En medio de la dificultad reside la oportunidad.
—Albert Einstein

La errática capacidad de planificación, el aumento del cambio de uso de suelo, el incremento del número de asentamientos humanos irregulares, los fenómenos naturales (sismos, huracanes, sequías etc.) potencializados por los efectos del cambio climático, definen una realidad en las ciudades que es poco esperanzadora para toda la población, pero en particular para las personas más pobres y vulnerables. Este hecho, no ha pasado inadvertido para la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que durante la Conferencia de las ONU sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible del 2017, presentó el documento “Invirtiendo en Resiliencia Urbana”, en el cual advierte el aumento en la frecuencia  de desastres sociales relacionados con fenómenos naturales, así como crisis económicas, guerras  y derivados del exceso de consumo de recursos naturales, lo cual representa un mayor riesgo para el planeta, pero en específico para las ciudades en el mundo. Todos los días lo podemos constatar, con más frecuencia, en las noticias, donde huracanes, inundaciones, sequías o temblores,1 devastan poblados y ciudades.

Con esto en mente, ciudades de todo el planeta han puesto en marcha un plan para aumentar su resiliencia. Todo el mundo está hablando de resiliencia pero ¿qué significa esto y que tenemos que hacer para conseguirla?  El concepto de resiliencia aplicado a las personas puede ser definido como la capacidad de afrontar la adversidad. De forma similar, para las ciudades (y los ecosistemas en general), se refiere a la capacidad que tiene un sistema de recuperarse después de una perturbación. Esto significa que, si bien es importante disminuir los impactos al ambiente por nuestras acciones, es urgente que estemos preparados para recuperarnos ante eventos catastróficos.

Ilustración: Kathia Recio

En este sentido, las áreas verdes urbanas son elementos clave para la resiliencia urbana. Se sabe que la vegetación urbana provee beneficios importantes para las ciudades como la infiltración del agua, la captura de carbono, purificación del aire, reducción del ruido y la regulación de la temperatura, entre otros. Sin embargo, su papel dentro de las urbes va mucho más allá de eso. Por un lado, las áreas verdes también juegan un papel clave en la prevención y reducción de desastres sociales asociados a fenómenos naturales, pero sobre todo, cada vez existe más evidencia de que la reducción de los espacios verdes en las ciudades está directamente relacionada con una tendencia a incrementar los desastres.

La capacidad de adaptación es un elemento esencial para construir resiliencia. Una adaptación que ha sido comprobada a nivel internacional es la provisión de espacios verdes puede minimizar los impactos negativos del cambio climático en las áreas urbanas a la vez que mantener la sostenibilidad sociocultural, económica y del ecosistema. Por lo tanto, apostar por el aumento de los espacios verdes en la ciudad disminuye los efectos devastadores de los desastres a la par que incrementa la resiliencia, permitiéndonos recuperarnos más rápido de los efectos que no podemos moderar.

Históricamente, la urbanización ha generado un enorme deterioro en las áreas naturales, lo que conlleva al agotamiento de la cobertura vegetal natural, la erosión del suelo, y el desplazamiento de la fauna local. Todo esto tiene efectos en la vida cotidiana de los habitantes de las ciudades ya que frecuentemente, derivan en considerables pérdidas económicas y sociales así como en la reducción de la resiliencia urbana.

Un claro ejemplo de lo que la pérdida de resiliencia urbana es lo ocurrido recientemente en el estado de Sinaloa, el cual fue declarado como zona de desastre y dejaron cerca de cuatro mil damnificados y cobraron la vida de cinco personas, ya que llovió, en cinco días, lo generalmente cae en cinco meses (más de 350 mm de agua). Aunado a lo anterior, los 11 municipios que estuvieron en emergencia por las inundaciones, se ubican casi en línea recta, perpendicularmente con la Sierra Madre Occidental. Lo cual generó, que las aguas que escurrieran de este sistema montañoso sin árboles, se sumarán a las ya presentes en cada sitio. Solo una semana después se repitieron las escenas en Michoacán y Guadalajara. Otro ejemplo de esto se observa en las lluvias en la Ciudad de México, cada vez más frecuentes, muy copiosas y en poco tiempo descargan una gran cantidad de agua. Este fenómeno genera inundaciones que provocan daños a la infraestructura urbana y en particular, disminuye la capacidad de movilidad y seguridad de las personas. Las áreas verdes en estos casos mitigan este tipo de eventualidades, aumentando la capacidad de la ciudad de recuperarse ante eventos catastróficos.

En los sitios donde el agua ha generado devastación, la vegetación circundante (desde los pastos, árboles y humedales) han servido como barrera para detener los residuos arrastrados por el agua, reducen la altura y fuerza de las corrientes, fungen como un refugio que ha salvado a personas arrastradas por el agua, y por su capacidad de infiltración, las áreas verdes auxilian en la reducción de la inundación. Tal ha sido la importancia de la vegetación ante estos eventos catastróficos que se ha propuesto la creación de bosques de mitigación.

Pero no todo tiene que ver con las inundaciones. La resiliencia de una urbe se pone a prueba ante fenómenos catastróficos como los sucedidos el pasado 19 de Septiembre del 2017 en la Ciudad de México, cuando se presentó un sismo de una magnitud de 7.1. Este evento dejó un saldo de 228 personas fallecidas solo en la Ciudad de México, que suman 369 pérdidas humanas contando los estados de México, Morelos, Puebla, Guerrero y Oaxaca. Esto sumado a los correspondientes daños materiales, que incluyen cinco mil 765 viviendas dañadas, de las cuales dos mil 273 (casi el 40%), sufrieron daño total y 44 edificaciones derrumbadas.

En su libro “Las fronteras de la ingeniería sísmica en el nuevo milenio”, Spencer y Ho (2017) reconocen que uno de los principales problemas después del terremoto ocurrido en China en 2008 fue la falta de espacios para colocar a la gente cuyas viviendas fueron dañadas, lo que dificultó su evaluación oportuna. Debido a la falta de espacios verdes en los cuales pudieran establecerse refugios temporales, los habitantes tuvieron que permanecer en las construcciones dañadas o vivir en las calles, lo cual costó la vida de casi siete mil personas por congelamiento, asesinato o algún accidente relacionado con la falta de refugio. De la misma forma, en muchos de los terremotos ocurridos en Japón, los parques urbanos desempeñaron un papel importante para el refugio y evacuación, proporcionando un espacio seguro y eficaz para la contingencia de desastres. Esto es especialmente importante en la Ciudad de México si consideramos que solo uno de los edificios colapsados dejó sin hogar a más de 150 familias.

Los eventos catastróficos imponen altos costos sociales y económicos. Sin embargo, también abren oportunidades para re-pensar la ciudad y buscar soluciones integrales que permitan rehabilitar las zonas afectadas. Ejemplo de esto es lo sucedido en el Distrito Gentilly, en Nueva Orleans después de la devastación ocasionada por el huracán Katrina. Este distrito está apostando por un aumento de su resiliencia por medio de una combinación de esfuerzos para reducir el riesgo de inundación, disminuir el hundimiento de la tierra y a su vez, estimular la revitalización del vecindario. Para esto se ha invertido en soluciones innovadoras y creativas para que las personas, la cultura y la infraestructura puedan prosperar. En este caso, de los 11 proyectos para aumentar la resiliencia, ocho están dirigidos al aprovechamiento de espacios vacíos, lotes, calles y callejones como reserva natural para capturar las aguas pluviales, reducir la velocidad del agua, almacenar las aguas pluviales, revitalizar los barrios, aumentar la recreación y el sentido de apropiación del vecindario. Este enfoque integral para la gestión del agua y la tierra, mediante la mejora de las áreas verdes, ha probado con éxito que la resiliencia, vista como un tema integral, crea beneficios significativos para el vecindario, contraponiendo las soluciones meramente ingenieriles, influyendo positivamente la salud física y mental de las personas, así como aumentando las oportunidades económicas.

Este ejemplo demuestra que un tipo de solución no es suficiente para abordar la complejidad de lo que representa la Ciudad. Para abordar las consecuencias de los eventos catastróficos ocasionados por como las inundaciones, los sistemas de drenaje sobrecargados o el hundimiento del suelo, se necesitan diferentes enfoques en diferentes lugares para sumar una red de beneficios en la ciudad. En el caso de Nueva Orleans, se ha continuado con la construcción y mantenimiento de los diques, ya que éstos son una defensa crucial para la ciudad. Sin embargo, se ha puesto la resiliencia en el corazón del desarrollo de la comunidad como una pieza angular para el futuro de la región, generando corredores verdes con un alto impacto social.

Para el caso del sismo del 2017 en la Ciudad de México, los derrumbes de edificios generaron espacios dentro de la ciudad que pueden desencadenar cambios en el uso y valor del suelo, ofreciendo una oportunidad de transformación de estos sitios y abriendo la posibilidad de incrementar la resiliencia urbana con un nuevo ordenamiento territorial. Este cambio de uso de suelo hacia la creación de áreas verdes, puede ser una alternativa para ganar calidad de vida, seguridad y biodiversidad en la ciudad. Casi siempre citamos que uno de los principales problemas de la resiliencia urbana es el cambio de uso de suelo natural a urbano, ahora tenemos la oportunidad de redefinir la planificación urbana pensando en la resiliencia, de suelo urbano a áreas verdes, siempre poniendo en el centro de este nuevo ordenamiento territorial a las personas, la fauna y la flora.

Es por esto que, la redefinición del ordenamiento territorial de la ciudad, debe colocar la información científica al servicio de las personas. Esto es, tomar en cuenta las diversas dimensiones que existen en el territorio, por ejemplo: la dinámica hídrica, geológica, sísmica, inundaciones y vulnerabilidades de la población. Tomando en cuenta esta información se podrá decidir con mayor exactitud, que hacer con un espacio donde se derrumbó alguna construcción o quedo dañada, si vale la pena su reparación o su demolición. En el caso de que se deba construir nueva vivienda para las personas damnificadas, debe realizarse desde un enfoque sistémico. Teniendo la información necesaria, se valorará si es viable o no construir en ese mismo sitio, restaurarla o comprar en otro predio para una nueva vivienda.

Los terremotos no pueden evitarse, ni mucho menos predecirse. Sin embargo, este tipo de eventos suelen evidenciar la incapacidad de las autoridades y planificadores para diseñar, aplicar y evaluar estrategias que reduzcan la vulnerabilidad y el riesgo frente a nuevos incidentes. En este sentido, las experiencias internacionales demuestran que la única forma de hacer una reconstrucción efectiva después de estos sucesos es cambiar la visión predominante respecto al territorio, entendiendo a las ciudades desde una visión sistémica y como un ecosistema urbano donde los habitantes se benefician constantemente de los servicios ecosistémicos que las áreas naturales proveen.

En 2013, la Ciudad de México (CDMX) fue elegida para formar parte de la Iniciativa 100 Ciudades Resilientes, organización que busca que las ciudades estén preparadas para la construcción de resiliencia urbana en torno a los desafíos sociales, económicos y físicos del siglo XXI. Sin embargo, sigue habiendo poca comprensión empírica respecto a su aplicación, especialmente para aquellos encargados de la planificación territorial.  En la Ciudad de México no existe una línea estratégica que constituya un ordenamiento territorial que proponga un sistema de áreas verdes con miras a la creación de posibles rutas de evacuación, uso emergente de estos sitios en caso de sismos y reducción de vulnerabilidad ante el cambio climático. Ante este escenario, proponemos:

1. Mantener actualizado el inventario de áreas verdes de la Ciudad de México y dar protección prioritaria de las áreas verdes urbanas existentes.
2. La elaboración de un plan maestro que conciba a las áreas verdes existentes como una red de espacios interconectados.
3. Elaboración de una geografía de los espacios abandonados, o infraestructuras urbanas obsoletas así como de espacios abiertos durante los recientes sismos para que sean transformados en nuevas áreas verdes que sirvan como refugio y zonas de evacuación ante desastres naturales. Esto es especialmente importante en las zonas que poseen un bajo número de áreas verdes per cápita.
4. Incorporación de la información del Atlas de Riesgo de la ciudad a los planes de vivienda de los damnificados para promover la redensificación urbana y se planee una reconstrucción en zonas de menor vulnerabilidad sísmica.
5. La elaboración de una serie de corredores verdes que atraviesen la ciudad de Norte a Sur, que permitan el flujo de especies en el territorio, distribuyendo más equitativamente los servicios ecosistémicos y beneficios sociales que éstos sitios aportan y reduciendo la vulnerabilidad de la Ciudad ante eventos catastróficos.
6. Re-pensar el diseño de una sola función de los sitios, dejando de lado la idea de las zonificaciones. Pensar que un sitio sea monofuncional (habitacional, industrial, agrícola) no responde a un sistema complejo como lo son las ciudades. Esta visión del diseño de ordenamiento territorial debe de cambiarse, pensando en la interacción entre los actores que la ocupan. La zonificación de los espacios sin ninguna conexión debe transformarse, ya que el método actual de gestionar el territorio, solo ha servido para ir consumiendo irracionalmente los recursos naturales de la tierra y aumentar la vulnerabilidad de los habitantes de las ciudades.

Como dicen Ortiz y Guzmán, “hace falta ciencia detrás de la planeación urbana, lo cual ha llevado a soluciones sobre simplificadas que desconocen los procesos que se llevan a cabo dentro de las ciudades y buscan ordenar en lugar de comprender las fuerzas que moldean sus dinámicas”. La planeación urbana de una ciudad contemporánea debe responder a los que habitan en las mismas (humanos, fauna y flora), realizando intervenciones que humanicen el entorno social; mejoren los espacios tomando como eje rector el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible y tomando en cuenta que un ecosistema urbano tiene infinidad de dimensiones a múltiples escalas y diferentes grados de complejidad, es pues un espacio sistémico.

Los recientes sismos que hemos vivido en México nos han dejado marcas. A nivel personal muchos ciudadanos tenemos la huella psicológica de lo vivido. En algunas familias, dejó una ausencia dolorosa. En la ciudad, los derrumbes dejaron espacios que nos recuerdan la urgencia de exigir a las autoridades pensar primero en las personas y elaborar una verdadera estrategia de planeación para la resiliencia. No hacerlo, y seguir retando a la naturaleza (como si tuviéramos la oportunidad de ganarle), sería reconstruir para volver a tropezar con la misma piedra.

 

Cristina Ayala
Bióloga, miembro del Laboratorio de Restauración Ecológica del IB y estudiante de doctorado en el posgrado en Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM.

Miguel Ignacio Rivas
Biólogo, miembro del Laboratorio de Restauración Ecológica del IB-UNAM.


1 Fenómeno que no tiene que ver con el cambio climático.