la planta humana, que urbaniza por donde pasa, apretado el polvo contra el suelo; cansado de esperar por siglos de siglos, he aquí: arroja contra las graciosas flores de piedra, contra las moradas y calles, contra los jardines y las torres, las nefastas caballerías de Atila, la ligera tropa salvaje de grises y amarillas pesuñas.6

IV

Sismos e inundaciones nos recuerdan constantemente dónde estamos parados. Los sismos son las serpientes que devoran a nuestras águilas agoreras. Las inundaciones son los lagos que reclaman superficie. Cuando en 1629 la ciudad se cubrió de agua por cinco años las autoridades virreinales se negaron a mover la capital dadas las fuertes inversiones que ya habían realizado. No querían perder, pero al hacerlo, condenaron a las siguientes generaciones a asumir el gasto de mantener a flote (literalmente) la ciudad.

Los inconvenientes de erigir la urbe sobre un lago se han discutido en tiempos recientes, por lo menos los últimos 700 años. Hoy es muy tarde para la mudanza y sólo nos queda pensar a futuro. Sin embargo, parece que avanzamos en la dirección equivocada. La construcción del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México se lleva a cabo en el último reducto del lago de Texcoco, una zona adonde fluyen las aguas en temporada de lluvias y en donde las aves encuentran morada. La solución, dicen los expertos de la Comisión Nacional del Agua, es un plan de construcción de infraestructura para el desalojo de aguas pluviales y la protección de la población contra inundaciones. Suena familiar a lo que se ha hecho por siglos; nuestra confianza en la técnica se mantiene intacta. En el fondo, como dice Edgerton, recurrir a la innovación es, paradójicamente, una forma de evadir el cambio cuando no se quiere cambiar.7 El argumento de que la ciencia y la tecnología del mañana resolverán los problemas de hoy no tiene sentido si ese mañana nunca llega. Necesitamos comprender nuestro espacio, necesitamos prever lo que le espera al Anáhuac si no pensamos y actuamos diferente, si no buscamos salvar las circunstancias para salvarnos a nosotros mismos.

 

Reynaldo de los Reyes Patiño
Estudiante del doctorado en Historia en El Colegio de México. 

Mayra Jocelin Martínez Martínez
Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.


1 Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1914, p. 35, 43 y 69.

2 Reyes, Alfonso, Visión de Anáhuac (1519), Madrid, Índice, 1923.

3 Candiani, Vera, Dreaming on dry land: Environmental Transformation in Colonial Mexico City, Stanford, Stanford University Press,p. 18; Candiani, Vera, “El lado oscuro del gran Desagüe de México: costos ecológicos y sociales en su entorno rural, 1608-1900”, 53 Congreso Internacional de Americanistas, México, Julio de 2009, p. 2. Comisión Nacional del Agua, Semblanza Histórica del Agua en México, México, Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, 2009, p. 23.

4 La cita de Velasco en Sala Catalá, José, Ciencia y técnica en la metropolización de América, Madrid, Ed. Doce Calles, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1994, p. 35. Holanda, Sergio Buarque de, Historia y literatura: antología, introducción de José Ortiz Monasterio, México, Fondo de Cultura Económica, Instituto Mora, 2007, p. 110.

5 Castañón, Adolfo, “Para una lectura de Visión de Anáhuac”, en Alfonso Rangel Guerra, et al., Visión de Anáhuac (1519). Visiones y revisitaciones: una lectura crítica, San Nicolás de los Garza, Universidad Autónoma de Nuevo León, Facultad de Filosofía y Letras, 2016, p. 88.

6 Reyes, Alfonso, “Palinodia del polvo”, en Ancorajes, en Obras Completas, tomo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, p. 61.

7 Edgerton, David, The shock of the old: Technology and Global History since 1900, Londres, Profile Books, 2008, p. 210.