Si hubo un corolario de la contienda electoral de 2018 que hizo visible la discriminación hacia las juventudes urbanas precarizadas en México ese fue sin duda el caso de Pedro Carrizales Becerra, candidato ganador de una diputación local en San Luis Potosí. No fueron pocas las personas –contando entre ellas a comunicadores de las buenas conciencias con amplio alcance mediático– que cuestionaron estupefactos en sus redes sociales la pertinencia de que uno de los futuros representantes en el congreso potosino usara pantalones tumbados, paliacate al cuello, camisa de cuadros, placazos tatuados en el pecho y mantuviera las manos del barrio bien firmes.

Aunque una sólida cargada salió a defender la victoria del también conocido como “El Mijis” y señalar el clasismo y discriminación que había detrás de estos cuestionamientos, para dichos adalides de la correcta moral había llegado a la cámara de diputados un pandillero, un cholo, un delincuente, un criminal, es decir, alguien a quien puede imputársele cualquier etiqueta peyorativa con que se nombra a un chavo banda, a un morro de la calle.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Ante dichos cuestionamientos, Pedro Carrizales ha salido a declarar que pertenece a las calles, que salió de ellas y que él mismo reivindica su identidad como un chavo banda. Entre sus seguidores lo identifican como ‘la voz de los olvidados’ pues es dirigente del “Movimiento Popular Juvenil” y de la organización “Un grito de existencia”. Desde ahí trabaja a favor de jóvenes marginados y en situación de calle con la doble intención de hacer visible la situación de discriminación, rechazo y violencia que experimentan los jóvenes de los márgenes urbanos y, a la vez, concientizar a los propios jóvenes precarizados sobre la posibilidad de vías no violentas en torno a sus proyectos de vida. La candidatura de "El Mijis" y su posterior elección es el ejemplo perfecto de ambas situaciones: ha encontrado un camino político y pacífico para que se escuche la voz de los marginados urbanos, pero por otro lado, se ha hecho patente la discriminación de la cual es objeto por asumirse como chavo banda.

A pesar de los estigmas que recaen sobre los jóvenes de las periferias urbanas, uno de sus representantes, "El Mijis", ha logrado colarse a una diputación en el congreso local. Retomo, con preocupación y esperanza, tres coordenadas que proponen Mabel Moraña y Manuel Valenzuela en su último libro1 a través de las cuales reflexionan tanto sobre los dispositivos neoliberales que tienen a los jóvenes en el abandono social y los empujan hacia la violencia y muerte, como la posibilidad de conciencia social y transformación política: precariedades, exclusiones y emergencias.

Precariedades

La existencia de chavos banda y poblaciones callejeras, que ahora se ven representadas políticamente por "El Mijis", son producto de una precarización constante y sistemática de sus condiciones vitales. El crecimiento de la desigualdad social en diferentes ciudades del país durante los últimos 30 años ha devenido en contextos citadinos marcados por la escasez y la carencia donde habitan chavos banda clasificados socialmente no sólo como ajenos a un orden urbano sino como un peligro para el mismo.

Como argumenta Lorey,2 las vidas precarias contemporáneas experimentan amenaza y constricción, viven con lo imprevisible, sus posibilidades de vida y trabajo estén expuestas a la contingencia sin ninguna posibilidad de previsión futura. Más que sólo puestos de trabajo inseguros o seguridad social insuficiente, la precarización con la que crecen los chavos banda abarca todas las dimensiones de su vida y su futuro, lo que tiene como consecuencia la inestable inmersión en mundos de vida violentos, tan comunes para ellos a partir de los últimos dos sexenios.

Exclusiones

Si "El Mijis" ha experimentado exclusión y discriminación social sin duda se debe a su identificación con los chavos banda y al atavismo con lo “cholo”. El cholismo, heredero del pachuquismo y del movimiento chicano de mediados de siglo, emergió –producto de la migración– como imagen juvenil de la desintegración social en los barrios populares de las ciudades fronterizas del norte del país en los años setenta. La vestimenta del cholo, símbolo de identificación con la raza, con su barrio y con el pasado chicano pauperizado, devino en elemento de exclusión y marginación de las sociedades urbanas. Los cholos han sido una de las figuras que, desde entonces, se han encumbrado como los criminales por excelencia en los imaginarios urbanos.

Refigurados en diferentes formas y prácticas juveniles populares desde Los Ángeles hasta El Salvador, aquellos identificados con el cholismo no sólo tienen formas de vida y de existencia degradadas por el sistema, sino que representan vidas indeseables en muchas sociedades urbanas. Convertidos, así, en la imagen de la podredumbre social, la circulación por las calles de los chavos banda convierte a la portación de tatuajes y de vestimenta bien tumbada, en la más mínima sospecha con que se ejerce la desmedida coacción policial hacia poblaciones callejeras, consecuencia extrema de la discriminación social. La brutalidad policíaca, denunciada por "El Mijis" en múltiples sitios, responde a la idea de que los morros de la calle deben ser desechados de la faz de la urbe sin una segunda oportunidad.

Emergencias

La elección de "El Mijis" ha hecho evidente que, a pesar de que se esté participando de manera institucional y dentro del margen de la ley,3 aquellos que parecen cholos o chavos banda siguen siendo discriminados y juzgados por su aspecto. Como ha declarado Pedro Carrizales, aquellos que “se supone son los educados, son de quienes he recibido los peores tratos”. Con un #SíMeRepresentaElMijis circula un hashtag en redes virtuales. Adjunto a dichas publicaciones se encuentra una imagen de "El Mijis" donde se lee: la discriminación nos borra. La candidatura de "El Mijis" representa un brote con el cual inscribir la precariedad urbana dentro de los círculos de la representación política.

Esta elección ha creado una diputación sin distancia social. Con su irrupción en el congreso, se canalizan formas de acción colectiva alternativa dentro de los límites institucionales que han enmarcado la política de arriba hacia abajo. Su nombramiento simboliza la oportunidad para reencauzar desde la tribuna pública la conversación en torno a aquellos jóvenes que no han encontrado otra opción en sus vidas más que la inmersión en mundos violentos y redes criminales. Esta coyuntura coloca en primer plano político las acciones preventivas de aquellos activistas que conocen el contexto violento de jóvenes que viven en la calle debido a que lo han experimentado en primera persona.

"El Mijis" representa una identidad callejera activamente politizada. Con su presencia pública se abre una puerta para redimir el estigma de ignominia social que pesa sobre los chavos banda. Aún más, como dicen sus seguidores en redes sociales, uno de los efectos colaterales de su entrada al congreso es que se pone sobre la mesa la posibilidad de comparar y comprobar una vieja sospecha: los que más han robado tienen trajes, no tatuajes.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal es estudiante del doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología en El Colegio de México.


1 Moraña, Mabel y Valenzuela Arce, Manuel, 2018, Precariedades, exclusiones y emergencias. Necropolítica y sociedad civil en América Latina, UAM-I/Gedisa, México

2 Lorey, Isabel, 2016, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad, Traficantes de sueños, Madrid

3 "El Mijis" ha sido acusado de ser un criminal a pesar de haber comprobado que no tiene antecedentes penales.