“En esta región los bosques han muerto, la jungla ha muerto, todo está muerto”, escribió Pierre Loti, marinero francés y autor de bitácoras de viajes y novelas exóticas, durante su viaje a la India colonial. Su libro se titula, irónicamente, L’Indie (sans les Anglais): no hace una sola mención a los ingleses en él. Loti visitó la India entre diciembre de 1899 y marzo de 1900, cuando la península vivía una de las peores sequías en su historia a causa del fenómeno metereológico del Niño. Viajando en un tren que transportaba granos hacia la antigua Rajputana, en el noroeste, Loti dice “adentrarse en el país de la hambruna”, de las ruinas y la devastación. No había dónde descansar la mirada. A ambos lados el aventurero francés sólo veía tragedia. Al llegar a la primera villa, cuenta que apenas se apagó el chillido de las ruedas metálicas deslizándose en los rieles, se escuchó un canto insoportable:

Oh pobres criaturas abriéndose camino a empellones en las barandillas, tendiendo sus lánguidas manos, las cuales brotaban de los huesos que representaban sus brazos, hacia nosotros. A través de su piel morena, cual pliegos caídos, se transparentaban horrorosamente sus esqueletos, y sus estómagos, tan hundidos, parecían vacíos de intestinos, mientras que las moscas se paraban en sus párpados y en sus labios tratando de beber lo que les restaba de humedad. Ya no les quedaba aliento, apenas un poco de vida y, sin embargo, lograban mantenerse en pie y gritaban. Comer, quisieran comer, y creen que los desconocidos que pasan dentro de estos grandes carros son ricos, que tendrán piedad de ellos y les aventarán cualquier cosa.

“¡Maharajh, maharajh!” (¡señor, señor!) clamaban al unísono las pequeñas voces en una especie de canción temblorosa. Había algunos de apenas cincos años que también cantaban “¡Maharajh, maharajh!” y metían sus pequeñas y deprimentes manos a través de las barandillas.1

Esta imagen resulta insoportable por ser tan real, tan actual, por el simple hecho de que la causas de la hambruna descrita por el viajero francés no nos son menos ajenas. La India sufre una catástrofe climática que comenzó precisamente con su colonización y que se ha extendido hasta ahora, su etapa moderna en la que despierta casi con la misma fuerza económica que China. En junio pasado —que fue el mes más caliente del que se tenga registro—, 8 de los 15 lugares que experimentaron las temperaturas más extremas en el planeta estaban localizados en la India, precisamente en la región que visitó Loti. Estas condiciones han obligado a los más pobres a dormir a la intemperie, sobre las azoteas de sus casas, quedando expuestos a la polución citadina y de la imparable industria: en 2010, para activar el desarrollo de la iniciativa privada, el gobierno aprobó la apertura de una central eléctrica de carbón ¡cada dos días!; hoy la India es el segundo consumidor de carbón en el mundo. Chennai —por nombrar un lado opuesto, al sureste del subcontinente—, ciudad con casi 5 millones de habitantes, se ha quedado sin agua debido a que sus reservas, ahora puro lodo, se han secado en menos de un año; las causas son el desmandado crecimiento de la población, la actividad industrial, una sequía de 200 días y la deficiente infraestructura para administrar el líquido. Y en Madhya Pradesh, en el centro del país, se habla de “guerras de agua” porque la población más marginada se ha peleado a morir por un tanque de agua y el gobierno local, para proteger a los choferes de pipas —varios han sido enviados al hospital—, ha ordenado que la distribución del agua sea resguardada por la policía. Por último, no menos importantes, los animales: el conflicto entre hábitat y desarrollo, como en la colonia, ha enfrentado a humanos con elefantes y tigres con resultados fatales para ambos.

Ilustración: Diego Molina

Con todos estos datos es innegable que, si tuviéramos que describir cómo será el Sur Global a finales de este siglo, cuando la inepcia de los gobiernos y la ruptura climática se hayan consumado, diríamos que la India es una fotografía del futuro. Sin embargo, entender el proceso histórico de cómo llegó la India a esta situación ayudaría evitar una tragedia global. Por un lado, está la violenta entrada al mercado global bajo el régimen británico que convirtió la península en un granero —los ferrocarriles, de hecho, fueron la gran inversión del imperio: de 20 líneas en 1853 pasó a más de 23 mil construidas para 1900, lo que desencadenó una deforestación masiva que se extendió por todo el norte del país—; por otro lado, su constante dependencia de la extracción de recursos y trabajo barato después de su independencia. O sea, en ambos casos el desastre tiene que ver más con la política que con la naturaleza, con el colonialismo que con la falta de lluvia y más con el libre mercado que con la mala administración de las reservas y la distribución de comida por parte de los gobiernos locales. En pocas palabras, tiene que ver más con la prioridad que se le da al crecimiento económico que a las consecuencias económicas que éste acarrea. Volvamos a Loti: ¿por qué, si viajaba en un tren cargado de granos, no les ofrecían a los habitantes algunos costales? De a cuerdo con Mike Davis en su libro Late Victorian Holocausts, aunque las sequías de finales de siglo XIX provocadas por El Niño fueron de una magnitud histórica no sólo por su crudeza sino por su alcance geográfico en todo lo que hoy se llama Sur Global, dice Davis, la muerte de millones por falta de comida o agua yace en las políticas económicas del imperio británico y no en la incapacidad de los indios para sortear el clima adverso.

Comencemos con el hombre encargado de implementar esas políticas, uno de los poetas favoritos de la reina Victoria. Como mujer de moral austera, la reina gustaba de la literatura de talento austero. Por ejemplo, la del poeta Robert Bulwer-Lytton, más famoso por sus plagios que por sus victorianos versos. No sólo robó de la obra de colegas como Algernon C. Swineburne y de George Sand, sino que incluso su propio padre lo acusó de plagio. Pero si la reina con él, quién contra él: al venir de una familia privilegiada de tradición política, fue nombrado Gobernador General y Virrey de la India. Para retribuir su nombramiento y declarar a Victoria la Emperatriz de la India, organizó en Delhi la ceremonia más suntuosa posible, con todas las galas y todo tipo de comida exquisita. A la ceremonia asistieron, según fuentes de Davis, casi 70 mil personas, mientras que en otras ciudades como Chennai morían de hambre al mismo tiempo 100 mil. Políticos contemporáneos criticaron férreamente las medidas austeras de Lytton para resolver la hambruna y la falta de acceso al agua. Lytton, sin embargo, no ponía mucha atención a sus detractores, a quienes llamó “histéricos humanitarios” porque él lo único que hacía era seguir las palabras de Adam Smith: “las hambrunas siempre han acontecido por una sola causa, y es la violencia del estado cuando intenta, por medios impropios, remediar las molestias de la escasez”. Lytton era un hombre de su tiempo: creyente del libre mercado, con un oído al malthusianismo y otro al darwinismo social, según su reporte de 1881: “80% de la mortandad causada por el hambre representa 20% de los más pobres de la población e incluso, si hubiéramos prevenido las muertes de este porcentaje, de cualquier manera esa gente sería incapaz de adoptar prudentes restricciones. Por tanto, si el gobierno hubiera desperdiciado sus ingresos en aliviar la hambruna, un mayor número de gente se habría caído en la miseria”.2

Se calcula que entre las dos sequías, la de 1876-1879 y la de 1896-1902, el número mínimo de muertes es 12.2 millones y el máximo, 29.3, y a pesar de la presión de medios internacionales, Inglaterra no cejó en sus razonamiento: la causa de la gran hambruna era la naturaleza, no las políticas agrícolas y económicas. El intelectual parsi Dadabhai Naoroji, detractor del colonialismo y primer indio en ocupar un silla en el Parlamento inglés, denunció esta hipocresía en Poverty and Un-British Rule in India (1902), en donde al referirse a la devastación de las sequías, escribió: “qué raro que los colonizadores británicos no sean capaces de ver que ellos mismos son la causa principal de la destrucción derivada de las sequías; que es el desangramiento de la riqueza de la India, perpetrada por ellos y que yace a sus pies, la causa de la miseria, hambruna y muerte de millones… ¿Por qué culpar a la Naturaleza cuando está la culpa tendida a tus pies?”

Ante la amenaza de la crisis climática, habría que hacer la misma pregunta hoy día: ¿por qué culpar a la naturaleza cuando la culpa es de un sistema económico tendido a nuestros pies que prioriza el mercado y no la vida de las personas?

 

Francisco Serratos
Veracruz, 1982. Profesor y escribe sobre literatura, animales, humanismo ambiental y teoría política. Actualmente trabaja en una historia del Capitoloceno. Su más reciente libro es Breve contrahistoria de la democracia.


1 La traducción es mía.

2 Ídem