Son tiempos inciertos. Al 22 de marzo de 2020 había 294 110 casos confirmados de personas con Covid-19 en 187 países, territorios o áreas; 12 944 personas muertas. Además de ser decenas de miles de muertes y centenas de miles de casos, el efecto de esta crisis se multiplica y propaga porque, esta vez, no han quedado exentas las naciones, ni las élites, ni las personas con más poder económico ni político.
Los gobiernos —tanto las democracias como las dictaduras— trastabillan. (Re)surgen los nacionalismos, el maniqueísmo y la discriminación. Se cierran las fronteras, las rejas, las plumas, los candados. Se segrega, se expulsa y se niega la otredad. Se agota el papel y las toallas y las latas. La fauna recobra las ciudades y los pueblos. Se vacían las escuelas, las plazas, las terminales, los mercados, los malecones, las fábricas, las playas, las carreteras, las iglesias, los aeropuertos. Se habla de distanciamiento social y cada cual se guarda con las y los suyos.

Ilustración: Patricio Betteo
Y a pesar del miedo —o precisamente por este— hay algo que se intuye y se refleja en términos como “cuarentena solidaria”, el “cuidado colectivo”, el “consumo local”. Se entrevé que la respuesta a la crisis no puede ser desde lo individual, desde lo privado, desde lo propio, desde el yo y las y los míos. Se escuchan cantos en los balcones, hay centros de trabajo que cuidan a las personas colaboradoras, se agradece al personal médico, ofrecen conciertos gratuitos en línea, hacen mandados del vecino o vecina, hay una ebullición de conversatorios y talleres a distancia, recomiendan series, libros, películas, playlists, se encienden edificios de colores para honrar a las víctimas, abren repositorios de artículos académicos, hay lectura de poesía y clases de yoga entre pares, se sugiere que proliferen los trueques y alguien hace un directorio de lavanderías, panaderías, verdulerías y demás negocios barriales para apoyarles…
Es el potencial de lo común-colectivo.
En la crisis, esos atisbos nos emocionan, nos conmueven, nos impulsan, nos sanan. Nos hacen pensar y sentir que otros mundos son posibles; que podemos superar esto juntas y juntos; que la otra o el otro está en esto como yo, conmigo. Hay una especie de encantamiento con esa posibilidad.
Lo común-colectivo es tan transformador, tan trascendente, que esos atisbos no pueden quedarse en lo superficial ni en lo efímero. Necesitamos repensar lo común, lo colectivo, lo público, lo importante durante el contagio extranjero y local de la pandemia y una vez que se reduzca la intensidad de la misma.
Si algo debimos haber aprendido de otras crisis como el HN1N1 o los sismos de 2017 es que esos atisbos no son suficientes ni en la emergencia ni después de ésta.
No basta con mirarnos a los ojos ahora que las calles están solas. Habrá que sostener la mirada cuando volvamos a ocuparlas. Y habremos, también, de cambiar los ojos con los que nos miramos.
El enfoque de cohesión comunitaria puede ser útil para hacernos preguntas sobre como honrar el potencial de lo común-colectivo tanto en la crisis como en sus postrimerías. Porque aunque se intuya, esto no va a suceder, ni a sostenerse, por generación espontánea. Y porque tensiones y conflictos que habrá que vislumbrar, discutir y resolver. Hago el ejercicio para México en esos dos momentos.

Fuente: Enfoque de cohesión comunitaria creado por CCIS en 2009.
En el momento actual:
• ¿Cómo interactuar significativamente –para compartir lo que pensamos, lo que sentimos, lo que queremos– tanto con personas conocidas como con desconocidas sin acercarnos más de un metro para evitar el contagio tanto nuestro como de las demás personas?
• ¿Cómo fomentar la empatía, la solidaridad y la confianza cuando cada quien está entre cuatro paredes?
• ¿Cómo nos aseguramos de que la capacidad limitada de las instituciones sanitarias —tanto públicas como privadas— se aprovecha para el diagnóstico, vigilancia, tratamiento y recuperación de las personas que están en mayor condición de vulnerabilidad como las personas adultas mayores, personas con diabetes, personas con alergias o con deficiencias o enfermedades del sistema inmunológico, personas en situación de pobreza extrema, personas con vulnerabilidad social sin acceso a servicios de salud?
• ¿Cómo fortalecemos los lazos afectivos, el sentido de pertenencia de las personas a las distintas comunidades geográficas, poblaciones y simbólicas de las que son parte sin profundizar y reforzar los prejuicios y estereotipos, la xenofobia, el clasismo, la racialización y el racismo?
• ¿Cómo mostrar que la probabilidad supervivencia de cada uno y cada una aumenta en la medida en la que tomemos en cuenta la de las demás personas en vez de concentrarnos en salvarnos a nosotras y nosotros?
• ¿Cómo considerar las características específicas y las necesidades particulares de ciertas poblaciones, pueblos y comunidades al informar sobre el nuevo coronavirus y al atender los casos sospechosos y confirmados?
• ¿Cómo prevenimos la violencia familiar, la violencia comunitaria, la violencia sexual y la violencia institucional cuando el estrés, las presiones, exigencias y frustraciones aumentan?
• ¿Cómo propiciamos que las personas se involucren en la toma de decisiones y en la planeación, ejecución y evaluación de las medidas que se tomen en la emergencia sanitaria?
• ¿Cómo evitamos que la emergencia sea la excusa para incrementar las decisiones unilaterales, arbitrarias, no fundamentadas ni motivadas, de autoridades de los tres órdenes de gobierno?
• ¿Cómo creamos, nutrimos, profundizamos y ampliamos redes de apoyo y ayuda que no reproduzcan las desigualdades y las relaciones de poder preexistentes?
En las postrimerías de la pandemia
• ¿Cómo evitamos que aumenten los discursos y las decisiones y acciones relacionadas con la “mano dura”, “tolerancia cero”, “suspensión de garantías” y/o que se legisle y haga política pública basadas en el miedo?
• ¿Cómo recuperamos lo público?
• ¿Cómo reforzamos la existencia, el acceso, cantidad y calidad de bienes, servicios y espacios públicos con equidad e igualdad entre las regiones, entidades, municipios, localidades, núcleos, pueblos y comunidades?
• ¿Cómo sancionamos a las empresas que optaron por sus utilidades en detrimento de los derechos de las personas trabajadoras y consumidoras?
• ¿Cómo impulsamos y concretamos una reforma fiscal progresiva que haga que paguen más quienes tienen más para que quienes tienen menos puedan, efectivamente, estar primero?
• ¿Cómo monitoreamos que las medidas, incentivos y exenciones fiscales para lidiar con los efectos del coronavirus contengan y reviertan las desigualdades en vez de agravarlas por centrarse en las grandes empresas y capitales?
• ¿Cómo generamos y repartimos la riqueza sin continuar con la explotación y el (neo)extractivismo?
• ¿Cómo evadimos el individualismo-capitalismo-utilitarismo-elitismo?
• ¿Cómo logramos que sean las personas, grupos, pueblos y comunidades quienes decidan sus propias prioridades de desarrollo y controlen su desarrollo económico, social, cultural y ambiental?
• ¿Cómo mantenemos la noción de interdependencia e indivisibilidad entre países, entre regiones, entre zonas, entre personas?
• ¿Cómo refrendamos la valoración y celebración de la diversidad por encima de la supuesta unidad y homogeneización simplista y reduccionista?
• ¿Cómo detectamos, gestionamos y transformamos los conflictos originados o agudizados por el Covid-19?
• ¿Cómo aseguramos que la posibilidad de las personas de tener una vida digna en todas sus acepciones no se condicione al trabajo?
• ¿Cómo hacemos que las redes de apoyo y ayuda sean, si no permanentes, al menos latentes y fuertes después de la emergencia?
Ante la incertidumbre las personas suelen aferrarse y afianzarse en lo que creen. No importa si lo que creen es cierto o falso. Es muy probable que las personas no se perciban como sujetas y sujetos activos titulares de derechos, que busquen a alguien que les diga, que decida, que se atreva, que comande. El riesgo de que se posicionen y perpetúen quienes representan el avance de las restricciones y regresiones en nuestros derechos y libertades es real. La tentación de olvidarse de las y los otros cuando se sientan —con mayor profundidad y severidad– los impactos, afectaciones y consecuencias de la pandemia también lo es.
Es por ello que el encantamiento superficial y efímero no basta. Necesitamos resignificar lo común, lo colectivo, lo público, lo importante y hacer cambios transformadores y trascendentes tanto en lo cotidiano como en lo estructural y sistémico.
Suhayla Bazbaz Kuri
Feminista, fundadora y directora general de Cohesión Comunitaria e Innovación Social A.C.