Quienes crecimos en la ciudad de Tijuana de los años noventa, lo hicimos domesticados en la obviedad de la presencia del muro fronterizo. Sí, había una lamina arrugada que delimitaba todo el camino para ir hasta el fraccionamiento Playas de Tijuana, pero al otro lado de la misma estaba el lugar donde fácilmente íbamos al mandado con nuestros padres o los domingos paseábamos por el parque Balboa, el Sea World o el zoológico. Lo natural era la existencia de un “otro lado” que vivíamos como propio. Y lo normal, entonces, es que hubiera un muro que separaba éste lado del otro lado.

Ilustración: Patricio Betteo

A menos que algunas niñas y niños genios lo hubieran hecho —y no tengo duda de lo factible de esta posibilidad—, en esa época no nos cuestionábamos el privilegio que teníamos para cruzar al otro lado, ni mucho menos interrogábamos por los orígenes de ese amurallamiento. La ciudad en que nacimos se nos apareció con un muro y con un par de garitas de entrada y de salida. Ahí nos formábamos a pie o en el carro para hacer fila y esperar el momento en que nos revisarían el pasaporte o la visa, un escrutinio más laxo y relajado —¡pero mucho más laxo y relajado!— que el que se hace actualmente.

Hoy, la frontera entre México y Estados Unidos está separada en algunas partes de Tijuana hasta por dos muros. Hacia el oeste, la lámina de metal se pierde adentro del Océano Pacífico. Del lado este, los barrotes de acero escalan sobre la membrana escarpada de las montañas de Tecate. El impredecible tiempo de espera para cruzar al otro lado ronda entre los cuarenta y cinco minutos –si bien te va– hasta tres o cuatro horas. Si tienes un visado que sustente tu posibilidad de cruce, tus ojos, tus huellas digitales, tu fotografía, tu dirección y tu trabajo están registrados en las bases de datos que comparten el Departamento de Seguridad Interior, la Patrulla Fronteriza, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, la Oficina Federal de Investigación y otras agencias gubernamentales.

Pero esto no siempre ha sido así. A mediados del siglo XIX, cuando la Comisión Binacional estableció los límites entre California y Baja California, según el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, lo hizo asumiendo que en una larga porción de la zona fronteriza nunca habría asentamientos ni cultivos, por lo que sus miembros acordaron que siete monumentos en forma de obelisco eran “ampliamente suficientes” para marcar la línea imaginaria que dividiría los dos países (Hughes, 2007). La Historia no les dio la razón y a lo largo de los años se fueron colocando alambres de púas, vallas y cercas hasta llegar al muro actual que separa las ciudades de San Diego y Tijuana.

La historia que se tiene que contar sobre el reforzamiento del aparato fronterizo debe ser concomitante, recursiva e interdependiente. El límite fronterizo empezó a levantarse como barricada en función del crecimiento urbano de Tijuana. Pero la ciudad ha crecido, precisamente, por su colindancia con los vecinos del norte. Tijuana se convirtió a fines de siglo XX en la urbe con la tasa más acelerada de crecimiento poblacional en México debido a la migración sur-norte desatada varias décadas atrás (Zenteno, 1995); migrantes que se movilizaban hasta esta esquina por la posibilidad de transitar a Estados Unidos o beneficiarse de la bonanza de la economía local que aprovechaba la situación fronteriza y los privilegios fiscales que ello suponía.

A la historia de cómo una línea divisoria ha devenido en un muro rígido —que poco a poco damos por sentado según la demografía de la ciudad se va ampliando— hay que añadirle, por supuesto, los procesos y acontecimientos históricos de amplia influencia cuyas repercusiones se han sentido con mayor peso en las urbes más desaventajadas de la geometría política y económica entre México y Estados Unidos: las del sur de la frontera. El último gran giro de tuerca que solidificó de manera cualitativamente distinta el paso fronterizo, se dio tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Con el Patriot Act firmada por la administración de George W. Bush en las postrimerías de estos atentados, la migración se comenzó a combatir con los mismos recursos y con la misma enjundia con que se llevó a cabo la lucha contra las drogas y el terrorismo. Migrantes, terroristas y narcotraficantes fueron puestos en la misma bolsa. Se construyó un segundo muro y se invirtió en tecnologías de vigilancia. Cámaras infrarrojo, sensores de movimiento y tecnología de clasificación humana —así como todo aquello que se ubica en el término de “Smart Borders”— se convirtieron en un tercer muro invisible.

El gobierno de Obama continúo con esta misma línea de reforzamiento fronterizo y endurecimiento de las políticas migratorias. Aún más, se ganó el apodo de “deportador en jefe” dentro de círculos activistas por asumir el mayor número de deportaciones que ha tenido un presidente. Las ciudades fronterizas como Tijuana, dejaban de ser lugares de paso para convertirse en lugares de retorno. Así, las organizaciones de la sociedad civil —las cuales han levantado la mano para reaccionar a la emergencia ante la pasividad de las autoridades municipales— se saturaron de deportados y las calles comenzaron a poblarse de poblaciones precarizadas. Las caravanas migrantes que han atravesado el país en los últimos meses con la intención de cruzar a Estados Unidos se encontraron en esta ciudad con una pared infranqueable que los ha colocado en una disyuntiva que tiene fuertes repercusiones para Tijuana: o se regresan al país del que huyen o se quedan en esta ciudad.

A inicios del 2019, el gobierno de Donald Trump tuvo el cierre más prolongado en la historia de Estados Unidos debido a que no llegó a un acuerdo con los congresistas para levantar un muro a lo largo de sus límites con México. La construcción del muro fronterizo ha sido la promesa de campaña más sonada y la obsesión más grande del actual gobierno norteamericano. Pero Tijuana ya se enfrenta a un muro. En su diario devenir, tanto residentes de largo aliento como migrantes o deportados recientes, lo han incorporado como un elemento constitutivo de la misma. La historia urbana de Tijuana, por lo tanto, se puede contar también en relación a las transformaciones objetuales y espaciales que han tenido los linderos nacionales y que poco a poco se van normalizando en la vida cotidiana de sus habitantes.

 

Juan Antonio Del Monte Madrigal

 

Referencias

Hughes, Charles, 2007, “’La Mojonera’ and the Marking of California’s U.S.-México Boundary Line, 1849-1851”, The Journal of San Diego History, V. 53(3), Summer, pp. 126-147
Zenteno, René, 1995, “Del Rancho de la Tía Juana a Tijuana: una breve historia de desarrollo y población en la frontera norte de México”, Estudios Demográficos y Urbanos, Vol 10, No.1 (28), Ene-Abr, pp. 105-132