Brexit y la ciudad: la nueva geografía de la desigualdad en el Reino Unido

El 23 de junio de 2016, el Reino Unido votó por salir de la Unión Europea (UE) a través de un referéndum. El resultado fue cerrado: 51.9% por dejar la UE (Leave), 48.1% por permanecer (Remain1). En las semanas siguientes, numerosas explicaciones han surgido. Factores demográficos, geográficos, identitarios y de clase han sido utilizados para explicar la victoria de quienes abogaron por salir de la Unión. Sin duda, todos son relevantes para entender qué sucedió en el Reino Unido. Una forma de explorarlos en conjunto es a través de un lente urbano. Este es el enfoque que desarrollaré en este breve ensayo.

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El campo, la ciudad y un nuevo capitalismo

La desregulación y desindustrialización cambiaron la geografía socioeconómica del Reino Unido profundamente. El modelo previo, centrado en la industria y el imperialismo (como forma de asegurar materias primas a bajo costo), fue desmantelado. En su lugar, uno centrado en la provisión de servicios financieros y, más recientemente, en un mercado inmobiliario, fue puesto en marcha. Este nuevo modelo, desarrollado por Margaret Thatcher, pero fortalecido por el laborismo de Tony Blair y el gobierno conservador de David Cameron, es clave para entender la geografía del Brexit.

Will Davies (2016) señala que los patrones geográficos de votación no responden a la más reciente iteración de las políticas de austeridad en el Reino Unido. Buscar la explicación en la crisis económica de 2008 y sus respuestas, que sin duda favorecen a los más ricos, no es adecuado. En lugar de eso, hay que mirar la geografía originaria del neoliberalismo. Fue el norte el que votó abrumadoramente a favor del Brexit. Lo mismo en Cornualles, el extremo sur-occidental de la isla, que depende de la pesca y de las transferencias de la Unión Europea, o en Gales, antiguo territorio minero.

La geografía del Brexit, entonces, parece alinearse en una división campo/ciudad, que supera la tradicional norte/sur (Savage, y otros, 2015). Esta nueva geografía está marcada por la desigualdad. Las ciudades, y específicamente Londres, se convierten en centros de concentración de riqueza, impulsados por una economía centrada en servicios. Éstos incluyen los financieros, pero se extienden también a la vivienda como espacio de especulación, entre otras actividades. En el norte fueron las ciudades las que votaron a favor de la permanencia en la UE. Ahí también la economía es un factor a ser considerado, pero no es el único.

El modelo de desarrollo económico británico, centrado en una economía de servicios, ha tenido efectos devastadores en las viejas zonas industriales. En el norte, las ciudades y pueblos crecieron a la par de la expansión industrial: minas, astilleros y fábricas eran parte integral de la actividad económica y la formación de identidades políticas de sus habitantes. La desindustrialización que arrancó con el gobierno de Thatcher, y que continúa hasta hoy, les transformó por completo. Una estampa cruda y conmovedora de la vida en las ciudades decadentes del norte inglés es el tema de la película “El Gigante Egoísta”. Ahí, dos niños sobreviven de robar y reciclar metales viejos que son parte del paisaje cotidiano. El futuro es una promesa ajena, fuera o dentro de la UE.

La Inglaterra rural es un espacio en declive demográfico, olvidado por políticas públicas que, cuando mucho, han dado transferencias en forma de ayuda, pero que no han conseguido dar sentido de utilidad y valor a sus habitantes (Davies, 2016; Fraser, 1995). Ahí, el voto alcanzó hasta el 70% a favor de la salida del Reino Unido de la UE. Estas son las tierras que han hecho del referéndum un voto de protesta frente a una élite urbana que los ha relegado a vivir a su sombra, en medio de la inseguridad económica y social, con pocos prospectos de un cambio positivo en el futuro cercano.

Si el voto rural se puede explicar, parcialmente, por una combinación de procesos económicos y demográficos, algo similar sucede con los centros urbanos. Londres, Manchester, Liverpool y Newcastle, entre otras urbes, concentran poblaciones jóvenes, a menudo con mayor acceso a educación y a oportunidades de trabajo. Pensar en la geografía del voto en el referéndum como resultado de un modelo de desarrollo centrado en lo urbano puede ayudarnos a entender qué ha sucedido en el Reino Unido en las últimas semanas. Sin embargo, quedarnos con esta explicación demográfica y económica, deja de lado muchas variables relevantes. Una de ellas, crucial, es la inmigración. Este es será el siguiente eje de análisis.

Migración y multiculturalismo: la ciudadanía a nivel de calle

El discurso de los promotores del Brexit pronto se tornó agresivo. El eje central de la campaña fue la migración. El discurso dice que no han sido las políticas de austeridad o neoliberalismo las que han llevado a ciudades y pueblos a la pobreza, en medio de creciente desigualdad. Este populismo de derecha (Garciamarín Hernández, 2016; Monroy, 2016), crea en el migrante el otro que puede ser culpado por la precaria situación actual y por la ausencia de un futuro promisorio. El voto por salir de la UE fue uno que fundió el malestar frente a políticas económicas que generan desigualdad y pobreza con una visión nacionalista y xenófoba de la sociedad ideal.

Un hecho relevante es el que el voto antiinmigrante se haya concentrado en zonas de baja migración. Por ejemplo, Sunderland –en donde el 63.1% de la población votó por Leave, tiene sólo 4% de población inmigrante, frente a la media nacional de 12% (Mandler, 2016). Esta aparente contradicción también puede ser explicada a través de un lente urbano. Para ello, es necesario considerar algunos aspectos de cómo se forman identidades políticas con respecto al multiculturalismo y la ciudadanía.

En Londres, cuya población migrante ronda el 37% del total, y los ingleses blancos sólo representan 45% (Mandler, 2016),2 el voto por Remain fue del 59.9%. La geografía londinense del voto por permanecer en la UE también sigue patrones de clase, etnia y demografía. Por ejemplo, en el distrito de Havering, al este de la capital, el 69.7% votó por salir. Ahí, el 83% de la población es inglesa y blanca (London Borough of Havering, 2014). En contraste, el distrito de Southwark, en el sur de Londres, votó 94% por Remain. Este es uno de los distritos más diversos de Londres, además de ser mayoritariamente de clase trabajadora. El 29.2% de su población nació fuera de la UE, frente a un 9.4% en promedio en el resto de Inglaterra, y el 8.5% dentro de la UE, comparado al 3.4% en el resto del país (Southwark Council, 2014).

Que el discurso antiinmigrante haya tenido más tracción en zonas con baja inmigración parece contradictorio. Sin embargo, la confusión se disipa al corroborar que es la experiencia del multiculturalismo a nivel de calle (Hall, 2012), la que da un sentido de ciudadanía diversa. Es decir, el multiculturalismo como discurso parece haber tenido mucho menor impacto que el que ha tenido como cotidianidad y práctica. Aquí he mencionado, muy brevemente, dos ejemplos que muestran cómo esta experiencia de multiculturalidad puede haber influido en las percepciones de la inmigración y en el voto en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Estos ejemplos no prueban el argumento, pero dan algunas pistas de cómo la experiencia urbana puede moldear la identidad política en la Inglaterra contemporánea.

Hay, sin embargo, aspectos del discurso y práctica xenófobos que no pueden ser aprehendidos a través de estadísticas. En los días que siguieron al referéndum, los reportes de ataques a extranjeros aumentaron exponencialmente. En Londres, la población polaca fue objeto de numerosas agresiones. Pintas racistas fueron hechas en el Centro cultural y social polaco, en el oeste de la ciudad; en Plymouth, una bodega adyacente a la residencia de una familia polaca fue quemada, y ciudadanos polacos han sido amenazados en Cambridgeshire. El hecho que los agredidos sean polacos, me atrevo a decir, no es fortuito. El polaco ha sido construido como el inmigrante problemático arquetípico. Es acusado, al mismo tiempo, de robar trabajos de ingleses y de vivir de la seguridad social del gobierno inglés. Es, en la vida cotidiana, una materialización de esa élite de Bruselas que en teoría ha arruinado a Inglaterra y, al mismo tiempo, el inmigrante que destruye el modo de vida inglés. Mientras tanto, las élites inglesas continúan empujando políticas de austeridad, lejos del escrutinio público.

¿La independencia de Londres? Una nota final sobre la dimensión urbana de Brexit

La incredulidad que siguió a la victoria del Leave en Londres habla mucho sobre la profunda separación entre lo urbano, lo rural y la Inglaterra postindustrial que existe hoy. Algunos colegas europeos, estudiantes de doctorados y maestrías, se sentían rechazados del país que es aún su hogar. Hubo múltiples reacciones a la sorpresa, la molestia y la sensación de rechazo: pedir la independencia de Londres (un tanto en broma y otro tanto, no); nombrar a todo votante de Leave bien como ignorante, como racista, o como las dos cosas, o hacer absolutamente responsables a los líderes del Leave –el exalcalde Boris Johnson entre ellos– por engañar a un pueblo despojado de razón y agencia.

Todas estas formas de lidiar con el resultado apuntan a la profunda separación entre Londres y el resto del país, especialmente con las zonas rurales y desindustrializadas. La arrogancia de las élites, que ha sido señalada como un factor que impulsó a la clase trabajadora a votar por salir de la UE, se ha hecho manifiesta. Londres se ve como un espacio a la vanguardia de un país atrasado. La idea de acercar la ciudad a la UE, de despreciar a la clase trabajadora, o de hacerlos meros repetidores de órdenes, sin voluntad propia, siguen siendo un escape del problema que trajo a Inglaterra aquí en primer lugar.

El referéndum ha abierto la puerta a una marea de descontento que no se irá pronto. Ha señalado los límites de un modelo de desarrollo que se centra en lo urbano y que parece incapaz de ofrecer una solución sustentable no sólo para el campo, sino para las ciudades que no consiguen hacerse centros de provisión de servicios. El modelo urbano centrado en la competencia es una expresión de este proceso, en donde amplios sectores de la población son relegados a una vida marginal y precaria. No debería sorprendernos, pues, que la respuesta sea explosiva, insospechada y que pueda mostrarse con un rostro violento y xenófobo. Brexit nos invita a pensar en qué tipo de ciudades queremos tener y cómo deseamos que sea su relación con lo no-urbano. 

Alejandro de Coss es maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.


1 La información sobre el voto y sus tendencias ha sido tomada en su totalidad de la BBC y la Comisión Electoral,  salvo cuando se indique lo contrario.
2 Más información sobre migración en el Reino Unido aquí.

Trabajos citados

Davies, W. (24 de Junio de 2016). “Thoughts on the sociology of Brexit”. Obtenido de Political Economy Research Centre.

Fraser, N. (1995). “From Redistribution to Recognition? Dilemmas of Justice in a ‘Post-Socialist’ Age”. New Left Review.

Garciamarín Hernández, H. (4 de Julio de 2016). “El Brexit como síntoma: sobre el populismo de derecha radical“. Obtenido de Horizontal.

Hall, S. (2012). City, Street and Citizen: the Measure of the Ordinary. Londres: Routledge.

London Borough of Havering. (2014). Demographic, Diversity and Socioeconomic Profile of Havering’s Population. Londres: London Borough of Havering.

Mandler, P. (24 de Junio de 2016). “Britain’s EU Problem is a London Problem”. Obtenido de Dissent Magazine.

Monroy, C. (27 de Junio de 2016). “Brexit: la izquierda ante la crisis de la democracia liberal”. Obtenido de Horizontal

Savage, M., Cunningham, N., Devine, F., Friedman, S., Laurison, D., Mckenzie, L., . . . Wakeling, P. (2015). Social Class in the 21st Century. London: Pelican.

Southwark Council. (2014). Demographic Factsheet. Londres: Southwark Council.