Human settlements and energy, Urbanisme et énergie, La ciudad filoenergética, son títulos de libros que presentan recomendaciones para hacer que las ciudades no dependan de los hidrocarburos y sean energéticamente eficientes. Ninguno de ellos se preparó previendo una crisis por desabasto de combustibles, tampoco son una reacción ante el anunciado apocalipsis climático, ni se escribieron en el siglo XXI. El primero se publicó en 1978, sintetiza lo expuesto en un seminario sobre consideraciones energéticas en la planeación y el desarrollo de los asentamientos humanos, organizado por la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa en 1977; el segundo se publicó en 1981, es el reporte del XIV Congreso de la Asociación Internacional de Urbanistas, celebrado en Estrasburgo en 1979; el tercero también se publicó en 1981, recoge las ponencias de un simposio donde se reflexionó sobre la “nueva y real” civilización urbana, organizado en la Universidad del País Vasco a finales de 1980.

Esas reuniones fueron una respuesta a la crisis energética que afectó particularmente a los países industrializados capitalistas entre 1974 y 1985, debido al imprevisto y dramático aumento del precio del petróleo que provocaron el recorte de su producción y el embargo contra Estados Unidos y Países Bajos por parte de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1973, la Revolución Islámica en Irán en 1979 y la guerra entre este país e Irak en 1980. La crisis energética marcó el final de la edad de oro del capitalismo: las grandes empresas y los gobiernos buscaron estrategias para sobrevivir y recuperarse de la estanflación. Dos de estas estrategias, disminuir costos de operación y desregular, significaron el fin de la planificación urbana, contradiciendo en los hechos lo esbozado en los libros arriba mencionados.

 

 

Ilustración: Víctor Solís

Otro de los valiosos estudios que construyó un marco conceptual urbano-energético entre 1974 y 1985 fue La energía en los asentamientos humanos. Lo destaco especialmente no sólo por su apartado de “sugerencias para la acción”, sino porque fue preparado por el gobierno de México a través de la ya desaparecida Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (SAHOP) en 1981. Este documento fue presentado en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Fuentes de Energía Nuevas y Renovables, celebrada en Nairobi en agosto de ese año. La alternativa central se denominó “pluralismo energético”, que comprendía:

a) un pluralismo en el uso de fuentes de energía, lo que significará combinar en distintas proporciones, según la localización y función de los asentamientos humanos, fuentes renovables y no renovables de energía;

b) un frente amplio tecnológico que es referido a la utilización de diferentes alternativas y niveles de complejidad tecnológica para el aprovechamiento de las fuentes de energía (renovables y no renovables), de tal manera que se logre el mayor rendimiento y la utilización de diferentes alternativas tecnológicas en la construcción de viviendas, en los sistemas de transporte, en la industria y en el diseño de los asentamientos humanos. (p. 42)

Así como el shock petrolero de 1973 mostró la vulnerabilidad de las economías y las ciudades del mundo desarrollado por su alta dependencia de los hidrocarburos, el desabasto por el combate al huachicol expone la nuestra. El colapso experimentado en los estados del centro y occidente del país y en algunos sectores de la Ciudad de México debido a la falta de gasolina demuestra que el “pluralismo energético” de la SAHOP se convirtió en letra muerta. Más aún, lleva a cuestionar si son adecuadas las políticas urbanas relacionadas con la transición energética, ya que se pone en evidencia que las ciudades mexicanas son altamente dependientes de los derivados del petróleo y, si extendemos el análisis, del gas natural.

Ahora bien, volviendo al escenario internacional, junto con la desregulación, la caída de los precios del petróleo a mediados de la década de 1980 hizo que el importante avance en materia de transición energética (desarrollo tecnológico, definición de políticas urbanas, criterios arquitectónicos) se perdiera, retomándose con especial ímpetu, pero con otro sentido, en el siglo XXI siguiendo ahora el llamado ecologista para detener los efectos catastróficos del calentamiento global: el problema energético se convirtió en un problema ambiental-climático. Pero tampoco ha tenido mucho éxito si vemos el bajo porcentaje que representan las fuentes renovables en la generación de energía.

Pienso que el fracaso en la instrumentación de las alternativas se debe en parte a ese enfoque ambiental-climático, no energético en sí mismo, ignorando así lo que esto implica. La obsesión para eliminar el dióxido de carbono producto de la quema de combustibles de origen fósil, ha hecho que se busque implementar estrategias que no solucionan la complejidad urbana ni su demanda de energía y genera otros problemas, ya que se plantea como controlable el cambio climático y se ignoran u ocultan las limitaciones e impactos ambientales negativos de las fuentes renovables de energía (no hay energías “limpias”). El diseño de una política urbano-energética debe considerar dicha complejidad, limitaciones e impactos para no construir escenarios inviables (insostenibles) a largo plazo.

Menciono lo del cambio climático porque la política urbana-energética no debe estructurarse a partir de una idea incorrecta: es muy diferente decir que debemos usar menos el automóvil con el fin de cortar la emisión de dióxido de carbono para así evitar un calentamiento del planeta, que explicar que la gasolina y el diésel son combustibles derivados del petróleo, el cual es un recurso no renovable cuya extracción tiende a ser más complicada, por lo que su costo será mayor con el paso de los años y, en algún momento, dejará de ser económicamente accesible, por lo que se dejará de extraer. Se estima que en los próximos años (antes o alrededor de 2050) comenzará a declinar la producción mundial del hidrocarburo: México registró el pico de su producción en 2004. Es el fin de un recurso barato del que somos altamente dependientes, esto porque es el mejor recurso en términos energéticos que ha podido aprovechar la humanidad: alta energía específica (cantidad de energía contenida por unidad de masa) y alta tasa de retorno energético (requiere menos energía para producirse). Gracias a él, hoy las ciudades son lo que son, para bien y para mal. Gracias a él, tenemos aerogeneradores y celdas fotovoltaicas… y alimentos.

Para sustituir al petróleo también se deben crear reservas territoriales energéticas, que tienen un propósito diferente a las reservas destinadas al crecimiento urbano o a las áreas naturales protegidas, esto para aprovechar particularmente la energía solar, sin ignorar, una vez más, sus limitaciones: un análisis detallado del potencial de los recursos renovables por regiones y municipios lleva a identificar lo posible. En la colapsada ciudad de León, por ejemplo, sólo la energía solar puede aprovecharse todo el año —ni la eólica, ni la geotérmica, ni la hidráulica, ni la biomasa, ni, obviamente, la oceánica—. En Ciudad Juárez es lo mismo. El concepto de reserva territorial energética no existe como tal en el marco jurídico federal.

Lo energético debe entenderse como un problema en sí mismo, no como un subtema ambiental. Lo ambiental debe recuperar su sentido crítico original. Lo urbano debe entenderse como una consecuencia de la energía disponible.

La transformación de las ciudades de dependientes de los hidrocarburos a renovables (solares) tomará muchos años. La mala experiencia de enero de 2019 es un aviso. El desafío es tecnológico, institucional, político, territorial, cultural… no sólo ambiental. La clave, en parte, ya la definió la SAHOP: pluralismo energético y mayor rendimiento (en la arquitectura, el transporte, la industria, la planificación urbana —y regional, agrego). Revisemos nuestros conocimientos y supuestos. Serán décadas de ajuste. 

 

Armando Páez
Doctor en Urbanismo por la UNAM.