No hay mucha diferencia con lo que llevamos viendo en los años anteriores. Tampoco hay gran diferencia con lo que llevamos discutiendo. Sin embargo, la 41º Marcha del Orgullo LGBTI el pasado sábado 29 de junio en la Ciudad de México, estaba impregnada de conmemoraciones simbólicamente pesadas. La primera y la más importante no era local, sino consistía en el homenaje al medio siglo de que ocurriera el evento que le dio origen a esta celebración: la resistencia a una redada en el bar Stonewall de Nueva York. La segunda eran los 40 años de tropicalizar en un capítulo mexicano la arenga estadounidense. Y la tercera era quizás la de mayor sabor local: habiendo hecho marchas anuales desde 1979, la de este año fue la edición 41, el más íntimo de los valores en nuestra numerología nacional. Así, de una sola pedrada conmemoramos 40 años (los ortodoxos dirán 41) de la consolidación de un movimiento chilango, 50 de un movimiento internacional y el baile de los 41 como emblema fundacional de las identidades homosexuales en México. Vale la pena, pues, repasar algunas notas sobre esto como evento en el espacio público.

Ilustración: Patricio Betteo

A través de sus redes sociales, muchos de los incontables bugas (heterosexuales) que se dieron cita a esta edición de la marcha del orgullo se percataron de lo que hace poco más de una década se lleva denunciando en México —y más de 20 años en otras ciudades del Norte global—: es, principalmente, un carnaval del mercado rosa. Vistosos carros alegóricos de grandes marcas internacionales y otros más modestos de marcas locales ponen la música, el humo de colores, el brillo y a la gente importante en aparadores; las más generosas reparten souvenirs útiles o inútiles con la bandera arcoíris y su logo comercial, y las todavía más generosas incluyen a hombres musculosos vistiendo una trusa y unas alas de ángel bailando pasitos repetitivos sobre los cofres de los camiones. Entre estos carros se intercalan de vez en cuando algunos más modestos que son un poco más interesantes: uno de muxes, otro de vaqueros y tal vez algún otro par.

Abajo pasan muchas otras cosas. En cualquier caso, la marcha del orgullo es quizás uno de los eventos más confusos que hay en el espacio público en ésta y en incontables ciudades. Lo político se mezcla con y entre lo comercial, la transgresión se revuelve con y a través de una inocente fiesta de colores y disfraces, el grito de guerra reverbera con y entre risas y alcohol. Una fuerza despolitizadora se enfrenta a otra politizante como una caótica suerte del juego de la cuerda. Los propios jugadores pueden ser a veces de lo más contradictorios pasándose erráticamente de un lado y del otro sin darse por enterados, siquiera, que están jugando. La calle —el Paseo de la Reforma, la Avenida Juárez, Madero y el Zócalo—, más que la arena de disputa, es la plataforma, el escenario donde se monta este conflicto irresuelto. Las críticas positivas y negativas de la actuación suelen versar sobre lo mismo: entre tanta densidad, ¿qué es lo que se está presentando a lo público, realmente?

Tensiones similares ocurrían hace 40 años, pero ciertamente era muy distinto. La Marcha del Orgullo Lésbico-Gay de 1979 no contaba con las marcas y no contaba con el Estado. Cualquier cosa que fuera presentada en el Paseo de la Reforma sería transgresor. Si marchaban semidesnudos y borrachos, travestidos o disfrazados, o si lo hacían presentándose como sujetos que en nada amenazan las expectativas de apariencia en el espacio público, sería complicado. La sola idea de salir de las cantinas, de los clubes universitarios, de las leoneras, de los baños públicos, de las esquinas mágicas y de las noches de la ciudad para anunciarse en la máxima tribuna del espacio público de la ciudad como personas que transitan fuera de las expectativas y órdenes convencionales del género tendría que ser puramente político. Sin embargo, el entonces Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) y la organización lésbica Oikabeth ya daban cuenta de las disputas sobre cómo aparecer en el espacio público para evitar la cooptación despolitizadora del mercado… o tal vez solo postergarla y ocultarla.

Porque el movimiento de liberación homosexual, si insistimos en trazarlo solo desde Stonewall, trae varios pecados de origen, pero uno de ellos es el epicentro colocado en la defensa de los espacios de consumo; el bar gay como el epítome que permite ser y existir a —algunas de— las transgresiones sexuales. Esto lo veían ya con escozor algunos de los activistas estadounidenses, pero también los mexicanos de entonces. Pero tal vez no había marcha atrás. La alianza con el mercado, la producción de un par de identidades de consumo que solo pedían se les dejara chupar tranquilos, estaba echada a andar. Y su valor político fue y sigue siendo innegable.

Antes que cualquier otra demanda especial que, como grupos vulnerables, se hiciera presente, el fin a la persecución —de los sitios de consumo donde ocurren— las transgresiones al orden de género ha sido el motor de las marchas del orgullo y su principal amplificador ha sido mostrarlas en el espacio público. De lo más tímido como dos hombres o dos mujeres tomados de la mano a lo más vistoso como dragas y travestismos estrambóticos, a los desnudos y la expresión de prácticas sexuales y fetiches poco convencionales. No deja de sorprender la persistencia de la ingenuidad de quienes, año con año, piden una marcha moderada: la de los bien vestidos, la de los bien portados, la de los que se dan a respetar. Es decir, la marcha de los que transgreden, pero nomás tantito. La idea de que la noche dionisiaca y marginal se desborde sin control sobre la diurna y apolínea avenida monumental de la capital les resulta demasiado estridente.

En cualquier caso, son los avances del propio movimiento los que han transformado el sentido de su carnaval anual. Si dos hombres tomados de la mano incomodaba, si el simple andar de una mujer trans era complicado, hoy ya no lo es tanto o para tantos o no todo el tiempo o al menos no el día del Orgullo. Hoy, el Estado, al menos en algunos países o entidades dentro de estos, no solo acompaña la marcha, sino que la procura, la publicita, la protege. Hoy, algunas empresas buscan patrocinarla y hacerse notoriamente presentes. Aunque hay todo un lado oscuro para el que no, hay otro luminoso en el que hacer esto da prestigio y, sobre todo, abre un mercado lucrativo.

El rechazo a esta mercantilización, oficialización y despolitización es una de las divisiones que acompaña a los comités organizadores de las marchas en todo el mundo. Incluso en algunas ciudades, incluyendo México, ha ocurrido la organización de dos eventos: una acompañada por partidos políticos, funcionarios y empresas y otra solo de activistas. Ya sabemos cuál es la que sale en los periódicos. Pero incluso entre los activistas y miembros del colectivo para los que hay malestar por estas presencias, a veces les resulta difícil articular su argumento de desagrado. Ante esto, se les suele acusar de ingratos, de que —caray— ningún chile les embone, de ser —doble caray— intolerantes.

Mirando las marchas sobre el Paseo de la Reforma de los últimos años y especialmente la inmensa presencia de bugas y marcas en la edición 41, volví a repasar lo que se ha venido diciendo todos estos años. El Orgullo ha ido perdiendo, poco a poco, la incapacidad de incomodar. Y, sobre esto, hay mucho qué aplaudir. Significa que ya no hay un consenso opresivo contra la manifestación de las transgresiones al orden de género. Significa que si en Bimbo te corren por ser joto, tal vez Sabritas no te cierre la puerta. Significa que si algunos no soportan la idea de que gente que ni conocen críen a un niño o una niña, ahora éstos tendrán que marchar por su cuenta con toda una serie de personajes macabros para ver si alguien los escucha. Significa que si alguien quiere transitar por terapias hormonales y cirugías de reasignación de genitales y de caracteres sexuales secundarios, el riesgo de la clandestinidad puede ser prevenido. Significa que mucho de lo que hace 40 años era declaración de guerra en las calles, hoy es solo una fiesta que, de tan buena, hasta los bugas la quieren instagramear. Significa que muchos —sobre todo, muchas— que se asumían como heterosexuales están dispuestos a explorar su sexualidad de maneras más libres. Muchos de los jóvenes y más grandes críticos de la Marcha del Orgullo a veces minimizan esto.

Pero también hay mucho que cuestionar. En esa tensión politizadora y despolitizadora en la que se revelan cada vez más victoriosos los segundos, no son necesariamente las imágenes de transgresión que surgieron en esas primeras marchas, la de 1979 y las que siguieron después, las que han dejado de incomodar, sino otras negociadas justamente con las marcas y con el Estado. En conjunto se produce un evento masivo en el que las manifestaciones incómodas son asfixiadas por banderitas de colores, brillo, disfraces, familias convencionales aliadas y, sobre todo, mensajes irreprochablemente bonitos como que Love is Love —así, en inglés y todo—. ¿Quién contra el amor tan puro entre dos almas? ¿Quién contra la abstracta idea de la libre determinación de ser quien uno quiere ser? ¿Quién contra las muxes ataviadas con lo más bello de la ropa istmeña? ¿Quién contra dos chicos jóvenes, hermosos, fuertes, claritos y barbados, besándose con cariño?

La propuesta del carnaval dionisiaco se ahoga en una fiesta con cada vez más normas, exigencias y expectativas. De pronto es casi tan demandante e insoportable como la Navidad. Un hombre mayor, panzón y semidesnudo, vestido con cuero, con aretes en los pezones y llevando a gatas y encadenado a un hombre más joven que actúa como perro apenas se distingue entre la multitud. Un chico con sobrepeso, sin camiseta y que va mostrando las visibles cicatrices de una mastectomía ni se ve entre tanta diamantina. El contingente lésbico que lanza consignas contra la idea de que existe la identidad de género y afirma la determinación biológica de sus cuerpos no sale en las notas de periódicos. La primicia la tiene, en cambio, una joven pareja heterosexual de catálogo que se besan y sostienen una pancarta diciendo que desean esa misma libertad para “ustedes” —a saber a quiénes incluyen ahí—. La tiene también la cálida y amable mujer que iba ofreciendo abrazos maternales. Las transgresiones y disputas que persisten hacia fuera de la marcha y, sobre todo ahora, hacia dentro de ésta, son sofocadas. Y solo queda la producción de una diversidad sexual de fantasía que sea tolerable y digerible para un nuevo orden de género.

No es novedad que la Marcha del Orgullo agonice como evento político, aunque sea imposible que haya dejado de serlo. Cada año es ahí donde se toma la temperatura de las nuevas fronteras; se registra una actualización de lo admitido y lo tutelado por el mercado y el Estado; y se renuevan prototipos, vocerías y liderazgos moralmente deseables. Y cada año se echan bajo la alfombra los temas, los cuerpos y las formas de transgresión que todavía conviene no mirar en el Paseo de la Reforma, aunque ahí hayan estado.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Editor de La Brújula