A principios de este año, La Habana se vio sorprendida por un intenso y atípico tornado. Recorrió 20 kilómetros de los cuales 14 fueron en zona urbana, perdonando los municipios de mayor presencia turística y donde hay una mayor densidad de población, pero castigando algunas de las zonas más empobrecidas de la ciudad. Más que un presagio de quién sabe qué cosa, el tornado pareció inaugurar el marco de la conmemoración de los 500 años de existencia de una ciudad con la que no sabemos vincularnos si no es a través de la exaltación. La carismática y dramática Habana ha cumplido su primer medio milenio.

El gobierno cubano mezcló en su discurso las prisas por los preparativos, restauraciones y embellecimientos de la ciudad por la celebración, con los trabajos de recuperación tras el desastre. Cualquier valoración que se haga sobre los aciertos, errores, éxito, fracaso, rezagos y avances de estas obras, será inevitablemente circunscrita en el apasionamiento bipolar que atraviesa cualquier cosa dicha relacionada con Cuba. Que si todo fue una cosmética de la espiral de degradación sin fin; que si el gobierno, una vez más y como siempre, superó y con creces sus objetivos. En cualquier caso, se hicieron mejoras y fiestas: el gobierno presentó la semana pasada una velada de poesía, danza, música, canto y fuegos artificiales frente al Capitolio.

Ilustración: Sergio Bordón

La sede de esta celebración fue una decisión, digamos, interesante en más de un sentido. El gobierno eligió como escenario uno de los símbolos más obvios de lo que la Revolución ha llamado el período neocolonial: un edificio de imitación al mal gusto estadounidense levantado en plena dictadura oligárquica de Gerardo Machado. Por otro lado, aunque la amplitud del Paseo de Martí frente al Capitolio ofrece un buen lugar para albergar una audiencia, nunca será lo suficientemente grande como para celebrar ahí una gran verbena popular, sino apenas algunas tribunas para invitados especiales. No se empleó algún espacio más amplio como tal vez hubiera sido la plaza 13 de marzo y las avenidas aledañas. No se empleó tampoco la plaza de la Revolución.

Creo que la decisión del gobierno respondió a su rutina de eventos controlados y tan contenidos como fue el propio desarrollo de los números artísticos presentados, pero también a un poco frecuente desapego a que la Revolución lo protagonice todo; a la renuncia de emplear un espacio simbólico del gobierno nacional para un evento local; a una intención de que La Habana, con sus cosas, con su monumentalidad, con su carisma, con sus edificios coloniales y neocoloniales, hablara por sí misma.

A lo largo de este siglo, un gran número de las principales ciudades latinoamericanas están cumpliendo su medio milenio de fundación; algunas desde sus primeros cimientos y otras como urbanizaciones hispanas sobre asentamientos originarios sometidos y transformados. En años anteriores ha sido el turno de Santo Domingo o, incluso en la misma isla de Cuba, ha tocado celebrar a Baracoa, Bayamo o Sancti Spíritus. Tan solo en este año ya ha sido también la ocasión para algunas de las primeras fundaciones en tierras continentales como Veracruz y Panamá -esto sin enredarnos en los quisquillosos y fútiles laberintos argumentativos de lo que podría constituir o no la fundación jurídica, los asentamientos fallidos o las relocalizaciones de licencias de cabildo previamente autorizadas, sino simplemente tomando las fechas que las propias ciudades conmemoran.

Entre todas, La Habana amerita un detenimiento especial. No solo en el circuito de las ciudades americanas del imperio español fue la llamada llave del continente, sino que es una urbe cargada de elogios, epítetos, canciones, referencias, nostalgias y politizaciones que han conformado un conjunto de poderosos imaginarios globales y regionales. En algún sentido, La Habana es la más americana de todas las ciudades y también la más excepcional.

Desde los movimientos que tuvo su emplazamiento hasta dar con el sitio ideal en el cabo poniente que cierra la bahía de Carenas, hasta sus repartos más contemporáneos en la costa al oriente bajo la lógica socialista, en La Habana han convergido de manera notable, frecuentemente cuidada y notablemente precisa, diferentes etapas y formas de entender, producir y organizar el espacio urbano.

Los tramos históricos se entrelazan con cierta naturalidad a través de un terreno accidentado e incluso bajo un pensado diseño urbanístico. Si acaso es la presencia de una zona industrial en plena bahía lo que más le desmerece. La traza reticular, tan ensayada de tantas formas en América, encuentra en La Habana más de una expresión histórica: en las angostas y frescas calles de la antigua ciudad amurallada, en los largos corredores de Centro Habana —donde se manifestarían las “odiosas manzanas de América”—1 en el racionalista plan de calles y avenidas del Vedado y Miramar. ¡Incluso la gran necrópolis decimonónica de la ciudad, el cementerio Cristóbal Colón, se incorpora a la ciudad con una propuesta urbana reticular!

Probablemente es a principios del siglo XVIII que La Habana empieza a concebirse en deuda permanente de una monumentalidad que, a su vez, fuera funcional. Es tal vez ahí que comenzaron a forjarse los imaginarios que construyen su carisma. Esto tiene que ver con que en este tiempo la ciudad dejó de existir solo en función de la reunión de la flota intercontinental, sino también a servirse de una nueva economía en la isla. La Habana aumentó su riqueza y su tamaño, pero no se expresaron en ella la ostentación de, por ejemplo, los templos novohispanos de ese mismo tiempo. Como ocurre con otras ciudades costeras del imperio, la monumentalidad de La Habana, en cambio, ha estado expresada más en su conjunto, en su proyecto mismo.

El célebre arquitecto y urbanista cubano, Nicolás Quintana, alguna vez señaló que esa querencia a la monumentalidad de La Habana tendría su origen en el sistema de fortalezas coloniales. Y fue a lo largo de todo el siglo XVIII, especialmente después de la toma inglesa de La Habana en 1762, que se completó el programa defensivo. A los castillos del Morro, la Punta y la Real Fuerza, así como a un par de fortines cercanos, se le añadieron las fortalezas de Atarés, la del Príncipe y, sobre todo, la de San Carlos de la Cabaña.

La muralla se completó y, más aún, se determinaron disposiciones para organizar cualquier urbanización extramuros: desde la forma de cómo y dónde hacer repartos y dónde estaría vedado por razones de seguridad, hasta el diseño de zonas intermedias entre la zona amurallada y sus conexiones entre ambos tramos. Puede ser: la vulnerabilidad de una ciudad isleña que aglomeraba y redirigía riquezas extranjeras y propias se convirtió en un duradero rector urbanístico.

Frecuentemente se señala que fue la Revolución Cubana la que interrumpió las tendencias del Movimiento Moderno o del urbanismo capitalista de destruir los antiguos centros urbanos y sus arquitecturas, especialmente ante las inconveniencias que representa para el ritmo de la vida contemporánea una vieja ciudad amurallada; que La Habana se congeló en el tiempo; que La Habana Vieja no sufrió la recurrente destrucción creativa del capital por la necesidad de aprovechar cualquier infraestructura existente en la administración socialista. Puede ser. O, más bien, seguro que esto es un componente —y uno importante— de la explicación, pero no el único.

Tal vez también ocurre que los diseños de La Habana, su calidad urbana, han admitido su adaptación a la vida moderna. Los proyectos de destrucción de centros históricos habían estado presentes en diferentes países industrializados mucho antes de la Revolución Cubana y la renovación arquitectónica y crecimiento de La Habana durante la primera mitad del siglo XX ocurrió con gran intensidad y sin la necesidad de destruir los entramados urbanos.2

Quiero decir: el clima de ideas globales y condiciones políticas y económicas para destruir las angostas calles de La Habana Vieja estaban presentes también desde antes de la Revolución, pero esto no se hizo. Incluso en la lógica del urbanismo de mediados del siglo pasado, había ya un mayor valor en su conservación que en su destrucción y esto, creo, se debe a su calidad urbanística.

En cualquier caso, la prueba de supervivencia al siglo XX quedó superada y hoy las calles de La Habana Vieja son, como cualquier otro centro histórico de alto valor estético y urbanístico, un capital gigantesco de explotación turística que representa nuevos paradigmas en la gestión de las ciudades –y que, dicho sea de paso, la administración totalmente centralizada y socialista de uno de ellos representa uno de los casos más interesantes en este campo-. Por otro lado, más que la destrucción o preservación de los entramados antiguos y, al margen de las notables condiciones de deterioro de varias zonas la ciudad, lo que sí pareció haber interrumpido la Revolución en cierta medida fue la tendencia de crecimiento desbordado de asentamientos urbanos informales, pues estos justamente responden a una lógica distinta a la que se vive en Cuba. Las zonas periurbanas de La Habana en municipios como Guanabacoa, El Cotorro o Arroyo Naranjo son también casos interesantes de expansión urbana.

El carisma de La Habana, sin embargo, parece trascender sus fortalezas, sus calles, sus arquitecturas y sus repartos. Tan es así que aún en el pronunciado deterioro de buena parte de sus infraestructuras; en sus derrumbes; en los problemas cotidianos de una vida habanera donde trasladarse de un punto a otro puede resultar en una gran complicación; en los desabastos crónicos que cuando no son de una cosa, son de otra; en la fantasía producida para el consumo del turismo que se desvanece en su asedio asfixiante; la atracción por La Habana surge incluso en la sordidez. Hasta en el realismo sucio de la obra de Pedro Juan Gutiérrez, que rompe con las cursis retóricas lugarcomunescas de una Habana que transforma a sus habitantes, sus emigrantes y sus viajeros, la capital cubana surge como un personaje en sí mismo, uno que provoca acercársele y entablar cualquier tipo de relación con él, pero una relación que sea significativa.

Me parece que el carisma de La Habana está más que presente desde hace tal vez un par de centurias; desde el pintoresquismo caribeño de finales del siglo XVIII hasta la célebre Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Los imaginarios son poblados por sus incontables artistas, intelectuales, músicos, políticos, investigadores y viajeros que, desde finales del siglo XIX, nos presentan al mundo esa ciudad como indispensable para comprender muchos procesos políticos, culturales, económicos, regionales y estéticos en este lado del planeta.

Aún así, la prolongada e intensa disputa política regional que va sobre el sistema total que rige a la isla de Cuba no ha hecho más que contribuir al prestigio y carisma de La Habana.

Por un lado, la diáspora se deshace en una nostalgia que exalta una ciudad idealizada, perfecta, un “París americano” detenido en el tiempo solo por la fortaleza de sus infraestructuras que van desmoronándose poco a poco. Desde ahí se producen novelas, cuentos, reportajes, investigaciones, imágenes y músicas de añoranza que nos invitan a los externos a impregnarnos de su nostalgia cuando miramos a La Habana.

Pero también desde el régimen se presenta una Habana dinámica, que resuelve ante adversidades y asedios, justa, cautelosa de su patrimonio y, sobre todo, con una excepcional personalidad propia. Desde ahí también se produce una batería de referentes que enaltecen una ciudad resignificada y combativa. ¿Quién no quiere testificar cualquiera de esas dos Habanas, juntas y por separado, aunque sea para revelar las estridencias, ocultamientos y mentiras de ambos lados de esta tensión? Y, más aún, hay una tercera Habana fuera de esta disputa, la de esa ciudad con más de dos millones de habitantes que, permeados o no por la disputa, andan, viven, sufren, disfrutan, cuentan, escriben, representan y, sobre todo, construyen su metrópoli. Sus testimonios engrosan más que cualquier cosa una carga ya de por sí densa. ¿Quién no quiere mirar la vida cotidiana debajo de esa intensidad? ¿Quién no quiere contar su historia con La Habana?

Hay un conjunto de afectos que se activan cuando se habla de La Habana. Dependiendo de quién la menciona, la anda o la canta, se manifiesta una nube de melancolías, anhelos, asombros, ansiedades, curiosidades, resentimientos, posiciones políticas, tristezas, alegrías y desdenes. No es que en la relación con otras ciudades el afecto no esté presente, pero es que en La Habana la intensidad es ineludible, incluso, para los más ajenos.

Esto, me parece, constituye parte del carisma: La Habana exige aproximarse siempre y primero con las tripas y luego, si hay tiempo y ganas, con la razón. Ese carisma convierte a la ciudad en un objeto de ensoñación que entreteje, tal vez como en ninguna otra ciudad, la experiencia de mirarla desde fuera, desde arriba y como concepto, con aquella que la mira en su construcción cotidiana, a nivel de calle. Así, La Habana es algo mucho más que una ciudad.

 

José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo y politólogo. Editor de este blog.


1 Refiero aquí a un ensayo del historiador y arquitecto argentino, Adrián Gorelick, quien recuperaba testimonios de viajeros europeos de principios del siglo XX sobre la inmensa cuadrícula de Buenos Aires.

2 Aunque esto es, por supuesto, una generalización. Como cualquier otra ciudad dinámica, La Habana no ha estado exenta de destrucciones y renovaciones urbanas de escalas más o menos grandes.