Una intuición parece confirmarse estos días de octubre: el reforzamiento de la frontera sur de Estados Unidos no comienza en los desiertos del Colorado ni en las inmediaciones del Río Bravo, sino en el paralelo 14 norte, ahí donde se ubica el Río Suchiate. Los esfuerzos estadunidenses por cerrar el paso a migrantes centroamericanos, además de iniciar en la frontera sur de México, han tenido un correlato discursivo racista, de odio y rechazo hacia el migrante sureño que tiene décadas siendo alimentado por un bloque antimigrante.1 Este bloque ha definido los límites del debate migratorio alrededor de cuestiones de criminalidad y terrorismo y actualmente su vocero principal ocupa la presidencia de ese país. Preocupa, sin embargo, la forma en que ese debate se ha replicado en México con la irrupción de la caravana de migrantes provenientes de países del triángulo norte de Centroamérica –sobre todo hondureños.

Vayamos por partes, un poco de contexto sociohistórico ayudará, quizá, a matizar la discusión. Los acontecimientos terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York fueron la punta de lanza de un cambio en las políticas de seguridad interior estadunidenses: el aparato fronterizo habría de ser reforzado. Con la entrada en vigor de la Homeland Security Act en 2002 se redistribuyeron y aumentaron recursos para detener por igual el tránsito indocumentado de migrantes, la entrada de terroristas a territorio norteamericano y el trasiego de drogas. La lucha contra el terrorismo y el narcotráfico se equipararon al combate de la migración indocumentada. Donald Trump no ha hecho más que diseminar peyorativamente entre sus seguidores la equivalencia que las leyes norteamericanas sostienen en torno a la migración, el narcotráfico y el terrorismo. Todos son criminales y a todos hay que mantenerlos afuera de las fronteras nacionales.

Ilustraación: David Peón

Detener la migración, entonces, se convirtió oficialmente en un asunto de seguridad nacional. Sin embargo, este Estado de Seguridad Nacional estadunidense (Gonzales, 2014) tiene una dimensión trasnacional donde México ha participado activamente en el control migratorio de centroamericanos hacia el norte del continente, sobre todo a partir del capital inyectado con la Iniciativa Mérida. Aprobada en 2008, con esta iniciativa los Estados Unidos contribuyeron con distintos recursos para el combate mexicano al narcotráfico2 —equipo y capacitación militar, sistemas de comunicaciones, transición al nuevo sistema penal— en donde fue fundamental el reforzamiento de la seguridad en los puertos fronterizos de este país.

Figura 1. Eventos de salvadoreños, guatemaltecos y hondureños devueltos por la autoridad migratoria norteamericana, 2009-2016

Fuente: Elaboración propia con base en los datos del Departamento de Seguridad Nacional, Yearbook of Immigration Statistics (2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016)
* Los datos agrupan la suma de los removidos y los retornados.

Figura 2. Eventos de salvadoreños, guatemaltecos y hondureños devueltos por la autoridad migratoria mexicana, 2009-2018

Fuente: Elaboración propia con base en los datos de la Unidad de Política Migratoria, “Extranjeros presentados y devueltos”, Boletines Estadísticos (2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017 y 2018)
* Los datos de 2018 son hasta el mes de agosto.

Los estadísticas no dejan mentir. En los últimos años México ha deportado a más migrantes salvadoreños, guatemaltecos y hondureños que Estados Unidos. Si las instancias migratorias del gobierno mexicano tienen años fungiendo como un brazo extraterritorial de la patrulla fronteriza estadunidense, el viernes 19 de octubre fuimos testigos de su versión más deleznable. Algo que lleva tiempo ahí se hizo visible.

El despliegue de fuerzas realizado en la frontera de Ciudad Hidalgo-Tecún Uman fue algo inédito, sobre todo después de que Donald Trump amenazara —en unos cuantos tuits— con cerrar militarmente la frontera con México. Las pedradas lanzadas por algunos cuantos del lado de la caravana, fueron el pretexto de la policía federal para ejercer la dureza de su fuerza contra los integrantes de la misma. Se les acusó de que ellos no respetaron, que se les ofrecía amablemente pasar, que dieron portazo, que se lo merecían y que no estemos desinformando al no contextualizar la información que circula. Una petición que, como siempre, responsabiliza a los migrantes por estas acciones. Únicamente a ellos y a nadie más.

Pero no hay nada de contexto en ello en realidad. De hecho, la situación en su momento era brutal, como se lee en la crónica de periodistas que acompañaron la caravana.3 Que haya contexto implicaría también entender que son parte de un proceso de expulsión incentivado por formaciones predatorias de países desarrollados que basan su progreso en una compleja extracción de los recursos de estos países (Sassen, 2015), países del norte empobreciendo a los del sur en una escalera de precarización trasnacional con dirección austral. Así como de una operación gubernamental local de élites económicas conservadoras que comandan los países de la región de manera violenta, negligente e impune –incluyendo la tolerancia a golpes de Estado y a grupos criminales–, cuyos efectos los paga la población local marcada por una tremenda pobreza y exclusión social.

Los integrantes de esta caravana están migrando no porque ellos quieran, no por decisión personal, sino porque se están viendo obligados a hacerlo. La caravana migrante es un proceso de movilidad por la fuerza, no por elección. Huyen de la pobreza y de la violencia que hay en sus países. Por eso, estos son los dos ejes que no pueden dejar de ser la lumbrera de la reflexión: pobreza y violencia en la región.4

A estas personas no les importa que Trump amenace a su gobierno con cortar la ayuda internacional, porque ellos nunca han visto ni han sentido que esa ayuda les llegue. Las amenazas y negociaciones que se hacen a nivel institucional no tienen correlato a su nivel terrenal. Al contrario sólo ven violencia y pobreza. Eso los hace migrar, y ahora deciden migrar en grupo.

La migración centroamericana en su paso por México lleva años siendo todo menos amable. La violencia ejercida por la policía federal lleva tiempo ahí, pero hoy se hace visible. Las violaciones a mujeres en su paso por el país, llevan tiempo ahí, más hoy se hacen visibles. Los robos a migrantes en la Bestia llevan tiempo ahí, por hoy se hacen visibles. Han pasado años desde que los migrantes son víctimas invisibles de secuestros, agresiones, desapariciones, extorsiones y fuerza excesiva, tanto de grupos criminales como de los controles migratorios. Por eso, ir en caravana es ir con protección. Así, a través de una red caminante de fuerza, apoyo y contención, encuentran la seguridad que no tendrían viajando en el tren, migrando solos o arriesgándose a transgresiones, acosos y golpes.

Cuando los fronterizos de los años noventa cruzábamos hacia California por vía terrestre, había letreros inolvidables en el freeway: un cuadro amarillo, con la palabra CAUTION y una familia corriendo. El “immigration sign”. Este señalamiento vial alertaba a los automovilistas de la inminente posibilidad que una familia de migrantes cruzara corriendo por esas carreteras. Aún recuerdo las imágenes de la época en la televisión, paisanos irrumpiendo en masa por la garita de San Ysidro con rumbo a Estados Unidos, algunos siendo detenidos por la policía, otros toreando a los carros que frenaban intentando evitarlos. Como recordaron estos días en internet, ahora ellos son vistos como héroes porque han sido quienes, trabajando en las labores más arduas, lograron enviar remesas a México y con ello colaborar a la estabilidad de la economía nacional. Por eso sorprende los comentarios reaccionarios que han surgido por parte de algunos –no pocos– sectores conservadores en México respecto a la irrupción de la caravana migrante a través del puente del Río Suchiate.

El discurso norteamericano que confunde a la migración indocumentada con criminales y terroristas, parece replicarse ahora que se presentan los centroamericanos en masa: asesinos, simios, pobres, holgazanes, lo peorcito, analfabetas, fueron algunos adjetivos que se usaron en redes sociales mexicanas. (De hecho, Fox News, el noticiero más conservador en Estados Unidos y el mismo Donald Trump, han celebrado la reacción que ha tenido el gobierno mexicano ante esta caravana). Parece que esa dimensión de extranjería de la que hablaba Simmel (2012) —cuando alguien geográficamente lejano se representa como alguien extraño en un territorio propio— se exacerbó peyorativamente contra los ciudadanos de países latinoamericanos históricamente hermanados.

El raciclasismo contra los centroamericanos –trasunto sureño de la supremacía racial y de clase de una élite trastocada en este país– lleva años alimentándose progresivamente, pero hoy se hace notar porque se presentan masivamente. Si no fuera así, las flagrancias a sus derechos humanos seguirían repitiéndose, en todos los niveles, sin que se hagan aspavientos mayores. Seguirían siendo los pobres migrantes que no importan.

Urge comprender que, en casos como éste, la migración no es algo que se elige, sino algo que apremia. El éxodo centroamericano involucra a personas que buscan refugio en otros países –paradójicamente lo hacen en esos países que sostienen los procesos de desposesión de los que huyen–. Es necesario comprometernos con el libre tránsito de estas personas, para que se lleve a cabo, sobre todo, de forma pacífica. Una paz a la que se le siguen poniendo muros.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal
Estudiante del doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología en El Colegio de México.

Referencias bibliográficas
Gonzales, Alfonso, 2014, Reform Without Justice. Latino Migrant Politics and the Homeland Security State, United States of América: Oxford University Press
Sassen, S, 2015, Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, Buenos Aires: Katz Editores
Simmel, G. et. al, 2012, El extranjero. Sociología del extraño, España: Sequitur


1 Grupo de fuerzas políticas, intelectuales y mediáticas cuyos discursos racializan a la mayoría de los latinos como extranjeros e inmigrantes por su fenotipo y características culturales, incluyendo a los nacidos en territorio norteamericano. (Gonzales, 2014)

2 No es materia de este artículo, pero dicha Iniciativa colaboró en la descarnada guerra contra las drogas que se desató en México en la época de Calderón y que mantiene a este país sumido en una crisis de violencia atroz.

3 El calor insoportable y la falta de servicios médicos hizo que de a poco comenzaran a desmayarse niñas, madres y sus bebés que esperaban en el puente del Río Suchiate, lo que desató la furia de la vanguardia de la caravana.

4 Según el Panorama Social de América Latina, 2017, de la CEPAL, tanto Guatemala como Honduras tienen una tasa de 60% o más de personas en situación de pobreza. (Los datos para Guatemala corresponden al 2014 y para Honduras al 2016. Los datos sobre El Salvador vienen en porcentajes de hogares en dicho reporte). Por otro lado, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, la tasa de homicidios intencionales por cada 100, 000 habitantes en 2016 era de 56.5 en Honduras, 82.8 en El Salvador y 26.1 en Guatemala. Mientras que en México correspondía al 19.5. Es decir, en un par de estos países los homicidios se multiplicaron por tres o cuatro veces más que en México.