Apenas en 2018 vimos la entrada de los patinetes eléctricos1 al mercado de la movilidad en el que se han convertido las calles de la Ciudad de México. Actualmente, en los polígonos urbanos que concentran una amplia oferta de empleo y servicios, la empresa mexicana Grin y las estadounidenses Lime y Bird —además de otro par con menor presencia—, han desplegado patinetes eléctricos de uso compartido y sin anclajes. Existen algunas diferencias entre estas empresas e inclusive Lime trabaja con dos modelos distintos en la Ciudad de México —uno más rápido y menos austero a un costo mayor.2 En todo caso, su llegada a las calles mexicanas ha causado en un inicio curiosidad y, posteriormente, molestia y conflictos a partir de quejas de vecinos y quienes transitan caminando estos espacios de forma cotidiana.

La Ciudad de México es desigual y vive una congestión permanente; con más de 20 millones de habitantes en su zona metropolitana, con sus céntricas colonias —que concentran ciertos servicios y empleos— y su periferia, donde habita la gente con menores recursos, la que no puede pagar las rentas de arriba de 15 mil pesos de las zonas más céntricas y que se desplaza diariamente a éstas en dolorosos trayectos de varias horas al día. A partir de ese modelo de ciudad podemos entender por qué puede surgir un mercado privado tan atractivo para los patinetes eléctricos en ciertas colonias. En este texto se propone analizar la llegada de este vehículo a la Ciudad de México, comprender su problemática y reflexionar sobre a qué tipo de regulación y concepción del espacio urbano es el que se quiere en la Ciudad de México.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Las distancias, el juego y la ausencia de opciones como motivadores de viajes

En la Ciudad de México las estaciones de transporte público masivo no están tan cerca las unas de las otras. Ante la idea de caminar más de 500 metros entre estaciones —algunas veces sumando hasta un kilómetro entre transbordos o cambio de sistema de transporte—, los patinetes eléctricos se antojan como una opción real. La operación resulta sencilla: abres tu teléfono, buscas y activas el código del patinete más cercano, subes un pie, te impulsas, aprietas el acelerador y entonces te mueves a tu próximo destino que, si buscas no gastar mucho, deberá estar a unos 5-8 minutos de distancia a un costo menor a 50 pesos. Te cansarás menos y llegarás más rápido que caminando y, si entre tus opciones de movilidad también está la de pagar un Uber o taxi, es muy probable que en hora pico te sea mucho más fácil y rápido llegar en patinete eléctrico que en coche.3 Eso sí, debido al costo similar al de un taxi, no resultan ser una opción tan barata como caminar y tendrás que decidir si inviertes y ahorras tiempo o si mejor caminas. Aunado a ello, el marketing de las aplicaciones de movilidad compartida de patinetes eléctricos apuesta a informarte sobre las posibilidades de no contaminar la ciudad. Inclusive y aunque no revelan cómo lo calculan, te envían un informe con las emisiones que le ahorraste al planeta a partir de su uso.

Sin embargo, estos no parecen ser los únicos motivadores. A diferencia de los sistemas de bicicleta sin anclaje (Mobike, Vbike, Desba), los patinetes eléctricos son percibidos también como la posibilidad de hacer viajes divertidos. Si bien las bicicletas forman parte de nuestras infancias y también son vistas como artefactos de juego, ha sido gracias a Ecobici y a un largo activismo, hoy se perciben no sólo como un tema de ocio, sino también como una opción de transporte eficiente para moverse en ciertos polígonos de la ciudad. No así los patinetes que son más bien vistos con curiosidad y sonrisas. ¿No han visto a la gente arremolinarse alrededor de los patinetes, observándolos con curiosidad o a niños y niñas subiéndose, jugando y explorando esas máquinas? Parecen remitirnos a nuestras infancias y a un artefacto que es, en sí, divertido. ¿Será entonces que este boom se ha también generado a partir de la nostalgia? ¿Si un medio de transporte es divertido o, de mínimo, disfrutable, los viajes en éste pueden incrementarse?

Los patinetes son, entonces, una opción, sí, pero sólo para quien podrá pagarla: el banderazo inicial va de los 10 a los 20 pesos y el costo del minuto entre dos y tres pesos. Tan solo ese banderazo puede superar hasta tres veces el costo de un viaje en metro (cinco pesos), en trolebús (cuatro pesos) o un viaje en Metrobús (seis pesos) sin tomar en cuenta el costo adicional por minuto. Por otro lado, sólo quienes tengan acceso a un teléfono inteligente, con internet y con una tarjeta de débito o crédito, podrán acceder al servicio. Y finalmente está la limitación de los polígonos de operación: Roma, Condesa, Narvarte, Polanco y otras colonias adyacentes o cercanas a éstas. 

Viajar en patinete eléctrico en las calles mexicanas: velocidad, pavimento y normativas

No se trata sólo de un costo monetario, sino de entender cómo es moverse en patinetes en calles como las nuestras. A diferencia de la bici, con los patinetes una persona no usa su cuerpo a modo de propulsión más que para arrancar, ya que el mecanismo eléctrico del patinete se activa después de esos primeros pasos. La mayor parte de los patinetes eléctricos disponibles en la ciudad cuentan con freno, que es parecido al de una bicicleta y que se encuentra sobre el manubrio. Las velocidades que pueden alcanzar estos vehículos van desde los 10 y hasta los 25 o 30 kilómetros por hora -dependiendo si va en subida o en bajada y el peso del usuario o usuaria- y considerando las calles mexicanas (pavimentos irregulares, baches, vestigios de reparaciones a través del tiempo como zanjas y similares), esto nos lleva a hablar de seguridad vial.

En el caso de la velocidad, es importante entender por qué las personas que los usan prefieren moverse por la banqueta antes que por el arroyo vehicular. Es sencillo: usuarios y usuarias se sienten más seguros por arriba que por abajo ante el miedo de sufrir un inminente atropellamiento. Es una decisión lógica pero también difícil puesto que las banquetas mexicanas no son, por lo general, buenos espacios para caminar o para moverse a dos ruedas: están en mal estado, llenas de entradas con desniveles, invadidas o con coches estacionados. Es decir, si para un peatón o peatona es difícil andar las banquetas, sólo se entiende que personas en patinetes las usen por un tema de seguridad, más que por uno de comodidad, rapidez o facilidad.

La suma, entonces, del pavimento —ya sea sobre la banqueta o debajo de ella— y la velocidad, se conjugan para hacer esta forma de moverse algo peligrosa: sólo dos ruedas sobre las cuales balancearse a velocidades mayores a los 10 kph en calles en malas condiciones. Esto lleva a que moverse en ellos sea cansado: debes poner mucha resistencia sobre tu cuerpo —y sobre todo en piernas y espalda— para mantener el balance a la vez que evitas o intentas disminuir el impacto en baches. Los riesgos son varios: chocar con un peatón sobre la banqueta, perder el control con un bache y salir disparado. Y no, no es igual que una bicicleta dado que los patinetes son más inestables: muchas veces no tienen amortiguadores y tienen ruedas mucho más pequeñas.

Ahora, mejorar las banquetas para aumentar la velocidad sobre ellas no pueden ni debe ser un fin: por la banqueta transitan no sólo la mayor parte de las personas sino, muchas veces, poblaciones en situación de vulnerabilidad: niños y niñas, personas con discapacidad, personas adultas mayores. Aumentar la velocidad sobre la banqueta pondría en riesgo a esas personas; una colisión entre una persona en patinete y una persona adulta mayor o un niño o niña puede tener consecuencias fatales. A pesar de esto, las cifras no mienten: a través de los datos que conocemos en diversas partes del mundo sabemos que quienes más accidentes sufren a causa de los patinetes siguen siendo quienes los usan y en una mucho menor cantidad los peatones.4

Por último, es importante hablar de la regulación existente. En vías peatonales, está prohibido moverse en cualquier vehículo recreativo a más de 10 kilómetros por hora según el reglamento de tránsito de la Ciudad de México (Artículo 5°, fracción III). En ese sentido, será importante que en adelante tengamos una discusión más amplia que pudiese llevarnos a reformar el reglamento contemplando cosas que hemos olvidado o en las cuales esta normativa no ha sido capaz de responder ante las nuevas formas de movernos en las ciudades (como los Segways, los patinetes eléctricos, las bicicletas eléctricas y lo que se sumen) y, en particular su modalidad de vehículos compartidos sin anclajes.

Patinetes malos vs Patinetes buenos y la ausencia de una discusión en escala de grises

¿Son entonces los patinetes eléctricos buenos o malos? Son, por lo pronto, una buena opción en tanto sirven en trayectos cortos que, aunque pudieran hacerse caminando, son un respiro para los que ya caminan largas distancias o para quienes no tienen tanto tiempo para caminar ante la premura de la vida diaria. No hay bondad ni maldad en ello, sino nuevas formas de movernos que muchas veces responden a una ciudad inclemente y en constante conflicto por los espacios. Además, ante un sistema económico que no perdona, que busca la rapidez, surgen las empresas de movilidad que llenan estos huecos con aplicaciones que, en teoría, generan un bien público. Sin embargo, es importante hacer notar que también se benefician del uso del espacio público y ponen poco cuidado en educar a sus usuarios y cuidar a los que no lo son, así como en seguir las reglas de la ciudad en la que se instalan. De la misma forma, los patinetes y las bicicletas proveen viajes que queremos incentivar, contrario a los viajes en vehículos privados que queremos disminuir en una ciudad con estos niveles de tráfico, estrés, ruido y contaminación del aire proveniente de emisiones de coches.

¿Es ésta una discusión “fifí”? Quizá. Dado que estos servicios se apuestan sobre las zonas con mayor poder adquisitivo de la ciudad y se han topado con las legítimas quejas de vecinos y vecinas que caminan sus calles solo para encontrarse sus ínfimas banquetas llenas de patinetes y bicicletas estacionadas. Esta discusión, entonces, debería llevarnos a hablar a profundidad de las banquetas en México y de cómo tendrían que ser espacios más dignos, de ocio y disfrute, pero también de movilidad para personas de todas las edades, género o condiciones. Tendríamos que discutir sobre su anchura para ser agradables para quien camina y de cómo un privado puede hacer uso de ellas siempre y cuando el beneficio público sea mayor -así sea un restaurante o un patinete- y de cómo, inclusive más que los patinetes, tenemos que hablar de la invasión de los coches sobre las banquetas.

La Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México está ya poniéndose manos a la obra ante la ausencia de normatividad clara y de datos que avalen estas regulaciones. A partir del mes de febrero de 2019 las empresas de movilidad de bicicletas sin anclaje y de patinetes estarán obligadas a abrir sus datos y en marzo de 2019 se prevé emitir reglas desde un gobierno que afirma buscará, ante todo, el beneficio para quienes habitamos la ciudad, antes que para la empresa privada.

Retomando, es importante que entendamos que no se trata de elevar velocidades en banquetas donde se mueven los usuarios más vulnerables, justo en su espacio más seguro. Pero tampoco se trata de prohibir patinetes eléctricos, sino de lograr su seguridad en el arroyo vehicular: espacios segregados y construidos con buenos materiales donde sea fácil moverse y sea posible convivir con otros vehículos sobre ruedas y a distintas velocidades: patines, bicicletas, Segways, bicis eléctricas, patinetas, vehículos de carga no motorizados, el señor del pan en bici, el de las tortillas, el del diablito, la de los tamales, la de la fruta, etcétera.

¿Será que podamos hablar de un futuro donde haya más ciclovías que carriles para autos? ¿Cómo serán esas calles? Una invitación: no hablemos de Ámsterdam que aunque sí es un ejemplo maravilloso, no nos da para hablar de la realidad latinoamericana que puede superar, por mucho, esa visión de la ciudad a ruedas que queremos y que cada vez está más cerca ante la llegada de este tipo de vehículos. Es importante que empresas privadas y el Estado se pongan de acuerdo, más allá de normar, en cómo construir esa nueva cultura vial que se antoja cada vez más diversa; ¿cómo enseñaremos a las personas a convivir y moverse en las ciudades y cómo será la infraestructura que contemple esta diversidad en sus calles y esas ciudades?

 

Dana Corres
Comunicóloga y especialista en movilidad y género.


1 Las empresas de movilidad compartida que están distribuyendo estos vehículos en la Ciudad de México los llaman por el término en inglés scooter. Sin embargo, esta palabra puede prestarse a confusión pues se traduciría como motoneta. El término más preciso en inglés es kick scooter, que refiere a una tabla que inicialmente era de madera, sostenida normalmente sobre un par de ruedas —aunque pueden ser tres o cuatro— y con una barra que sale de la parte delantera a modo de manubrio. Este vehículo puede ser propulsado por energía humana o con el apoyo de un motor eléctrico o de gasolina. Aunque en México se le conoce como patín del diablo, en este texto optaré por el término patinete eléctrico y que se distingue de las patinetas o monopatines porque éstos no tienen manubrio.

2 Para conocer más sobre las diferencias en precios y tecnología, se puede revisar este texto de una usuaria frecuente.

3 De hecho, a principios del siglo pasado en Nueva York, los patinetes motorizados eran usados por ladrones para poder escapar rápidamente de la policía en sus patrullas.

4 Maya Siman-Tov, Irina Radomislensky, Israel Trauma Group & Kobi Peleg (2017) The casualties from electric bike and motorized scooter road accidents, Traffic Injury Prevention, 18:3, 318-323, DOI: 10.1080/15389588.2016.1246723

5 Las empresas de movilidad compartida que están distribuyendo estos vehículos en la Ciudad de México los llaman por el término en inglés scooter. Sin embargo, esta palabra puede prestarse a confusión pues se traduciría como motoneta. El término más preciso en inglés es kick scooter, que refiere a una tabla que inicialmente era de madera, sostenida normalmente sobre un par de ruedas —aunque pueden ser tres o cuatro— y con una barra que sale de la parte delantera a modo de manubrio. Este vehículo puede ser propulsado por energía humana o con el apoyo de un motor eléctrico o de gasolina. Aunque en México se le conoce como patín del diablo, en este texto optaré por el término patinete eléctrico y que se distingue de las patinetas o monopatines porque éstos no tienen manubrio.