En el siguiente pasaje, extracto del libro Arquitectura del fracaso, Georgina Cebey revalúa la genealogía de una de las iniciativas arquitectónicas más emblemáticas de la Ciudad de México durante el siglo XX: el Condominio Insurgentes. Este fragmento da una idea al lector del diálogo íntimo que sostiene la autora a lo largo del libro con esos “fracasos espaciales” de triunfos ya olvidados durante la construcción de la identidad nacional.

Insurgentes 300, espectro de la modernidad
Avenida Insurgentes, número 300, colonia Roma. Visto desde lejos parece un libro de concreto que se abre a la mitad de una de las avenidas más importantes de la capital. Son diecisiete pisos y cincuenta y siete metros de altura; imposible no mirarlo. Entre las calles de Insurgentes, Medellín y Querétaro, dos diagonales se concentran originando una planta en forma de V. Desde fuera, el ritmo moderno que alguna vez marcó sus ventanas se observa roto; la falta de varios cristales, la pintura sucia o los restos de mosaico, que se niegan a desprenderse por completo, anuncian la derrota arquitectónica que supone esta construcción en aparente abandono.
En la planta baja algunos locales funcionan con normalidad; la mayoría son bares, sitios nocturnos con neones tropicalia que remarcan la pátina decadente que desde hace varias décadas caracteriza al gigante de Insurgentes. El resto del edificio es incertidumbre que se divide entre el abandono, la ocupación ilegal y el deterioro. La entrada está protegida por dos puertas de cristal; sus agarraderas de bronce ostentan las letras C e I, iniciales del Condominio Insurgentes. El acceso es restringido, únicamente los dueños que hayan comprobado la propiedad de alguno de los despachos pueden entrar. Pese a que existe un registro para visitantes, la respuesta del cuidador, que en las dioptrías de sus lentes guarda todo lo que ha visto, contiene una verdad poderosa: “Esto no es un museo”.
Si uno logra atravesar la transparente barrera se encontrará con una placa de prístino mármol negro que recubre un muro del piso al techo; al centro, un buzón de bronce que todavía brilla anuncia que ahí se depositaba el correo. En medio del buzón, justo debajo de la ranura, hay un escudo nacional; y arriba de todo, una estampa de la Virgen de Guadalupe. El escudo como sello nacional de una modernidad en forma de edificio y la imagen de la Virgen del Tepeyac que lo ve todo, colocada por el vigilante hace algunos años tal vez como protección, porque la desgracia hace mucho tiempo que habita en ese lugar.
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El Condominio Insurgentes no fue siempre así.
En 1954 fue aprobada la Ley sobre Propiedad en Condominio impulsada por el arquitecto Mario Pani; en 1956, el mismo Pani proyectó el primer edificio en México de propiedad por pisos, el Condominio Reforma Guadalquivir, con departamentos de lujo, una torre para oficinas y locales para comercio en la planta baja. La innovación del régimen de condominio no tenía que ver con el uso de suelo mixto, ya bastante antiguo, sino con el tipo de dominio que estos edificios proponían: antes, la propiedad del edificio se concentraba en un único dueño o varios copropietarios que a su vez podían arrendar los espacios de un edificio. Con este modelo, en cambio, cada uno de los despachos y locales podía pertenecer a distintos dueños. En uno de los anuncios de prensa que promocionaban la venta de despachos se ofrecían créditos que podían ser liquidados a varios años:
¿Ha pensado usted qué ventajas obtiene al convertirse en propietario de su despacho o local comercial? ¡Sobre todo cuando usted puede adquirir su propiedad pagándola en 10 años como renta! De hecho usted invierte en su propio negocio porque su propiedad aumenta de valor constantemente. ¡Además usted no sufre los aumentos de renta! En cualquier momento, usted tiene derecho a traspasar, vender o rentar su propiedad, obteniendo utilidades inmediatas de su inversión.
El Condominio Insurgentes comenzó a construirse en 1956. El inmueble sería parte de un conjunto comercial de cinco edificios que se ubicaría entre Insurgentes y Yucatán. Junto al libro de concreto y cristal se levantarían dos edificios cuadrados y dos redondos. Se imaginó que la planta de todos sería comercial, y digo se imaginó porque finalmente de este inmenso centro comercial sólo se construyó el Condominio Insurgentes, proyectado por el arquitecto tapatío Enrique de la Mora y Palomar, autor de la Facultad de Filosofía y Letras, la iglesia de San Antonio de las Huertas, un edificio para la aseguradora La Provincial, así como de las capillas del Altillo y San Vicente de Paul, entre otras. El Pelón de la Mora, carismático y buen vendedor, realizó algunos proyectos con el desarrollador inmobiliario que planeaba explotar al máximo la Ley sobre el Régimen de Propiedad en Condominio en el crucero de Insurgentes y Yucatán. Cuando el proyecto entero se truncó, De la Mora sería borrado de la historia del edificio que él mismo había proyectado.
En 1958, el edificio abrió sus puertas. Al poco tiempo de inaugurarse, los cuatrocientos veinte despachos del Condominio Insurgentes se habían vendido. Durante sus primeros años, los espacios fueron ocupados por prestigiosos abogados, médicos, estrellas de cine y algunas familias que decidieron habitar ahí. Seis elevadores, estacionamiento amplio y una altura excepcional sintetizaban los conceptos de lujo e innovación sobre los que se había cimentado el edificio. Una parte del primer piso fue ocupado por la escuela de inglés Ecco Phone, institución que prometía los métodos más innovadores para la enseñanza del idioma: todas las aspirantes a secretaria bilingüe comenzaban sus carreras ahí. Los pocos que recorren todavía los pasillos del primer piso recuerdan el sitio donde hace años colgaba el neón rojo de la escuela. En la década de los setenta, otro anuncio lumínico llegó al edificio, reafirmando la contundencia espacial y simbólica de la torre; letras gigantes y luces neón cubrían por completo uno de sus costados con la leyenda “MÉXICO CALZA CANADÁ”. La empresa zapatera mexicana que colocó unas letras rojas sobre un fondo de neones azules y blancos intermitentes nunca imaginó que éstas darían identidad al inmueble, que desde entonces comenzó a ser conocido como el “edificio de la Canadá”.
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La primera sacudida a las aspiraciones modernas del condominio llegó en 1985. Tras el sismo del 19 de septiembre, el coloso permanecía de pie pero a su alrededor se acumulaban escombros. Frente a él, una clínica quedó trunca, un pequeño edificio de consultorios médicos se esfumó (a la fecha, nada se ha levantado ahí, en la planicie de ese terreno temeroso a la verticalidad sólo hay un estacionamiento público). Varios despachos del condominio fueron desocupados. Desde entonces, incendios, asesinatos, más sismos y actividades ilícitas han marcado el paulatino deceso de la torre que hoy está parcialmente ocupada.
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Estoy parada en un camellón angostísimo que divide Insurgentes. Miro hacia el cielo y mi papá me agarra de la mano. No tengo más de siete años y todavía llevo el uniforme de la escuela puesto. Del cielo han empezado a caer hojas de libros. O, mejor dicho: caen de los últimos pisos del condominio que en esos momentos está siendo consumido por el fuego. Del otro lado hay bomberos. No se ven llamas, sólo humo negro. Mucha gente pasa y se detiene como nosotros a mirar hacia la punta del libro de concreto. Algunos conocidos se paran a decirnos algo, pero no recuerdo qué. Papá toma una de las hojas que han caído al suelo con la punta quemada. “Para que no te olvides de este día, un recuerdo del incendio”, me dice al dármela.
Nadie recuerda la fecha exacta. Fue en 1990.
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A pesar de su notoriedad, el Condominio Insurgentes ha sido olvidado casi por completo en las historias de la arquitectura moderna. La autoría del mismo ha sido poco difundida. El edificio, de cierto modo, aunque con padre conocido, permanece oculto. Es un bastardo de la arquitectura. Opera hoy como ruina semifuncional: los elevadores han dejado de marchar y las escaleras son testigos de los pocos usuarios del lugar. Los dueños de los despachos han muerto; otros simplemente desconocen su propiedad pues los trámites y el mantenimiento de un lugar así resultan un lastre. Los pocos habitantes que quedan resisten el abandono pero no es tarea fácil ni barata. ¿De quién fue la idea de congregar a cuatrocientos veinte propietarios?, ¿acaso nunca se pensó en las complicaciones que implicaría conciliar cuatrocientas veinte voluntades? Tal vez la utopía moderna sobre la que se desarrolló gran parte de la arquitectura del siglo XX en el país no dio cabida a este tipo de cuestionamientos, aunque ejemplos como los complejos de vivienda multifamiliar en México demuestren lo contrario. Entonces, ¿qué salió mal, qué circunstancia escapó en la planificación de este gigante de concreto?
Probablemente quienes habitan ahí se hacen estas preguntas de forma constante, y quizá la única respuesta la encuentran en el olvido y la decadencia de sus muros: la promesa de la modernidad no siempre fue exitosa. En este caso el resultado es claro: la catástrofe de un proyecto demasiado moderno para una sociedad demasiado desorganizada, un espacio que no supo acoplarse a los nuevos tiempos.
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El condominio tiene el poder de borrar los recuerdos de la gente que alguna vez ha entrado en él. “Alguna vez visité el consultorio de un doctor ahí. Olvidé en qué piso estaba, pero el lugar era horrible, oscuro y lúgubre. Además, el doctor me trató mal”. Una mañana de 1995, los ojos de la ciudad estuvieron puestos en el condominio. El cuerpo del magistrado Abraham Polo Uscanga apareció en uno de los despachos con un tiro en la nuca. En la televisión, reporteros habían ingresado en el edificio para reportar el crimen. El servicio médico forense tuvo que bajar el cadáver por las escaleras porque no servían los elevadores. La escena del crimen fue clausurada con un sello. Así como la investigación del crimen, el despacho se cerró para siempre.
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En agosto de 2012 el edificio fue desalojado y clausurado por las autoridades. El pretexto fue que tenía daños estructurales y su programa interno de protección civil era inexistente. Lo cierto es que se trató de un operativo que buscaba aplacar una serie de secretos a voces que señalaban al gigante de Insurgentes como un centro del crimen; que ahí se vendían drogas, se traficaba con personas, se prostituían mujeres. Que, en los restos calcinados de los últimos pisos, había un ring donde peleadores expertos se enfrentaban para deleite de los apostadores clandestinos.
La clausura revirtió parcialmente la decadencia. Hoy son pocos los condóminos que se organizan para reparar años de abandono en algunos pisos; tal vez la presión de una expropiación por parte del gobierno y la mirada acechante de inmobiliarias por adquirir a bajo costo una propiedad que se ubica en una zona de alta plusvalía es la que los motiva a sacar de la decadencia al edificio.
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Vuelvo al cuidador del edificio, a su elocuente idea de que Insurgentes 300 no es un museo. Me imagino al arquitecto y restaurador Viollet-leDuc lanzándole su idea a la cara: “La mejor forma de preservar un edificio es encontrando un uso adecuado para éste”. Si la idea del museo no es útil, pensar en el futuro de esta construcción es complicado. Sin una propuesta de uso viable y la conciliación de los pocos propietarios que quedan, el único futuro es permanecer como vestigio material de un trauma, de un proyecto cuyos principios —la propiedad en condominio, creer en la capacidad de organización de una clase media acostumbrada al individualismo— fueron erróneos de origen. Idealmente, toda arquitectura genera espacios de reflexión. El caso del mítico Condominio Insurgentes podría servir como escenario de propuestas, ya sea para rescatarlo de la ruina, conservarlo y subrayar sus valores de producto cultural, o bien para transformar su uso y con ello salvarlo de funcionar, únicamente, como arquitectura silente.
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El del condominio es el primer fracaso espacial con el que tuve contacto; atestigüé su debacle sin comprender nada. Pese al salvaje abandono, al cáncer que no se cura pero tampoco deja morir en paz, el coloso de Insurgentes sigue proyectando sombra. En su agonía, el edificio escupe mosaicos al suelo esporádicamente, su interior es cada vez más oscuro, como los órganos de un cuerpo enfermo. En contraste, el barrio en el que se emplaza hoy vive un boom comercial e inmobiliario. Construcciones endebles y sin carácter —monoambientes con olor a loft, departamentos “rescatados de la ruina” por arquitectos de renombre, que cuestan cinco veces lo que pagaron por todo el terreno—, cafés de especialidad y un mercado gentrificador que funciona como una versión más sofisticada de las zonas de alimentos de los centros comerciales, aparecen en la zona. El condominio con su mugre incrustada en la fachada estorba, afea el vecindario. Unos piensan que es un espacio desperdiciado; las inmobiliarias lo desean. Nadie ha podido derrumbarlo, resiste de pie. No distingo entre triunfo o fracaso.
Georgina Cebey
Investigadora y ensayista mexicana
• Georgina Cebey, Arquitectura del fracaso, Festina Publicaciones, México, 2022. Libro ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2017.