Acapulco: imaginando futuros entre narrativas de crisis y paraísos perdidos

“En Acapulco las piedras hablan el lenguaje augusto de la historia”: Vito Alessio Robles inició así su libro Acapulco en la historia y en la leyenda (1932) que narra su primera visita después de un largo y tortuoso recorrido por la primera carretera, la de 1927, que dio la puntilla al puerto, ya en franco declive, y lo convirtió en una gran ciudad turística. Dieciséis años después, en su segunda visita, Robles se vuelve testigo de esa reinvención. “Acapulco ha experimentado una radical transformación en la parte edilicia, con sus numerosos y bien acondicionados hoteles modernos y con la urbanización de los más bellos terrenos de sus alrededores. Hoy por hoy, Acapulco se ha convertido en un sitio ideal de recreo y esparcimiento”.1

Quizás poco queda de aquel Acapulco. Pero su historia va más allá de los nostálgicos “años de oro”, va más allá de los años de esplendor colonial y turístico—sin duda glorificados—los unos más que los otros: una historia que siempre resalta un presente en permanente decadencia. Con frecuencia “algún tipo de narrativa es movilizada para crear excursiones visuales sobre la larga historia de cambio urbano y económico en Acapulco…”,2 la ciudad mexicana con una de las bahías más hermosas del mundo. En años recientes, los medios de comunicación y las redes sociales se han visto inundados por notas, artículos y columnas, en medios nacionales y en varios otros de reconocido prestigio y circulación internacional, que hacen referencia a la violencia exacerbada y el deterioro social en el puerto. A partir de estas historias se han promovido una suerte de narrativas que relatan “la caída libre” del otrora considerado paraíso turístico mexicano. Todas estas narrativas, sin duda, describen una realidad grave, llena de historias desgarradoras que necesitan contarse, pero a menudo se ofrecen explicaciones simplistas y cortoplacistas que no refieren las causas profundas de esa realidad, y no esbozan —al menos— alternativas y salidas al entorno actual. Para esto último, es necesario ver más allá de la crisis de violencia e inseguridad causada por las diversas actividades delictivas del narco y del crimen organizado. Esencialmente, Acapulco y las raíces de su crisis actual necesitan entenderse a partir de las dinámicas históricas de largo alcance vinculadas con su economía, su desarrollo urbano y su posición en el regional, nacional e internacional.

Ilustración: Ricardo Figueroa

I. Las narrativas

Con referencia a las narrativas más recientes sobre Acapulco, al menos cuatro son identificables. La primera, la narrativa de Acapulco como un reflejo del llamado Guerrero bronco, en historias sobre Acapulco y la Costa Grande relatadas con “esos aires de epopeya trágica”. La violencia se acentúa desde que se funda el estado de Guerrero en 1849. La narrativa del Acapulco timeless es la segunda. Así lo expone Julián Herbert en un número de Letras Libres sobre el puerto; su título: “Acapulco en caída libre.” “Acapulco es un lujo derritiéndose al sol”, escribe Herbert, “es todos los episodios de su historia al unísono. Acapulco es timeless”. Si en los 50 y 60 del siglo XX Acapulco era el “símbolo de las aspiraciones de modernidad y movilidad social de todo un país”, ahora, convertido en una cruenta zona de guerra, “su declive ha hecho de la ‘bahía más hermosa de México’ un síntoma del país”.

En otras ocasiones, Acapulco timeless se convierte en “María Bonita”, esto es, en la tercera narrativa, la de Acapulco como “paraíso perdido”. “María Félix es Acapulco. Esta mujer siempre fue engañada y tuvo que arreglárselas sola para sacar adelante a sus hijos”, nos explica el francés Ludovic Bonleux en su documental “Acuérdate de Acapulco”, al cual la revista Proceso le añade “el paraíso que se nos fue”, en un reportaje sobre el documental. Pero no es la primera vez que se nos va este paraíso: “no vivimos en un paraíso”, dijo el actual gobernador, Hector Astudillo. Francisco Gomezjara escribió un artículo sobre la pobreza extrema del puerto, los acusados contrastes sociales y el movimiento urbano popular de los años ochenta, el título del artículo: “Acapulco: el Paraíso perdido”;3 así lo describía también Ricardo Garibay en su libro en 1979.4 Acapulco estaba echado a perder, “spoiled”, mencionaba uno de los entrevistados por los reporteros del National Geographic en 1964, en un número especial sobre el puerto, “The Two Acapulcos”. Acapulco ya no era el mismo que cuando era un pequeño pueblito de pescadores, se decía desde los años cuarenta; la corrupción postrevolucionaria y los advenedizos lo convirtieron en Casi el paraíso como la novela de Luis Spota de 1956; Acapulco, belleza trágica y otros paisajes escribía mucho antes Juan R. Campuzano en 1937.

Por último, está la narrativa de la ciudad más peligrosa, que es una relativamente nueva, pero con raíces viejas provenientes de la idea de que esta ciudad porteña siempre ha sido violenta. El imaginario vigente sobre la ciudad más peligrosa ha descansado en la afluencia de datos estadísticos y rankings sobre los niveles de inseguridad y violencia en la última década. En los artículos o notas se hace referencia a las tasas de homicidios, a las encuestas sobre la percepción de la seguridad o a los niveles de criminalidad. A partir de ahí, sus autores dejan que la historia del Acapulco violento se cuente sola. Se trata de una historia plagada de referencias a la ola de crímenes violentos, homicidios, extorsiones, secuestros y venta de drogas que ha causado una devastación social primordialmente en las colonias pobres, pero sin que la franja turística haya quedado exenta de estas manifestaciones de violencia (Partlow, 2017). La aparición de narco mantas, autos quemados y decapitados hacen parte de los fines de semana violentos. Las principales víctimas suelen ser grupos gremiales concretos como los comerciantes y maestros (Fregoso, 2017), o bien grupos poblacionales vulnerables como los varones jóvenes que habitan en condiciones de alta marginación, hacinamiento y desigualdad (Juárez, 2016).

Como hemos dicho, abundan ejemplos de referencias que dan cuerpo a esta cuarta narrativa. Un artículo de Forbes en marzo de 2019 sitúa Acapulco como el ejemplo paradigmático de la actual crisis de seguridad en México; es el “Acapulco timeless,” pero no de Herbert, sino de Forbes. En un tono dramático y hasta cierto punto sensacionalista, un artículo de The Washington Post define a Acapulco como la capital mexicana del asesinato, la ciudad más mortal, un caleidoscopio de grupos criminales en conflicto y un monstruo de 100 cabezas. Acapulco, según el Wall Street Journal ocupa el centro de la murder capital que representa Latinoamérica a escala global. La prensa de habla inglesa ha publicado reportajes sobre la violencia en el puerto: “From Glamour to Gunfire” y “Sea of Sorrows Besets Fun City of Acapulco”, sólo que el primero se escribió en 2016 y el segundo en 1967.5 Acapulco es vista igualmente como una ciudad con su “peor crisis de imagen” a consecuencia de los actos delictivos relacionados con el narcotráfico. El puerto es concebido como el paraíso que se volvió el lugar más peligroso, foco de crimen y muerte, el municipio más violento del país, donde más personas se sienten inseguras la ciudad más peligrosa de México para las mujeres o la ciudad del pasado espléndido y el presente feroz. De la misma manera, en un video de la revista Proceso en 2016, a Acapulco se le designa como el “Irak guerrerense”. Las etiquetas impuestas a esta ciudad son diversas, pero provocan una misma idea: violencia suprema causada por la inseguridad.

II. Las raíces profundas de una crisis

Con una simplificación excesiva se esgrimen con frecuencia hipótesis o explicaciones sobre su actual crisis o el porqué de la violencia que ha azotado con tal fuerza a Acapulco: la competencia por el dominio de la plaza, el rompimiento de acuerdos ocultos entre grupos criminales y políticos, la reforma judicial en México y el incremento de la demanda por heroína, metanfetaminas y opiáceos. Estas hipótesis están asociadas casi todas con el origen de la narco violencia (Flores, 2016) o con los reacomodos nacionales e internacionales en los sistemas de producción y distribución de drogas o en los sistemas institucionales que los rigen (Partlow, 2017).

En el mejor de los casos se reconoce que Acapulco enfrenta desafíos de larga data. Por un lado, se esgrime que la ciudad en realidad está acostumbrada a la violencia y que ésta se relaciona, por ejemplo, con los movimientos guerrilleros de izquierda mezclados con el surgimiento de una generación de contrabandistas de drogas en los 70 (Parish, 2019). Entre las pocas excepciones, y en claro contraste con el resto de notas y artículos, Juárez (2016) sugiere que la violencia tiene causas más lejanas y con raíces profundas en la sociedad, y que la sostiene un arraigado clasismo, un fuerte egoísmo gremial y la corrupción e ineficacia gubernamental. Según Juárez, Acapulco estaría experimentando un tipo de violencia urbana con características muy específicas. Es una violencia que se alimenta de factores de riesgo tales como la alta concentración de jóvenes en las ciudades, el crecimiento acelerado de las zonas urbanas y el creciente uso de herramientas tecnológicas. También factores estructurales como el modelo económico nacional y las carencias del sistema educativo explicarían en buena medida la crisis local vigente. Esta violencia urbana afectaría de manera directa a los jóvenes varones que habitan las colonias o barrios con alta marginación, hacinamiento y desigualdad como Ciudad Renacimiento.

A la luz de las narrativas dominantes —pero fatalistas— que dan cuenta del Acapulco del siglo XXI, es ineluctable reiniciar la discusión sobre el papel histórico de Acapulco en el país, sobre su modelo urbano y su economía actual, y ponderar posibles salidas que sean fieles a su tradición de innovación urbana, siempre tomando en cuenta la creatividad de la sociedad acapulqueña para poder reinventarse y seguir funcionando en situaciones difíciles. El diseño e implementación de las políticas nacionales de industrialización y desarrollo económico, así como la posición de Acapulco en el contexto internacional coadyuvarían a la comprensión histórica y el devenir contemporáneo de la ciudad. Según Juárez (2016), la complejidad del caso de Acapulco requiere entender además que su situación reciente es parte de un problema global marcado por factores externos sobre los cuales poco control se tiene: rutas de tráfico de drogas, decisiones de política internacional, la prensa y la dinámica de los mercados de drogas internacionales. El relativo aislamiento de Acapulco del resto de la región y del país y su mayor vinculación con el Pacífico marcaron por siglos el posicionamiento del puerto. Por otra parte, en el siglo XX, el proyecto del presidente Miguel Alemán contribuyó a moldear el desarrollo desigual en el país destinando a Acapulco a ser un centro turístico sin industrias auxiliares de apoyo. El puerto natural más grande del mundo, Acapulco, es un punto de salida natural para los barcos de contenedores, sin embargo, las autoridades locales, estatales y federales nunca han logrado llevar la industria exportadora a esta ciudad (Parish, 2019).

Desde el punto de vista de la historia regional, urbana y económica de Acapulco, una confluencia de múltiples mercados negros, ilegales o informales que se entremezclaron con un crecimiento urbano desordenado y el colapso generalizado de un sistema débil de urbanización tardía en Guerrero, puede encontrarse en el fondo de las explanaciones de la llamada crisis actual. La combinación habría sido explosiva para la ciudad más importante del estado. Aunque, al mismo tiempo, frente a crisis urbanas y económicas, frente a largos procesos de declive, abandono y deterioro, los acapulqueños siempre han encontrado maneras de innovar, regenerarse y entrar en procesos de reinvención.

III. El contexto más allá de la violencia

Unas tasas históricas de fuerte crecimiento demográfico habrían fomentado un proceso acelerado y desordenado de urbanización, dejando poco espacio para la planeación y diseño de la ciudad de Acapulco. Esto, aunado a la vulnerabilidad a desastres naturales y a la corrupción gubernamental, agravó los añejos problemas de desarrollo urbano que se han traducido en una importante segregación y diferenciación socio espacial. La estructura y expansión urbana a lo largo de un siglo ha sido determinada primordialmente por la actividad turística, dando lugar a una clara división en dos zonas con profundas diferencias en la disponibilidad de infraestructura y servicios y en las condiciones de vida de la población. A ello también han contribuido las políticas sectoriales y urbanas, así como el desarrollo del sector inmobiliario.

Por su parte, el sector turístico de Acapulco es la fuerza central en la economía, pero ha mantenido un perfil de servicios poco sofisticados y sin innovaciones. Este sector no fue capaz de absorber una creciente fuerza de trabajo impulsada por jóvenes e inmigrantes que iban incorporándose al mercado laboral. De hecho, algunos habitantes de la ciudad opinan que el desempleo fue la clave detrás de agravamiento de los problemas de seguridad de Acapulco, porque sus habitantes quedaron expuestos a tener que emplearse en cualquier cosa que encontraran (Pérez, 2015).

En efecto, en las estadísticas socioeconómicas recientes el panorama es desolador. En contraste con etapas previas, la tasa de crecimiento poblacional del área metropolitana de Acapulco se encuentra entre las más bajas en la década 2000-2010 (0.8 %) y entre 2010-2015 (0.6 %). El municipio de Acapulco se ubica entre los de una elevada expulsión de población desde al menos el año 2000, y su área metropolitana tuvo tasas negativas de migración neta entre 2005 y 2010. La ciudad advierte una fuerte especialización en comercio al por menor y en servicios de hoteles y restaurantes debido a su orientación de ciudad turística, tradición que conserva desde los 1940. Pero una débil economía urbana se aprecia en los bajos niveles de productividad y eficiencia económica, de los menores entre las metrópolis mexicanas. Además, tiene una de las tasas de informalidad laboral más altas (61.5 %). De tal manera que Acapulco presenta una tasa de pobreza de alrededor de 55%, superior al promedio metropolitano de 41 %. Y en las estimaciones más recientes de competitividad urbana del IMCO, Acapulco se ubica en el último sitio entre las metrópolis con población de entre 500 mil y un millón de habitantes.

IV. Ampliando horizontes para imaginar futuros

Podría confiarse que al igual que Monterrey u otras ciudades mexicanas azotadas en distintos momentos por la violencia asociada con el crimen organizado, Acapulco pueda recuperarse relativamente de sus problemas de inseguridad y violencia, y de reiniciar su recuperación socioeconómica después de la pandemia. Sin embargo, a diferencia de las ciudades del norte de México, Acapulco y, en general, el estado de Guerrero, no tiene una base industrial que la soporte. Si bien es necesario pensar fuera del molde actual de las narrativas dominantes, pensar en la economía y en desarrollo urbano en Acapulco en términos de aprovechar economías de localización, una especialización más sofisticada, una mayor diversificación de su estructura económica, y de generar innovaciones de recuperación urbana que represente en el mejor de los escenarios un golpe de timón, las posibilidades se miran complicadas. Se requiere fortalecer, regenerar e innovar la industria turística, pero también pensar en otras actividades económicas que sean capaces de generar empleos suficientes en cantidad y calidad que detonen una renovada dinámica de cohesión social.

Por otro lado, existen ejemplos de recuperación y regeneración urbana relativamente exitosos como el de Medellín en Colombia o Detroit en Estados Unidos que han sido proyectados como modelos a seguir. Proyectos de este tipo terminan convirtiéndose en broches de oro que ejemplifican la recuperación del país o la región guerrerense después crisis profundas. Sin embargo, las posibilidades de esto para Acapulco requieren de esfuerzos extraordinarios de todos los niveles de gobierno y desde múltiples actores de la sociedad. En todo caso, las soluciones deben ser concebidas escuchando la perspectiva local a partir de un contexto específico.

En las políticas recientes no se avizoran avances al respecto. Por ejemplo, Acapulco no estaba contemplada como parte del programa de zonas económicas especiales del anterior gobierno. En las agendas de los gobiernos estatales y locales el portafolio de proyectos para el mejoramiento de la imagen y la economía acapulqueña buscó ampliarse e implementarse, sin obtenerse resultados visibles. Tampoco vieron la luz proyectos de la iniciativa privada, con inversiones millonarias, como la integración del Consejo Consultivo para la recuperación de la zona tradicional de Acapulco que fue impulsada por Carlos Slim y Grupo Carso en 2012.

Acapulco podría ocupar un espacio prioritario en el nuevo proyecto de nación. En marzo de 2019 Andrés Manuel López Obrador presentó el “Programa de mejoramiento urbano para Acapulco, Guerrero”. Afirmó que se necesita hacer justicia social y al mismo tiempo mantener el turismo pues es una actividad económica que genera riqueza y da trabajo. Esta estrategia, se explicó, buscaría eliminar los contrastes entre las zonas turísticas y las comunidades pobres. La implementación de los programas de mejoramiento urbano hasta ahora se bosqueja sobre todo en términos de mejoramiento del espacio construido. El puerto ha sido beneficiario del Programa de Mejoramiento Urbano que ha resultado en el rescate del emblemático Parque Papagayo. Atraer inversiones, generar empleos de calidad en la economía formal y obras infraestructurales de significativa envergadura social serían el asiento de recuperación sustentada en un modelo a medida, que conjunte el proyecto de economía local con el de recuperación e integración urbana. Pero lo que Acapulco demanda con urgencia es reconstruirse desde sus raíces más profundas.

Acapulco vive una vez más un desplazamiento que no termina y quizás no termine. Así pues, rescatar el puerto no es un proyecto guiado por nostalgias y atavismos, es rescatar la historia de este desplazamiento que, con los años y en sucesivas capas, ha ido formando y deformando los cimientos históricos de esta ciudad. Ahora todos huyen o quisieran huir, los nuevos y los viejos habitantes. El éxodo no para y el desplazamiento empieza una vez más. No se trata de desenterrar un pasado inmemorial; se trata de recobrar la ciudad y su economía urbana que sí se perdieron, rescatando al mismo tiempo la historia, en su conjunto, de la vida cotidiana del puerto y la creatividad de la sociedad acapulqueña que siempre han sabido reinventarse. He ahí la virtud de su historia.

 

Marcel Sebastián Anduiza Pimentel
Doctor en historia por la Universidad de Chicago. Se especializa en estudios urbanos, marítimos y ambientales.

Alejandra Trejo Nieto
Profesora investigadora. Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales, El Colegio de México.


1 Prologo de la segunda edición del libro de Vito Alesio Robles, Acapulco en la historia y la leyenda (México, Botas, 1948).

2 Anduiza Pimentel, M. S. (2019). From pacific gateway to tourist city: Mobility, revolution, and the development of the Mexican seaside, Acapulco, Mexico, 1849-1970. PhD thesis. University of Chicago.

3 Gomezjara, F.A. (1982), “Acapulco: el paraíso perdido”, Revista Habitación, julio-diciembre de 1982,(No. 7-8), pp 103-111.

4 Garibay, R. (1979), Acapulco, México, Grijalbo.

5 “Sea of Sorrows Besets Fun City of Acapulco.” Los Angeles Times (1923-Current File), 2 de octubre, 1967.


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