Las calles y banquetas de las ciudades no son espacios neutros a disposición de cualquier persona. A la luz de determinada normatividad, éstas se utilizan de muchas maneras y con diferentes recursos. Así, el espacio público urbano no se usa en condiciones de equidad y ello ha sido un catalizador de disputas políticas entre una diversidad de actores, imaginarios y prácticas sobre el uso de las calles.

Uno de los usos callejeros que ha sido motivo de conflicto por años en la Ciudad de México es el del comercio ambulante. Los vendedores callejeros han aprovechado la posibilidad de interacción pública entre múltiples personas para capitalizarse económicamente. Sin embargo, las prácticas comerciales de los ambulantes han sido objeto de disputas políticas tanto en dimensiones materiales como simbólicas: desalojos, clientelismo, enfrentamientos con policías, estigmas y discriminaciones. El comercio callejero no es compatible —ni ideológica ni moralmente— con la acción pública de “embellecer” el espacio urbano. Así, los gobiernos estatales han puesto en marcha diversos intentos por regular el uso de las calles y plazas no sin toparse con diferentes resistencias y estrategias por parte de los vendedores ambulantes que se ven afectados.

Ilustración: Adriana Quezada

Estas disputas por las calles, el comercio ambulante y la implementación de políticas públicas urbanas neoliberales es precisamente la coyuntura temática que la geógrafa Verónica Crossa ha analizado con profundidad histórica, sensibilidad sociológica y rigurosidad teórica en el libro Luchando por un espacio en la Ciudad de México. Comerciantes ambulantes y el espacio público urbano. Su objetivo, entonces, es analizar la articulación de las acciones de regeneración de espacios públicos a partir del desalojo de comerciantes ambulantes con procesos de contención, resistencia y negociación por parte de los grupos urbanos afectados.

El espacio público de la Ciudad de México, como ventana a través de la cual asomarse a lo político en relación con la urbe, se rige por una arquitectura normativa que lo coloca como un derecho para acceder al bienestar social. Dicho anhelo, vertido en diversas reglamentaciones, se construye en oposición a alteridades urbanas que ponen en riesgo y trasgreden el orden urbano deseable: franeleros, vendedores ambulantes, personas en situación de calle. La puesta en marcha de programas de rescate de espacios públicos —con miras a su potencial turístico y posterior desarrollo de la economía local— se observa como la punta de lanza del bienestar urbano y justifica la limpieza social que se pone en operación.

Para la autora una idea es clara: las políticas urbanas de regeneración de espacios públicos están enmarcadas en un proceso amplio de transformaciones neoliberales en donde las fuerzas del mercado, reguladas a través de la competencia, lleven la batuta del desarrollo. Por ello, en el primer capítulo del libro, después de un extenso recorrido por las distintas maneras en que se ha analizado el neoliberalismo, ubica las premisas conceptuales con que se pueden entender las especificidades del espacio público urbano en una lógica de políticas públicas: un proyecto abierto que se configura de manera cambiante según las diversas realidades contextuales donde opera y la tendencia a la reducción de lo político a mecanismos técnicos de gestión urbana (iluminación, repavimentación, rehabilitación de espacios, etcétera).

Siguiendo el argumento, Crossa ubica tres décadas atrás la emergencia del proyecto neoliberal en la Ciudad de México y que al día de hoy opera desde una lógica de gobernanza urbana empresarial. Bajo estas gestiones, la preocupación del Estado ha dejado de ser la de proveer servicios y se ha concentrado en la creación de condiciones necesarias para la acumulación del capital en un contexto internacional de consumo y financiarización por el que compiten las ciudades. El ‘embellecimiento’ del espacio público es central para este proyecto y, dentro de esa lógica, los vendedores ambulantes son un estorbo para lograr dicho objetivo.

Por otro lado, en el segundo y tercer capítulo, Crossa también da cuenta de la complejidad de los estudios sobre informalidad y comercio ambulante, para entender las bases teóricas desde las cuales se ha partido para analizar dicha realidad social y entender la connotación “inmoral” cuando alguien es clasificado y calificado al margen de la ley. A partir de esta revisión, la autora discute por qué y cómo el comercio callejero en la Ciudad de México se ha convertido en un problema público. La presencia del ambulantaje representa un deterioro bajo una noción modernista del orden donde la relación público-privada tiene un carácter moral que valora determinados comportamientos como aceptables o inaceptables. Es decir, las prácticas del vendedor callejero no sólo se observan como un problema económico y político –como señalan en la revisión bibliográfica que recuperó en su estado de la cuestión– sino que también aluden a valoraciones morales sobre el comportamiento humano en el espacio público urbano. La exhaustiva y rigurosa revisión de los diferentes lenguajes teóricos y universos discursivos de esta distinción entre lo público y lo privado sostiene sus argumentos.

Tras un bonito trabajo sobre los antecedentes históricos del comercio en la vía pública de la Ciudad de México desde el período colonial hasta la fecha, Crossa concluye que el orden que imaginan las élites políticas y sociales es aparente y responde, en todo caso, a la fabricación de la comprensión de un orden generado a partir de las actividades económicas formales distintas de las prácticas históricas. Estos argumentos teóricos e históricos son puestos a prueba en los capítulos siguientes, donde la autora ofrece un análisis empírico de dos casos en los que grupos de vendedores ambulantes fueron excluidos de los espacios públicos del Centro Histórico y de Coyoacán, respectivamente, a través de programas de rescate y embellecimiento urbano.

Más allá de detenerse en el análisis detallado de los programas, la autora enfatiza la lucha que los vendedores ambulantes emprendieron por mantener su presencia, prácticas, relaciones cotidianas y sustento económico en dichos espacios. Así, a través de entrevistas y observación en campo, Crossa descubrió la convivencia de viejas y nuevas estrategias de resistencia a estas políticas en el Centro Histórico: desde enfrentamientos con policías hasta la venta de productos de manera móvil –lo que llaman torear–. En el caso de Coyoacán destaca las nuevas formas de protesta y resistencia, como el juego y el humor. A través de sus conversaciones con artesanos en la plaza central, destaca cómo el entramado afectivo puede sostener o romper una movilización. En la comparación fina entre estos dos espacios, se argumenta cómo las formas de protesta fueron distintas debido a las características históricas de ambos espacios.

El libro de Verónica Crossa se aleja de las concepciones normativas para avanzar al entendimiento de las lógicas, moralidades e ideas de lo público desde la propia práctica y dinámica de la vida ambulante. Y sin embargo, esas lógicas están en constante discusión, contención y resistencia con normatividades institucionales y relaciones estatales. Lo público no se limita al Estado en este libro, sino también a los sujetos que desde las calles, y en su relación con el Estado, lo van construyendo. De esta manera, el análisis de la autora es relacional en tanto el foco está puesto en la relación entre las políticas públicas urbanas y los usos que se hace del espacio público a la luz de estas regulaciones. Efectivamente, cuando se termina la lectura del libro se confirma el supuesto de la autora: el espacio público urbano es un objeto político de disputa.

Reseña de Crossa Niell, Verónica, 2018, Luchando por un espacio en la Ciudad de México. Comerciantes ambulantes y el espacio público urbano, El Colegio de México, México, 336 pp.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal