Vivimos en un mundo lleno de sonidos provenientes de fuentes diversas. El sonido permite comunicarnos con las personas que nos rodean, nos produce sensaciones placenteras, nos pone en alerta y nos permite ubicarnos de manera inconsciente en el espacio. Cuando el sonido que se produce no es deseado y resulta desagradable aparece lo que denominamos como ruido. Una de las enormes complejidades que encierra el este fenómeno es que se considera un asunto de apreciación. El ruido es aquello que no me gusta; es algo que me molesta escuchar; es aquello que interrumpe lo que estoy haciendo; es el sonido de abrir un dulce envuelto en celofán en un concierto de música clásica o el sonido de la música del local debajo de casa. El ruido es un fenómeno que puede interceptar la actividad que estamos haciendo e impedir que volvamos a concentrarnos para continuar.

Nos afecta durante el día y la noche —los oídos no se cierran y reciben información de forma constante y omnidireccional— es decir que oímos las 24 horas del día. Hemos normalizado el ruido de tal forma que nos parece natural y una consecuencia de la actividad de las ciudades. En una lección inaugural de cursos, el jurista español, Francisco Wagner Sosa, señaló que “nuestra aclimatación a los ruidos y a todo tipo de exabruptos urbanos nos lleva a padecerlos sin rechistar, como algo ineluctable, como la fatalidad misma, con la complicidad y la tolerancia de las autoridades y agentes que tienen como misión evitarlos”. (1991:23).

Ilustración: Oldemar González

El ruido puede afectar la salud de las personas causando daños irreparables y con efectos acumulativos. El crecimiento demográfico de las ciudades ha ocasionado que la población este expuesta a niveles cada día mayores y con intensidades superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Numerosas asociaciones y expertos, así como la OMS, han declarado de forma unánime que el ruido tiene efectos muy perjudiciales para la salud. Estos perjuicios varían desde trastornos puramente fisiológicos —como la pérdida progresiva de audición— hasta los psicológicos, pues producen una irritación y cansancio tal que provocan disfunciones en la vida cotidiana, tanto en el rendimiento laboral como en la relación con los demás. Cabe añadir que ninguna persona es inmune al ruido. Es probable que nos adaptemos ignorándolo, pero el oído siempre lo capta y el cuerpo siempre reacciona a él.

El reconocimiento del ruido como un peligro para la salud es reciente y sus efectos han pasado a ser considerados un problema de salud pública cada vez más importante. La OMS estima que el ruido es la segunda causa de enfermedad de origen ambiental, únicamente por debajo de la contaminación atmosférica. En oídos normales la pérdida de audición por causas naturales se presenta, más o menos a los 60 años; sin embargo, se ha comenzado a detectar sordera prematura en personas de 45 años por causa de hábitos de escucha relacionados con la asistencia regular a discotecas y salas de conciertos, la escucha prolongada de audífonos o el uso de juguetes sonorizados como armas, robots, coches y videojuegos.

La molestia puede estar definida como una sensación perceptiva y afectiva expresada por las personas que padecen el ruido. Es muy difícil de medirla porque un gran número de factores —tales como la edad, el sexo, la categoría socio-profesional, la personalidad, el arraigo al lugar o el período en el que se ha vivido en un mismo sitio— tienen un papel importante en esa molestia expresada. La respuesta de los sujetos al ruido está afectada por “sentimientos, por filtros personales o culturales, por significados y por símbolos que permiten hablar de una dimensión subjetiva superpuesta a la realidad objetiva (López Barrio, 2000:45). Es por ello que hay una difícil demostración causal entre el daño y los niveles de ruido soportados.

No existe un óptimo de ruido objetivo, sino un umbral de tolerancia que varía con las circunstancias, la peculiaridad de cada individuo y la cultura de cada grupo social. Por este motivo evaluar las respuestas individuales y sociales a las molestias de ruido y predecir las quejas públicas correspondientes, sólo puede hacerse de forma aproximativa y teniendo en cuenta variables eminentemente sociológicas. La obtención de datos concluyentes en relación con la reacción de una comunidad frente al ruido ambiental resulta extremadamente difícil. Desde una perspectiva sociológica, cada sociedad y cultura definen y aceptan un nivel sonoro particular, de manera que lo que en una comunidad se considera como ruido molesto, para otra es simplemente un contexto de la vida individual y de la interacción social.

La lista de posibles consecuencias de la contaminación acústica es larga: interferencias en la comunicación, perturbación del sueño, estrés, irritabilidad, disminución de rendimiento y de la concentración, agresividad, cansancio, dolor de cabeza, problemas de estómago, alteración de la presión arterial, alteración del ritmo cardíaco, depresión del sistema inmunológico (baja de defensas), alteración de los niveles de segregación endocrina, vasoconstricción, problemas mentales, estados depresivos, entre otros.

Como hemos dicho la percepción del ruido es subjetiva, cada persona lo vive de forma diferente, por lo que no todas las personas sienten las molestias por igual. Sin embargo, las padezcan o no, el organismo las resiente. Pocas veces estas consecuencias en la salud están relacionadas con la intensidad sonora a las que están expuestas las personas de forma constante. Algunos de los síntomas de alteraciones psicológicas no conscientes (García, 2003) son los siguientes:

1. Molestia. Las personas afectadas pueden padecer intranquilidad, inquietud, depresión. Durante el día se suele experimentar malestar moderado a partir de los 50 decibeles (dB) y fuerte a partir de los 55dB, en la noche estas cifras disminuyen en 5 o 10 dB.

2. Interferencia con la comunicación. Para que una conversación se escuche, ésta debe superar aproximadamente en 15 dB el ruido de fondo.

3. Pérdida de atención. El ruido puede generar distracciones que reducen el rendimiento, especialmente en aquellas que requieran de cierto nivel de concentración.

4. Trastornos del sueño. A partir de los 30 dB puede aparecer una dificultad o imposibilidad de dormirse, interrupciones en el sueño y una deficiente calidad de éste.

5. Daños al oído. Este tipo de consecuencia no depende de la calidad del sonido sino de la intensidad y el tiempo de exposición al mismo. Este tipo de daño es irreparable.

6. Estrés. Éste es ocasionado por cualquiera de las anteriores y se presenta con síndromes como cansancio crónico, enfermedades cardiovasculares, trastornos en el sistema inmune, trastornos psicofísicos y cambios en la conducta.

Esta combinación de factores, independientemente de otros fenómenos de lo urbano, hace que el vivir en ciudades sea causa de enfermedades. Y donde, también por esta razón, se ven deteriorados los niveles de comunicación y de convivencia.

Efectos del ruido. Elaboración propia.

De los múltiples agentes que contribuyen al deterioro ambiental y que afectan directamente a los habitantes, el ruido es uno que representa uno de los factores más perceptibles por los habitantes. Éste se incrementa de manera constante a nivel urbano, ocasionado por la expansión demográfica, los medios de producción y las costumbres de los habitantes, entre otros factores. La forma en que estamos construyendo las ciudades nos está enfermando y a esto se suman infinidad de problemas urbanos que parecen no tener una solución sencilla

El ruido se ha convertido en un componente omnipresente y habitual de la convivencia en las sociedades modernas; esto debido a que no todos se encuentran con posibilidades de remediar sus efectos y, además, no todos los consideran como un agente nocivo. Es necesario informar y educar a la población de todos los efectos perjudiciales que tiene el ruido y de las formas de combatirlo. Se debe mejorar el entorno acústico de las ciudades y alejar la idea de resignación que acepta el ruido como parte de la vida urbana y moderna, el ruido no es un mal irremediable.

 

Jimena de Gortari Ludlow
Académica de la Ibero.

Referencias
De Gortari, J. 2013, Guía sonora para una ciudad, UAM-C /Juan Pablos, México.
García, B. y Garrido, F. 2003, “La contaminación acústica en nuestras ciudades, colección de estudios sociales”, La Caixa, num. 12.
López Barrio, I. 2000. “Medio ambiente sonoro y su valoración subjetiva”, Física y sociedad, Nº. 11.
Sosa, Wagner F. “La lucha contra el ruido”, Revista de estudios de la administración local y autonómica, num. 249, 1991, p. 23.