¿Qué, tengo jeta de atmósfera?
En una escena clásica de la película Hôtel du Nord, dirigida por Marcel Carné en 1938, monsieur Edmond —interpretado por Louis Jouvet— le anuncia su partida a Raymonde —Arletty—, una prostituta que es su amante. “Debo cambiar de aires, aquí me asfixio”, le dice mientras cruzan un puente sobre el canal Saint Martin, en París. “Vámonos al mar”, al extranjero dice ella. “Daría lo mismo”, contesta Edmond. “Debo cambiar de atmósfera y mi atmósfera eres tú.” A lo que Arletty, con su voz chillona, da una de las réplicas más memorables del cine francés: “es la primera vez que me tratan de atmósfera… ¡Atmósfera, atmósfera!, ¿qué, tengo jeta de atmósfera?”.
El famoso arquitecto suizo Peter Zumthor tiene un libro titulado, precisamente, Atmósferas. En un pasaje de tono proustiano, Zumthor recuerda la sensación al tocar la perilla metálica de la puerta de entrada al jardín de la casa de su tía; el sonido de los guijarros bajo sus pies, el olor a pintura de aceite del armario de la cocina. Zumthor dice que es eso lo que le viene a la cabeza cuando piensa en una cocina. “¿Puedo proyectar algo con esa atmósfera?”, escribe. ¡Atmósfera, atmósfera!, ¿qué, tengo jeta de atmósfera?
“Si comúnmente la forma de un edificio y la cualidad de un espacio se dan en términos de superficie y volumen, nos gustaría proponer una arquitectura en tanto meteorología y atmósfera”. Eso lo escribió otro arquitecto suizo, Philippe Rahm, en su libro Arquitectura meteorológica. Y es esta idea, lo meteorológico, lo que marca cierta distancia con la manera como podríamos entender lo atmosférico en el caso de Zumthor y otros arquitectos con ideas similares. La atmósfera de la que habla Rahm es el aire, pero con todas sus cualidades y condiciones: humedad, temperatura, flujos y corrientes, olores. Rahm propone, evidentemente, pensar la arquitectura en términos climáticos, lo que “significa —dice— proyectarse en otra espacialidad, una relación más sensual con el espacio, habitar el espacio interior como una atmósfera, con sus diversos climas, sus variaciones meteorológicas y sus gradientes”.

Ilustración: Izak Peón
Si una de las características, si no es que condición a priori de buena parte de la arquitectura moderna fue la concepción del espacio como un vacío homogéneo, que sólo era determinado por la arquitectura misma, sus variaciones climáticas también fueron sustituidas por interiores climatizados artificialmente a una temperatura constante que en muchas partes del planeta era generalmente más fresca que el exterior en verano y más cálida en invierno. Para Rahm, esa homogeneización climática del interior olvidó las cualidades específicas de distintos espacios. En los espacios domésticos olvidó, por ejemplo, que en el baño requerimos una temperatura más alta pues estamos desnudos, mientras que en el dormitorio, bajo colchas y cobertores, la temperatura acaso pueda ser más baja. Hay espacios interiores, tanto en las casas como en los lugares de trabajo, que quizá no haya siquiera que mantener a una temperatura distinta de la del exterior.
Pero la propuesta de Rahm no se limita a suponer distintas temperaturas para cada habitación, sino a entender que esas diferencias de temperatura generan al interior de los edificios microclimas y corrientes de aire que, tomadas en cuenta desde el proceso de diseño, le dan forma a la arquitectura. “El campo de lo visible —dice—, hasta ahora saturado de símbolos, de moral, de narraciones e intereses singulares, se desinfla, se vacía, se difracta, se deforma, se desprograma. Desplegado entre lo fisiológico y lo climático, entre determinismo y libertad, se sitúa entre ambos extremos, abierto, flotante, indeciso, como un nuevo paisaje humanista”.
La arquitectura, entendida como la manera de mediar entre el entorno y su clima y nuestros cuerpos, implica además del aire, con su temperatura y su humedad y sus flujos, también a la luz eléctrica, que ha hecho de la noche otro día, e incluso a nuestros alimentos. Rahm explica cómo la química del té de menta transforma, fisiológica y neurológicamente, las sensaciones de nuestro cuerpo al estimular en nuestro cerebro zonas cercanas a las que reaccionan ante lo fresco. Si en los años 60 el arquitecto austriaco Hans Hollein mostraba en un manifiesto —Everything is architecture— la imagen de una cápsula de psicotrópicos como arquitectura, Rahm nos cuenta que, desde hace siglos, al tomar un té de menta en la terraza, tanto la terraza como el té son parte del mismo gesto arquitectónico.
Constatar esa continuidad entre cuerpo y atmósfera, lleva a Rahm a buscar “refundar el lenguaje de la arquitectura en consecuencia de este deslizamiento hacia lo invisible; tender la arquitectura entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, entre lo fisiológico y lo meteorológico”.

• Philippe Rahm, Arquitectura meteorológica, Arquine, 2020.
Alejandro Hernández Gálvez