Residencia pasajera

Ahí viene de nuevo Aurelia y su paso firme que no afloja ante nada. Con un chongo recién engominado y unos pantalones deportivos por arriba de la cintura. Comienza su día con La Güera, una perra lanuda color miel que, desde que empezó a trabajar ahí hace aproximadamente tres años, ha sido huésped del refugio. Su consentida.

“Ándale, güereja, camínale”. “¿Estás cansada?” “No te hagas del rogar, güerita, vamos”. Son algunas de las arengas que dice para motivar a su compañera, aunque bien podrían ser palabras dirigidas a sí misma. La Güera las escucha mientras mueve su cola enlodada.

Aurelia es la paseadora en un refugio de perros abandonados en Obrero Mundial. Su trabajo es, principalmente, darles unos minutos de alegría a las docenas de perras y perros que esperan ser adoptados. Lo hace seis días a la semana, en jornadas de doce horas que regularmente comienzan a las 7 a. m. Cuando pasea, interrumpe sus labores únicamente cuando se detiene para comer una manzana o una naranja, la cual comparte con su acompañante. Se sienta y se recarga en la cortina metálica de algún negocio cerrado para tomar aire y minutos después sigue.

En la Narvarte la conocen bien ya que pasa todo el día caminando por las mismas calles. Su fama también se ha extendido por sus constantes refunfuños y su desobediencia a la expectativa de mantener una sonrisa permanente y servil. Rara vez responde a los saludos o a los buenos días y le encabrona que otros humanos con perros se interpongan en su camino. Los mismos vecinos que agradecen su presencia al hacer la colonia más viva también se burlan de ella a sus espaldas. Aurelia lo sabe, pero finge no importarle, aunque a veces le incomoda, sobre todo cuando prefiere no pensar en sus problemas reales, esos que, tan sólo empieza a oscurecer, la atormentan a diario.

Desde hace más de seis meses Aurelia vive en su auto, una situación de indigencia cada vez más común en la Ciudad de México. Un hecho que nace, mayoritariamente, como una alternativa temporal, pero que desliza fácilmente hacia un estado permanente. Un problema invisible, en cierta forma, ya que no involucra a personas tiradas en la calle, estorbando a quienes sí tienen un techo. Un problema a medias ya que, dirían algunos, “al menos no están en plena calle”.

Seis meses atrás, Aurelia era una más de las millones de personas que diariamente aguantan las duras condiciones de habitar esta región: durmiendo en el oriente y viajando a la burbuja de occidente diariamente, trabajando en exceso, viviendo al día, comiendo a deshoras; sin hambre pero sin bienestar. Su vida cambió con el inicio de 2020, año que cogió a todos igual de desprevenidos, aunque no igual de desprotegidos. Hasta principios de enero, Aurelia vivía en el oriente con Paco, su expareja, un alcohólico y golpeador. Junto a una planta de asfalto en Ixtapaluca, era donde ella tenía un techo, una cama, vecinos y pocos conocidos. Así que, por más que hoy duerma y guarde sus pertenencias en la vía pública, sí tiene una casa, la cual le fue arrebatada por la violencia machista para evitar que le arrebataran, si no, la vida. La muerte es ambivalente en el Valle de México, llega de pronto o te tiene paciencia. Ella prefirió la segunda.

A su salida, la primera parada fue la casa de una amiga que llevaba meses pidiéndole que se fuera con ella, pero llegado el momento, Aurelia sólo pudo quedarse con ella los últimos diez días del mes. La amiga había perdido su trabajo a causa de la pandemia e, imposibilitada de seguir pagando renta sin ingreso ni ahorros, iba de regreso a casa de sus padres. Para ese entonces, Paco ya le había insistido cientos de veces que volviera, pero Aurelia estaba decidida a no regresar. Así que su siguiente parada fue el refugio para perros, donde estuvo casi dos meses; el dueño, al conocer su situación, le permitió acampar en un sillón viejo entre jaulas oxidadas y alimento para perros.

Con un guardadito, más lo que ahorró esos dos meses y medio que no pagó renta, pudo comprarse un Tsuru 1991, su actual guarida. El resto de sus ahorros se fueron en alquilar una pequeña bodega para guardar las pertenencias que no caben en su auto.

Ilustración: David Peón

Todos los días, al terminar de pasear al último perro, Aurelia se baña en el refugio. Conociendo su situación, el dueño le permite asearse en las regaderas. Aurelia no comparte con nadie más por todo lo que está pasando, prefiere mantenerlo como un secreto ante sus compañeras de trabajo, más que nada por orgullo. Se viste, se despide de La Güera y de los demás y se sube a su auto. Después de arrancar, se enfila en La Morena hacia el oriente, pretendiendo ir en dirección del lugar del que escapó hace meses. Invariablemente, pocas cuadras antes o después del Eje Central, se interna en calles residenciales para pasar la noche en la relativa tranquilidad de Narvarte Oriente, Álamos o Atenor Salas.

Una vez encontrado un buen lugar de estacionamiento, lo primero que hace es revisar que su teléfono tenga pila y saldo suficiente. Se come una de las frutas que compra durante el día y si tiene más hambre camina al Oxxo más cercano por comida caliente, un lujo por la falta de estufa o microondas. Busca algo llenador, pero de fiar, que no vaya a jugarle una mala pasada ya que la falta de un baño a la mano complica todo; una Maruchan o un hot dog son siempre buenas opciones. Después de cenar, regresa a su auto para tratar de dormir.

Mientras acomoda los cobertores metálicos de las ventanas, que cumplen la triple función de proteger del sol, brindar un poco de privacidad y aislar el frío, enciende las noticias a un volumen mínimo en un radio de baterías para arrullarse. Al sentirse somnolienta lo apaga, dice sus oraciones, agradece estar viva y sin hambre, y se recuesta sobre su hombro izquierdo, alejando su espalda de la ventana del conductor.

Las primeras noches le fue difícil conciliar el sueño, cualquier sonido la despertaba y a veces se pasaba la noche en vela, rogando porque se hiciera de día lo antes posible. Le tomó 15 días saber a qué se enfrentaría cada noche: gatos, borrachos, arrancones, patrullas y ambulancias. Hizo cambios para dormir mejor. Aprendió de alguien más en su misma situación que es importante rotar las calles para que no siempre la vean en el mismo lugar, policía y maleantes están al acecho por igual; compró un cubreasiento de hule espuma para sentir menos los resortes en sus costillas, así como una almohada de viaje para cuello; también empezó a tomar media anforita de Anís Mico que la relajaba y mediaba entre su miedo y la oscuridad.

Incluso imprimió un letrero para que no confundieran su auto con uno abandonado y evitar que éste fuera remolcado. Mintió para hacerlo más creíble: “Este carro no está abandonado. Pertenece a una persona de la tercera edad que por la pandemia no puede estar saliendo a moverlo”.

Casi siempre se despierta al alba, a veces con cruda, a veces no, aunque recientemente un poco antes, pues, desde hace algunas semanas, los cantos de los pájaros le parecen más ruidosos. Tampoco le importa mucho madrugar, eso le permite llegar antes que nadie al refugio y poder asearse un poco.

Después de casi 150 noches había por fin encontrado una rutina que le acomodaba y un sistema que le permitía sentirse segura y funcional. Cada quincena rentaba una habitación en un motel de Tlalpan. Ese autoregalo le ayudaba a recargar pilas y mantener sus sueños de rentar un cuartito y, por qué no, hasta comprar una casa; anhelo casi imposible de cumplir, pero que para ella significaba un resuello de ilusión. Hasta había podido ahorrar un poco de dinero, no lo suficiente ni para dos meses de renta en la colonia, pero sí como para cambiar su Tsuru por algo un poco más grande y cómodo.

Llevaba dos meses tomando más de lo regular y con una pesadilla recurrente en la que la persigue un hombre desconocido empuñando un cuchillo. Sin embargo, seguía despertando religiosamente al amanecer. El dueño del refugio sabía que aún dormía en su auto y de vez en cuando podía oler el rastro de su hábito nocturno, pero como llegaba temprano, trabajaba duro y amaba más que nadie a los perros, no hacía muchas preguntas. Alguna vez escuchó que Dios manda amor disfrazado de gente ordinaria y él así lo entendía con Aurelia.

Pero siempre estamos expuestos a momentos que cambian la vida violentamente. Para Aurelia fue una noche típica de verano en la ciudad monstruo, lluviosa y fresca.

Está a punto de dormir, hoy toca en la Álamos, cuando recibe una llamada. Es Arturo, un primo de Paco con el que se llevaba bien, aunque no lo consideraba su amigo. No ha sabido nada de él después de salirse de su casa. Está cansada y no se siente con ganas de escuchar nada sobre su ex, por lo que deja su teléfono sonar, esperando que sea el único intento. Un minuto después le llega un mensaje.

“Contéstame, Aurelia. Me urge hablar contigo”.

No ha empezado a escribir su respuesta cuando vuelve a llamar Arturo. Esta vez sí responde.

“¿Qué onda, Aurelia? ¿Por qué no me contestas?”.

“No, es que…”.

“No, a ver”, la interrumpe Arturo, “me urge hablar contigo porque Paco está en el hospital. Le dio covid y se lo acaban de llevar para internarlo porque se puso grave”.

“¡Cómo! No pues, ¿a dónde se lo llevaron?”.

“En Centro Médico, acá por donde trabajas, ¿sigues en la perrera, verdad?”.

“Sí, sí”.

“Ah, pues por acá mero. Lánzate, que Paco está muy mal y quien sabe si la cuente, pero me pidió que te dijera que quiere verte”.

“Sale, pues. ¿Dónde te veo o qué cama tiene o cómo está la cosa?”

“Jálate pa’cá y ya de aquí entramos juntos que yo te tengo que pasar. Te veo en la calle de atrás del Centro Médico, ahí hay un estacionamiento y soy compa del que cuida, para que dejes tu carro. Me dijo que no nos cobra”.

Arturo tiene una explicación en caso de que su embuste sea cuestionado por Aurelia, sabiendo que las visitas a los pacientes con el virus no son permitidas, pero para su fortuna, no es el caso. Al colgar, Aurelia se queda un poco incómoda de que Arturo sepa que tiene un auto. Le extraña, aunque no lo suficiente para desconfiar de la posibilidad de que la vida de Paco estuviera en peligro.

Se peina, se pone un poco de pintura en los ojos y se arranca para el hospital. A esa hora va a hacer menos de 10 minutos desde la calle de Castilla, donde se había estacionado para pasar la noche, al punto de encuentro. Durante el camino sólo puede pensar en lo que le iba a decir a Paco al verlo. Era un hombre que la había lastimado mucho, pero a quien jamás desearía algo tan malo como ese virus, mucho menos la muerte. Repasa en su cabeza su saludo y hasta fantasea con decirle “te perdono”.

Ni tiempo le da para seguir adentrándose en sus pensamientos porque llega a su destino muy rápido. La calle está muy obscura pero a lo lejos alcanza a ver el letrero neón del estacionamiento, se dirige hacia éste y pocos metros antes de llegar se da cuenta de que la reja está cerrada; Arturo está ahí afuera de su coche esperando.

Se acerca hacia donde está Aurelia:

“¿Qué onda, Aurelia? Ahorita nos vienen a abrir. Párate aquí tantito para que te diga cómo está la cosa”.

Aurelia se estaciona dejando el auto encendido, más por practicidad que por desconfianza. Arturo se acerca un poco más hacia donde está ella, le pide que baje la ventana y se recarga en el marco de la puerta del conductor. Inmediatamente después, se abalanza contra el volante para arrancar las llaves y apagar el coche. Al mismo tiempo que hace esto, grita “¡Órale, cabrón!”. Arturo y Aurelia forcejean por las llaves, pero su grito para alertar al cómplice lo distrae un segundo y falla en su intento de adueñarse de éstas. Paco sale lo más rápido que puede del asiento trasero del auto de Arturo y camina hacia donde están Aurelia y Arturo, sin saber que éste no tiene las llaves en su poder.

Ver a Paco era como ver a un resucitado, a pesar de que nunca había estado enfermo ni mucho menos muerto. Abrumada por la confusión, Aurelia mete primera y pisa el acelerador a fondo. Con el arrancón, Arturo va al suelo y cae sobre una charco de agua y aceite que, con el reflejo del neón, tornaba multicolor. Hace el cambio a segunda y acelera; le llega la adrenalina del escape. Inmediatamente después siente como un cuerpo se estrella contra el metal y vidrio que la rodean. Lo siguiente que vuelve a escuchar son algunos gritos de Arturo, pero sólo reconoce los insultos. Por el retrovisor, Aurelia puede ver que Paco se queda en el piso, boca abajo e inmóvil. Mete tercera y se sale de ese callejón oscuro.

De pronto la noche se siente más fría, afortunadamente la lluvia ha amainado, dando un respiro a la ciudad. Aurelia lo aprovecha para manejar a toda velocidad hacia el refugio, decidida a pasar la noche allí. Nunca regresó la llave de la entrada cuando fue huésped, previendo alguna emergencia. Jamás imaginó que esa emergencia se materializaría en el asesinato de su ex pareja; pero emergencia, después de todo. Llega al refugio sin recordar absolutamente nada del trayecto de vuelta, abre la puerta y se acuesta en un sillón polvoso y viejo, respira agitada y tensa.

“¿Qué le habrá pasado a Paco? No creo que esté muerto, no iba tan rápido cuando le pegó el coche.” Sin embargo, al mismo tiempo, en su cabeza mantiene otro pensamiento que va en dirección contraria a su infundado optimismo. Uno más alineado a la combinación que sale de mezclar culpa y arrepentimiento. “Esto no me puede estar pasando a mí”, “Esto no es verdad”, “Si Paco se hubiera tardado un segundo más en salir”. Sospechando lo peor, su pensamiento siguiente fue “me vendrán a buscar”. No esta noche, no mañana, pero sí pronto”.

El viento que sopla fuerte entra por uno de los vidrios rotos de la ventana de la habitación, le pega en la cara y la saca de su estado de shock. Si quiere seguir viva, tiene que huir y esconderse, al menos por un rato. Esta epifanía la tumba a sus rodillas. “¿Por qué me pasa esto a mí?” vuelve a su cabeza, dándose cuenta que se convertirá en un pensamiento recurrente. Con sus ojos llenos de lágrimas, por un instante imagina que su llanto se une con la oscura mezcla de sangre, agua y aceite junto al cuerpo de Paco.

Se pone de pie y se acerca a la jaula de La Güera para dejarla salir.

Mientras la saca, le pregunta “Ay, Güera. ¿Qué es más doloroso? ¿Dejar de ver a alguien súbitamente o estar consciente de que es la última vez que la verás? Hoy vi a Paco tres segundos y muy probablemente no lo vuelva a ver jamás. Qué más súbito que eso. También sé que hoy es la última noche que te veo y te abrazo”. Súbito también, al fin y al cabo. Esta noche, Aurelia piensa que es menos peor la segunda, porque es lo que tiene y es lo que puede disfrutar. Esta noche no dormirá en la calle ni tampoco sola. Tiene a La Güera, que se le pega para que la acaricie, mientras ella hace eso que hacen los humanos de abrazar muy fuerte y continuo cuando saben que vienen tiempos duros y de añoranza.

 

Rodrigo García Reséndiz

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Publicado en: Espacio público, Vivienda

2 comentarios en “Residencia pasajera

  1. Soy vecino de Narvarte, en efecto, en sus calles se llegan a ver personas en situación de calle, son hombres,.mujeres no se ven. Llegan a pernoctar en algún rincón, el fenómeno es reciente.

  2. Es realidad este artículo??
    También soy vecino, jamás me había parado a notar esta problemática

Comentarios cerrados