Desde sus inicios, la ciudad ha provocado sentimientos encontrados. Por un lado, los espacios citadinos son por definición espacios de encuentro e intercambio: lugares de disfrute. Por el otro, dada la concentración poblacional, con su diversidad y dinámicas variadas, también evocan el caos, lo incontrolable, lo desconocido: el miedo.
El miedo ha acompañado la planificación de las ciudades desde sus orígenes. El temor a las invasiones o los ataques foráneos creó las ciudades amuralladas. En otros casos las situó en puntos estratégicos como colinas o bahías. Hoy es lo que impulsa a la colocación masiva de cámaras de seguridad, de rejas de acceso o acciones policiales. El miedo, real como imaginario, influye también en muchos de nuestros hábitos cotidianos y maneras de vivir la ciudad. Muchos de ellos pueden ser empíricos, es decir, creados a partir de experiencias propias (“me asaltaron en esa calle”). Otros aprendidos de experiencias de terceros (“asaltaron a fulanito en esa calle”). Y finalmente, otros pueden ser transmitidos a través de medios de comunicación o la cultura (“dicen/ leí/ vi en la tele que en esa calle asaltan”). En todos los casos, diversos estudios han demostrado que, consciente o inconscientemente, en nuestras prácticas del día al día interviene el miedo. Los modos de desplazamiento incluidos.
Un primer ejemplo es el uso del espacio público en Sudáfrica después de la disolución del apartheid.[1] Legalmente la división social basada en principios raciales ya no existe. En la práctica eso no sucede así. Los prejuicios contra los sudafricanos negros, a quienes se les relaciona con actos delictivos y violentos, han dado paso a una nueva división social del espacio. En los barrios de clase alta, por ejemplo, las detenciones arbitrarias de transeúntes negros han sido justificadas con el argumento de “posibles sospechosos”. Igualmente, ciertas zonas frecuentadas por gente de “x” color son evitadas por el grupo opuesto, ambos bajo los mismos argumentos: posibilidad de agresión.
De esta manera, los diversos métodos para filtrar y de vigilancia social de los espacios sudafricanos han sido implementados bajo argumentos de seguridad y miedo de la población, los cuales se superponen a la no tan vieja tradición de división racial del espacio. De hecho, en muchos casos los espacios frecuentados por blancos o negros apenas han cambiado, por lo que desplazarse fuera de esa “área de color” es poco frecuente. El miedo continúa teniendo influencia en la elección, asistencia y uso de los espacios públicos en Sudáfrica. Y si en este caso ha sido ampliamente inducido, conviene preguntarse por qué y sobre todo, por quién.
Un segundo ejemplo es el análisis de la percepción de las mujeres del espacio público.[2] La ciudad que perciben las mujeres es diferente a la que perciben los hombres, así como la influencia del miedo en su uso. Por ejemplo, si tenemos a una mujer y a un hombre en un bar y ambos tienen que regresar a sus hogares, los hombres tienden a evitar los lugares concurridos (especialmente por otros hombres) por miedo a verse involucrados en alguna pelea. Las mujeres por su parte, van a preferir caminar por lugares donde estén otras personas, puesto que en los aislados son más susceptibles de ser agredidas.
Igualmente, las mujeres son más perceptivas a la influencia mediática del miedo. Decir que en cierto lugar ocurrió un crimen o que cierta zona es “peligrosa” va a tener repercusiones más importantes en las mujeres al momento de la elección de modos de transporte, horarios de desplazamientos o zonas de visita. Es decir, las mujeres se limitan más por cuestiones de seguridad y esto tiene como consecuencia la renuncia a oportunidades que pueden encontrarse en esas zonas ‘prohibidas’. Tomar en cuenta estas percepciones es importante para democratizar el uso de la ciudad y el acceso a las oportunidades en ella.
Además, la planificación de una ciudad puede estar lejos de ser arbitraria. Un estudio de la movilidad cotidiana de las mujeres en Teherán, Irán,[3] pone sobre la mesa la pregunta de si su planificación también pudo haber sido concebida para evitar una mayor presencia y su desplazamiento. Las mujeres, menormente motorizadas que los hombres, tienden a moverse caminando y en transporte público. Dadas las condiciones de infraestructura peatonal (poco amables) se limitan sus opciones de viaje y los posibles de espacios de visita y, por ende, de socialización. De esta manera, entre más miedo se le inflija al peatón en sus desplazamientos a menos lugares tendrán acceso las mujeres, y con ello, la gente frecuentada (y las ideas que se pueden intercambiar) siempre será más restringida.
Es claro que las emociones tienen una gran influencia en el uso de los espacios de la ciudad. No basta con crear espacios, hay que cambiar las percepciones que se tienen de ellos y de sus usos. En el contexto de inseguridad actual en México, debemos preguntarnos cuánto ha influido el miedo en el diseño de la ciudad, en las prácticas de los ciudadanos, en el aumento del parque automotor y en el abandono de los espacios públicos.
En cuanto al uso de los espacios públicos en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, Duhau y Giglia[4] demuestran que los habitantes de ciertas colonias de clase alta, colindantes con colonias populares, rara vez se aventuran fuera de su burbuja de seguridad por la incertidumbre que les provocan esas zonas. El miedo a la agresión (imaginario en muchos casos) ha provocado que gente que lleva décadas viviendo ahí sólo se limite a atravesar (siempre en coche y rápidamente) la colonia vecina. Y como se desconoce lo que sucede en realidad, los prejuicios están a la orden del día. Tanto de un lado de la barda como del otro. El mismo patrón se repite con colonias de otros niveles socioeconómicos. La distancia física es mínima, la psicológica enorme. Evitar el contacto, gigante.
Una de las conclusiones de dicho análisis es que no existe un lugar de convivencia común para la población de la Ciudad de México. Y por común, se refieren a un lugar frecuentado por todos, bajo el principio de igualdad. La ciudad se vuelve una especie de mosaico en donde cada clase socioeconómica tiene sus espacios y modos utilizarlo, que rara vez coinciden o aceptan los de los demás. No existen espacios que nos fuercen a convivir con “los otros”, que nos permitan confrontar miedos y prejuicios con la realidad.
“Divide y vencerás”: con un clima tan incierto reinado por el miedo y con pocos espacios de convivencia, que influyen en la cada vez mayor fractura social, la nuestra es una ciudad dividida.
Y entonces, ¿quién está venciendo?
Paulina López Gutiérrez es geógrafa. Actualmente se encuentra realizando una investigación acerca de los peatones en la Ciudad de México.
[1] Dawson (2006) “Geography of Fear: Crime and the Transformation of Public Space in Post-Apartheid South Africa”.
Este capítulo forma parte forma parte del libro The Politics of Public Space (Low & Smith: 2006)
[2] Véase : Valentine (1989) ; Pain (1997) ; Bialeschki (1999) ; Clare (2008) y Wilson & Little (2011).
[3] Véase : Saïdi-Shaoruz et Guérin-Pace (2011)
[4] Véase : Duhau y Giglia (2008)

Ahí donde dice: “De esta manera, entre más miedo se le infrinja al peatón…”, debe decir: “De esta manera, entre más miedo se le inflija al peatón…”. Infringir no es lo mismo que infligir…
Perdón por ser tan fijado… soy corrector. Y también peatón obsesivo. Me gusta enormemente caminar por las ciudades y comparto la idea central de este artículo. Por desgracia, las ciudades están hechas para los carros…
Por cierto, la ciudad de México es mi ciudad natal y me duele ver su monstruoso y deshumanizado crecimiento.