¿Qué es un espacio privado cuando eres trabajadora del hogar? ¿Para que un espacio privado lo sea se requiere tener privacidad? ¿Cuenta como tal un cuarto en una casa en la que vives y trabajas seis días a la semana, en el que la frontera entre descanso y trabajo está desdibujada, o resulta más pertinente tomar los espacios que consideras propios (aún y cuando se trate, por ejemplo, de parques) como una extensión del espacio privado?

Cuando eres mujer, el espacio público se vive como una invitación constante a permanecer en casa, sea por el acoso o la falta de infraestructura que dificulta nuestro desplazamiento dadas las rutas que tenemos, que suelen ser más largas que las de los hombres, pues al generalmente ser las encargadas del funcionamiento del hogar, muchos de nuestros trayectos tienen que ver con satisfacer las necesidades de éste. Si de por sí esto es un problema, al hablar de trabajadoras del hogar esta experiencia se cruza con la raza y la clase, especialmente en las zonas urbanas donde laboran, lo cual podría exacerbar la sensación de no pertenecer al espacio de la ciudad.

Ilustración: Patricio Betteo

Una trabajadora del hogar disfrutando de un parque no sólo es una mujer en un espacio público con las ya mencionadas limitaciones, sino que también es  una “muchacha”, un término peyorativo muy utilizado para referirse a ellas que denota infantilización y, como tal, habrá a quienes les resulte extraño que el sujeto de su desprecio conviva en un espacio público.  Si son indígenas o migrantes internas (o incluso cuando no lo son, pues se suele asociar a las trabajadoras del hogar con ser indígenas (Durin, 2018), la discriminación facilita el que los vecinos de la zona u otros usuarios del parque las vean como no dignas del espacio. Y luego está el tema de la pobreza, que suele asociarse con delincuencia y desorden.

Hacia finales de la década de los ochenta empezaron a llegar a Providencia, una colonia tapatía de casas grandes con todas las comodidades a la mano, mujeres indígenas provenientes de la huasteca hidalguense, traídas por padres xaverianos para que trabajaran en su misión (Vázquez Flores, 2008). Estas mujeres invitaron a sus familiares, a las que recomendaron para trabajar en casas de la zona, lo cual terminó por desplazar a las trabajadoras que provenían del oriente de la ciudad, considerada coloquialmente “la otra Guadalajara”, el “otro lado de la Calzada (Independencia)” o la Guadalajara pobre.1 A la par, el parque Rubén Darío, ubicado en esta colonia, se fue convirtiendo en punto de encuentro para ellas y sus familias. Como muchas de estas trabajadoras vivían en las casas en las que trabajaban, el parque resultaba un lugar accesible para esas reuniones.

En esa misma época, la Alameda, ubicada en el centro de Monterrey, pasó de ser un lugar apropiado por las clases populares2 a uno que recibía a migrantes indígenas en su día de descanso (Díaz Meléndez, 2009), quienes recién empezaban a llegar a la ciudad. Sus antiguos habitantes vaciaron la zona porque una década antes se mudaron a las nuevas colonias en el poniente de la ciudad y cambiaron los paseos en el parque por asistir a centros comerciales y clubes privados.

Así, la Alameda se trataba de un espacio de ellas, aunque no exento de referencias clasistas y racistas (ver Tabla 1) que incluso permearon el discurso gubernamental. Fernando Larrazábal, quien fuera alcalde de Monterrey (2009-2012) durante su remodelación, señaló que recuperaría este lugar para los regios, como si las trabajadoras del hogar migrantes no tuvieran derecho de estar ahí. Los alrededores del parque, sin embargo, quedaron intactos, por lo que esa remodelación parece haber interesado poco a regios tal vez deseosos de nuevos espacios de vivienda y consumo,  por lo que no hubo una pugna por el espacio más allá de lo nominal.

Tabla 1.- Referencias y términos con el que se nombraba la Alameda de Monterrey en tanto espacio ocupado por trabajadoras del hogar migrantes.

Sobre el empleo doméstico

Sobre lugar de origen

Clase social

“Ciudad gática”
“Ciudad gótica”
“Alamegata”
“Vamos a gatear a la Alameda”
“Uno pasa por la Alameda y sale todo rasguñado”
“Si vas a la Alameda, lleva tu kilo de Wiskas”
“El zoológico felino”
“Miau, miau”
“Si vas ahí te perfumas”

“El Consulado de San Luis”
“La Embajada de San Luis”
“Tamazunchale place”
“Puro Tamazunchale”
“Hermana República de San Luis”
“Lugar donde van las oaxaquitas”

“The central Park”
“Maryland”
“Nacalameda”
“Alamierda”

Algunos ejemplos de cómo los regios se refieren a este parque. Fuente: Adela Díaz Meléndez (2009), p. 137.

En cuanto a Guadalajara, a principios de 2000, algunos vecinos de Providencia se organizaron para acosar a las trabajadoras del hogar y a los albañiles que visitaban el parque los domingos. Contrataron seguridad privada para hacer rondines y llamaban a la policía con el argumento de que se intoxicaban en la vía pública y alteraban el orden. En 2003 hubo detenciones arbitrarias. Hay informes de que en un Oxxo cercano, algunas vecinas pedían a las cajeras hacer una fila para los vecinos y otra para los indígenas. A pesar de eso, todavía en 2015 se podía seguir viendo a población indígena paseando por ahí, aunque ya no como antes.

Lo que pasó, pues, fue que los empleadores reportaron a sus propias trabajadoras. Es como si quisieran controlarlas incluso en momentos en que no están trabajando para ellos,3 pues en las dinámicas de explotación del empleo doméstico, es frecuente que los empleadores sientan recelo a la diversión, ocio y esparcimiento de sus empleadas e incluso un temor a que pudieran quedar embarazadas. Por ejemplo, en los operativos mencionados los detenidos en el parque fueron hombres, pues eran vistos como quienes podrían corromper a las jovencitas que, en palabras de sus empleadoras: “no estaban maleadas” (Vázquez Flores, op. cit.).

Estos dos casos nos muestran al menos tres estrategias que suelen aplicarse ante el fenómeno, al parecer inaudito, de que unas trabajadoras tengan la ocurrencia de visitar un parque: resistir, ignorar o acomodar (Koh, 2009). Aunque la Alameda tiene mala fama entre los regios de clases medias y altas, la zona se ha ido ajustando a las necesidades de sus visitantes,4 quienes les conceden ese espacio porque al cabo ya ni lo usaban. Además, como en Monterrey es más común contar con empleadas de planta que en otras ciudades del país (Conapred, 2014), es decir, que duermen donde laboran, se entiende mejor esta concesión graciosa de un espacio alejado de la élite regia para que lo disfruten en su único día de descanso. Es una demostración de poder y, bajo este modelo, significaría una mezcla entre ignorar y acomodar.

En Guadalajara lo que hay es resistencia, pues las clases altas se encuentran donde el mismo espacio público apropiado por las trabajadoras, por lo que, sumado al imaginario tapatío de que los indígenas pertenecen al otro lado de la Calzada, tenían incentivos para negarse a convivir. ¿Para qué querrían ocupar además espacios de este lado de la frontera imaginaria? Más aún, a diferencia de Monterrey, Providencia desde un inicio representó para las élites un espacio de progreso,5 mientras que el Centro era un espacio de tradición más bien olvidado por éste. Quienes definieron qué significa la “ciudad moderna” tienen la prerrogativa de evaluar quién puede o no incorporarse a esto.

Por otro lado, la expansión de las colonias informales en las periferias ha permitido a las trabajadoras contar con una vivienda, por lo que ya casi no duermen donde laboran y, al estar alejadas de todo, resulta más difícil acercarse al Rubén Darío en sus días de descanso.

El diseño de las colonias y la forma en la que se ha expandido la mancha urbana, sumado al clasismo y racismo de la población con poder económico y las cambiantes dinámicas laborales de las trabajadoras del hogar, afecta sus posibilidades de contar con un espacio para ellas. La división sexual del trabajo afecta más a las mujeres más pobres: a menor ingreso, menor posibilidad de tercerizar el trabajo del hogar y de cuidados. Si las casas –sean propias o donde trabajan–, que son el espacio privado por antonomasia, son centros de trabajo, ¿qué les queda sino los parques? Estos son los únicos sitios cuyo mantenimiento no depende de ellas y, por lo tanto, pueden habitarlos a sus anchas: alguien más se encarga de podar los jardines, deshacerse de la basura, limpiar los baños…

Pero resulta que, como los parques son públicos, ellas, al usarlos, deben atenerse a reglas y arreglos impuestos desde afuera. “Atentar contra las buenas costumbres”, por ejemplo, es una regla discrecional (¿de quién son las buenas costumbres?) que se utiliza para sancionar –a través de las autoridades– a quienes supuestamente no cumplen con dichas costumbres. Los arreglos tienen que ver con los incentivos para que uno u otro grupo poblacional ocupe un espacio determinado, dado el uso de suelo y dado cómo se planeó ese espacio y para quién.

Hasta ahora la Alameda ha permanecido como un espacio para las trabajadoras, pero esto puede cambiar con el surgimiento del Distrito Alameda, un proyecto que busca redensificar la zona (ahora mayoritariamente comercial) y ampliar la oferta de espacios inclusivos, comunitarios, accesibles y con un componente cultural para los regios. Pero estas buenas intenciones pueden resultar contraproducentes. Con la promesa de devolverles a los regios estos espacios perdidos e inseguros, surge la pregunta: ¿recuperarlos de quién y para quién? Se recupera aquello que está en manos de otros. Si como en el caso del Rubén Darío un espacio que es visto como propio no se comparte con quienes son vistos como outsiders, el pronóstico no es positivo.

¿Qué es, pues, un espacio privado para las trabajadoras del hogar cuando para ellas las casas (sean propias o de sus patronas) siempre representan trabajo y en los parques, que eran justo una suerte de espacio privado, se les dificulta o de plano impide sentarse a la sombra a hacer lo que se les pegue la gana? ¿De qué sirve hablar de espacios públicos si hay a quienes no se les permite estar ahí? Al arrebatarles los parques a las trabajadoras del hogar, hablar de la esfera pública y la privada no es más que un cuento que cuenta la gente que puede darse el lujo de descansar.

 

Ana Farías
Politóloga y directora de Parvada, una asociación civil tapatía que trabaja en la intersección de género y pobreza.

Ana Rebeca Mata
Arquitecta, cofundadora de Taller de diseño Concéntrico.

Referencias
Díaz Meléndez, Adela, 2009, Migración indígena y apropiación del espacio público. El caso de la Alameda. México: UDEM, UANL y CIESAS.
Durin, Severine, Yo trabajo en casa. Trabajo del hogar de planta, género y etnicidad en Monterrey, México: CIESAS.
García Tello, Diana Patricia, 2013, “La espacialidad de los indígenas en el área metropolitana de Monterrey”, Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad. Vol. 34. No. 134. Zamora: UNAM.
Koh, Cha-ly, 2009, “The use of public space by foreign female domestic workers in Hong Kong, Singapore and Kuala Lumpur”, Tesis de Maestría en Planeacion Urbana, Boston: Massachussets Institute of Technology.
Vázquez Flores, Erika Julieta, 2008, “Mujeres Nahuas en el empleo doméstico”, IX Congreso Argentino de Antropología Social. Posadas: Universidad Nacional de Misiones.


1 A finales del porfiriato, la Calzada Independencia se construyó sobre el Río San Juan de Dios y desde sus inicios era vista como una frontera física entre clases sociales. Aún hoy es una zona generalmente olvidada por la inversión pública.

2 Y antes de eso, uno de clases medias y altas.

3 En el estudio de Vázquez Flores (op. cit.), 30% de las trabajadoras entrevistadas reportaron que les medían los alimentos y no podían comer lo mismo que sus patrones.

4 Se instalaron comercios que ofrecen productos y servicios a bajo costo, que van desde tiendas de ropa, dentistas, moteles, discotecas, boletos de autobús (García Tello, 2011) y lockers, además de contar con baños públicos, que sobre todo para las familias y las mujeres resultan fundamentales si se planea pasar toda la tarde en un lugar lejos de casa.

5 Contaba con un centro comercial cercano, múltiples parques arbolados, viviendas grandes.