“¡Somos guerreros generando amor y conciencia al universo!”, gritó tres veces y al unísono un grupo de personas apostado en la base del Monumento a la Independencia de México un martes al filo de la medianoche. Así culminaron un muy largo día de actividades física y —sobre todo— emocionalmente extenuantes dentro de uno de los enigmáticos programas de “coaching coercitivo” que se ofertan en la Ciudad de México. Los miré despedirse entre ellos y era difícil descifrar si estaban eufóricos o agotados. Me parece que ni ellos lo sabían y fue imposible preguntárselos, pues evadían hablar conmigo. Una hora después, una pareja de turistas colombianos, acompañada de otra de mexicanos me contó que en esa última noche de su estadía en la ciudad, había ido a cenar cerca y que antes de marcharse querían visitar la columna coronada por una victoria alada en el Paseo de la Reforma. “Es un lugar muy elegante; ideal para despedirse de esta ciudad”, me dijo una de ellas y entonces pensé que tal vez existe una relación entre la euforia de los guerreros del universo y en esa elegante despedida.

La glorieta del Ángel de la Independencia es, sobre todo, un sitio pulcro. Polo Guerrero, uno de los dos policías auxiliares que lo custodian por 12 horas diarias descansando un solo día por semana, me hace notar que en toda la rotonda vehicular que rodea al monumento no hay señalizaciones, ni cebras peatonales. Cualquier visitante lo sabe: al cruzar ese enredo de vías vehiculares entre el Paseo de la Reforma y Florencia/Río Tíber uno se juega la vida. Sólo en fines de semana es que hay un oficial dando el paso a peatones… y no siempre. En suma: el peatón debe entender que la pulcritud está antes que su seguridad. La monumentalidad del Ángel, que resguarda los restos de los héroes de la Independencia, se construye en el entorno amplio que lo rodea, admitiendo la interrupción de las tramas urbanas de señalética.
Esa pulcritud es cuidada con recelo. Polo mismo me muestra los vestigios de una inscripción en cara norte de la base del mausoleo. Ahí se alcanza a leer el año (19)45 y sobre ella se cuenta la dramática leyenda que representa la fecha de muerte de un hombre que, al saberse engañado por su pareja, se suicidó saltando del balcón superior de la columna. Esta cicatriz adicionada al monumento fue tachada de apócrifa en una restauración posterior. Fue raspada hasta conseguir que fuera prácticamente invisible. ¿Será que ante el peso ser un símbolo de la nación al Ángel se le impide tener su propia historia material como un dinámico espacio de la ciudad?
Las pintas que dejó una marcha por el aniversario de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotztinapa ya prácticamente se han disuelto en los ácidos que el personal de limpieza aplica. “La gente respeta”, me dice Polo. Desde su perspectiva, lo normal es que los ultrajes a esa pulcritud no ocurran y si lo son, dice, suele ser por los “infiltrados” que hay en diferentes marchas y manifestaciones de la activa vida contestataria de la ciudad. En las protestas sociales se suele permitir el acceso al monumento a la turba. De otra forma sería considerado como “represión”, dice Polo. ¿Será que impedirles el paso al monumento sería una manera de no dar acceso a colocar el mensaje de protesta en el símbolo de la nación? ¿Una protesta incompleta, un estado que no permitiría hablar a la disidencia? ¿Es el Ángel un megáfono y, en su pulcritud, un altar de la ciudadanía? Carlos Brito, un activista de los derechos digitales y de otras causas relevantes de la agenda nacional de derechos, me explica además, todas las virtudes logísticas que tiene el Ángel de la Independencia como punto de reunión para la protesta social: la zona se siente segura incluso para que asistan niños, es posible reunir y dar visibilidad a protestas tanto pequeñas como masivas y, sobre todo, “no hay que explicarle a nadie dónde es ni cómo llegar”.
Y es que al Ángel se le puede conocer y respetar como sagrado. Si bien en las protestas sociales se permite su acceso, no así en las celebraciones deportivas. Ahí se despliega un cerco policiaco que impide el paso a borrachos eufóricos. Para Polo, si en la protesta son unos infieles encapuchados los que dañan el monumento, en la mundanidad de la fiesta deportiva no debe haber siquiera ocasión para profanar el monumento.
El Ángel no necesita una ocasión especial para ser siempre protagonista y no siempre tiene que ser sagrado, sin restarle elegancia. Un día normal, sin marchas y sin eventos oficiales, las escalinatas del Ángel reciben a personas que buscan retratarse con él. Más que una Meca, es un Corvocado, una Torre Eiffel. Selfies, con o sin selfie-stick, juegos casi profanos de perspectiva en los que se interactúa con la posición de la victoria alada. Fotos de besos frente a la tumba de Miguel Hidalgo.
Tal vez el Ángel es un altar social y una celebridad de talla mundial, pero esto no tiene por qué impedir la posibilidad de hacerlo escenario de intimidad. No sólo hay turistas mediando sus relaciones a través de las fotografías, también hay enamorados o solitarios que se sientan en la escalinata del Ángel, a veces buscando alguno de los pocos recovecos que quedan para tener un respaldo. El Ángel parecería cualquier parque público. Pero puede ser mucho más aún: el escenario para entregar un anillo de compromiso de una forma espectacular. Polo me cuenta de una vez que el novio pidió a la novia que subiera la columna de la Independencia hasta el balcón, él quedándose abajo. Y mientras la novia subía, el novio arregló que diferentes personas desplegaran abajo, en la explanada de la glorieta, una gran manta con la leyenda: “¿te quieres casar conmigo?” y además había traído unos mariachis.
Como es sabido, no es el único rito de ciclo de vida para el que el Ángel puede servir de escenario y actor. Cualquier sábado por la tarde, el Ángel se viste de mujeres adolescentes con pomposos vestidos de colores pasteles y muchas crinolinas. La vialidad que rodea el monumento se llena de limusinas Hummer o de otros tipos, con hombres jóvenes vistiendo trajes blancos o igualmente pasteles. Es la sesión de fotos de las quinceañeras que se retratan frente a uno de los puntos más elegantes de la Ciudad antes de su fiesta o bien para integrar un álbum de memoria donde posan además en algunos sitios del Bosque de Chapultepec, en casa y en estudio fotográfico. La madrina de fotos de una quinceañera de San Pedro Xalostoc me ha explicado que no son muchos sitios históricos o monumentos en los que ocurre esta práctica. “Es la tradición, así se usa ahora”, me dice. Me llama la atención que el Ángel tenga un sitio privilegiado como escenario para guardar la memoria de esta importante fiesta de tantas familias: no parece competir con nadie más. ¿Importa aquí la carga de protesta social o su sacralidad histórico-política? No creo. Habría que explorar si es, acaso, su espectacularidad como ocurre en los espacios icónicos de otras ciudades.
Entonces, guerreros del universo en entrenamiento, selfies nacionales y extranjeras, solitarios y suicidas, enamorados a veces hasta con mariachis, manifestantes de toda ocasión, quinceañeras y quienes quisieron celebrar el Óscar de DiCaprio. Todo en un espacio que, luego de todas las vicisitudes del siglo XIX para producir un monumento a la Independencia en la plaza mayor de la ciudad, el gobierno de Porfirio Díaz finalmente encargó a Antonio Rivas Mercado en el año 1900 pero para el Paseo de la Reforma. Resulta interesante pensar lo que habría pasado si en vez de eso sí se hubiera llevado a cabo el antiguo proyecto de Lorenzo de la Hidalga para el que justamente se colocó un zócalo que renombró coloquialmente a la Plaza de la Constitución. Nuestro Zócalo sería hoy nuestra Plaza Mayor y nuestro Ángel al mismo tiempo. ¿Hubiéramos perdido un espacio especial o esta plaza recargada albergaría los mismos símbolos y prácticas de ambos sitios juntos? La respuesta no es clara pues el Ángel es tan de la Ciudad de México como es de la nación y, al parecer, del mundo… Y lo mismo el Zócalo. Los gobiernos y regencias del Distrito Federal se han querido apropiar del emblema del Ángel en sus papelerías, logos y hasta en las placas vehiculares, pero parece que el Ángel trasciende administraciones de izquierda o de derecha, locales y nacionales –la victoria electoral de Vicente Fox, por ejemplo, se celebró también en el Ángel.
Ese monumento es un artefacto urbano que funciona para todos como un escenario hipersensibilizante, como un repositorio de la belleza y “de lo importante”. ¿Por qué? Polo, mi informante principal que resguarda el Ángel de la Independencia, me cuenta que de los 20 años que ha trabajado como policía, han sido esos últimos seis meses que llevaba con esa asignación, los que más ha disfrutado su trabajo. Justo en su asignación anterior estaba en el Monumento a la Revolución donde la gente puede subir y tener vistas espectaculares: “ahí les explican todo sobre el sitio y hay un museo”, me cuenta. Su trabajo en Revolución era simplemente resguardar, “y ya sabe que a los policías no nos toman a veces ni como iletrados”, dice. “Pero aquí en el Ángel la gente me pregunta cosas y a veces soy yo el que les tiene que dar la explicación”. Dado lo pequeño del monumento y mausoleo, así como de su complicado acceso peatonal, el Ángel tiene un personal fijo muy limitado: no hay guías, no hay museos. Así, el trabajo de Polo en el Ángel es más que el de procurar el orden público, sino el de “resguardo” en un sentido mucho más amplio: el de reproducir la importancia, sensibilidad, pulcritud y elegancia del Ángel. Pero, ¿de dónde devienen tales valores? Polo tiene la respuesta: “el Ángel es un emblema nacional y es un honor para mí; pues aquí estamos resguardando los restos de los héroes”. Tal vez ahí está una primera capa de un relato nacionalista e ideológico, fundamentado en los valores de heroicidad y libertad, con una resonancia que trasciende ese relato para proyectarse y sensibilizar a propios y a extraños.
José Ignacio Lanzagorta es antropólogo social.