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El comercio informal se define como aquel intercambio económico que se realiza de manera irregular y oculto. Irregular porque no sigue los procesos fiscales y de permisos requeridos por las autoridades para ejercer esa actividad. Y oculto porque es precisamente esa irregularidad la que provoca que esos intercambios sean difíciles de cuantificar para su estudio. Aunque esto no quiere decir que el comerciante informal no pague nada por la ocupación de los espacios en donde ejerce su actividad. Los comerciantes informales pagan su “derecho de piso” a las personas que controlan los espacios de venta legalmente (delegaciones o municipios) y en otras ocasiones a quien controla  de manera ilegal el espacio público. Y en muchos de los casos, las cifras a pagar están lejos de ser nimiedades, y representan cantidades considerables de las ganancias.

En México, una de las principales entradas de análisis de este tipo de comercio es el socioeconómico. Es decir, de qué manera el comercio informal es el reflejo de la calidad del mercado de trabajo del país, así como del poder adquisitivo de la población. Con un mercado de trabajo como el mexicano, en donde las oportunidades laborales son escasas, y cuando existen terriblemente mal pagadas, el comercio informal representa una oportunidad de ingresos más atractiva. Uno de los mitos más comunes del comercio informal es que este es ejercido en su mayoría por personas con poca preparación académica, quienes de ingresar en el mercado formal de trabajo, se encontrarían con niveles salariales risorios, que difícilmente les permitirían tener acceso a una vida digna. Sin embargo, una investigación llevada a cabo por académicos del ITESM-CEM demostró precisamente que muchos de los vendedores ambulantes son personas con formación académica a nivel licenciatura e incluso maestría, y que si se dedicaban a la actividad informal era precisamente porque representaba una mayor ganancia salarial que un empleo en el sector formal. En el caso de las mujeres, el comercio informal permite una mayor flexibilidad en términos de horarios, más compatible con otras actividades, por ejemplo, las familiares. Hay incluso asociaciones de comerciantes que ofrecen servicios como los de guarderías, para sus agremiados. Es decir, las organizaciones de comerciantes informales también llenan los vacíos institucionales existentes en términos de servicios públicos.

De igual manera, el comercio informal refleja el nivel de poder adquisitivo de los mexicanos. En un país en donde la pobreza toca alrededor del 45% de la población (según cifras oficiales), ciertos productos o servicios serían inaccesibles a muchas personas, de no ser ofrecidos en el mercado informal. Productos que van desde alimentos, hasta la ropa o aquellos relacionados con actividades de entretenimiento, como películas o música. Al respecto, recuerdo el ejemplo que mencionaba un amigo, y que iba relacionado con los puestos ambulantes de comida en la zona de Santa Fe. Estos puestos son para la mayoría de los que trabajan ahí la única opción viable para alimentarse, ya que de no existir, tendrían que comer en puestos establecidos cuyos costos son inaccesibles para el nivel de salario que perciben.

Por ello, cuando se debate acerca de la presencia del comercio informal en el espacio público, es indispensable mantener en la mira la delicada relación que esta actividad económica tiene con la población. Existen personas que ven en los puestos ambulantes un ‘changarro’ que coarta el ‘derecho a la ciudad’. Por ejemplo, porque dificultan la accesibilidad. Sin embargo, la presencia de los ambulantes solamente refuerza la pésima planificación que los mismos espacios ya presentaban antes de su establecimiento. Me pongo a pensar en banquetas o cruces peatonales cuya deficiencia ya estaba ahí antes de que fulanito se pusiera a vender “x” producto. Uno de los ejemplos más utilizados es la “invasión” a la banqueta que los ambulantes ejercen, y que dificulta el flujo peatonal en la misma. La realidad, y para ello sólo basta ir a darse una vuelta a cualquier parte de la ciudad, es que esas banquetas ya eran demasiado estrechas para la cantidad de peatones que transitan por ellas, o bien, fueron llenadas de obstáculos (jardineras, macetones, etc.) que sólo las empeoraron al no resolver de raíz el problema del ambulantaje. Además, yo nunca he conocido un ambulante que se ubique en una zona donde no camina nadie, porque no vendería. Así que el problema, como lo señala Francisco Reynoso en su artículo, no es que el ambulante esté invadiendo la banqueta, es que la banqueta es demasiado estrecha para los usos que tiene.

Mucho antes de que se peatonalizara la tan presumida Calle Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el comercio informal ya había logrado devolverle algunos espacios a habitantes de la ciudad. Las calles aledañas al mercado de la Merced, las calles de Tepito o los tianguis, son un claro ejemplo de exitosas recuperaciones del espacio público. Y sin intervención de ninguna institución gubernamental. Cualquiera que haya visitado alguno de esos espacios no puede sino sentir lástima por los despistados automovilistas que osan adentrarse en esos territorios peatonales.

En el libro (también documental) de William H. Whyte, “The Social Life of the Small Urban Places”, uno de los puntos que este investigador urbano señalaba, como requisito de un espacio público exitoso, era la presencia de puestos de comida. La comida atrae gente, y la gente atrae más gente. En México esta oferta está asegurada en muchos casos por el comercio informal. Pensemos en esos parques y plazas, cuya dinámica social está en gran parte influida por los comerciantes ambulantes que están presentes. Una vez más, hay quien dice que ellos son los culpables de la suciedad de que impera en nuestros espacios públicos. Pero ¿acaso también señalamos a las grandes marcas como las culpables cuando encontramos latas de refresco en la calle? ¿O el problema será más bien la falta de botes de basura y la educación de la gente?

Con todo lo anterior, no pretendo defender al comercio informal. Su irregularidad en diversos aspectos es innegable. Sin embargo, estigmatizar su presencia, únicamente enfatizando los aspectos negativos que conlleva su presencia en el espacio público, es presentar una visión sesgada de lo que esta actividad representa. Y es olvidar que un gran porcentaje de la población no tienen el dinero para entrar en un establecimiento formal, mucho menos un trabajo formal que les garantice un ingreso mínimo.

Así que, si alguno de los que lee este texto está interesado en erradicar a los ambulantes de los espacios públicos, yo le propondría lo siguiente: no se concentren en ir a confiscar la mercancía de los vendedores, o reforzar los rondines policiales para evitar su establecimiento. Mejor pugnen por mejores condiciones laborales, y mayores salarios para la población del país.

Porque el comercio informal responde a una demanda, en donde las “banquetas libres” están muy, pero muy abajo de la lista de prioridades de la mayoría de la población en México.

Paulina López Gutiérrez es geógrafa. Actualmente se encuentra realizando una investigación acerca de los peatones en la Ciudad de México.