A inicios de marzo del 2015, el alcalde de Tijuana ordenó “limpiar” El Bordo. Dicho espacio es una canalización ribereña adyacente a la garita de cruce y a las puertas de retorno de Estados Unidos. La maquinaria pesada que se utilizó no solo levantó arena y maleza arrastrada por el agua sino también pequeños refugios que habían sido construidos a lo largo de varios años por una población flotante que en su mayoría había sido deportada del país vecino.

Tal como se intuye, las labores de “limpieza” requirieron de la fuerza policial para desalojar violentamente al más de medio millar de personas que habitaban dicho lugar. Según lo denunciado por activistas locales, estas personas fueron trasladadas violentamente hacia centros de rehabilitación bajo el argumento de que el problema de El Bordo era de consumo y venta de drogas y no un asunto migratorio y de deportación. Esta situación refleja la problemática que enfrentan las personas retornadas a ciudades fronterizas: acoso policial, estigmatización, desatención estatal, precarización, indigencia, venta y consumo de drogas.

Las cifras son abrumadoras. Durante los últimos ocho años, Estados Unidos ha deportado alrededor de tres millones de migrantes. Números que le valieron a Barack Obama el apodo de “deportador en jefe” entre los líderes de la comunidad latina en Estados Unidos. En el caso de México, las regiones que más resienten la andanada de estos espeluznantes números son las ciudades fronterizas por donde regresa la población expulsada. El retorno a través de estas urbes dista mucho de ser amable. Una vez allí, estas personas se enfrentan a una serie de problemas que tienen consecuencias graves y precarizantes para su trayecto de vida.

Fotografías: Juan Antonio Del Monte Madrigal

Por supuesto, la explicación de dicha situación es compleja. Las diferentes consecuencias que pueden enfrentar los migrantes deportados a ciudades de frontera dependerá de la conjunción de muchos factores que se han articulado de manera diversa a lo largo de su historia vital: reforzamiento del aparato fronterizo, endurecimiento de las políticas migratorias, involucramiento en actividades ilícitas, ruptura de vínculos familiares, entre muchos otros más. En ese sentido, cada caso de deportación es específico y distinto. Sin embargo, también es cierto que estas personas se encuentran ante una serie de dificultades comunes cuando son deportadas a través de estas urbes.

Regresemos al caso de Tijuana. Esta ciudad ha registrado, en la suma de los últimos cinco años, el mayor número de expulsiones de mexicanos provenientes de Estados Unidos. Tijuana, antaño conocida como ciudad de paso hacia el país del norte, bien podría repensarse como ciudad de retorno.

Figura 1. Eventos de expulsión de mexicanos desde Estados unidos en las principales ciudades fronterizas de recepción y Ciudad de México, 2013-2017

Fuente: Elaboración propia con base en los datos de la Unidad de Política Migratoria, “Repatriación de Mexicanos en Estados Unidos”, Boletines Estadísticos (2013, 2014, 2015, 2016 y 2017).

Vamos por pasos, ¿qué sucede al momento del retorno? Cuando cruzan el umbral de la deportación en El Chaparral,1 los retornados sopesan su futuro reduciéndolo a tres opciones coyunturales: intentar reintroducirse clandestinamente a Estados Unidos, aceptar un apoyo gubernamental para regresar a sus lugares de origen o buscar suerte en las calles de la ciudad.2

Con el paso de los años, la primera opción cada vez es menos viable. Las consecuencias penales por reintroducirse indocumentadamente al país son muy severas y van aumentando según el número de veces que los han detenido cruzando: dependiendo del expediente delictivo, pueden pasar 18 meses en la cárcel si cruzan una segunda vez y hasta 50 meses si cruzan una tercera vez. La vida en las prisiones norteamericanas está atravesada de conflictos raciales y políticos que, una vez experimentados, lo último que se quiere es volver a pisar esas celdas.

Por otro lado, desde la evaluación que hacen estas personas, no hay programas gubernamentales integrales que se hayan mostrado efectivos para su reinserción social. Es cuestión de suerte si al momento de ser deportados se encontraron con un esporádico programa laboral que ofrecía trabajo por un mes. El programa de Repatriación, con amplios objetivos de reinserción y apoyo integral, se redujo al ofrecimiento de un estímulo económico para trasladarse a sus lugares de origen. Si bien, en varios casos se acepta este apoyo, en muchas otras ocasiones se rechaza pues no quieren regresar a sus lugares de origen ya que su proyecto de vida está al otro lado de la frontera o la violencia desatada por la “guerra contra las drogas” controla las dinámicas de estas regiones. En última instancia, estos programas funcionan sólo para reinsertarlos en el mismo sistema de desigualdad y exclusión del que quisieron salir cuando migraron inicialmente.

La otra salida: buscar la sobrevivencia en la vida callejera, tal como sucedió en el caso de El Bordo.3 Ante la falta de asistencia gubernamental integral hacia esta problemática, la sociedad civil tijuanense ha contenido el problema a través de una red de albergues, organizaciones y comedores que colaboran en la sobrevivencia cotidiana ––Casa del Migrante, Desayunador del Padre Chava, Albergue de las Misioneras de la Caridad, Casa Madre Assunta, Casa de los Pobres, Ejército de Salvación, entre otros más–.

Sin embargo, acudir a estas redes no los exenta de tres grandes problemas existentes en la búsqueda de suerte por las calles de la ciudad: el acoso policial, la estigmatización y el involucramiento en redes de tráfico y consumo de estupefacientes. Efectivamente, los elementos que deberían cuidar la integridad de la población tijuanense –los agentes policiales– son aquellos que más vulneran a estas poblaciones: detenciones arbitrarias, retiro de identificaciones, maltratos y golpes, son algunas de las situaciones por las cuales estas personas buscan huir de la policía local.

El acoso y la discriminación policial también se extiende a otras instancias sociales de la ciudad. En Tijuana, la estampa del ‘paisano’ con jeans, playera, gorra y mochila combinada con la suciedad propia de los espacios callejeros es una figura asociada a estereotipos de drogadicción y fracaso migratorio. Los deportados son personas estigmatizadas que se observan como una amenaza para diversos sectores de la sociedad tijuanense. Esto, claro está, revela mecanismos de exclusión a las que estas personas se enfrentan cuando arriban a la ciudad.

El fácil acceso al consumo de drogas en las calles de la ciudad, se coloca como una posibilidad inmediatista para su sobrevivencia cotidiana. Además, la violencia de las redes del narcotráfico –que, según algunas investigaciones, ya controlan tanto el trasiego de drogas como el cruce de migrantes– con la que conviven cotidianamente se convierte en un factor más de riesgo para su sobrevivencia en las calles de Tijuana.

Aún están por evaluarse los efectos de las políticas de Trump. Ante un discurso beligerante de cero tolerancia a la migración indocumentada ¿estamos preparados para recibir a una cantidad mayor de deportados? Claramente no. El caso de Tijuana es importante por su magnitud, pero las ciudades fronterizas han recibido en su totalidad a más de 1.2 millones de deportados en los últimos cinco años (2013-2018) y es probable que en todas ellas los problemas para los retornados sean similares. Se vuelve indispensable entonces, la colaboración entre las redes existentes de asistencia social y el Estado, de manera que las instituciones públicas y sus acciones al respecto no se conviertan en agentes de ultraprecarización de poblaciones ya de por sí precarizadas.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal
Estudiante del doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología en El Colegio de México.

Referencias:

Albicker, S y Velasco, L, 2016, Deportación y estigma en la frontera Mexico-Estados Unidos: atrapados en Tijuana, Norteamérica, 11(1), enero-junio, 99-129.
Odgers, O, y Campos, A, 2014, “Figés dans le mouvement: périodes et espaces d’attenté des migrants mexicains expulsés des États-Unis”, Revuee Européenne des Migrations Internationales, Vol. 30, No. 2, p.113-135.
Slack, Jeremy y Whiteford, Scott, 2011, “Violence and Migration on the Arizona-Sonora Border”, Human Organization, The Society for Applied Anthropology, Vol. 70, No. 1, pp. 11-21.
Velasco, Laura y Albicker, Sandra, 2013, Estimación y caracterización de la población residente en “El Bordo” del canal del Río Tijuana, El Colegio de la Frontera Norte [Reporte ejecutivo de resultados de investigación], Tijuana.
Velasco, Laura y Coubes, Marie Laure, 2013, Reporte sobre dimensión, caracterización y áreas de atención a mexicanos deportados desde Estados Unidos, El Colegio de la Frontera Norte [Documento Oficial], Tijuana.


1 Nombre con el que se conoce la zona de regreso a México en Tijuana antes de llegar a El Bordo.

2 Si bien hay mucha bibliografía y reportes que corroboran esta situación Velasco y Albicker, 2013; Velasco y Coubes, et. al., 2013; Odgers y Campos, 2014; estas tres opciones coyunturales las extraigo a partir de la experiencia que deportados que viven en la calle en la ciudad de Tijuana me contaron durante el trabajo de campo que he venido realizando en dicha ciudad.

3 Si bien el caso de El Bordo es el más conocido mediáticamente, se ha corroborado la existencia de otros espacios en la ciudad que concentran una cantidad considerable de personas deportadas viviendo en condiciones deplorables.