“…Fue una primavera carente de voces.
En las mañanas que una vez palpitaron con el matutino coro
de las voces de multitudes de aves, ahora no había sonido alguno;
solo el silencio cubría los terrenos…”
Rachel Carson
En 1962, Rachel Carson publicó su libro “Primavera silenciosa”, en el cual documentó los efectos nocivos de los pesticidas en el ambiente y los culpó de la desaparición de las aves. Carson, motivada por el silencio que dejó la desaparición de las aves, inició una campaña por el reconocimiento del valor de la naturaleza. En un inicio, la industria química defendió los insecticidas. Sin embargo, una década mas tarde, el gobierno estadunidense reconoció que fue este químico el que casi lleva a la extinción al águila calva, entre otras aves, (símbolo nacional de aquel país), y prohibió el uso de dicho insecticida (aunque continuó con su exportación a países en desarrollo).
Pero esta breve victoria para las aves se ve opacada por la creciente urbanización del planeta que transforma constantemente su hábitat y amenaza la conservación de la flora y fauna silvestre. Ante esto, la capacidad de las especies para aprovechar los recursos que estén a su alcance y tolerar las amenazas de sus nuevas circunstancias permiten que aun existan organismos luchando contra su desaparición.1

Afortunadamente, existe una tendencia mundial cada vez mas popular que reconoce la relación entre el mantenimiento de la biodiversidad y la calidad de vida dentro de las ciudades. Conforme a esta idea se han propuesto medidas para la conservación de diversos grupos de especies, entre las cuales se ha resaltado (para el beneplácito de Carson) la importancia de la conservación de las aves. Estos organismos pueden fungir como indicadores biológicos de la calidad de la infraestructura verde urbana2 o como diría el Dr. Ian MacGregor, “lo que le gusta a la aves, le gusta a la gente”.
Las reservas, parques, camellones e incluso los “árboles solitarios” fungen como centros de conservación de cientos de aves residentes y migratorias al proporcionarles refugio, y oportunidades de anidación, alimentación, descanso y reproducción34. Ante esto, las áreas verdes urbanas de todo tipo no solo juegan un papel importante en la preservación de estos organismos sino que favorecen el establecimiento de la relación con entre las aves y los seres humanos. En este sentido, existen múltiples estudios que proponen el contacto con la naturaleza como un factor restaurador ante eventos estresantes o de fatiga mental. 567Esta idea incluye a los estímulos auditivos naturales como una parte importante de nuestra relación con el medio, y puede tener efectos positivos en nuestra calidad de vida. Sonidos como el canto de las aves han sido asociados con la reducción de estrés, mejoras en el estado de ánimo y el aumento de capacidades de aprendizaje y concentración.8 Algunos estudios recientes han demostrado que los humanos que están en contacto con sonidos de aves han reportado sensaciones de tranquilidad, paz, relajación, felicidad e incluso libertad.9 Esta experiencia, aunada a la belleza de muchas especies, ha influido en su captura y utilización como mascotas (sin el mismo efecto).
Esta relación es de especial importancia debido a la enorme cantidad de sonidos a la que estamos expuestos en las urbes. El ruido proveniente del tráfico vehicular, gritos, música, aparatos de construcción son solo ejemplos del paisaje sonoro de las ciudades. Éstos producen aumento en la presión sanguínea de niños y aumentan drásticamente los niveles de estrés en adultos.10 Además, ocasionan padecimiento auditivos cercanos a la sordera, altera los patrones de sueño y disminuye el efecto reparador del descanso, produce trastornos circulatorios, disminuye el lívido y aumenta los niveles de agresividad entre los humanos. También disminuye la productividad laboral y la capacidad de concentración, lo cual puede producir accidentes de trabajo de seriedad. Se ha reportado que la falta de un ambiente adecuado para trabajar (poca luz, mala ventilación y ruido excesivo) ha provocado 49 mil 958 siniestros laborales.11 Finalmente, este ruido además afecta a la fauna urbana, especialmente a las comunidades de aves, que se ven estresadas hasta el punto de acelerar su envejecimiento y muerte, con lo cual se crea un circulo vicioso, alejando a aquellos que pueden contrarrestar los efectos negativos que los sonidos urbanos nos causan.12
El reconocimiento de los beneficios en la salud mental de las aves en las personas ha traído consigo que diversas ciudades alrededor del mundo promuevan campañas pro-aves (bird-friendly) en las que se busca salvaguardar la integridad de estos organismos. Por ejemplo, Chicago recibe cerca de seis millones de aves al año de unas 250 especies, por lo cual se implementó el plan “luces apagadas” con el cual se ha logrado reducir la mortalidad de aves por impacto contra edificios al disminuir las luces desorientadoras. Este programa no forma parte de ninguna ley, sino que apela a la participación voluntaria de la sociedad, la cual es consiente de los beneficios que las aves les brinda, además de la reducción del consumo de energía y el consecuente ahorro económico que el programa conlleva. Por su parte, Toronto elaboró una serie de guías para el diseño de edificios que indica evitar construir con transparencias o espejos así como minimizar las luces decorativas del exterior.
En México existe una gran variedad de aves urbanas, pero su relación con la calidad de vida humana ha sido poco reconocida. Por ejemplo, en el 2010 se reportaron 242 especies de aves en un parque en la Ciudad de Xalapa, Veracruz.13 Estos números son especialmente altos si consideramos que Central Park es considerado epicentro de aves con sólo 28 especies más en sus 341 hectáreas que las reportadas en las 40 hectáreas del parque xalapeño.
En la Ciudad de México se han reportado alrededor de 250 especies de aves. Éstas se han enfrentado a la fragmentación de las áreas verdes y se han refugiado en donde menos imaginamos. Por ejemplo, se han reportado cerca de 58 especies de aves solamente en las 11 hectáreas de canchas, estacionamientos y árboles dispersos dentro del campus de la Facultad de Estudios Superiores de Zaragoza de la UNAM.14 Más al sur, la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel alberga el 41.6% de la avifauna total de la Ciudad de México (106 especies), de las cuales, cuatro son exclusivas de esta ciudad.15 Al respecto, el gobierno de esta ciudad promovió este año el Festival Mundial de las Aves, dando muestra del reconocimiento de estos organismos para nuestra cuidad. Sin embargo, es urgente que se generen políticas de protección de las áreas verdes urbanas para asegurar al permanencia de estas especies en esta metrópoli.


La falta de falta de cobertura arbolada cerca de nuestros hogares ha dificultado beneficiarnos de su presencia de estos organismos. Actualmente, aquellos que pueden despertar con el sonido de las aves no sólo son privilegiados, sino que posiblemente también sean también más sanos o se auto reporten como “mas felices”. Los urbanistas lo saben, y por a nivel mundial las ciudades modernas ya no son grises, sino verdes. En muchos de los países desarrollados se ha entendido que el diseño de las ciudades requiere obligatoriamente la integración de la naturaleza circundante, afrontando los retos que esto conlleve. Hemos olvidado la dimensión del espacio aéreo, en el cual aloja aves, murciélagos e insectos que discretamente forman parte de nuestra calidad de vida.
La Ciudad de México ha caído en una espiral en la cual destruimos la naturaleza para producir “bienestar humano”, que a su vez, se ve afectado por la falta de naturaleza. Como ciudadanos, nos toca reconocer esta relación y actuar en consecuencia. Bien lo menciona Timothy Beatley, “Necesitamos naturaleza en nuestra vida, no es opcional”. Si no me creen, los reto a caminar en un parque, contar las aves a su alrededor y seguir estresados.
Cristina Ayala Azcárraga es estudiante de doctorado en el Posgrado de Sostenibilidad de la UNAM y coordinadora de proyectos de restauración de Xochimilco en el Laboratorio de Restauración Ecológica del IBUNAM.
1 MacGregor-Fors, I. & Schondube, J. E. “Gray vs. Green Urbanization: Relative importance of urban features for urban bird communities”. Basic Appl. Ecol. 12, 372–381 (2011).
2 Savard, J. P. L., Clergeau, P. & Mennechez, G. “Biodiversity concepts and urban ecosystems”. Landsc. Urban Plan. 48, 131–142 (2000).
3 Puga-Caballero, A., MacGregor-Fors, I. & Ortega-Álvarez, R. “Birds at the urban fringe: Avian community shifts in different peri-urban ecotones of a megacity”. Ecol. Res. 29, 619–628 (2014).
4 Chávez-Zichinelli, C. a. et al. “How Stressed are Birds in an Urbanizing Landscape? Relationships between the Physiology of Birds and Three Levels of Habitat Alteration”. Condor 115, 84–92 (2013).
5 Hedblom, M., Heyman, E., Antonsson, H. & Gunnarsson, B. “Bird song diversity influences young people’s appreciation of urban landscapes”. Urban For. Urban Green. 13, 469–474 (2014).
6 Dallimer, M. et al. “Biodiversity and the feel-good factor: Understanding associations between self-reported human well-being and species richness”. Bioscience 62, 47–55 (2012).
7 “Mind. Ecotherapy: the green agenda for mental health”. 1–35 (2007). doi:10.2307/302397.
8 Beatley, T. & London, W. C. Biophilic Cities.
9 Ratcliffe, E., Gatersleben, B. & Sowden, P. T. “Bird sounds and their contributions to perceived attention restoration and stress recovery”. J. Environ. Psychol. 36, 221–228 (2013).
10 Regecová, V. & Kellerová, E. “The effects of urban noise pollution on blood pressure and heart rate in preschool children”. J. Hypertens. 13, (1995).
11 Peralta, J. A. “El ruido en la Ciudad de México”. Ciencias (1998).
12 Francis, C. D., Ortega, C. P. & Cruz, A. “Noise Pollution Changes Avian Communities and Species Interactions”. Curr. Biol. 19, 1415–1419 (2009).
13 Inzunza, E. R. & Rodríguez, S. H. a. “La avifauna urbana del parque Ecológico Macuitépetl en Xalapa, Veracruz, México”. Ornitol. Neotrop. 21, 87–103 (2010).
14 Ramírez-Albores, J. E. “Comunidad de aves de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza campus II , UNAM , Ciudad de México”. Huit. Rev. Ornitol. Mex. 9, 12–19 (2008).
15 Arizmendi, M. del C., Espinosa de los Monteros, A. & Ornelas, J. F. “Las aves del Pedregal de San Angel”. Reserva Ecologica El Pedregal de San Angel, Ecología, Historia Natural y Manejo 239–260.