Este texto forma parte del libro Menos es todo. Al Borde, monografía del despacho ecuatoriano Al Borde editada por Arquine, que se presentará el 11 de agosto a las 18:00 horas en La Laguna.

Mucha teoría, poca diversión
Cuando nos preguntan qué hacen o cómo piensan, buscamos hablar sobre cosas concretas de nuestros proyectos. Preferimos hablar sobre hechos, describir lo que hicimos, cómo era la situación que nos rodeaba, qué decisiones tomamos en ese momento, o en ese caso en particular y por qué. Nuestras reflexiones vienen del hacer, no de la teoría, entonces nos sentimos falsos sobreintelectualizando nuestros discursos. No es que evitemos teorizar, sino que, primero, no somos teóricos, y segundo, nos aterra convertir nuestro trabajo en una fórmula que pueda aplicarse a cualquier situación o en cualquier contexto. Tratamos de alejarnos de las verdades absolutas.
Libertad para qué
Cuando alguien nos da libertad para hacer lo que queramos, tema libre, todo vale, se nos complica un poco (mucho en verdad), porque nos obliga a tomar decisiones basándonos en nuestra subjetividad. Nosotros, si de dudar se trata, dudamos hasta de nuestras percepciones personales. Por eso, para desarrollar nuestro trabajo, tratamos de anclarnos a condiciones objetivas, y en lugar de nuestras subjetividades, usar como herramienta las subjetividades de los demás: de los que habitarán el lugar.
Definirse o indefinirse
Tenemos una postura que está constantemente repensándose y evaluándose, cada proyecto que enfrentamos le aumenta y quita cosas. Al ponerlo sobre el papel, sentimos que le cortamos la posibilidad de evolucionar y que inmediatamente al poner el punto final esté caduco. Nos identificamos mucho con la visión de los cineastas que escribieron el manifiesto “Dogma 95” donde crearon reglas que imponían límites a los recursos y dictaban parámetros de cómo hacer cine, llegando a unos resultados increíbles en obras como Los Idiotas (1998). Sin embargo, después de un tiempo, Lars von Trier, uno de los integrantes del colectivo y autor de la película, hizo un cine que rompió todas las reglas que escribió junto a sus colegas, llegando a resultados igual de buenos en películas como Dogville (2003).
Héroes y villanos
Nos crea confusión leer las descripciones de las páginas web de los estudios de arquitectura, donde todos dicen que hacen las cosas bien, contrastando con la crítica generalizada que dice que todo está mal y que somos una profesión en crisis. Nosotros tenemos un conjunto de cosas que nos interesan y otras que no. Una especie de “moral.” El problema es que todos tienen su propia especie de “moral,” y en ese sentido: ¿está conectado el quehacer profesional con una moralidad? ¿Qué consecuencias tendría separar la arquitectura del entorno social? Hemos escuchado a arquitectos decir cosas como: a mí me interesa la arquitectura, no la política… ¿Se podría generar una arquitectura excelente con un “villano” ? ¿La casa de Darth Vader, por ejemplo, sería un encargo al que deberías dedicarle el mayor esfuerzo y pasión, sin importar que el tipo vaya por ahí haciendo estrellas de la muerte y destruyendo mundos? No estamos seguros. Algunos ejemplos menos chistosos son: la arquitectura de los campos de concentración nazis, el Centro de Detención de Guantánamo, la mansión del “dios en la tierra” José Luis de Jesús Miranda (bueno, este último es medio chistoso también). Pero, ¿podría existir arquitectura loable en esos lugares? Un día hablábamos con unos amigos arquitectos que estaban apoyando desde la academia a movimientos sociales en la toma de tierras, y les decíamos que es complejo asumir ese rol y nos respondieron con una analogía médica: un médico no pregunta si el paciente es víctima o victimario, simplemente hace su trabajo y después que la justicia haga lo suyo. Y de ahí rápidamente llegamos a temas polémicos como Monsanto, las farmacéuticas, la guerra, el decrecimiento o la hipertecnologización, el capitalismo salvaje, la izquierda utópica, los pobres, los ricos…, y bueno, ojalá algún filósofo filosofe algo que nos ayude a todos en nuestras filosofadas. Nuestro consuelo es que no hay auténticos arquitectos villanos tratando de conquistar el mundo para imponer una visión maléfica. Hay arquitectos que se equivocan, como nosotros también nos equivocamos. Hay arquitectos que tomaron malas decisiones, pero como todos a veces tomamos malas decisiones también. Estamos en desacuerdo con ciertas posturas y las criticamos, pero también hay arquitectos que nos critican a nosotros y en eso tratamos de mejorar. Por suerte de pronto te viene una luz, que es una condena al mismo tiempo que una salvación, y aceptas que eres un mediocre, como todos. Tratamos de no fingir en nuestra página web que somos otra cosa.
Sobre la eficiencia
Hacer los proyectos lo más eficientes posibles ha sido una obsesión en el estudio. Hemos intentado aprovechar al máximo los recursos en función de las particularidades de cada proyecto, y en función de nuestras capacidades como “solucionadores”. Como nuestras capacidades son limitadas, parte de esta actitud eficiente ha sido el aceptar nuestras limitaciones y buscar las soluciones más fáciles y rápidas que sean aplicables a nuestro problema. A veces nos preguntamos si nos estamos volviendo más eficientes o más vagos.
Hacerse cargo de la vida
Salíamos del baño de una institución y pensábamos en cómo se puede llegar a que todos hagamos lo que nos gusta hacer en la vida si siempre hay baños sucios que limpiar. Hay dos opciones: o encontramos un grupo relativamente grande de personas que amen limpiar baños o cada uno se hace cargo de limpiar de vez en cuando su baño, sin jerarquías, sin trampa, sin atajos. ¿Implicaría eso que los altos directivos de esa institución deberían dedicar una hora semanal a limpiar los baños? ¿Y el presidente de una nación, el de la ONU, el de Mercedes Benz, Coca Cola y el Sultán de Brunei?

Casa Culunco. Fuente: Al Borde. Cortesía de Arquine
La coherencia extrema
Un amigo comienza su relato diciendo que su abuela dejó el mundo mejor de lo que lo encontró, y continúa su relato diciendo: “Bueno, tuvo nueve hijos, cada hijo tiene como cuatro hijos y cada uno tiene un carro y todos comen carne y si medimos la huella ecológica, uuuh… Me parece que es mejor recordar a mi abuela como una señora que me quería mucho”.
Darse importancia
La “fama” en arquitectura parece ser un fenómeno ajeno a nuestro entorno. Acá se sabe que alguien es famoso porque entra en un bar y se lanzan las personas en busca de una selfie, en nuestro entorno ningún arquitecto es tan famoso para sufrir acoso. Somos tan egocéntricos los arquitectos que hasta pensamos que somos famosos cuando muy pocos fuera de nuestra profesión podría nombrar a un arquitecto célebre, peor aún reconocerlo o distinguir su trabajo. Nuestra profesión está tan desvinculada de la sociedad que la mayoría de la gente ni siquiera sabe bien para qué servimos.
Amar nuestras cadenas
Sentirnos libres es sinónimo de felicidad y una obsesión durante toda nuestra vida. Ser libres hasta el punto de quedarnos solos, y a veces hasta aislarnos, para poder hacer lo que realmente nos dé la gana. Pero a veces la libertad nos ha hecho tremendamente infelices. Otras veces la falta de libertad también. Parece que, aun buscando ser libre, siempre se acaba con alguna cadena. No sabemos cómo. Intuimos que las cadenas son directamente proporcionales a la voluntad que hay de hacer lo que te da la gana. Y que, si no te gustan las cadenas, probablemente tengas que deslindarte de toda responsabilidad y vínculo social. Para nosotros no vale la pena. Así que por el momento estamos en una fase de elegir bien qué cadenas ponernos. Pero mientras más las cargas, más difícil es quitárselas y se van quedando, algunas para siempre, así que más vale que las elijamos bien.
Demasiado inseguros para tomar decisiones solos
La responsabilidad de las decisiones importantes debe ser compartida —incluso de las no tan importantes—, no puede caer todo el peso del éxito o fracaso sobre una persona y menos sobre un simple arquitecto. Cuando en Uruguay llegó el momento de decidir sobre la legalización de la marihuana, José Mujica asumió una postura en la que no tomaba la decisión él solo. La discusión empezó en el senado y resolvieron enviarla al presidente, pero cuando le tocaba decidir a él, reenvió la consulta al senado para tomar la decisión en conjunto. Cuando a nosotros nos preguntan cómo debe ser esta plaza, este parque, este edificio, esta casa, hacemos algo parecido: lo abrimos al consenso de la mayor cantidad de actores. Vemos en la participación un verdadero modelo de inclusión y corresponsabilidad que nos quita un peso de encima.
Copiar entre comillas
Generalmente, cuando tenemos un encargo, nos emocionamos y pensamos que es la oportunidad de inventar algo y cambiar el mundo. A medida que vamos resolviendo los conflictos del proyecto, muchas veces nos ha pasado que la mejor solución ya está inventada desde hace siglos y nos parece ridículo ponernos a inventar algo que sabemos que no va a funcionar mejor, ni más rápido, ni más barato que lo que ya es. Es ahí cuando nuestro sentido común nos dice que la actitud más lógica es “copiar”. Entonces “copiamos”, “copiamos” todo lo que podemos, y solamente como último recurso, “inventamos”.
Jubilación programada en una empresa de bien
En un principio, nuestras familias y amigos cercanos no vieron con buenos ojos nuestra independencia. Nuestra oficina era vista como algo temporal de la juventud, pero que al final no duraría. El ideal de la sociedad es trabajar en una empresa de bien en donde se pueda hacer una carrera de bien, acceder a una hipoteca de bien y a los 65 años tener una jubilación, y ahí sí empezar a vivir libre. Estamos conscientes de que nuestras decisiones llevan al mismo tiempo un sacrificio y un beneficio, decidas ir por donde decidas. Pero aun a sabiendas de esto y a modo de queja melodramática-superficial-exagerada, a veces suspiramos: “¡Cuánta tranquilidad tienen aquellos empleados que gozan de un trabajo de bien, con sueldo seguro a final de mes y canasta navideña en diciembre!”

Última esperanza. Fuente: Al Borde. Cortesía de Arquine
¿De qué viven?
La pregunta eterna. La verdadera respuesta no es tan interesante como las especulaciones que hemos oído acerca de este tema. Vale mencionar algunas, como la que decía que somos cuatro hijos de empresarios que iniciaron su estudio juntando sus capitales para comprar jurados y así influenciar concursos, y con ese prestigio seguir aumentando nuestras inversiones inmobiliarias por el país. O la que sugería que veníamos de familias acaudaladas y que llevábamos una doble vida, una de niños ricos y otra de arquitectos filántropos. La verdad es que nos acostumbramos a vivir con poco. A encontrar el éxito fuera de la cuenta bancaria. Eso no significa que regalemos nuestro trabajo ni que vivamos bajo un puente, menos aún que tengamos condiciones de esclavitud laboral. Por el contrario, vivimos muy relajados, trabajamos únicamente cuatro días a la semana, cuando nuestro cliente tiene presupuesto le cobramos lo que el reglamento del colegio de arquitectos estipula (cosa bastante extraña en nuestro medio) y si no tiene dinero truqueamos con los recursos que tenga. Por otro lado, ninguno tiene auto, ni casa propia, ni capital en el banco, no es que seamos unos precarizados felices, sino que nuestra burbuja de privilegios nos hizo dar cuenta de que muchas cosas que buscábamos estaban fuera de ella.
Entre la favela y la bienal
Vivimos en un barrio promedio, nuestros proyectos están pensados para gente común en lugares comunes con materiales comunes. Pero aparentemente lo que hacemos es inusual y nos ha tocado vivir el mundo de las invitaciones internacionales y los eventos de arquitectura. El cambio constante de realidades es extraño y nos genera mucho quiebre en nuestras cabezas, hay veces que pasamos de construir en una comunidad periférica en donde todo se come en plato sopero y con cuchara, a eventos en donde las cenas tienen incontables cubiertos y los meseros no paran de desfilar.
Tibio tibio
Nos atrae la radicalidad, y nos creemos radicales, pero cuando nos comparamos con nuestros héroes y las cosas increíbles que ellos han hecho, nos sentimos mediocres, porque por más que lancemos la piedra lo más alto, la arquitectura no da para heroísmos. Así que tratamos de arriesgar cada vez más, tenemos dentro esa voz de Apollinaire que poco a poco nos estimula para acercarnos al borde, cerrar los ojos, dar el salto y volar, pero sentimos que todavía no nos crecen las alas ni nos estrellamos en el piso, pero hacia eso vamos. Uno de estos días ¡PUM! ¡Directo a la luna! O de cabeza al piso.
Fernando Pessoa
Parafraseando al maestro: somos minúsculos y las cosas que hacemos tienen un impacto minúsculo y ridículo. Sin embargo, eso no nos quita las ganas de querer cambiar el mundo. Somos conscientes de que es absurdo, al final del día somos un poco absurdos también.
Disparar a los dioses
A veces la arquitectura nos produce una felicidad indescriptible. Hace que nos sintamos útiles, que servimos para algo en este mundo. Hace que se nos olvide la soledad cuando hablamos con la gente. Cuando construimos y utilizamos nuestras manos hace que nos sintamos vivos. Cuando al fin, una de las ideas que tenemos sirve para algo, viene la felicidad, como si hubiéramos conquistado el universo entero o tuviéramos un orgasmo. Pero hay otras veces que tenemos ganas de salir corriendo y dedicarnos a otra cosa, y que queremos dispararles a los Dioses. Cuando estás en una silla frente a una computadora varios días, y pasan semanas en el mismo marasmo y sueñas con volver a ver el mundo cambiar cada día. Cuando sentimos que la rutina ahoga y se nos van los días contestando mails, o cuando las propias frustraciones no dejan ver la suerte que tenemos, ahí es cuando queremos salir corriendo, y disparamos tanto que llegamos al siguiente día temblando, y colgamos las armas hasta la próxima vez.
Al Borde
Oficina de arquitectura fundada en mayo de 2007 con base de operaciones en Quito, Ecuador. Conformada por Pascual Gangotena, David Barragán, Marialuisa Borja y Esteban Benavides, arquitectos en la Escuela de Arquitectura, Diseño y Artes de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.