Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo.
—Rosa Montero
En México, nunca muere nadie, nunca dejamos morir a los muertos.
—Juan Rulfo
Hace unas semanas murió Angela Giglia. Una mezcla de ternura, nostalgia y admiración me motivan a escribir para conmemorar su vida y el amoroso legado que nos dejó en su paso por este mundo.
Conocí a Angela en 2004. Fue mi maestra cuando estudié el posgrado en Ciencias Antropológicas en la UAM y durante cuatro años, junto a Giralda, fui su asistente editorial en la revista Alteridades. Trece años más tarde nos reencontramos para coordinar juntas una investigación sobre los mercados públicos de la Ciudad de México. Fueron las vicisitudes y las satisfacciones de ese trabajo de campo de gran escala las que derivaron en un vínculo amoroso y solidario entre ella y yo. Antes de la pandemia solíamos ir al teatro, a la danza, a comer a algún restaurante; nos visitábamos en nuestras casas e intercambiábamos instrumentos para tejer o cosas tejidas a mano. Nos mensajeábamos con frecuencia. Como buena mexicana, no la dejo morir en mis recuerdos y ha sido complicado tener que vivir el duelo por su muerte en confinamiento, aislada, sin un rito funerario como los que se acostumbraban antes de la pandemia. Pero este espacio no es para hablar de mí y de lo que siento a raíz de su muerte —una especie de orfandad al perder una amiga, una hermana mayor, porque no puedo obviar las jerarquías de edad y experiencia—; es para memorar aspectos de su vida profesional y de su personalidad: aquello que la vuelve trascendental.
Por las conversaciones que tuve con ella, con base en lo que me han contado otras personas que también la conocieron, lo que de ella se decía en los pasillos universitarios y lo que ha quedado escrito en redes sociales, sé que Angela Giglia nació en Agrigento, Sicilia, Italia. Siendo niña se mudó a Roma, después a Nápoles, donde estudió Letras Modernas, y más tarde a París, ciudad en la que se doctoró en Antropología Social por la EHESS. Es sabido que Amalia Signorelli fue una gran influencia en su vida, personal y profesionalmente; que fue alumna de Pierre Bourdieu, y que vino a México para participar en el colectivo hoy conocido como Laboratorio de Cultura Urbana del Departamento de Antropología de la UAM Iztapalapa, institución de educación superior en la que fue docente e investigadora más de 20 años.

Fotografía: Mariana Orozco Ramírez
A Angela le interesaban la antropología reflexiva y dialógica, el trabajo de campo en las ciudades, la cultura urbana, el habitar en las metrópolis, tema en el que su trabajo se volvió un referente para la antropología urbana latinoamericana. En Las reglas del desorden, nombró, junto con Emilio Duhau, los tipos de ciudades que pueden coexistir en una mancha urbana como la ZMCM: la ciudad central, la ciudad de los fraccionamientos residenciales, la ciudad de los conjuntos habitacionales, la ciudad autoconstruida, los pueblos en la metrópoli. Años más tarde, al estudiar la cultura, el consumo y el comercio en los mercados públicos de la Ciudad de México, identificó aquellos mercados más representativos de esa clasificación de ciudades dentro de esta gran metrópoli. Además, le interesaban los asuntos relacionados con el acceso y las características de la vivienda desde que empezó a investigar los desplazamientos provocados por los sismos en Nápoles, y tiempo después, cuando se dedicó a visibilizar lo ocurrido con las personas desplazadas por el 19S en México. También abordó la desigualdad en el trabajo, particularmente entre meseros y repartidores. Hablaba varios idiomas: italiano, francés, español, inglés. Fue, como bien dicen quienes la conocieron, una investigadora brillante, prolífica, rigurosa, disciplinada y tenaz, que hacia el final de su vida logró formar parte del 30 % de mujeres que obtuvieron el Nivel III en el SNI.
Angela fue muy apreciada entre estudiantes, colegas y personal administrativo de las instituciones de educación superior en las que colaboró porque era generosa, amable, paciente y conciliadora; tenía un don de gentes que le permitía ser muy cuidadosa al tratar a las personas. Como la describió una de sus exalumnas: se distinguía por evadir ese trato discriminatorio característico de la distancia social entre docentes consagrados y estudiantes en las universidades públicas. Lograba, sin humillar ni violentar, que los y las estudiantes aprendiéramos. Fue una lectora crítica y pedagógica para muchísimos tesistas. Cuando dirigió Alteridades, del Departamento de Antropología de la UAM, la revista se indexó y tuvo reconocimiento internacional; más tarde tuvo el cargo de Coordinadora del Posgrado en Ciencias Antropológicas del mismo Departamento. Fue, además, una buena estratega para coordinar y gestionar varios proyectos a la vez, en los que, con respeto y diligencia, encaró los conflictos y adversidades para crear ambientes sanos y justos en los que pudiera desarrollarse la investigación antropológica. Al respecto de su capacidad de gestión, destacó su tenacidad para coordinar, desde la UAM, un censo de los mercados públicos de la CDMX para la Secretaría de Desarrollo Económico, en el que cerca de 100 estudiantes recibieron una beca para participar en un operativo de campo en el que se entrevistó cara a cara a un universo de 50 000 locatarios. Angela recorría las calles de la ciudad a paso veloz y se movía como un pez en el agua en los barrios bravos del que fuera el Distrito Federal. Tenía una mirada curiosa y un muy agudo ojo etnográfico que hacía buena mancuerna con su sonrisa sincera.
Nació en Italia pero se hizo mexicana por filiación al nacer su hijo Julio. Amaba a los gatos, un gusto compartido con Jorge Robles, “mi compañero”, como ella lo nombraba. Jorge fue su refugio, su fuente de comprensión, amor y cuidados en el hogar que juntos construyeron en Coyoacán, del que fueron espléndidos y amorosos anfitriones.
Angela regalaba chocolates y panettones por montón, cuadernitos, libros, objetos con los que materializaba su costumbre de cuidar. Cocinaba delicioso y abundante, pastas y rollitos de carne que evocaban la comida casera de su infancia. Le gustaban los viajes, el cine, el teatro, la literatura, el rock progresivo; también la jarciería (“doctora en jarciería”, como le decía Javier en los mercados) y el tejido, mejor con dos agujas que a gancho.
Sé que Angela ponía la mejor cara a las situaciones de la vida, a las buenas y a las malas: así lo hizo con su enfermedad. Con la palabra y el ejemplo te enseñaba a buscar el lado amigable, lo que había que aprender de la situación: tenía integrada una suerte de brújula para mostrarte el camino menos sinuoso frente a los altibajos y las variaciones de la existencia. Angela fue una persona inteligente, tierna, cálida y amorosa, cuya presencia y consejos voy a extrañar con todo el corazón.
Mariana Orozco Ramirez
Es doctora en Ciencias Antropológicas y actualmente coordina el Programa de Violencia de Género y Feminicidio en Data Cívica.