En una tarde serena y apacible, haced un viaje al próximo pueblecito de Acapatzingo, donde está el campo que habitó el príncipe Maximiliano. Un poco después de las cinco de la tarde, regresad por el camino de Atlacomulco. La parte de la vía que tenéis que atravesar corre paralela a la profundísima barranca que limita a Cuernavaca por el Este, barranca famosa, por la cual pasaron los españoles, sobre un tronco de árbol, cuando se apoderaron de esta comarca en tiempo de la conquista. El amplísimo flanco occidental de la barranca está todo el año cubierto de verdura. Fijad vuestra vista y gozaréis de un hermoso espectáculo: desde la parte más elevada, las plantas ostentan su variada riqueza. Allí veréis siempre flores de los tintes más diversos, abundantes helechos, sonantes carrizales, plátanos, cafetos y todos los árboles frutales de la región. Allí están todos los matices de verde, todas las mil variedades de follaje, todo el brillo, la frescura, la lozanía y el encanto de una vegetación opulenta y magnífica. Sobre los últimos árboles –como si salieran de la copa de éstos–, columbraréis el almenado Palacio de Cortés, la torre de la Catedral y la linternilla de la cúpula de Guadalupe. Detrás de tales edificios – como si se apoyaran en ellos, y a modo de altivas cimeras –, se yerguen los picos de una sierra, azules, boscosos y fantásticos. Por fin, como fondo de semejante cuadro, contemplaréis el cielo de Occidente lleno de celajes que fulguran en todo su esplendor.
Miguel Salinas, Historias y paisajes morelenses, 1907
El término “paisaje urbano histórico” resuena en la una crónica de un viajero decimonónico que atraviesa la experiencia de un lugar y empapa sus sentidos de todo lo hermoso que le rodea: el clima, los colores, los olores, las capas infinitas del horizonte en su mirada, las interacciones del ser humano con el medioambiente y sus expresiones. Sin embargo las experiencias de transitar las ciudades actuales son muy diferentes a lo que los cronistas de aquel entonces contaban en sus románticos relatos. Por ejemplo, el día de hoy realizar ese mismo recorrido que sugiere Miguel Salinas para apreciar las sutilezas del paisaje cuernavacense tendría múltiples retos: las mínima infraestructura peatonal, el flujo de los automóviles, las múltiples bardas que se levantan cuales murallas con alambres de púas en su corona, las calles cerradas, el “por aquí no se puede”, el “por aquí tampoco”… y finalmente, el desistir del recorrido.
La ciudad de Cuernavaca está ubicada al norponiente del estado de Morelos, y es su capital. Es un asentamiento de larga ocupación cuyos orígenes como ciudad datan desde los tiempos prehispánicos de los tlahuicas, quienes le acuñaron el nombre de Cuauhnáhuac, y desde entonces ha formado parte de una importante red territorial. Se emplaza en la Sierra del Ajusco-Chichinauhtzin, compuesta por más de cien conos volcánicos y que funciona como límite físico entre la Ciudad de México y el estado de Morelos. En la vertiente sur, que es donde se encuentra Cuernavaca, estos conos han creado todo un sistema de barrancas o quebradas que bajan desde los 3690 metros sobre el nivel del mar, permitiendo así la formación de ríos permanentes y temporales.

El actual municipio de Cuernavaca contiene más de 200 barrancas y nueve de ellas son las más importantes por su tamaño y función. Es sobre este conjunto de pliegues de capas geomorfológicas de la cadena volcánica que se fundó la ciudad y ha continuado su crecimiento exponencial. Naturalmente, las barrancas son uno de sus atributos más importantes, ya que gracias a ellas hay un constante flujo de recurso hídrico y funcionan como los estabilizadores climáticos que nos permiten llamarle “La ciudad de la eterna primavera” (expresión popularmente atribuida a otro viajero decimonónico, Alexander von Humboldt tras sus observaciones de las características de la región). Sin embargo, al mismo tiempo han sido de los elementos más ignorados dentro de la planeación para el crecimiento urbano. ¿Cómo es que un componente tan fundamental para la ciudad ha quedado al margen de la misma?
En consonancia con las apreciaciones de los antiguos viajeros, el día de hoy nos encontramos en la necesidad de volver a llamar atención sobre esta mirada que busca la interrelación entre las formas físicas, la organización y las conexiones espaciales, las características naturales y los valores sociales, culturales y económicos de las ciudades en la búsqueda de conservar y generar entornos habitables. Entender los lugares en los que vivimos nos urge a romper de manera discursiva y pragmática esa idea de que una cosa es la ciudad y otra es el medioambiente. Esto no lo dice quien escribe: lo dice la misma experiencia de las ciudades, lo dice la misma historia de Cuernavaca.
Durante el fatídico sismo de septiembre de 2017, cientos de viviendas fueron afectadas y desde entonces se han presentado problemas para su reconstrucción debido a que se encontraban emplazadas en zonas de alto riesgo sobre las laderas de las barrancas. Este evento ha sacado a relucir el poco entendimiento que han tenido las autoridades y la sociedad en general con respecto al entorno en que se encuentra la ciudad.
Las barrancas han presentado múltiples afectaciones en los últimos treinta años: algunas han sido rellenadas y ocupadas legal e ilegalmente, ya sea para la construcción de viviendas o de infraestructura, y se han contaminado por residuos líquidos y sólidos. Por lo anterior, las consecuencias han sido dramáticas y tangibles: se han visto deteriorados los ecosistemas, se ha disminuido la capacidad de absorción del suelo, aumentando así los caudales de bajadas de agua y provocando inundaciones, entre otros. Todas estas afectaciones están íntimamente relacionadas con la omisión por parte de las autoridades en cuanto a los Planes de Desarrollo Urbano de la entidad, cuando deberían de ser centrales para los mismos ¡Las barrancas son el eje rector de la ciudad!

La Recomendación de Unesco sobre el paisaje urbano histórico nos invita a integrar todas las capas que conforman a una zona urbana, desde sus atributos topográficos, hidrológicos y bióticos, hasta los históricos y contemporáneos. Este enfoque vuelca la mirada sobre el medioambiente como sustento de todo lo que han sido y pueden ser nuestras ciudades, y marca el camino sobre cómo podríamos entonces construirlas con mayor calidad de vida y que conserven las herencias que de ellas hemos recibido. La consideración de esta categoría dentro de los planes de desarrollo podría traer consigo grandes beneficios que integre la utilización de los espacios urbanos, a la vez que se procure el patrimonio cultural y natural de los mismos. El acceso a los espacios verdes es parte fundamental del derecho a la ciudad, pues son estos los que permiten a la población dar cuenta de la importancia de la historia ambiental de sus urbes y les integran en un proyecto más amplío de conservación medioambiental y cultural.
El territorio de la ahora ciudad de Cuernavaca es un territorio fragmentado desde su origen por el paso de estas barrancas y quebradas que han aportado un valor medioambiental altísimo, y que, irónicamente, le han permitido funcionar como una unidad paisajística. Sin embargo, su invisibilización a nivel cultural y ambiental, ha traído consigo grandes consecuencias que se reflejan cada vez más en la desconexión de los habitantes con estos grandiosos elementos. Es necesario llamar a este vínculo paisajístico y empezar a pensar en ciudades integrales. Queremos caminos que nos abran puertas a nuestros pasado, que nos llenen los ojos de verde y que coronen el paisaje con la punta de los cerros.
Sofía Riojas Paz
Arquitecta-restauradora, doctoranda en Ciencias del Hábitat.
1 Unesco, “Recomendación sobre el paisaje urbano histórico”, 2011, pp. 19.