Todos somos cartógrafos informales de nuestra ciudad. Y en una ciudad menos que perfecta, como la ciudad de México, hay mucho que consagrar a la memoria. Quienes se mueven en automóvil o en bicicleta conocen entre unas docenas y algunos cientos de accidentes geográficos: un bache insidioso que se oculta tras un tope improvisado, la orografía de una calle arrugada por las fuerzas tectónicas del asfalto. Los peatones saben, por su lado, dónde hay registros abiertos (le han costado la vida al menos a uno), cruces imposibles, trayectos malolientes y calles peligrosas porque ahí asaltan o violan o roban. Conforme peores experiencias se tengan, más dolorosa —y meticulosamente— se graban sus particularidades en el mapa mental en movimiento que, como si fuera un tablero de ajedrez de muchas dimensiones, nos permite llegar de aquí a allá.

En principio, desde una perspectiva de dos dimensiones como la de un planisferio convencional, todo punto es accesible desde cualquier otro; que haya un espacio público que conecta los espacios privados es, en parte, lo que constituye a una ciudad. Y sin embargo, cuanto más difícil es el trayecto, la conexión entre esos espacios deja de estar abierta y comienzan a aparecer lindes que resultan invisibles para los viajeros con suerte. Para las personas con discapacidad pronto cobran una importancia singular más y más dimensiones de ese mapa: la elevación y la irregularidad del terreno, el ángulo de inclinación, la disposición de los objetos, la señalización… y una más, al mismo tiempo insólita y totalmente lógica e indispensable: la dimensión conductual de los otros habitantes de nuestro atlas personal.

Ilustración: Víctor Solís

Cabe aclarar que hablaré aquí de mi experiencia como conductora, que no ocupante, de una silla de ruedas, pero no crea que se trata del ejemplo modelo. Hoy, que no sirven las escaleras eléctricas en muchas estaciones del metro más profundo de la ciudad de México, no hay más que preguntarle qué tal le va a cualquiera que tenga desórdenes del movimiento o autoinmunitarios o esqueléticos o vértigo o ansiedad, para hacernos una idea de lo múltiple que es la discapacidad y lo injustamente invisible que resulta a veces. No faltan, por cierto, cronistas en primera persona de la discapacidad en la ciudad de México y en muchas otras; y están allí para que los escuchemos. No es necesario que arquitectos y diseñadores se unan al ridículo reto de ser discapacitados por un día para abrir los ojos si tienen a su alcance miles de testimonios útiles y elocuentes. 

De vuelta a nuestro mapa. La primera frontera es también la más drástica. ¿Se puede salir de casa? ¿Es decir, se tiene una silla de ruedas? ¿Una sencilla de las de mil pesos que venden en División del Norte? ¿U otras, como una adaptada para sostener erecta la cabeza, la espalda, las piernas en su lugar, los glúteos pegados al fondo, los pies sobre el soporte?… Hablamos de artefactos de decenas de miles de pesos sin los cuales ciertas personas, digamos con parálisis cerebral severa, no pueden andar por la calle a riesgo de partirse la cabeza. Y una vez resuelto ese problema, ojalá que haya en casa alguien con suficiente fuerza para armar y desarmar lo necesario, para cargar, ajustar y acomodar lo que haga falta para enfrentar la segunda frontera.

¿Cuánta gente con discapacidad ve por la calle? Le propongo un ejercicio: siéntese media hora en cualquier espacio público, digamos primero en un centro comercial elegante, luego en la Alameda, que es tan agradable. Y póngase a contar. Si se sorprende, no se preocupe; el ojo se entrena cuando nos obligan las circunstancia personales o nuestro trabajo. Ahora pregúntese cómo llegaron allí esas personas. Y dónde están todas los demás.

Hace unos años se apostó en un semáforo de Polanco (Polanco, faltaba más) una familia que pedía dinero para su hija con algún trastorno del movimiento. Anunciaban con cierto orgullo que era paciente del Teletón, de modo que no pedían dinero para tratarla. No, lo que buscaban era financiar los traslados en una camioneta adaptada, porque no había taxi en este mundo en el que entraran la silla y la niña. Así que otra frontera, ¿cierto?

Salir a pie, mucho más barato, no es más fácil. Le cuento mi experiencia: mi colonia, que hace 40 años era un pueblo, no tiene más que unas raquíticas banquetas que por lo demás tienen incrustados postes de luz exactamente en su geométrica mitad que obligan a los que vamos caminando a pasar de ladito. Hace unos años construyeron un Oxxo y como parte del trato con la delegación se inauguraron rampas para discapacitados que, como tantas en esta ciudad, desembocan en una maraña de tierra y raíces porque los vecinos se negaron a que se talara un árbol justo en medio del estacionamiento. Pero da lo mismo: unos metros más adelante la banqueta tiene medio metro de alto con respecto a la calle, y apenas después se convierte en unos escalones y desaparece. Trate de pasar empujando lo que sea, una carriola o una bolsa del mercado, por una calle empedrada, o cruzada por la particular hidrología que surge en esta bendita ciudad durante la mitad del año, o por calles apenas pavimentadas en las zonas marginadas o las que están ocupas por puestos y tianguis. Moverse en silla de ruedas es muy difícil.

Pero llegamos a donde íbamos. Al mercado de la colonia, a la cita con el doctor, al centro comercial elegante o a la plaza. No quiero ni hablar del tema de los estacionamientos y las rampas; está sobradamente documentado y discutido. No, ya hicimos la proeza y estamos allí. Ya concedimos y nos resignamos malamente a la idea de que es muy difícil y muy caro adaptar esta ciudad que creció a retazos para que la recorra de punta a punta alguien con discapacidad, y llegamos a un lugar medianamente diseñado para habitarlo, con interacciones físicas y humanas que son menos impersonales y más íntimas, aunque sea porque somos compañeros de trajinera, de tienda de zapatos, de cafetería. Aquí -usted perdone, pero- es donde comienza lo más difícil del recorrido, porque los demás, que también son parte de la ciudad, que también son parte del espacio público en la medida en que lo ocupan y lo modifican, son la peor de las fronteras.

No es un asunto de maldad. Cuando se increpa (lo confieso) a la pequeña multitud que se arremolina en el elevador frente a uno, sus caras no son de sorna o de irritación. Son de sorpresa. Nunca habían pensado que ahí al lado están las escaleras y que en última instancia podrían haberte dejado pasar primero (porque para ti todo es s difícil). Si pides permiso en el mercado porque quieres llegar hasta el puesto de mangos y una repisa sobresale justo a la altura de la cabeza de tu hija, el gesto no es de hartazgo sino de maravilla: pero qué hace usted aquí, qué esperaba que pasara. El mismo desconcierto cuando llegas al café y propones que te dejen pasar primero. O a la tienda de ropa barata o cara y te encuentras con que no hay forma de alcanzar el vestidor especial que alguien amablemente instaló. O pides más servilletas en el puesto de helados (para qué quiere usted 10 servilletas). Ejemplos sobran. Ahora ideas.

La primera es la más radical: somos parte de la ciudad, la más versátil y móvil y también la que tiene la capacidad más reactiva para mostrar civilidad. Para poder poner en práctica todas estas cualidades que nos distinguen —ejem— de los inmuebles, tenemos que ejercitar activamente la observación. Busquemos y aprendamos a ver: decía que la silla de ruedas es el ejemplo de libro porque es fácil de distinguir e interpretar, pero agucemos la mirada: hay quien usa bastón, muletas, prótesis; quien se mueve diferente (que baila al ritmo de una música cinética distinta, como diría Oliver Sacks), que mira distinto, que reacciona de otras maneras ante los estímulos. Una vez vistos, es cosa de imaginar cuántos obstáculos tuvieron que sortear para llegar a ese destino, y usar la lógica y sentido común para adaptar y adaptarse como espacio físico y social. Nótese que no hablo de compasión y mire que fui una de las personas que se cambió de lado en esta ecuación.

En suma: ceda los espacios, abra los pasillos, sostenga las puertas, deje lugar en los elevadores y los asientos, ofrezca ayuda si ve que hace falta (algunas veces será aceptada, pero siempre se agradecerá haber sido visto). Pida, exija, que las personas con discapacidad pasen primero en todas las filas. No haga esperar a aquellos para los que cada minuto fuera de un ambiente controlado implica un reto; hay muchas discapacidades que impactan en la conducta. Estaciónese lejos, camine más, entre después. Olvide por un momento la pelea diaria que implica también para usted moverse en la ciudad, ganarse su propio espacio minúsculo en el metro y en el pesero, y recuerde que moverse con una discapacidad es muy difícil.  Imagine, imagine siempre, y conviértase en un pequeño remanso de nuestro mapa común.

 

Maia F. Miret
Editora y traductora.