En las últimas semanas se han anunciado sendos proyectos para la restauración de dos grandes áreas verdes: una en Texcoco, donde se iba a construir el nuevo aeropuerto (NAIM) y el otro en la cuarta sección de Chapultepec en la Ciudad de México. Los designados directamente por el gobierno, sin licitación o concurso, son un arquitecto y un artista plástico; dos profesiones relacionadas más bien con la estética y el objeto. No pretendo criticar los proyectos que están en ciernes, ni tampoco se trata de demeritar estas disciplinas. Pero la restauración y el manejo de los espacios verdes debe de estar diseñada con énfasis en las interacciones ambientales y sociales. Esto se debe a que el ecosistema y la sociedad forman un sistema bidireccional en la que se basa toda la dinámica para la restauración de la zona verde. En otras palabras, en los proyectos de restauración de áreas verdes urbanas, la estética es muy importante, pero la dinámica socioecosistémica lo es mucho más.

Ilustración: Estelí Meza

Existen muchas razones por las cuales, rara vez, este tipo de proyectos es liderado por algún experto en ecología. Muchas de ellas tienen que ver con las relaciones de poder cultivadas por décadas entre los diferentes grupos profesionales y las autoridades. Pero no me detendré en descifrar todas las causas, sino menciono la que considero una de las más importantes: si hay algo que ha caracterizado a todos los gobiernos, sin importar su ideología, es su fijación con la infraestructura. No importa la ideología del gobernante, la prioridad es producir infraestructura y ésta, presumen, está ligada al bienestar. Y esto no es privativo de nuestro país. Por ejemplo, la velocidad con la que los millonarios franceses se aprestaron a donar grandes cantidades de recursos para la reconstrucción de la catedral de Notre Dame en París, patrimonio de la humanidad según la UNESCO, contrasta con los magros recursos que donan para restaurar los patrimonios de paisaje natural, también de la UNESCO. Sin embargo, en este culto al objeto, tanto la naturaleza como la gente son quienes deben adaptarse a la infraestructura y no al revés.

Una de estas áreas naturales —patrimonio catalogado por la UNESCO— que lleva décadas en peligro, es Xochimilco en el sur de la Ciudad de México. Durante los casi 20 años que he estado trabajando en la restauración y manejo de este importante humedal, he visto diversos proyectos en los que se propone salvarlo con infraestructura que ayudaría a mejorar la deteriorada calidad del agua o promover un atractivo turístico —otra obsesión de detonador de desarrollo típica de los gobiernos, y que quizás habré de profundizar en otra ocasión—. Por esa razón, ha sido muy complicado explicar el otro tipo de proyectos en los que el Laboratorio de Restauración Ecológica del Instituto de Biología de la UNAM está involucrado y de los cuales ha recibido financiamiento. Estos proyectos no son para construir acuarios, mercados, parques “ecológicos”, represas, plantas de tratamiento, lumbreras o restauramos iglesias; nosotros impulsamos una mejor relación de la sociedad con el ecosistema.

Aún cuando la infraestructura es necesaria, el énfasis se da en la interacción ecosocial. Desde ese laboratorio podríamos buscar una forma de restauración ecológica de Xochimilco con el énfasis en la infraestructura y posiblemente el financiamiento sería mayor y más fácil de obtener. Por ejemplo, pensemos en un programa de reproducción masiva de axolotes (Ambysotma mexicanum) en peceras y para el que pidiéramos apoyo para generar edificios con acuarios. Se cortaría un listón, pero este programa no serviría ni para la sobrevivencia del axolote como especie, ni para la restauración de su hábitat. Así que hemos decidido el camino más difícil, pues el fortalecimiento de las relaciones ecosociales no genera una patente o no tiene una puerta para cortar un listón. Lo que es seguro es que en el largo plazo no se convertirá en un elefante blanco, sin recursos para mantenerlo.

Con base en este enfoque, se fincó la piedra angular del proyecto Chinampa-Refugio. Un proyecto que tiene una década de irse consolidando con la constante interacción entre la academia y los chinamperos. El proyecto comenzó con la búsqueda de conservar el axolote en su hábitat original, y con los años ha madurado incluyendo la conservación de la producción agrícola tradicional como cultura y la diversidad. Este proyecto es dinámico pues utiliza el concepto de “manejo adaptativo” en el cual va cambiando conforme se van obteniendo resultados. Así, el proyecto liga a la naturaleza y a la sociedad desde el nombre mismo. Técnicamente el proyecto no está descubriendo el hilo negro, pues busca reactivar la práctica agrícola sostenible que ha funcionado durante más de 1500 años y que es la que reconoce la UNESCO como patrimonio mundial. Las chinampas forjaron la agricultura que permitió el auge de la civilización mexica y mantuvo mucho tiempo al Valle de México colonial. Fue hasta hace unos 60 años cuando el énfasis se centró en la infraestructura. Así, los invernaderos, los fertilizantes, pesticidas, el turismo masivo y las canchas de fútbol aparecieron en el lugar.

El proyecto Chinampa-Refugio busca que las aguas de los canales estén limpias para que los chinamperos puedan regar sin contaminantes en su tierra naturalmente fértil. Para ello, se establecen los refugios donde el axolote, especie en peligro de extinción, pueda sobrevivir junto con toda la fauna nativa (charales, ranas, acociles, serpientes, garzas). La generación del refugio involucra filtros rústicos en la entrada de los canales que evitan el ingreso de carpas y tilapias -voraces depredadores exóticos de los axolotes y de otras especies- y reduzcan los contaminantes que vienen de los desagües y de la planta de tratamiento de Cerro de la Estrella. La sobrevivencia de las especies nativas en los refugios es el mejor indicador de la calidad del agua. Aun así, realizamos constantemente análisis de contaminantes en el agua, sedimento y productos agrícolas.

Por su parte, la actividad chinampera involucra volver a lo que se hacía en las épocas previas a los fertilizantes y pesticidas, puesto que en este lugar no son necesarios. Los sedimentos son fértiles y las prácticas tradicionales reducen la presencia de plagas. Así, la chinampa tiene la triple función de conservar a las especies nativas, generar alimentos libres de fertilizantes y pesticidas con técnicas tradicionales que no dañan el ambiente y conservar la cultura. En su deseo de conservar el humedal, algunos de los chinamperos actuales han practicado estas ideas desde hace muchos años y sin ningún tipo de apoyo económico.

En la academia, éste es un proyecto en el que cada disciplina aporta: desde los ecólogos que evalúan la función ecosistémica de los refugios como hábitat, los ingenieros para la evaluación de flujos de agua y tipos de fertilizantes naturales, hasta los gastrónomos para evaluar la calidad de los productos agrícolas. Cada disciplina pone su conocimiento para aportar al objetivo final que es la reconstrucción ecosocial de la zona chinampera. Pero el proyecto busca ir más allá, pues la colaboración con los chinamperos ha dado una nueva dimensión social de conocimiento y acciones a emprender.

Así que la restauración ecológica involucra no sólo proponer las rutas de mejoramiento de la naturaleza, sino también escuchar, discutir y debatir con los chinamperos. Discutimos qué es lo que más le conviene a la naturaleza y qué es lo que más les conviene a ellos y a nuestra cultura. El proyecto de restauración no surge de una propuesta de la academia que viene a “iluminar” con su sabiduría a los agricultores, sino es una idea formada entre ambos grupos. Academia y chinamperos, comparten su propia sabiduría para buscar una solución común: la restauración de Xochimilco y sus especies nativas.

Por lo mismo, el proyecto es lento -lo cual desespera a muchos políticos, académicos y chinamperos- y todavía falta mucho. Aun cuando la técnica ya está establecida, falta hacerla económicamente atractiva para la población local, lo que implica dos elementos de gran relevancia. Por un lado, es necesaria la colaboración con sociólogos y antropólogos, pues la fortaleza del tejido social entre chinamperos es fundamental para establecer una red que haga resiliente al naciente mercado de productos chinamperos. La interacción social con los chinamperos —y entre ellos mismos— es muy frágil y constantemente está en peligro de colapsar. Pero así es la complejidad de las interacciones sociales: el riesgo siempre está latente.

Por otro lado, necesitamos economistas y expertos en mercadotecnia que hagan los análisis de la oferta y demanda de los productos a diferentes escalas, lo que nos permitirá evaluar proyectos como la generación de una “Etiqueta Chinampera” (que estamos construyendo), que avale el producto de los chinamperos de los Refugio-Chinampa. Esta etiqueta garantiza que el producto que se generó en una Chinampa, no tiene agroquímicos dañinos y está protegiendo al axolote y otras especies nativas.

Romper la dinámica ecosocial urbana que han llevado al deterioro de Xochimilco y sustituirla por otra que lo restaure requiere de recursos financieros, pero aplicados de una manera diferente a los megaproyectos basados en infraestructura. En este momento el proyecto Chinampa-Refugio está en un punto crítico. Durante muchos años hemos construido las bases técnicas del proyecto y evaluando sus posibilidades ecosociales, distribuyendo recursos a los chinamperos. Pero es momento de que esta distribución cambie de manos y se implemente como un programa del gobierno de Ciudad de México o del gobierno federal, que permita ampliar el proyecto a grandes porciones en la región chinampera; un programa gubernamental que buscaría aumentar el número de chinamperos involucrados y recuperar las chinampas abandonadas o aquellas reconvertidas en campos de futbol.

Para hacer el programa es necesario reorganizar la política pública de apoyos al campo y la biodiversidad, con el fin de incorporar a los chinamperos que están haciendo refugios a programas como el de pagos por servicios ambientales. Con esto, se puede evitar un monopolio que acapare los recursos, dispersando los beneficios en los chinamperos involucrados. Esta dispersión debe tener procedimientos estrictos y vigilados que eviten que se vuelvan clientelares y ahí es donde entran las universidades que nos volveríamos garantes del proceso de restauración, con el fin de hacer un contrapeso en la decisión de los mecanismos de entrega de los recursos. Así, el programa se puede ir engarzando con el proyecto de la “Etiqueta Chinampera” que tiene una estructura para la potencial de colaboración entre el gobierno de Ciudad de México, la academia (hasta ahora la UNAM y la Universidad del Claustro de Sor Juana) y los chinamperos. Esto le dará posibilidades sostenibles en el largo plazo.

Cada caso es particular, por lo que las estrategias deben de variar para cada uno de los 22 espacios verdes mayores de 40 hectáreas que hay en Ciudad de México y que son las reservas de diversidad nativa y abarcan varios ecosistemas. Debido a que la biodiversidad no sólo se basa en el número de especies, sino en el papel que juegan dentro de su hábitat, es necesario considerar toda la complejidad para el manejo de un área verde. Así que los lineamientos generales para restaurar un espacio verde deben de poner como prioridad la relación bidireccional hombre-naturaleza que mantiene toda la dinámica ecosistémica en una zona urbana. Ya después vendrá la infraestructura y el culto al objeto que se tendrían que adaptar a la naturaleza y a la gente.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.