Dice Michel de Certeau1 que el andar es una práctica en el tiempo, no en el espacio. Así como hablamos, caminamos; por tanto, las reglas de la retórica podrían imponerse al relato que hacemos de nuestros pasos. Lo que hace que unas coordenadas cualesquiera sobre las que apenas andamos dejen el terreno del tiempo y se conviertan en espacio, es la ensoñación que hacemos de ellas. Es decir, en la suma de recuerdos de nuestros pasos cotidianos, seccionamos el espacio llenándolo de sinécdoques y asíndetones: puntos que nos importaron y otros que nos fueron irrelevantes, tomamos partes significativas de lo que percibimos en el paseo y las convertimos en el todo de nuestra experiencia.

Ilustración: Izak Peón
A esas figuras retóricas del andar les asignamos nombres propios: un signo, una palabra que aglomere las efímeras experiencias de los pasos y las fije en el tiempo con la idea que tenemos de un lugar: la esquina de los tacos, la casa del perro, el Zócalo, la placita, el Bancomer, la Glorieta de Insurgentes, el Árbol de la Noche Triste. Sólo así es que el andar crea cotidianamente el espacio: con nombres que albergan memorias individuales y colectivas que nos devuelven lugares creíbles, es decir, que estamos convencidos que al día siguiente los volveremos a encontrar para revivir un nuevo relato del caminar.
Es por eso que ante el cambio de nomenclaturas en espacios de la ciudad ocurren fenómenos curiosos. Hoy en día el parque de diversiones que lleva más de 20 años llamándose Six Flags en el sur de la Ciudad de México, es referido aún como “Reino Aventura” por quienes así lo conocimos cuando éramos niños. De ahí viene la resistencia de llamarle “alcaldías” a los territorios que conocimos como “delegaciones”. Nos burlamos de que BBVA insista en que dejemos de decirle “Bancomer” a esos sitios en los que muchísimos tuvimos nuestra primera, traumática, experiencia de relacionarnos con el siempre incómodo mundo del crédito, el ahorro y las comisiones.
El topónimo encierra la ensoñación, la experiencia, la memoria que tenemos del lugar, la forma en la que, en palabras de De Certeau, lo hacemos creíble en nuestra vida cotidiana. Pero es importante mencionar que el nombre, aunque se comparte colectivamente, conlleva una experiencia íntima y su significante suele resultarnos arbitrario. Cuando uno camina por las calles de Héroes de Padierna, la ensoñación difícilmente nos lleva a recoger en nuestros pasos el recuerdo del general Gabriel Valencia intentando combatir al ejército estadunidense. No hay homenaje a tales héroes en el andar. En todo caso bajo el nombre “Héroes de Padierna” pensamos en lo que conocemos individual y colectivamente sobre esta colonia.
La arbitrariedad puede ser tal que un nombre tan horrible como “18 oriente” puede evocar los mejores recuerdos de una infancia frente a un hermoso parque poblano y remitirnos al paisaje patrimonializado de una imponente parroquia de ladrillo, talavera, yeserías y cantera labrada. Y sin embargo, un nombre por sí mismo también puede contribuir a la producción de la memoria y ensoñación del lugar. Por ejemplo, allá en Mixcoac hay una aburrida e irrelevante callecita bordeada de hostiles y elevados muros que, estando abierta al tráfico vehicular, la hacen incómoda para caminar: es mejor escoger otra ruta. El espacio probablemente sería ignorado o desechado en nuestra retórica del andar; no formaría un lugar. Sin embargo, esta calle forma parte y muy consistentemente en los mapas de vecinos y visitantes por una sola razón: su nombre. Es el Callejón del Diablo. El nombre inmediatamente nos indica la existencia de una memoria que hace creíble a este espacio, que lo hace digno de incorporar. ¿Qué pasó ahí? ¿Cuál es la leyenda? Y, con base en la curiosidad por este nombre, el lugar es recuperado una y otra vez. Tal vez si fuera renombrado, eventualmente desaparecería de las geografías de la memoria.
La disputa por nombrar los lugares y territorios de una ciudad es profundamente dinámica. Todos proponen, todos disponen, pero la fuerza de la ensoñación compartida se suele imponer. Hoy le decimos “zócalo” no sólo a la plaza mayor de la capital, sino a la de casi cualquier ciudad del país. Y lo hacemos porque hace ya 150 años hubo —y por breve tiempo—, un zócalo producto de un interrumpido proyecto de levantar ahí una columna de Independencia. Desde el Estado, ese lugar ha recibido el nombre de “Plaza de la Constitución” desde 1812. Sin embargo, muy pronto aquel redondel abandonado, en términos de De Certeau, se había convertido en una sinécdoque de “plaza mayor”. Es decir, por una parte del espacio —el zócalo— referimos un todo —las plazas centrales—.
Es frecuente que los gobiernos quieran intervenir en la toponimia urbana. Sólo que algunos lo hacen con más o menos intensidad, con más o menos éxito, con más o menos noción de cómo funciona el nombramiento de lugares. Cuando fue jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard pretendió eliminar el nombre “Etiopía” que subsistía en la estación de Metro de la Línea 3, llamada así por el nombre de la plaza que alguna vez existió en el cruce de Cuauhtémoc y Xola. El espacio había sido inaugurado por el emperador etíope Haile Selassie en una visita a la Ciudad de México y se le había dotado al parque de esculturas de leones y otro mobiliario que nos refiriera a un imaginario africano. El Metro homenajeó este nombre llamando así su estación, utilizando el símbolo de un león como emblema de esa parada y como decoración al interior.
El gobierno de Ebrard reconocía que ya no existía el parque de Etiopía y, por tanto, proponía como nueva sinécdoque, como hito de la zona, la anticlimática presencia del Instituto de Transparencia y Acceso a la Información del entonces Distrito Federal (InfoDF). Así, el espacio sería una “Plaza de la Transparencia”. Por supuesto, las críticas vinieron, curiosamente y sobre todo, por parte del movimiento rastafari de la Ciudad de México. Defendían preservar el nombre, pues éste era quizás el último residuo de un espacio de ensoñación, de una guía de lectura de una ciudad que aún les da cabida. El gobierno cedió a medias: “Etiopía – Plaza de la Transparencia” se llama hoy. Sin embargo, se añadieron a la estación de Metro unas láminas que cuentan la memoria que algunos conservan para significar ese lugar.
La intención de los gobiernos es ambigua cuando buscan cambiar los nombres. A veces se trata de un simple homenaje desinteresado, en otras es una desenfocada política de memoria y, en algunas más, lo hacen casi como política pública: intentan que el nuevo nombre genere una memoria que indique sobre los nuevos usos del espacio que proponen. Por ejemplo, el gobierno de Mancera intentó impulsar una “plaza de la caricatura” en la vieja explanada conocida como de la Conchita en el centro histórico. El proyecto no sólo incluía un cambio de nombre, sino instalar en ella a caricaturistas que venderían ilustraciones a los visitantes. El proyecto fracasó: apenas colocaron una placa con el nuevo nombre, fue robada poco tiempo después. Me pregunto si, de haber continuado, habríamos adoptado el nombre de “plaza de los caricaturistas”, o si más bien poco a poco habríamos asimilado que la todavía conocida como “plaza de la Conchita” contaba, además de su curiosa capilla ochavada al centro, con caricaturistas. Y es que, como digo, en la toponimia urbana todos proponen y todos disponen.
La actual administración de la Ciudad de México, de la mano del gobierno federal, ha tenido un especial interés por renombrar espacios. A diferencia del de Ebrard, que buscaba incidir en las retóricas del andar con su discurso de la institucionalización de la democracia, en este caso buscan restituir lecturas históricas a las que la toponimia urbana podría homenajear. Hay al menos tres casos: el cambio de nombre del tramo de la vieja calzada México-Tacuba llamado “Puente de Alvarado” a “México-Tenochtitlan”, el de la plaza del “Árbol de la Noche Triste” al de “la Noche Victoriosa” y, finalmente, el de la Glorieta de Colón en el Paseo de la Reforma a una glorieta aún no determinada de forma oficial, pero con dedicación a las mujeres. Unos son más o menos problemáticos que otros, algunos tendrán mejor suerte. Pero el caso de la última merece un análisis aparte.
El caso de la “Noche Victoriosa” es probablemente el más interesante, pues es aquél en el que el nombre del lugar mejor refiere y aglomera la memoria sobre un evento histórico proyectado sobre el espacio urbano. La plaza del “Árbol de la Noche Triste”, casi como el “callejón del Diablo” de Mixcoac, prácticamente obliga al paseante a detener la mirada y preguntarse por el nombre del lugar. Por si fuera poco, hay presencia de objetos que nos obligan al asíndeton: nos brincamos cualquier alrededor y nos concentramos en los notables restos del viejo ahuehuete construido como monumento. ¿Por qué es “la noche triste”? ¿Qué pasó ahí?
Al cambiar el nombre de la plaza, lo que el gobierno nos sugiere no es tanto renombrar el lugar, ni siquiera alterar su memoria, sino releer el episodio mismo. Lo cual, a reserva de otro término más valiente, es inútil. Es decir, se trata de un pasaje largamente así conocido y compartido. En general, todos habíamos estado expuestos a la idea de que “habría sido una noche triste para Cortés, pero victoriosa para los mexicas”. Su título no mueve a la tristeza de nadie —de hecho es más factible y frecuente todo lo contrario— y es del dominio común que se habla de la retirada de Cortés y sus aliados de Tenochtitlan tras ser emboscados en la calzada México-Tacuba. No es, pues, un término celebratorio de la conquista. Tan es así, que si bien el espacio de este ahuehuete tuvo alguna importancia ceremonial en el relato de la conquista durante el período colonial, en la segunda mitad del siglo XIX fue rediseñado y convertido a la lógica monumental de su tiempo. Y, en efecto, no era su objetivo celebrar la conquista.
Quiero decir, el cambio de nombre en el topónimo no produce relectura alguna del episodio. Se entiende, sin embargo, que la intención es la de retirar la perspectiva en la emoción del conquistador y devolverla hacia el sentimiento de los después conquistados. Y esto, sin embargo, nos vuelve a enredar con los discursos del siglo pasado sobre una perspectiva centralista de la construcción de una nación mexicana. Además tiene otro problema: el espacio sigue refiriendo a los conquistadores.
Al eliminar el nombre “Puente de Alvarado”, el gobierno perseguía retirar la referencia, la sola mención al apellido de uno de los más infames conquistadores. Se trataba de no celebrar con el espacio urbano su recuerdo. Esto tiene más sentido y posiblemente consiga más éxito en ello, pues además el nombre “Puente de Alvarado” no tiene una presencia tan predominante entre los habitantes de la ciudad ni necesariamente se conecta de forma tan generalizada con el episodio al que refiere sobre esa misma noche. Ya la selección de ponerle en su lugar “México-Tenochtitlan” a un punto que no era precisamente Tenochtitlan y al tramo de una avenida que más bien siempre se ha referido y que más adelante tiene el nombre oficial de “México-Tacuba”, es un sinsentido aparte. En cualquier caso y como —casi— siempre, sobre el nuevo nombre de este tramo de la avenida podrá construirse una memoria urbana que no repare en estas cosas.
Pero si bien se entiende que la intención con la Noche Triste era similar a la eliminar la referencia a Pedro de Alvarado, al final el nuevo topónimo, la “Noche Victoriosa” nos sigue llamando la atención sobre un sitio de relevancia para los conquistadores. Y es que no es en esa placita, en el relato tradicional, donde ocurrió la victoria, sino sólo el lamento de la derrota que ocurrió más bien varios cientos de metros al Este. Si de lo que se trataba era de eliminar la referencia a los episodios y espacios significativos para los conquistadores, quizás ponerle “Plaza de Popotla” hubiera tenido más sentido.
De ahí que resulta interesante lo que el gobierno quisiera comunicar y la efectividad de lo que propone en cuanto a la nomenclatura urbana. Si pretendía ofrecer una lectura distinta sobre un episodio del imaginario histórico nacional, la toponimia quizás no sea siempre la forma más efectiva de hacerlo… o habría que planearlo mejor. Sobre todo si la lectura que propone con el cambio de nombre ya era un lugar común. Si lo que se busca es renombrar un lugar para restituir una memoria, eso tendrá que ser negociado con las retóricas del andar de un lugar largamente ensoñado… no parece que vaya a tener mejor éxito que la plaza de los caricaturistas de Mancera. Tal vez, como en tantos otros discursos, actos y símbolos, el gobierno sólo quería enviar un mensaje simple sobre sí mismo y que no requería tal despliegue —cambios de nomenclatura urbana que pudieron ser una mañanera.
José Ignacio Lanzagorta García
Antropólogo urbano y editor de este espacio
1 De Certeau, Michel, 1996, “Prácticas del espacio”, en La invención de lo cotidiano, México: Universidad Iberoamericana.