Tiendas por árboles

Escucho los taladros y las máquinas de las grandes construcciones que se llevan a cabo en mi colonia, Xoco, en la Ciudad de México; su sonido activa mi visión del lugar adolorido, abierto, en violenta transformación. La tala de árboles abrupta y expedita que el proyecto Mítikah de la empresa Fibra Uno ejecutó en la calle Real de Mayorazgo el pasado 4 y 5 de mayo refleja la soberbia de las constructoras, su indiferencia por el proceso legal, la esterilización de la resistencia local y la incomprensión entre quienes impulsan las mejoras “objetivas”, “lógicas” o “racionales” del desarrollo urbano técnico-neoliberal y aquellos con afecto y sensibilidad por los espacios íntimos de su ciudad.

“Me mató Mítikah” es el mensaje escrito sobre la base de los troncos. El mismo 5 de mayo las autoridades de la ciudad arrestaron a nueve personas que talaron más de 50 árboles en la calle Real de Mayorazgo… no tenían permiso para hacerlo. Los trabajadores de Mítikah hicieron la tala durante la noche, a los vecinos les dijeron que sólo podarían los árboles. El 4 de mayo instalaron varios paneles de lámina para cerrar el área de demolición, los árboles derribados fueron subidos en dos camionetas con logos falsos de la Ciudad de México. Este modo de operar, opaco e irregular, ha marcado hasta la fecha la producción de Mítikah.

Su plan maestro prevé el desarrollo intensivo de dos terrenos contiguos (Universidad 1200 y Río Churubusco 601) y la calle Real de Mayorazgo —donde se encontraban los árboles— es un obstáculo para la conexión física de estos dos predios. Es por ello que el proyecto contempla la construcción de un deprimido para dar paso a los autos y acceso vehicular a sus desarrollos a través de un túnel. Para esto, Mítikah contaba con un Permiso Administrativo Temporal Revocable (PATR)1 que le cedía la capacidad de intervenir y construir sobre la vía pública. La idea de los desarrolladores es dirigir el tránsito hacia el paso deprimido y aprovechar la calle para transformarla en un corredor de entrada para sus predios, vinculados por un centro comercial que se extendería sobre la calle. El pretexto de esta intervención violenta es hacer peatonal la calle y embellecerla, pero el motivo último es convertir la vía pública en un patio central que vincule sus terrenos, atentando contra la función pública del espacio e ignorando a peatones, transporte público y ciclistas.

Los árboles que estaban en el camellón de Real de Mayorazgo eran un claro estorbo para esta empresa y por este motivo que fueron derribados. La violencia detrás del acto no se limita a la tala, sino a la forma sombría de hacerla, a la transformación del lugar a la que sirve y la  manera en que atenta contra el espacio local. La indignación extensa y generalizada entre la población de la ciudad frente a la tala ilegal y la descalificación clara por parte del gobierno capitalino es algo nuevo para el caso de la construcción de Mítikah en Xoco. El derribo de los árboles es un caso especialmente visible de una forma de producción del espacio urbano que está normalizada, que no se limita al proyecto de Mítikah y que se acentuó con el gobierno anterior. Vale la pena revisar este método de desarrollo urbano y sus características.

Ilustración: Izak Peón

Ciudad vertical

Desde que el mega proyecto inmobiliario Ciudad Progresiva (2009) fue reiniciado en 2016 bajo el nombre aún más pretencioso de Mítikah, la producción del espacio urbano en la colonia Xoco ha estado marcado por una violencia material y espacial que caracteriza lo que yo llamo la “ciudad vertical”.2 Promotoras inmobiliarias como City Towers, Urbano Park y Agatha también han participado de la reciente reurbanización de la zona. El modelo es claro, pero esconde procesos de fragmentación, segregación y violencia que son difíciles de ver a la distancia: la ilusión del progreso y el desarrollo hace de estos artefactos urbanos un espectáculo de la modernidad que debe ser desenmascarado.

Después del boom de los conjuntos cerrados3 en las periferias de la ciudad —dirigidos a clases privilegiadas que buscaban zonas apartadas de las angustias de la vida urbana—, y en el marco de la redensificación y renovación de la ciudad central,4 en las últimas décadas han aparecido dinámicas de repoblamiento de las colonias centrales distinguidas por la revalorización excluyente del suelo y el espacio construido:

1. la gentrificación de los barrios centrales y con capital histórico (edificios antiguos, parques, plazas) explotado por los horizontes de la moda y los consumidores de “autenticidad” (Roma, Condesa, Narvarte, Santa María la Ribera);

2. la ciudad insular, de los centros comerciales y los condominios habitacionales excluyentes, socialmente homogeneizados y distribuidos en el espacio urbano como islas privadas (sin frente de calle, desconectadas de los espacios contiguos y vinculadas a través del auto);

3. la ciudad vertical, de los grandes desarrollos inmobiliarios (habitacionales y de usos mixtos) vulgar y orgullosamente altos-visibles,5 insertados en espacios centrales y densos de la ciudad en medio de antiguas zonas residenciales y a un lado de viviendas unifamiliares, fuertemente excluyentes, vigilados y destinados completamente hacia la vida interna —el concepto de venta es que “no te hará falta salir”, porque dentro hay todas las “amenidades” que necesitas—.

Actualmente, en el pueblo de Xoco, se lleva a cabo una de las producciones más intensivas y abruptas de la ciudad vertical en Ciudad de México. Los grandes terrenos, su centralidad, el precio relativamente bajo de las tierras, la contigüidad con grandes avenidas, las normas de ordenamiento urbano que permiten la inmensa superposición de pisos y la complicidad del gobierno delegacional han hecho de esta colonia el espacio ideal para las nuevas torres.

Violencia vertical

Los promotores inmobiliarios de la ciudad vertical y las poblaciones que llegan después a las torres y grandes edificios no buscan consumir la autenticidad de los barrios como ha sucedido en otras colonias. No persiguen ni cafés de la esquina, ni tortillerías, ni misceláneas, ni bares de autor, ni parques, ni banquetas amigables al peatón. En Xoco, como en otros lugares, no estamos frente a un caso de gentrificación donde nuevos habitantes adinerados [the gentry] ocupan y remodelan los espacios anteriormente habitados por viejos residentes; sino, ante la desaparición del espacio local frente a grandes construcciones que se levantan en un otro lugar, desvinculado del lugar antropológico y su historia, sus formas, sus habitantes.

En otras palabras, la ciudad vertical es un producto para los públicos que buscan una ubicación central, tan aislada como una comunidad cerrada periférica, sin que esto implique encontrar la vida de barrio, con sus amenazas, sus nacos. La verticalidad y sus dispositivos de seguridad suplen la barrera de la distancia y resuelven la ansiedad que produce la proximidad al asegurar otro tipo de diferencia.

Las torres de la ciudad vertical son asentamientos exclusivos, volcados hacia el interior; para sus productores y consumidores el espacio próximo es un lugar en blanco y a la vez amenazante -la proximidad es combatida con muros, bardas, cámaras de seguridad, guardias, sistemas de identificación: un diseño arquitectónico excluyente-, prestado a su desvanecimiento. Las poblaciones que las habitan no suelen conocer los negocios que tienen a un lado, no caminan las calles de la colonia, y ven permanentemente hacia las avenidas principales a través de las cuales llegan con sus autos a otros espacios cerrados de la ciudad insular.

Mítikah o City Towers no necesitan controlar extensiones predominantes de suelo para ejercer una violencia enorme sobre el espacio local, su vocación vertical les permite cargar sobre un terreno que antes ocupaba una casa o una pequeña industria la expresión de un poder abrumador sostenido por el dinero, la especulación inmobiliaria y la racionalidad económica. A los productores de la ciudad vertical no les interesa ajustarse a los espacios locales o atenerse a modificaciones de sus proyectos por motivo de impacto ambiental y urbano; ven sus construcciones a través de la ilusión de un beneficio lógico, objetivo, universal. Los árboles, los individuos y las leyes son estorbos que deben ser superados.

Las medidas de mitigación implementadas, supuestamente destinadas a disminuir el impacto urbano y ambiental de actos como la tala de árboles, suelen ser en realidad condiciones necesarias para la propia viabilidad del proyecto inmobiliario y son ejecutadas con prisa, sin consenso y con el pretexto de “embellecer” la zona, que en realidad muchas veces es una forma de maquillar el paisaje de fondo de las torres y esterilizar la resistencia vecinal a través de dádivas. Además, la mitigación es un instrumento que transgrede el espacio contiguo de forma discreta pero igualmente determinante a través de la instalación de mobiliario urbano, banquetas, jardineras, macetones y bancas con diseños que hacen referencia al logo del proyecto y que acondicionan el espacio para el goce de la población vertical: una ciudad de muros, pasos a desnivel, aparadores, jardineras que sirven de barreras y espacios estériles donde las bancas no son más que un adorno.

Las relaciones clientelares que son entabladas entre desarrolladores inmobiliarios y habitantes de las zonas intervenidas han sido patrocinadas por el gobierno, el cual ha renunciado a producir consensos y se convierte en un Estado privatizado.6 La desigualdad en la negociación entre los productores de la ciudad vertical y los vecinos, así como la complicidad de los funcionarios y gobernantes locales con los promotores han sido una norma. El afecto y la ilusión por la modernidad prometida —la grandes torres de Dubai— enfila a muchos en la ensoñación de la ciudad vertical y la quimera del progreso; y oculta el desvanecimiento de los espacios íntimos, los ecocidios, la fragmentación social, los desalojos y la afronta contra una vida urbana intensa y rica.

Otra ciudad es posible

El nuevo gobierno de Ciudad de México ha llevado a cabo acciones para contener la irrupción de la ciudad vertical que patrocinaron gobiernos anteriores, especialmente a través de la cancelación de polígonos de actuación y la revisión de varios megaproyectos, entre ellos Mítikah. La reacción gubernamental a la tala de árboles en Real de Mayorazgo ha sido contundente: se prevé una multa de alrededor de 25 millones de pesos para los desarrolladores y una demanda penal; también, el patr fue revocado y el paso a desnivel no tiene autorización… La segunda fase del plan maestro —dos torres de 35 pisos en Universidad 1200— no está aprobada. Los vecinos han renovado esfuerzos de protesta con una nueva clausura parcial en Av. Universidad y varios residentes hasta hoy poco involucrados en los movimientos vecinales manifiestan su disgusto. 

Queda por ver si este esfuerzo inicial de contención es continuado y llega a ser fructífero.  Las condiciones estructurales que sostienen los procesos de gentrificación, insularidad y verticalidad rebasan los casos puntuales y los esfuerzos específicos de contención: forman parte de una industria y una economía de reciclamiento de capital y del espacio, reflejan la fractura social y la desigualdad, reafirman mapas de miedo injustificados. Estos procesos son sostenidos por formas de consumir y vivir la ciudad que muchos hemos naturalizado.

Para cambiar profundamente hace falta que nos sensibilicemos ante nuestras calles y los rastros de intimidad que los individuos dejan en ellas, que el desarrollo inmobiliario y la producción de nuevos espacios urbanos ponga a un lado su pretensión de bien objetivo/racional comandado por la ilusión de modernidad y la renta económica y se adecue a los lugares donde se interviene; que la cara social, cultural e íntima de la cuestión urbana tengan el mismo peso que los dogmas técnicos y económicos. La inversión en la ciudad es buena; la densificación y reducción de las periferias puede tener beneficios sociales y económicos si se lleva a cabo de forma redistributiva e incluyente. Para esto necesitamos formas transparentes y responsables de desarrollo urbano, la tala ilegal de árboles y la destrucción del paisaje urbano de las colonias no es una de ellas. No bastará con parar Mítikah, hay que hacer un cambio de fondo en la forma en que vemos y gobernamos el desarrollo urbano de nuestra ciudad.

 

Alejandro Porcel Arraut
Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México. Su investigación busca comprender la complejidad del proceso actual de transformación en la Colonia Xoco.


1 Es el instrumento a través del cual la ciudad entrega concesiones a privados para administrar e intervenir sobre espacios públicos.

2 Utilizo el concepto para caracterizar un proceso histórico y puntual de construcción vertical de espacios cerrados en las colonias centrales de la Ciudad de México.

3 Las comunidades cerradas se distinguen por ser conjuntos habitacionales amurallados y con acceso restringido por una puerta y un sistema de vigilancia; Marc Guerrien sostiene que esta arquitectura está ligada con los “mapas de miedo”, muchas veces injustificados de las clases medias y altas de la ciudad, para quienes la calle se ha vuelto un espacio intrínsecamente amenazante; (“Arquitectura de la inseguridad, percepción del crimen y fragmentación del espacio urbano en la zona del Valle de México”, Hal, halshs-00007709, 2006).

4 Comúnmente definida como aquella compuesta por las alcaldías Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Cuauhtemoc: ubicación céntrica, urbanización predominantemente formal y alta concentración de riqueza.

5 Henri Lefebvre asocia la verticalidad de los edificios con una arrogancia fálica que se exhibe, se hace ver para que en ellos el espectador perciba claramente su autoridad; (La production de l’espace, París, Anthropos, 2000, p. 117).

6 De acuerdo con Béatrice Hibou, la privatización implica redefinición de nuevos reglamentos de Estado, dispersión de la toma de decisiones y la primacía de las funciones de intermediación; (De la privatización de las economías a la privatización de los Estados: Análisis de la formación continua del Estado, trad. Guillermina Cuevas, México, fce, 2013).