El grito cotidiano que inunda nuestras colonias con un altavoz que compra “colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan…” es la evolución de un fenómeno generado por los pepenadores y ropavejeros urbanos que iban con sus carretas gritando a voz en cuello comprando todo tipo de bienes que ya no se usaban en las casas. Eran tan importantes en la cultura urbana que Cri-Cri les hizo una canción o protagonizaban películas como la de Joaquín Pardavé siendo novio de Sara García (El Ropavejero, 1946). Si uno se fija en la película, Cirilo, a quien da vida Pardavé, está constantemente remendando cosas y su casa es una amalgama de objetos originalmente diseñados para una cosa —una llanta por ejemplo—, que él utiliza de otra manera —como adorno que guarda cosas, a los pies de la cama—.

Ilustración: David Peón

En la época en la que todavía los ropavejeros, que reparaban y remendaban cosas, eran importantes, el biólogo evolutivo François Jacob publicó un libro llamado El juego de lo posible. Ahí sugiere que la evolución opera como pepenadora, pues remienda órganos que ya no son útiles para su diseño original y los utiliza para otras funciones (Jacob, 2009). Por eso, dice Jacob, la historia del organismo es fundamental para la biología, donde no sólo nos preguntamos cómo funciona, sino también nos preguntamos cuál es su origen. Pues la innovación, producto de la evolución, no comienza de cero sino de un reciclaje remendado. Por ejemplo, las aletas de los delfines surgen de las patas traseras de sus antecesores terrestres. Jacob sugiere que la evolución es como un pepenador que remienda artesanalmente, como un ropavejero.1 Como Cirilo, en la película, que reutiliza la llanta de auto como adorno, la evolución también reutiliza cosas para satisfacer las nuevas necesidades de los organismos.

Recientemente algunos teóricos de la sostenibilidad urbana retomaron este concepto de pepenador artesano para plantear las formas en las que las políticas públicas pueden procurar ciudades sostenibles (Elmqvist et al., 2018). Plantean que para entender a las ciudades hay que considerar que son como los organismos, es decir, que van evolucionando con el tiempo para ir resolviendo las necesidades que cada época les impone a partir de lo que se tiene. Para hacer una política pública o modificar una zona urbana es fundamental comprender su origen, su historia. Es un error comenzar de cero y generar infraestructura que será poco eficiente y que sirva sólo para una actividad. A continuación, la definición que proponen sobre el pepenador artesano urbano o urban tinkering:

Un modo de operación que abarca procesos de política, planificación y gestión, para transformar el uso de los sistemas urbanos existentes y el diseño de nuevos sistemas urbanos, de manera que diversifiquen sus funciones, anticipen nuevos usos y mejoren la adaptabilidad, para cumplir mejor con las necesidades sociales, económicas y ecológicas de las ciudades, en condiciones de profunda incertidumbre sobre el futuro.

Un ejemplo para comprender cómo podemos usar este concepto es el reciclaje del Canal Nacional de Ciudad de México. Este canal es uno de los más importantes de la geografía e historia capitalina, pues su trazo conecta el sur (Xochimilco) con el Canal de la Viga que llegaba al centro de la Ciudad. Hasta principios del siglo pasado, en este canal se movían personas y productos agrícolas. Incluso por ahí llegaron a surcar barcos de vapor. El Canal Nacional era una de las dendritas acuáticas que extendían una red urbana de las orillas al centro, en la cual estaban incluidos los ríos como La Piedad, Churubusco y Magdalena.

Pero en el siglo pasado se impuso el modernismo y la ciudad buscó reinventarse desde cero, con el automóvil como columna vertebral. Las avenidas fungieron como barreras entre comunidades, promoviendo el aislamiento y la desconfianza entre colonias. Los productores agrícolas de Xochimilco, que antes llevaban sus productos en canoa a las zonas céntricas de venta, perdieron su forma de transporte, lo que ha llevado al abandono de la actividad chinampera en Xochimilco y su consecuente deterioro. Como un brazo al que cortan la circulación, el sur de la ciudad se gangrenó al cortarle la vía de comunicación acuática.

Ahora, el Canal Nacional es uno de los dos cuerpos de agua lóticos (ríos) que no están enterrados bajo calles, —el otro es el Río Magdalena—. Este canal corre de sur a norte desde la punta norte de la Ciénega Chica en Xochimilco hasta Río Churubusco con aproximadamente 8.5 kilómetros. Es la frontera oeste del pueblo de Culhuacán, separando las alcaldías de Iztapalapa y Coyoacán al oriente de la ciudad. El ancho del canal se ha reducido significativamente, la cambiante calidad del agua evita que las comunidades de especies nativas sobrevivan. Algunos tramos de las zonas que lo rodean están bien, pero en otros tramos son lotes baldíos y terrenos abandonados por los que es difícil transitar. Así, el canal está muy deteriorado, pues el mantenimiento ha sido poco y sólo en unas secciones lo que no es útil para el ecosistema.

Afortunadamente el gobierno actual recogió un plan de restauración de ciudadanos que llevan 20 años preocupados por el Canal Nacional. Se trata de un plan que adopta bien la lógica del pepenador artesano, pues busca diversificar las funciones del canal a partir de reconocer su historia. El plan salvaguarda su función ecológica al mejorar la calidad del agua y los bancos del canal, lo que serviría de amortiguador frente a cambios drásticos de temperatura o a avenidas de agua por lluvias torrenciales. Para ello, el canal necesitaría de un mantenimiento constante que sólo se cumplirá con un uso intensivo. Esto pretende incentivarse convirtiéndolo en un conector entre la zona sur y el centro de la ciudad al incluir un espacio para que los ciclistas puedan transitar seguros, generando un lugar lúdico que todos los ciudadanos podemos disfrutar. La conectividad no sólo funcionará de sur a norte, sino que el propio espacio abriría la conexión entre las colonias aisladas entre este y oeste, reduciendo la desconfianza entre comunidades y promoviendo la seguridad en la zona.

Pero las inercias siguen impregnadas en una sociedad que está acostumbrada a mantener esta visión del siglo pasado en el manejo de la ciudad: reinventando de cero y eliminando las funciones como la conectividad ciclista originalmente planteadas. Posiblemente estas inercias están basadas en el aislamiento entre poblaciones lo que genera miedo y el desprecio al vecino —y a todo aquél que se mueve de manera diferente—. Contrario a la idea de que la seguridad se refuerza con el aislamiento a partir de rejas o evitando que gente externa se acerque a espacios públicos cercanos, la seguridad aumenta cuando se propician las conexiones humanas de diferentes poblaciones. Según Jane Jacobs, la dinámica del barrio donde la gente interactúa y se conoce promueve seguridad pues aumenta la confianza entre las personas las cuales se apoyan en situaciones complicadas. Esta red de apoyo social se rompe cuando la gente no se conoce. Y la arena para que estas conexiones funcionen son los espacios públicos. Por lo tanto, una restauración del Canal Nacional que incluya no sólo la parte lúdica, sino también la parte ecológica y de conectividad, incluyendo bicicletas, no sólo fungiría como enlace entre zonas que les urge conectarse de manera sostenible, también un promotor de seguridad para las comunidades que viven cerca de él.

La intervención sobre un espacio público requiere con urgencia de políticas sostenibles más parecidas a las del pepenador artesano que a las del modernismo del siglo pasado. Es cierto que este tipo de políticas generan más incertidumbre entre la sociedad, pero eso es una ventaja, pues se está “reemplazando la visión lineal, monofuncional y predecible” con una política que puede dar múltiples resultados, y detonar dinámicas positivas insospechadas (Elmqvist et al. 2018).

Por el contrario, cualquier proyecto de restauración que se lleve a cabo sin considerar todas las posibles funciones estará condenado al deterioro con el paso del tiempo, pues una sola función no es suficiente para que la gente o los gobiernos locales estén interesados en darle mantenimiento. La experiencia en diferentes intervenciones nos ha dicho que, con un proyecto sin incluir todas las funciones posibles, las áreas verdes del Canal Nacional volverían al deterioro en poco tiempo, sus aguas contaminadas y cada día serán más peligrosas para los transeúntes y vecinos.

 

Luis Zambrano
Investigador del Instituto de Biología, UNAM.

Referencias

Elmqvist, T., J. Siri, E. Andersson, P. Anderson, X. Bai, P. K. Das, T. Gatere, A. Gonzalez, J. Goodness, S. N. Handel, E. Hermansson Török, J. Kavonic, J. Kronenberg, E. Lindgren, D. Maddox, R. Maher, C. Mbow, T. McPhearson, J. Mulligan, G. Nordenson, M. Spires, U. Stenkula, K. Takeuchi, and C. Vogel. 2018. Urban tinkering. Sustainability Science 13:1549–1564.
Jacob, F. 2009. El juego de lo posible. (F. C. E. editor). Mexico.


1 En francés el término es bricolage y en inglés es tinkering. Sin embargo, en español no existe una palabra que describa propiamente esta actividad. Aún cuando traductor del libro sugiere “experto en bricolaje” considero que pepenador artesano o ropavejero pueden dar una imagen más certera para los que vivimos en Ciudad de México.