La decisión la tomó medio centenar de vecinos. El 12 de octubre, en las instalaciones del Museo de la Memoria Indómita, durante una improvisada asamblea, se aprobó por unanimidad el proyecto «#ReginaSeCamina, nuestra apropiación del espacio público». Con el presupuesto de Mejoramiento Barrial –poco más de medio millón de pesos– los vecinos de la calle Regina, en el Centro Histórico, pretenden contrarrestar el abandono de un corredor cultural en el cual se invirtieron alrededor de 54 millones de pesos, hace exactamente 10 años.

Parece que a nadie le importa o pocos parecen notarlo. Pero de los 11 teléfonos públicos instalados a lo largo del corredor, 10 han sido vandalizados; una buena parte del arbolado está muerto; en época de lluvias, las aguas negras brotan de las rejillas pues la grasa que los restaurantes vierten en ellas bloquea el drenaje. Males menores para una de las calles más populares del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Primera vialidad en restringir por completo el paso de vehículos, el “corredor cultural Regina” se anunció en el 2008 como un proyecto que rescataría la zona del deterioro, del abandono y la criminalidad por medio del arte. En su promoción y planificación, las autoridades actuaron en mancuerna con la Fundación Centro Histórico y la Inmobiliaria Centro Histórico —ambas comandadas por Carlos Slim— quienes ya impulsaban, al menos desde cuatro años antes, una estrategia para atraer jóvenes de clase media —profesionistas y artistas, sobre todo— que repoblarían Regina y sus alrededores. Se remodelaron viejos edificios, se impulsaron festivales y “circuitos colectivos”, y comenzaron a ofertarse departamentos a rentas bajas.

El entusiasmo no duró. Hoy los habitantes de Regina –tanto quienes cuentan décadas de habitar la calle, como aquellos atraídos por las promesas de cultura y desarrollo– atestiguan el caos. El corredor cultural pronto se convirtió en un cúmulo de giros negros; la popularidad de la calle impactó en el precio del alquiler: la cerveza al por mayor se convirtió en el único negocio capaz de mantener a flote locales donde antes se vendía comida japonesa o café. El compromiso de no gentrificar la zona —incluido en el proyecto original— se rompe cada que una tienda de ultramarinos, una sastrería o un taller de bicicletas cierra, incapaz de competir con el carácter etílico de la calle. El mobiliario urbano, que se instaló como parte del nuevo espacio público incluyente y de libre acceso, pronto sirvió como la extensión natural de los negocios privados. La promesa de mayor seguridad cayó cuando el narcomenudeo se apoderó de varios puntos y establecimientos; no tardaron en llegar las primeras balas.

Ilustración: Adriana Quezada

—Prácticamente cada mes abre una nueva chelería, o dos —dice Salvador García, uno de aquellos vecinos que llegó atraído por la idea de un barrio bohemio y uno de los impulsores del proyecto de Mejoramiento Barrial. Mientras camina por Regina, señala primero la planta baja de un edificio, abierta de tajo para instalar un bar donde antes había departamentos, después la puerta diminuta de una guardería cercada por las mesas de dos cervecerías nuevas—. Evidentemente hay algo mal aquí. No soy el único que se siente engañado.

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Caminar suele parecer un acto sencillo, no siempre lo es. A principios del siglo XIX, por ejemplo, caminar por los bosques de Gran Bretaña bien podía valer la cárcel o una elevada multa: la campiña tenía dueños, fronteras invisibles la cruzaban de forma arbitraria. A partir de 1815, decenas de clubes de caminantes –la Asociación para la Protección de Senderos o la Sociedad Espacio Abierto, por mencionar sólo algunas– comenzaron a surgir en distintos puntos del Reino Unido para defender la libertad de los ciudadanos para pasear.1

«Caminar es la antítesis del poseer», sentencia Rebeca Solnit en su libro Wanderlust. «Postula una experiencia móvil, compartible, con las manos vacías del territorio. Los nómadas han sido usualmente molestos para el nacionalismo, porque su deambular dibuja y perfora las fronteras que definen las naciones; caminar hace lo mismo a una escala más pequeña: la de la propiedad privada».

Ser peatón en una metrópoli cuyo modelo de movilidad privilegia viaductos y grandes autopistas también contiene un gesto subversivo. Las calles donde se prohíbe el acceso a vehículos motorizados aparecieron desde los años 20 del siglo pasado en varias ciudades estadounidenses; hoy son casi una regla en buena parte de los centros turísticos en casi cualquier ciudad del mundo. De acuerdo al célebre informe Buchanan,2 publicado en 1963, las calles peatonales son también “recintos ambientales”: su mera existencia tiende a mejorar la calidad de las zonas residenciales. Es claro: el espacio público se construye y goza a pie.

No obstante, mejorar espacio público y salvaguardar el medio ambiente no es el único motivo para privilegiar las caminatas antes que los autos. En teoría, el objetivo es disminuir la contaminación, el ruido, los accidentes viales y ordenar el espacio público. Sin embargo, de acuerdo a Alfonso Sanz Aldúan, los corredores de tránsito restringido configuran múltiples modelos de ciudad: «Se puede así encontrar un centro histórico para el turista (la ciudad-museo), un centro histórico para el comprador (la ciudad-hipermercado), un centro histórico para las instituciones oficiales (la ciudad del poder político) o un centro histórico para la diversión nocturna (la ciudad-bar)».

El modelo de calles peatonales es casi una fórmula que obedece, sí, a una necesidad de orden pero también a un potencial turísitico-financiero. Los ejemplos sobran. La Universidad de Wisconsin conecta con el Capitolio, a través de una extensa calle que a su vez es un centro comercial. En Inglaterra, el centro de la ciudad Stevenage, fundada en 1953 con un enfoque peatonal claro, se consolidó pronto como uno de los centros comerciales más visitados de Europa. Incluso la celebrada peatonalización de la calle XV de noviembre, en la ciudad brasileña de Curitiba, tuvo un interés monetario: el invierno de 1972, un batallón de obreros tomó la calle por la noche y con picos, perforadoras y palas mecánicas destruyó el asfalto para sorpresa de todos; la acción duró 72 horas —todo un fin de semana— durante los cuales nadie pudo interponer una demanda: muchos comerciantes se oponían, pero los tribunales estaban cerrados. La intervención estuvo comandada por Jaime Lerner, el joven alcalde de la ciudad, quien actúo en conjunto con el corporativo Serete/Wilheim; juntos crearon toda una estrategia mediática para legitimar sus planes. Su éxito se midió a partir del incremento de las ventas: hoy 49 cuadras de Curitiba han sido peatonalizadas.

El ejemplo perfecto en la Ciudad de México es la calle de Francisco I. Madero: convertida en un corredor peatonal en el 2010, su conexión entre la Alameda y la plancha del Zócalo la dotan de una importancia vital; de acuerdo al gobierno capitalino, 350 mil personas la recorren todos los días: la energía liberada por las pisadas sería suficiente para abastecer de electricidad a tres mil viviendas. Y aunque desde la colonia fue una calle donde el comercio era su actividad principal, su intervención provocó el incremento del precio del suelo, desplazando a decenas de negocios locales, dando paso a las grandes franquicias. Desde entonces, cambiaron por completo los hábitos de consumo y el carácter político de una calle emblemática por su papel en la historia de la ciudad y del país, se difumina.

En los últimos 13 años, el gobierno de la CDMX peatonalizó y semipeatonalizó cinco kilómetros de calles en el Centro Histórico: Motolinía, Gante, Regina, 16 de Septiembre, Doctor Mora; además, se ampliaron las banquetas en República de Perú, República de Brasil, en República de Cuba y en 20 de noviembre. Y el proyecto continúa.

En este contexto, caminar parecería una cosa fácil, inocente; no siempre lo es. En nombre de los peatones se pueden imponer nuevas fronteras. Entre la ciudad hiper-mercado y la ciudad-museo, cada vez es más difícil –precisa Sanz Aldúan– encontrar ejemplos reales de Centros Históricos habitables: un diseño urbano donde los grandes desarrollos no desplacen habitantes, donde las oficinas compartan espacio con los talleres, donde los jóvenes no excluyan a los ancianos y donde los funcionarios puedan comer en el mismo lugar que los obreros. No es lo mismo caminar a través de una campiña inglesa que deambular por una ciudad colonial, como no debería ser igual pasear por un Centro Histórico que recorrer un supermercado.

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Rescatar el Centro Histórico. La frase aparece cada sexenio. Como si esta zona de la ciudad viviera un constante secuestro o estado de indefensión. Tras la balacera ocurrida en septiembre en Garibaldi, que dejó cuatro muertos, Néstor Núñez –el ahora alcalde de la delegación Cuauhtémoc– anunció una intervención para rescatar la zona de Lagunilla, Garibaldi y el Teatro Blanquita; además de “recuperar” el Mercado 2 de Abril, el  Teatro Hidalgo y la zona del Metro Hidalgo; todo mediante un corredor comercial, turístico y económico, en donde las calles peatonales sean un proyecto de continuidad —la actual administración inició ya las obras para peatonalizar las calles Licenciado Verdad, Moneda y República de Guatemala—.

Es difícil no celebrar la revitalización de un espacio de tal importancia como el Centro Histórico. Nos olvidamos casi siempre que los proyectos de “rescate” suelen desatar una cadena de violencias simbólicas y materiales. Así, para rescatar una zona, se desestiman las formas de vida y las relaciones sociales tejidas en torno a un territorio, se genera una limpieza social —acompañada de violencia policiaca— para borrar comunidades asociadas al desorden —comerciantes informales, personas en situación de calle, indígenas que okupan vecindades— además de desplazar habitantes mediante el incremento del alquiler.

—El diagnóstico que tenemos es muy adverso, sobre todo en el tema de seguridad —dice en entrevista Dunia Ludlow, próxima titular de la Autoridad del Centro Histórico—. Es cierto: hay calles que se han intervenido y la intervención provoca, muchas veces, que estas calles se vacíen. Es cuando se vacía justo cuando se dispara la inseguridad.

—¿Está convencida de que la vida habitacional reduce la violencia?

—Completamente: la vida es seguridad. Hay mucha actividad y riqueza en el Centro. Los propios vecinos promueven y cuidan su espacio. Se debe enlazar comunidades, generar vecindad, no sólo de día, sino también la noche debe servir para conservar la riqueza del Centro.  Y generar una autonomía, de alguna manera, que garantice la dignidad del espacio, tanto para visitantes como para residentes.

—¿Cómo lograr que los nuevos corredores peatonales respondan a una dinámica integral? 

—Regina y Madero no fueron exitosas en términos de habitabilidad. y ambas experimentan un proceso de degrado por un tema de mala gestión. Eso lo sabemos. La sobresaturación de Madero, el exceso de chelerías irregulares en Regina, son problemas de orden urbano que se han dejado a un lado. Hay que mantener un acompañamiento constante en las intervenciones para que estas no se abandonen una vez entregadas; además, es necesario, urgente, incentivar la vivienda. Por otro lado, hay que ser cautelosos: porque si logramos activar todo el potencial que tiene el Centro Histórico, sí podemos generar dinámicas de gentrificación, que son nocivas aquí y en cualquier lugar.

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Para diversos urbanistas, lo que vemos en el Centro Histórico, más que un proceso de gentrificación obedece a una dinámica de globalización que rebasa lo económico y genera una homogeneización cultural.3 La riqueza del Centro Histórico —el valor tanto de su patrimonio histórico como de su cultura popular— desaparece ante el embate de un modelo de negocios que opera de forma idéntica tanto en el interior de las grandes centros comerciales, como en los grandes centros urbanos privatizando así las plazas públicas, de manera no siempre sutil.

Así, la palabra gentrificación del Centro Histórico genera un falso debate en el imaginario público. Entendida como la expulsión de residentes de bajo nivel económico para dar cabida a una clase social con mayor poder adquisitivo, el término gentrificación alimenta la visión de los nuevos residentes como fuentes de los problemas de planeación urbana mientras la discusión real —para qué y para quién se peatonaliza el Centro Histórico, por ejemplo— queda en el aire.

Por una parte, autoridades y desarrolladores festejan el nuevo carácter peatonal del Centro Histórico. Por el otro, las personas atraídas para habitar estos espacios y sus alrededores se desencantan pronto de su nuevo hábitat. El caso de Regina es ejemplar. Aunque muchos de los antiguos vecinos mostraban simpatía por la remodelación del espacio debido a la mayor iluminación y la sensación de limpieza y seguridad, hoy incluso los nuevos residentes experimentan un rechazo a los espacios abiertos de su barrio debido al ruido, el desorden y la incapacidad de disfrutar un espacio que ha sido cooptado por la dinámica comercial, al tiempo que ven cómo el proyecto cultural al cual fueron invitados y por el cual pagan una renta cada vez más alta, se deteriora por completo.4

Escribía René Coulomb en el 2008: «En el proyecto de regeneración —mal llamado “rescate”— del centro histórico de la Ciudad de México, está en juego no sólo la recuperación y conservación de un patrimonio histórico y cultural de enorme significado, sino también la construcción de una nueva centralidad para una metrópoli de más de 19 millones de habitantes. De lo contrario, el centro histórico de la ciudad de México tiene como destino ser el museo de la historia de una ciudad sin proyecto colectivo».

 

Carlos Acuña
Reportero y editor. Ha escrito en revista Emeequis, Chilango, Letras Libres y Horizontal.


1 Solnit, Rebecca. 2015. Wanderlust. Hueders.

2 Buchanan, Colin D. 1963. El tráfico en las ciudades. Tecnos.

3 Pineda, Alma y Velasco, Mauricio. (2017). Ciudades y Centros Históricos: los retos de la vivienda y la habitabilidad. México: UNAM.

4 Medina, Amaranta. Regina, el espacio público que confina. UAM, Iztapalapa.