No deja de resultar paradójico el hecho de que los más inmensos aglomerados humanos que han existido nunca: las ciudades modernas, conjuguen al mismo tiempo una proximidad abigarrada e inusitada de sujetos, prácticas y objetos, mientras que crean y recrean aislamientos abismales.

Esta disonancia asombró a quienes en el surgimiento mismo de la ciudad capitalista comenzaron a estudiarla de manera sistemática. Así, por ejemplo, un joven Friedrich Engels adentrándose en las ciudades inglesas recientemente industrializadas, encuentra en el tumulto de las calles la existencia de algo desagradable, “algo contra lo cual nuestra naturaleza se revela”. Lo que resulta terrorífico a los ojos de quien se convertiría en el compañero inseparable de Marx, son los “centenares de miles de individuos de todas las clases y de todas las condiciones urgiéndose unos a otros […y que sin embargo], avanzan juntos como si no tuvieran nada de común, nada que hacer uno con otro […A sus ojos] La brutal indiferencia, el duro aislamiento de cada individuo en sus intereses privados, aparecen tanto más desagradables y chocantes cuanto más juntos están estos individuos en un pequeño espacio”.1

Ilustración: Alberto Caudillo

Engels encuentra en las nuevas grandes ciudades una sociedad fracturada en mónadas, una multitud de individuos atomizados, incapaces siquiera de “lanzar una mirada al otro”. A su entender, la razón de esta apatía se inscribe en el dominio, en las sociedades actuales, de relaciones mediadas por vínculos económicos, con su indiferencia hacia las cualidades singulares de los sujetos y descarnadas de lazos afectivos y emocionales. Décadas después, uno de los primeros sociólogos, Georg Simmel, enfrentado aún ante estos nuevos escenarios, pero en el teatro de Berlín, ahondara en la reflexión sobre el aislamiento urbano. Sin perder de vista la importancia del lazo monetario como vínculo predominante de las relaciones metropolitanas, Simmel considera otra razón de la indiferencia urbana: el desarrollo por el individuo socializado en las metrópolis de lo que él llamó la actitud blasé. Se trata de una forma de hastío, o más bien de “reserva”. “Si uno respondiese positivamente a todas las innumerables personas con quien se tiene contacto en la ciudad [nos dice Simmel] uno se vería atomizado internamente y sujeto a presiones psíquicas inimaginables”.2 Por tanto, la apatía urbana para este autor, supone al mismo tiempo una disposición en parte derivada de la economía monetaria que reduce la cualidad sustantiva de las cosas y las personas a la pregunta: “¿cuánto cuesta?” y un mecanismo fisiológico de autoconservación ante la multiplicidad de estímulos: sonidos, roces, luces, olores que pueblan la experiencia sensible de las polis.

Y sin embargo, la fragmentación, la constitución de geografías fracturadas, de una multiplicidad de ámbitos de la distancia y la disgregación, en suma, la producción y reproducción de geografías del desencuentro, es por mucho más compleja que un pulverizado mosaico urbano de individuos solitarios con intereses privados. En realidad, Engels sabía mucho de esto cuando decidió renunciar a los banquetes, el vino, el champán, las charlas convencionales y las ceremonias de etiqueta, para en cambio, consagrar sus horas de ocio al trato con los obreros y emprender el estudio de sus situaciones de vida. Cuando dejó atrás las ciudades de la aristocracia y la burguesía para adentrarse en la ciudad del trabajo, Engels sabía que en la ciudad moderna no se encuentran simplemente individuos. En cambio, la conforman sujetos históricos inscritos en diferentes lugares de la estructura social (compartiendo similitudes con tantos otros y con muchos más profundas desigualdades) con posiciones asimétricas de poder, relacionados entre sí a través de una multiplicidad de vínculos en los que de manera heterogénea encontramos la solidaridad y la empatía, pero también la competencia y el antagonismo.

De modo que la paradoja del desencuentro urbano, la contradicción entre el aglutinar y el disgregar, no se realiza simplemente por el ensimismamiento individual. En su lugar, el orden de las distancias, la estructura predominante de las cercanías y las lejanías, la forma en la que en la ciudad se instauran geografías de la proximidad y el aislamiento, está dada por la retraducción en el espacio urbano, aunque de una forma no lineal sino “siempre de manera más o menos turbia” -como alerta Bourdieu-, de las brechas de poder y recursos que apartan socialmente a los distintos colectivos sociales. Es decir, el poder social (en forma de capital, de relaciones sociales, de bagajes culturales, de influencia ideológica, etcétera) acumulado por colectivos e individuos, se manifiesta en el espacio urbano en el lugar que los mismos ocupan en la urbe con relación a sus cercanías y lejanías entre sí y con la estructura de distribución de los bienes y servicios, privados y públicos.3

Es en función de esta distribución diferencial, del orden que liga a unos, aparta a otros y establece magnitudes de distancia entre los desiguales grupos sociales, que en la ciudad se conforman espacios diferenciados con características particulares, vividos diariamente, sustancialmente, por poblaciones distintas. Por eso Engels no encontró principalmente la ciudad de la clase obrera traslapada heterogéneamente entre las viviendas ostentosas de los poderosos, sino que esta ciudad se concentraba especialmente en “barrios malos” [“schiecthe Viertel”] (así, con comillas, lo escribía él), ocultos a la vista de las clases acaudaladas. Estos barrios, describe, tienen en común que suelen ubicarse en las partes más feas de la ciudad, se pueblan de construcciones precarias e irregulares, en calles que muchas veces no han sido aplanadas y menos se encuentran pavimentadas; “son desiguales, sucias, llenas de restos de animales y vegetales sin canales de desagüe y, por eso, siempre llenas de félidos cenagales”, y aunque en estas “calles el movimiento es tan grande como en las principales calles de la ciudad” se diferencian porque en ellas “sólo se ven personas de la clase obrera”.4 Es decir, por una coincidencia no azarosa las desiguales posiciones en la jerarquía social suelen representarse en el espacio urbano; y a nadie llama a asombro, aunque a veces genere indignación, que los excluidos sociales suelan residir a su vez en espacios marginales. La miseria -nos dice Engels- “tiene su barrio aparte, donde, desterrada de los ojos de la gente feliz, tiene que arreglársela como pueda”.5

Es así que las ciudades crecen en segregación, inscribiéndose en la materialidad del territorio urbano las múltiples relaciones de poder que estructuran lo social, pero produciendo a su vez nuevas condiciones de desigualdad.

Todavía se podría pensar que este orden del aislamiento se debe mucho a la apatía. Que es el egoísmo individual y de clase, la indiferencia de los privilegiados hacia los efectos de la lógica de valorización del suelo urbano para los desposeídos, en las ciudades capitalistas, la principal actitud que explica la reproducción y producción de la precariedad y la exclusión urbana, la que recrea ciudades desiguales, la que genera geografías del desencuentro. Y sin embargo, las fronteras que se levantan en la ciudad, que aíslan a sus habitantes en geografías dispares, no son producto exclusivo del orden indolente del valor que se valoriza. El aislamiento no es un efecto exclusivo de la indiferencia a los efectos de una maquinaria ciega e imbécil de acumulación. Las ciudades contemporáneas se fracturan, se fragmentan, no sólo porque los otros y sus dolencias resulten indiferentes, sino también porque los otros no son indiferentes y más bien, nos encontramos con la construcción permanente y continua de “otros” simbólicamente reconocidos como diferentes. “Otros” que son: peligrosos, ruidosos, sucios, tramposos, flojos. “Otros” que amenazan la tranquilidad, “otros” frente a los que hay que distinguirse, “otros” que se merecen su lugar. Tal vez por esto, cuando Engels escribía barrios malos lo hacía entrecomillándolo, para distanciarse de la forma en que al nombrar a los lugares y sujetos de pobreza se concatenan significados con los que se les reifica y distancia simbólicamente y se justifica su confinación.

En la ciudad del capitalismo neoliberal, las fronteras urbanas ya no sólo producen una ciudad segregada, sino una fragmentada: por todos lados vemos proliferar espacios autocontenidos que no se incorporan al tejido de la trama urbana que conforma la ciudad, sino que se cierran dentro de fronteras que pretenden explícitamente aislar un mundo interior “ordenado”, “limpio”, “seguro”, “homogéneo”, del orden exterior “caótico”, “amenazante”, “diferente”. Los mecanismos de clausura del espacio son diversos, pueden consistir en la utilización de una serie de signos y símbolos que conforman estéticas de distinción de clase, con sus violencias sutiles; también pueden ser explícitamente más violentos y apoyarse en instrumentos públicos o privados de “seguridad”/control que regulan tanto el acceso de sujetos a los espacios, como las prácticas que en los mismos se pueden dar (así en los espacios de mayor valor del suelo urbano o en proceso espaciales de revalorización capitalista, las estrategias populares para acceder a ingresos mediante la economía callejera son expulsadas). De modo que no es raro enfrentarnos continuamente a intimidantes controles de seguridad e imponentes obstáculos físicos en las fronteras urbanas de la ciudad fragmentada.

En la ciudad contemporánea, las geografías del aislamiento se fortifican, las distancias urbanas que aíslan las ciudades de la metrópoli no descansan únicamente en las diferencias en el valor del suelo que hace posible para unos, e imposibles para tantos, acceder a la vivienda en los espacios más favorecidos de la ciudad; sino también en dispositivos físicos, estéticos y policiales que construyen espacios exclusivos. Pero además, esta geografía se encuentra en constante reconfiguración, las fronteras no son estáticas y en la actualidad amplios espacios de la ciudad se han convertido en territorios de conquista para la reproducción ampliada del valor y la extracción de renta. Así, proliferan procesos de gentrificación o, a decir de Engels, pero ahora de un Engels más viejo, prolifera el método Haussmann, es decir: “la práctica generalizada de abrir brechas en barrios obreros, particularmente los situados en el centro de nuestras grandes ciudades, ya responda esto a una atención de salud pública o de embellecimiento o bien a una demanda de grandes locales de negocios en el centro, o bien a unas necesidades de comunicaciones, como ferrocarriles, calles, etc. El resultado es en todas partes el mismo, cualquiera que sea el motivo invocado: las callejuelas y los callejones sin salida más escandalosos desaparecen y la burguesía se glorifica con un resultado tan grandioso; pero…. callejuelas y callejones sin salida reaparecen prontamente en otra parte…”.6

 

Vicente Moctezuma Mendoza
Antropólogo, posdoctorante en el Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México

Nota

Este texto fue presentado en enero de 2018 en la exposición Delirios urbanos a cargo de la curadora Josefa Ortega en la galería El cuarto de máquinas.


1 Engels, Friedrich, La situación de la clase obrera en Inglaterra, Fina Warshave y Laura de Molina y Vedia, Trad., Buenos Aires: Editorial Futuro. Pp. 44-45.

2 Simmel, Georg, 1988, “La metrópolis y la vida mental” en: Bassols et al., compiladores, Antología de la Sociología Urbana, México: UNAM, p. 54.

3 Bourdieu, Pierre, 1993, “Efectos de lugar”, en La miseria del mundo, Buenos Aires: FCE, p. 120.

4 Engels, op. cit. p.46-47.

5 Idem., p.46.

6 Engels, Friederich, 1966 “Contribución al problema de la vivienda” Marx, Karl y Friederich Engels, Obras escogidas [en tres tomos], tomo II, Moscú: Editorial Progreso, pp. 371-372.